Cabécares: la otra Costa Rica

23 octubre, 2022

Los pueblos indígenas representan 2 por ciento de la población de Costa Rica. Durante años, sus territorios se mantuvieron ignorados. Pero con el desarrollo exacerbado. estas zonas se encuentran en la mira de capitales privados. Este es un camino que hace cada semana un maestro para llegar con los cabécares

Texto y fotos: José Ignacio De Alba

CHIRRIPÓ ARRIBA, COSTA RICA.-  Cuando pienso en Costa Rica pienso en un país con una disonancia muy fuerte: por un lado, es un país que conserva sus medios naturales de una forma extraordinaria; hay una conciencia ecológica profunda. Por el otro, hay un olvido a los pueblos indígenas. Es una cosa que no me cuadra: cómo termina sobreponiendo el cuidado del medio ambiente al cuidado de pueblos que han quedado rezagados de esta Suiza de Centroamérica.

9 de octubre de 2022

Día 56.

En Costa Rica la gente hace tours o se los inventa. El turismo internacional es uno de los ingresos más importantes del país. Los locales se justifican: “vivir en un país de paz es caro”. Y sí, en este lugar hasta la paz tiene precio…

“Nosotros te podemos llevar a conocer un pueblo indígena, el costo por persona es 200 dólares por persona”, me dicen cuando pregunto cómo llegar a un territorio indígena.

Recorro la Suiza de Centroamérica entre europeos que pagan sin regatear. Pero a uno, latino, que viene de la escuela del mercado, que negocia hasta el precio de los chícharos, desde luego que la oferta resulta descabellada.

Además, cuando se paga por ver, siempre se corre el riesgo de la parafernalia y el folclor, para satisfacer al visitante ávido de los exótico. Así que opto simplemente por preguntar, por dejar correr el instinto para llegar. En una de esas pesquisias encuentro a alguien que asegura conocer al director de una escuela indígena. ¡Bingo!

Me contacto con el director, llamado Randy, y le explico que recorro el continente en busca de historias periféricas, que me interesa conocer un pueblo indígena de Costa Rica y su modo de vida. Randy me dice que tengo suerte porque él va a subir con los cabécares en un par de días. Accede a llevarme. Me explica que con nosotros irá un ingeniero en computación que debe arreglar algunos ordenadores.

10 de octubre

Día 57.

Por la noche, Randy me llama para decirme que el Ministerio de Salud suspendió las actividades escolares en todo el país. En varias comunidades rurales e indígenas hay un brote de enfermedades respiratorias entre los niños, los casos rebasaron la capacidad hospitalaria. Nadie sabe qué es. ¿Covid? ¿Rhinovirus? ¿Un nuevo bicho? ¿Quién decía esto de que era uno de los países con mejor cobertura de salud del continente?

De pronto el plan se viene abajo.

11 de octubre

Día 58.

Randy me avisa que las clases se suspendieron, pero que el personal educativo debe seguir trabajando. El plan se arma de nuevo. Nos quedamos de ver en la población donde vive el maestro, un sitio llamado -qué paradoja- La Suiza.

A unos kilómetros de ahí se encuentra la Rawling, la fábrica de pelotas de beisbol de las grandes ligas de Estados Unidos. En esos días conozco a Gabriela, descendiente de indígenas bribiris que trabajó en la empresa pelotera. Ella me asegura que tejer las bolas “es el trabajo más cansado del mundo. A mí me deshizo las manos”. La joven, de 30 años, ahora trabaja en una granja lechera.

Costa Rica tiene distintivos extraños. Por decir algo, fue el primer país de Latinoamérica en tener un McDonalds. La estrecha relación que ha tenido con Estados Unidos lo ha colocado, en ocasiones, en oposición de países vecinos.

En 1965, Estados Unidos invadió República Dominicana por miedo a que se convirtiera en una “segunda Cuba”. El presidente Lyndon Johnson mandó militares y Costa Rica, aunque no tenía ejército, acompañó la operación -casi como un chiste- con una veintena de policías.

