Centroamérica: las fronteras del abandono

2 octubre, 2022

oznorCO

El Triángulo norte de Centroamérica –Guatemala, Honduras y El Salvador- es una zona fragmentada, con una historia hermana. Un lugar donde la marginación y la desigualdad conviven como en tiempos coloniales

Texto y fotos: José Ignacio De Alba

SAN SALVADOR.- Por algunos días me veo atrapado en los embrollos burocráticos de la zona que se conoce como el Triángulo norte de Centroamérica -Guatemala, Honduras y El Salvador-. Para avanzar, retrocedo. En algún punto, atraco entre fronteras. Este sitio que todos los días expulsa a sus pobladores me deja una cierta sensación de desasosiego…

12 de septiembre de 2022

Día 29.

Prolongué mi estadía en Guatemala más de lo que había planeado (y me hubiera gustado quedarme otro tanto). Pero el permiso de permanencia que me otorgó el gobierno guatemalteco es de 30 días, así que debo salir. Me propongo tomar un autobús que me lleve a El Salvador, para seguir mi viaje hacia el sur del continente; pero una serie de enredos me hacen volver.

Cuando intento tomar un autobús que me lleve a San Salvador un ruletero me explica que no puedo abordar el transporte porque Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua se rigen bajo el Convenio Centroamericano de Libre Movilidad, conocido como C4. Lo que quiere decir que el permiso que me dio Guatemala aplica, en realidad, para los cuatro países. En resumidas cuentas, debo volar a Costa Rica -una opción poco costeable- o volver a México, una opción viable pero que me pica el orgullo. Yo dije que no volvería en un año y de pronto me encuentro con dirección a Tapachula.

Llego a la frontera de México de madrugada y no hay luz en la aduana. Unos policías de la Guardia Nacional se dedican a revisar maletas con unas lámparas. Cuando les pregunto “¿en serio no tienen luz?” lo toman como burla. No es para menos. En la Perla del Soconusco encuentro un hotel abierto y me dispongo a salir al día siguiente a primera hora hacia el sur. Pero el camión sale hasta la noche. A reconciliarse con Tapachula.

Desde el principio del viaje he aprendido que los planes no son tan importantes. Lo crucial es aprender a adaptarse (esto es más fácil cuando uno no está cansado). Así que procuro tomarme el tiempo para recapitular, para encontrar nuevos inicios; aquí es donde se hallan las sorpresas, a veces las mejores partes del camino.

Por lo pronto, Tapachula ofrece uno de sus días tórridos. Por fin, en la noche abordo el autobús de la línea Ticabus. Cruzo la frontera y consigo un permiso ahora por tres meses -las decisiones de la autoridad migratoria se conducen por caminos misteriosos-.

Un inglés me cuenta que excedió su permiso para estar en Guatemala y que cuando estaba dispuesto a pagar la multa, en la frontera con México no había luz (sepa desde cuando ese confín se maneja a oscuras), así que el agente no pudo revisar su pasaporte y le selló la salida sin reparar la falta. Me entero también del caso de una mujer que quiso conocer Guatemala con su bebé. Pero cuando se presentó ante el representante de la ley, el hombre decidió darle a la criatura un permiso por tres meses y a la mamá por uno. Pienso que la autoridad se hace valer, también, a través de excesos de estupidez.

13 de septiembre

Día 30.

Duermo durante el trayecto hasta las cuatro de la mañana. El camión hace parada en Ciudad de Guatemala y soy el único pasajero que baja en esa escala. Lo que parece un detalle nimio deriva en una experiencia extraña.

En la estación de Ticabus me dicen que solo puedo permanecer en la explanada del estacionamiento porque la taquilla y las butacas abren hasta las cinco de la mañana y yo debo esperar el autobús que me lleve a San Salvador.

Para mi sorpresa, en el aparcamento me encuentro con unos 200 migrantes. Van cargados con botellones de agua, pequeñas mochilas. Hay un ambiente de nerviosismo; cigarros encendidos, niños llorando, se reúnen en grupos. Intercambian información, relatan historias del camino, comparten dudas, todos están alerta. Me despabila la tensión. Me doy cuenta que esta terminal privada, que se encuentra cerrada, se convierte en una casa de seguridad por las noches. El único acceso al sitio es por un portón vigilado por un guardia, sobre el patio cámaras de seguridad.

No me atrevo a sacar el celular para tomar fotografía, me conformo con sentarme en una esquina a observar. La gente está dividida en grupos, cada tanto un guardia les avisa que llegó el taxi, el cual abordan casi corriendo. Un migrante se me acerca para preguntarme si voy al norte, le explico que más bien voy al sur y se extraña. Parece desorientado, no sabe muy bien dónde está. Le explico que estamos en Ciudad de Guatemala y le pregunto hacia dónde van los taxis. Me dice que a México, que viajan de noche para evitar retenes y a la policía. El hombre, de unos cuarenta años viene de El Salvador, pagó por el “viaje completo” y dice que con suerte llegará con su hermano a Houston, no sabe cuándo.

Los taxis son sedanes, muchos Versa, discretos. De a poco la explanada se va vaciando y para cuando abren la estación de camiones ya no hay ningún migrante. Entro a la sala de espera, empiezan a llegar pasajeros a comprar boletos normales, esperamos frente a un póster patrocinado por USAID (la agencia de Estados Unidos para el Desarrollo) que persuade a denunciar la trata.

Antes de abordar mi autobús, me piden mis documentos, todo en regla, el viaje sigue hacia el sur.

15 de septiembre

Día 32.

En Centroamérica, las celebraciones patrias se vuelven poco originales y hasta parece maldición parecernos en nuestras leyendas. Los países se empeñan en sus singularidades, aunque a veces nuestras similitudes son irreductibles. Estamos marcados: desde México hasta Costa Rica -excepto Belice – celebramos la independencia el 15 de septiembre, desde 1821.

En realidad, casi todos los países de América Latina lograron su liberación de la Corona Española en la primera mitad del siglo XIX. La podredumbre de la España imperial quedó exhibida en 1808, cuando las tropas de Napoleón invadieron la península ibérica y el gobierno de Carlos IV fue incapaz de hacerles frente.

“A la degradación de la Corona responde la soberanía del pueblo”, escribió Luis Villoro. Las dificultades en España dejaron a las colonias en un impase, que fue aprovechado por las poblaciones para iniciar la emancipación. Desde México hasta Argentina surgieron movimientos revolucionarios. A campanazos, el Grito de Dolores Hidalgo, dado por un cura en 1810, inició el ciclo de revueltas en México. Un año después, el cura José Matías Delgado inició la sublevación en San Salvador, al grito de “Libertad” desde el campanario de la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced.

Septiembre es, pues, un mes festivo en la región. Se apuesta por las comidas típicas, hay una exaltación por el hombre de a caballo y la vida rural. La independencia es la gesta del macho, de los militares que organizan marchas marciales y espectáculos aéreos. Pero la emancipación americana la celebra cada país en solitario. Le platico a un salvadoreño que en México también se celebra la Independencia y me responde con sorpresa “¿Cómo, igual que nosotros?”.

En San Salvador (nombre insoportablemente religioso) la Independencia me parece solo un juego de palabras. El desfile de independencia en la capital del país inicia en la Plaza del Salvador del Mundo, luego miles de familias se reúnen en la calzada Franklin Delano Roosvelt para ver pasar aviones de los años ochenta, donados —para no decir desechados— por el gobierno de Estados Unidos. Los soldados se desbaratan con el sol que les da de frente, la marcha avanza, en lo que pretende ser una muestra de fuerza, al rimo de fanfarrias. Hay vendedores de cachuchas y camisetas de El Salvador, también se liquidan playeras con la bandera de Estados Unidos. Le pregunto al comerciante si eso no supone traición. “No, aquí la gente la compra mucho”.

Aprovecho para desayunar en un puesto callejero. No me deja de asombrar lo insondable del español. Parece que en Centroamérica se habla el castellano más cariñoso del mundo. La lengua logra una proximidad que espanta. Me quedo helado cuando la señora que me atiende me pregunta: “¿qué te sirvo, mi amor?” Ahora sé que la respuesta más justa debió ser: “una pupusa, mami”.

Después de la pupusiada pago en dólares —El Salvador es un país dolarizado—. Le pregunto a la atareada mami que prepara la fritanga sobre algún otro platillo típico salvadoreños y me responde: “¿ya probó los jodogs?”.

Aquí la influencia estadounidense es predominante. Uno de cada tres salvadoreños vive en Estados Unidos, el principal ingreso de las familias son las remesas de algún pariente. El 30 por ciento de los que se quedaron vive en la pobreza.

Pero el Salvador regala un dato que pinta el panorama completo: el país más chico de Centroamérica tiene 160 multimillonarios, que concentran el 87 por ciento de la riqueza del país, según datos de Oxfam.

El presidente Nayib Bukele, que perteneciente a una de estas familias acomodadas, da un mensaje en cadena nacional con un cuadro gigante de Monseñor Romero de fondo. El joven publicista vuelto presidente explica que, con su gobierno, El Salvador cruza por una “verdadera Independencia”. Utiliza el día patrio para promover el estado de excepción que desde marzo impuso en el país con el pretexto de combatir las pandillas. Con esta herramienta, su gobierno ha detenido a más de 50 mil personas sin procesos judiciales. Las cárceles se llenan tan rápido que hace poco anunció un nuevo “Centro de Confinamiento del Terrorismo”.