* * *

Este es el camino que hace todas las semanas Randy, director de una escuela rural: 

Salimos de La Suiza y viajamos por una terracería torcida y maltrecha; cruzamos ríos en una camioneta que logra salir de lodazales tramposos. De vez en cuando es preciso caminar el trecho para calcular el paso antes de cruzar el vehículo. La camioneta brincotea como si galopara, otras veces patina y se desliza sobre el fango, que le hace perder amarres. La tracción se recompone entre piedras lizas y troncos. El camino se presenta escarpado, pero se nivela en entre pendientes que sobrecalientan los frenos.

Dentro de la camioneta huele a balatas quemadas, el mareo es inevitable y hace perder piso. Uno aguanta el jaleo del estómago. Pero el viaje se prolonga por más de tres horas, las cascadas y los riachuelos son lo suficientemente bajos para posibilitar el paso, las lluvias no han anegado por completo. Cruzamos La Selva, Paso Marcos y en Grano de Oro desviamos para cruzar el río El Seis. Luego, nos adentramos en nombres cabécar: Ñukja Kicha, Kebekbata y Tkanyäkä. El camino se termina donde corta el Río Chirripó Atlántico, que nace en las aguas impolutas de la Cordillera de Talamanca. En este punto nos encontramos en el centro del territorio de Costa Rica, cercados por kilómetros de selva cerrada.

Cargamos las mochilas y algunos alimentos para iniciar la otra parte del viaje, ahora a pie. Primero se cruza el Chirripó a través de un puente colgante que se sostiene sobre la pendiente del río. Luego la caminata prosigue entre laderas, arroyos y repechos. Sobre la brecha nos alcanza un cabécar, el hombre de gesto duro ataja el camino, nos exige entre señas que le regalamos dos rebanadas de pan. Le entregamos el alimento y nos deja seguir el paso. Comprendo ahora que hay otra Costa Rica, una que incluso puede tener hambre.

Seguimos el sendero entre declives, en algún momento saltamos entre piedras para avanzar sobre un río. Escalamos una cascada con poca agua para encumbrar una montaña, cuando llegamos a la naciente nos surtimos en un ojo de agua. Yo empiezo a vencerme, así que Randy me anima diciendo que falta media hora para llegar; repetirá la mentira las cuatro horas siguientes.

En uno de los descansos nos alcanza una familia de cabécares y nos pasa sin dificultad. Una niña de unos ocho años nos adelanta de la mano de su papá; su mamá tiene prensada en el cuello a otro niño en pañales. La familia se sobrepone al camino. Pienso que soy el lastre de mi grupo, ni los limones dulces me recomponen.

En un punto la selva envuelve el camino y la brecha se sombrea. Randy me explica que a las orillas del sendero hay un cementerio cabécar que pueda tener cientos de años. Los indígenas son tan celosos de sus difuntos que el ritual apenas y se conoce; se sabe que sus muertos son enterrados y después de un año se exhuman los restos y se meten en ollas de barro. En una celebración con chicha se hacen exequias. Ningún arqueólogo ha entrado al sitio, ese territorio es estrictamente restringido. En el camino llevo la vista aplicada, noto que en la zona hay petrograbados, a veces pedazos de vasijas arcaicas en el camino.

Nos topamos con una culebra Zopilota, benigna porque se alimenta de víboras venenosas. Aunque también puede enfrentar a los humanos utilizando su cuerpo como un látigo. El animal negro nos huye, pero Randy explica que no correríamos la misma suerte con el coralillo. La serpiente anillada y letal no cede el camino. No detiene su paso, como si su veneno la volviera soberbia. Los cabécares no la evaden. Los locales le escupen a la culebra, esta se yergue altanera con los filos por delante. El cabécar esputa de nuevo y muestra la pedrada que la ha de matar. Es entonces cuando la alimaña retrocede, por fin, al único ser que la desafía.

El cabécar es duro, con su temperamento ha hecho posible la vida en un espacio tan trabajoso. Su fuerza siempre ha sido admirada, incluso con la llegada de los europeos a América. Los nativos fueron esclavizados en las minas de Perú, mientras su territorio fue saqueado. Los que quedan en esta selva recóndita son los sobrevivientes, los que se invisibilizaron para sobrevivir.

Durante años, estos territorios indígenas también se mantuvieron ignorados. Pero con el desarrollo exacerbado estas zonas se encuentran en la mira de capitales privados, que circundan a los cabécares con proyectos turísticos, ganaderos y hasta ambientales.