En la Casa Presidencia, otrora Country Club, el mandatario cuenta su versión de la historia: dice que después de la Independencia, El Salvador estuvo sometido a dictaduras, oligarquías y vivió “a expensas de dictados de gobiernos extranjeros”. Que nunca tuvo libertad. Que con la guerra civil —que provocó un millón de desplazados y 70 mil personas asesinadas— se financió desde el extranjero a la derecha (Estados Unidos) y la izquierda (Unión Soviética). Que la paz de los acuerdos firmados en 1992 nunca llegó. Que la guerra incubó a las pandillas que se nutrieron de exiliados en Estados Unidos. Que el gobierno de Bill Clinton fue el que empezó a deportar a esos “criminales” y que por culpa de Estados Unidos la violencia aquí empeoró año tras año. Pero él, Nayib Bukele, logró revertir todo eso con el estado de excepción: “Después de 201 años vivimos, al fin, una verdadera Independencia”.

Bukele termina su delirante discurso con el anuncio que intentará reelegirse. Lo secundan sus funcionarios con el grito de: “¡Reelección, reelección!”. Luego de augurar que desde el extranjero se condenará su propuesta, lee el listado de países en que se permite la reelección. “Muchas gracias a todos y que dios bendiga a El Salvador”.

Camino por el centro de la ciudad y en la Catedral Metropolitana me encuentro una manifestación de personas que denuncian los abusos del gobierno.

María me cuenta que su hijo, José Sánchez, conducía su taxi cuando fue detenido por policías, en Chalatenango, apenas el 31 de marzo pasado, en el contexto “del régimen”. Lleva una pancarta con la foto de José en la que se lee “Lo necesitamos vivo, no muerto… Ya por favor!!!!”.

Trata de dar razones: “mi hijo no es pandillero, ni es colaborador de ninguna pandilla”

Ella está segura que a su hijo lo confundieron, porque en las pesquisas para capturar pandilleros se han llevado a gente inocente. Y por ahora, dice, solo espera que vuelva a su casa. “Desde que lo agarraron no lo he podido ver para nada. No sé nada de él, no sabemos si está vivo o está muerto”.

A unos metros de ahí me encuentro a María Mejía, esposa de Fredy Portillo, un albañil y agricultor que fue capturado el 29 de junio, en el departamento de Sonsonate, en el lugar donde estaba trabajando. “Está injustamente detenido”, dice la mujer.

Me cuenta que en la procuraduría le pidieron que “dejara de joder”. Desde entonces, no sabe nada, nadie escucha, y ella se desespera de buscar, Por eso se vino a manifestar sola el día de la Independencia. 

19 de septiembre

Día 36.

He viajado algunos días por El Salvador. Me adentré en la zona cafetalera. Subí al Volcán de Santa Ana y seguí el Camino de las Flores. No me convencí de apostar por sus playas. El pulgarcito de Centroamérica se me agota rápido. Por decir algo, y porque comparar es feo, el estado de Tabasco es más grande. Así que decido seguir mi camino al sur, poner marcha hacia Nicaragua.

Para entrar es necesario llenar una “Solicitud de Ingreso” por internet, así que hago el requerimiento en línea donde rehúyo a declarar que soy periodista. La dictadura de Daniel Ortega ha hecho una dura persecución contra periodistas en su país, así que me dispongo a usurpar otra profesión. Entre las opciones que uno puede escoger en la página de internet me seduce la idea de “gladiador” [sic], pero prefiero algo más discreto y ambiguo como “difusión cultural”.

Espero la respuesta en Tegucigalpa. Me dicen que puede tardar hasta una semana, pero las informaciones son confusas: unos me dicen que hay turistas que llegan a la frontera sin la solicitud y les permiten pasar; otros, que en un par de días les responden. Eso sí, todos advierten que está terminantemente prohibido entrar con cámaras, por estos días me entero del caso de un turista que logró meter a escondidas su dron y terminó en la cárcel.

23 de septiembre

Día 40.

Después de un par de días sin respuesta, decido presentarme en la frontera y plantarle cara al porvenir.

Escondo mi cámara fotográfica en el fondo de la bolsa de la ropa sucia y me preparo para el viaje. Tomo un autobús que me lleva a Danlí, de ahí a El Paraíso y finalmente a Las Manos. Paso la salida migratoria de Honduras. Camino un par de pasos hacia la frontera de Nicaragua pensando en las motivaciones de alguien que se dedica a la difusión cultural. Ni siquiera me convencía a mí mismo cuando un policía nicaragüense me detiene “¿No es usted periodista?”.

La pregunta me congela. ¿De dónde diablos sale este tipo para preguntarme de buenas a primeras si soy periodista? Mentiría si digo que no me pone nervioso. Pero aguanto la mirada que se siento como descalabro. “No, escribo artículos culturales”.

Enseño mi pasaporte y me da entrada a las ventanillas de migración. Mis documentos de viaje quedan retenidos mientras revisan mi información en una computadora. En los siguientes 40 minutos, el agente sale de la oficina instalada dentro de un remolque, solo para lanzar más preguntas “¿A qué se dedica? (por décima vez) ¿A dónde va? ¿Por cuánto tiempo? ¿Para quién trabaja? ¿Dónde se va a quedar?”.

Al final, un oficial migratorio me llama y me dice: “Con todo respeto…”

Entiendo que he fracasado. Recuerdo que mi hermano suele decir cuando se enoja: “con todo respeto, pero ese señor es un pendejo”. Siempre me ha encantado la gentileza con que mi hermano pendejea. Cuando alguien me dice “con todo respeto”, sé que se aproxima una avalancha.

Ahora, el oficial prosigue: “…usted no tiene autorizada la entrada a Nicaragua”.

—¿Por qué?

—Usted ha violado un artículo de nuestra constitución, ha hablado de cosas que solo los nicaragüenses pueden.

—¿Pero de qué hablé?

—Solo usted sabe.

—No, pues al parecer es noticia nacional. ¿Cuándo fue eso?

—Mire, con todo respeto, yo no le tengo que dar explicaciones.

—¿Puedo hablar con otro agente para que se revise mi caso?

—No, estas son órdenes de arriba. De hecho, usted está fichado.

Un grupo de policías me escolta hasta lo que parece ser la línea fronteriza de su país. Ahí me devuelven mi pasaporte. En la entrada de Honduras me pasa por la cabeza una idea chabacana: ¿qué pasaría si Honduras decide no dejarme pasar?. Si a los agentes migratorios, al ver que soy persona non grata en Nicaragua, les da por desconfiar. Entonces sí, empiezo a temer. ¿Y si no me deja pasar Honduras? Me quedaría varado en estos 100 metros que dividen a un país de otro, un trecho que huele a orines, lleno de contrabandistas y perros expatriados. Un sitio sin señal, donde abundan los cambistas, repleto de basura huérfana. Un rincón sin ley donde todos están de paso…

Pero nada de eso pasa. El agente migratorio solo me pide una mordida para entrar. Pago sin chistar.

30 de septiembre

Día 47.

De regreso a Tegucigalpa me propongo que el viaje tiene que seguir avante. Empiezo por lavar la ropa, porque no hay como procurarse uno para sentirse bien. Así que por primera vez decido pagar para quitarme la molestia de tener que lavar: entrego mi bolsa y me olvido del asunto.

Más tarde, lamento la decisión: la empleada del hostal viene al cuarto para decirme, muy apenada, que “la señora que hace el aseo no se fijó que había una cámara entre su ropa y la metió a la lavadora”.

Extiende una toalla donde yace mi cámara, la que escondí en la ropa sucia para tratar de entrar a Nicaragua, sin la menor señal de vida, como pajarito muerto.

Sin posibilidad de cruzar Nicaragua me dedico a buscar vuelos. La mejor oferta es un vuelo hacia Costa Rica, con escala en Cancún. Yo que decía que no iba a volver en un año a México, voy de regreso otra vez. Para este punto empiezo a creer que alguien me hizo un amarre. Y eso que voy de norte a sur, no quiero imaginar el calvario de cientos de personas que van en el sentido contrario. Malditas fronteras.

*El 15 de agostode 2022, José Ignacio De Alba emprendió un camino de miles de kilómetros en busca de las historias de una América latina inexplorada: la de sus márgenes y sus periferias. El viaje arrancó en Belice, nuestro pequeño y extraño vecino del sur. El objetivo es llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del continente, a través de veredas y rutas olvidadas, donde se pueda contar la vida cotidiana de la gente común. En este espacio iremos publicando las historias que irá encontrando…

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Cronista interesado en la historia y autor de la columna Cartohistoria que se publica en Pie de Página, medio del que es reportero fundador. Desde 2014 ha recorrido el país para contar historias de desigualdad, despojo y sobre víctimas de la violencia derivada del conflicto armado interno. Integrante de los equipos ganadores del Premio Nacional Rostros de la Discriminación (2016); Premio Gabriel García Márquez (2017); y el Premio Nacional de Periodismo (2019).