Hoy los pueblos originarios de Costa Rica son apenas el dos por ciento de la población, aunque nuevas metodologías arrojan que podría haber muchos más, me dice Randy. Lo que es un hecho es que las poblaciones originarias del país son, también, las más marginadas. La pobreza extrema se ceba en lugares como este.

El fango del camino es tan pesado que succiona los pasos, a veces el calzado se queda tragado por el barro. Pasamos puentes de madera endebles, por debajo ríos nutridos y prístinos. En algún momento arrojo la mochila y me rindo al paso de mis acompañantes. Con la promesa de que ya no va a mentir, Randy me asegura que ahora sí falta media hora. El maestro y el ingeniero han hecho tan a menudo el camino que lo hacen sin asomo de cansancio. Para llegar a la escuela Randy utiliza un día de trabajo, da clases y dirige el colegio tres días, luego utiliza otro día para volver a su casa.

Randy va por el camino recogiendo la basura que se encuentra, me explica que los cabécares piensan que las envolturas plásticas se desintegran como las cáscaras de banano. La gente del lugar se mantiene célibe a los por menores de “progreso”, no es raro encontrarse a grupos de mujeres bañándose desnudas en alguna fuente de agua. También han rechazado con vehemencia a los religiosos que quieren traer a gristo. Ellos mantienen su fe en Sibú, quien le ha enseñado a los hombres a cantar, cultivar y trabajar.  

Llegamos a Chirripó Arriba después de cuatro horas de caminata. En el valle una decena de casitas de lámina, rodeadas de montañas verdes, que se perciben como muros. En una ladera la escuela echa con tablones “Jala Kicha”. A este lugar que casi no llega nada el arribo del director es un acontecimiento. La gente pasa a saludar y los niños se acercan para para que les inviten alguna galleta.

Randy me dice que no tenga cuidado porque mis cosas nadie las va a tocar, los cabécares son gente intachable. Pero que cualquier alimento que deje a la vista, va a desaparecer sin premura.

Me presento con algunas personas del lugar. Explico que vengo de México y me dicen que no conocen ese sitio. José resuelve que es un lugar que se encuentra por la provincia de Heredia. Para mi sorpresa México no existe para ellos. Explico que está cerca de Estados Unidos y las respuestas me sorprenden más. “Ahh… Estados Unidos!”. “No, Estados Unidos no. Por allá, a un lado”, “Ahhh… no, ese no”.

A la comunidad no ha llegado noticia de que se suspendieron las clases en Costa Rica por el brote de una enfermedad, pero sí cuentan las afecciones de niños que se han agripado y batallan para recobrar fuerzas. Randy hace público que las clases están suspendidas, la noticia es recibida con desaire.

Los lugareños se habían dispuesto para una fiesta que se llevaría a cabo a expensas de la escuela, con motivo del 12 de octubre. Con todo lujo habían matado un chancho correoso. Randy les explica que podrán preparar al marranillo, pero que cada familia debía comerlo en casa, y no en convivio, como todos deseaban.

Randy me dice que la función de la escuela no se limita a dar clases. Ahí se preparan alimentos para los 39 niños, “en muchos casos este es el único alimento que reciben los chiquillos en todo el día”. Así que Randy procura comidas ricas, él mismo suele cocinar. De hecho, armó un corral para criar gallinas y obtener huevos. También alzó, con ayuda de los pobladores, un huerto donde se siembra lechuga, cilantro, mostaza, tomates y chayotes.

La escuela misma se sostiene por el ingenio de Randy. Con ayuda de los padres de familia ha remendado tablones, compuesto cimientos y reconstruido el caño. Hace meses los empeños de la comunidad se volcaron en la construcción de puentes y abrir brechas. También el agua que beben en la escuela pudo ser más limpia cuando lograron acarrearla de un manantial.

Randy hace aportes vitales a la vida de la comunidad. El hombre, de treinta años, ha proyectado la instalación de un biodigestor para obtener gas, también quiere organizar a la comunidad para convertir una ciénega en un campo arrocero y colocar un estanque para la crianza de peces comestibles. Este maestro ha logrado cambiar el rumbo de una comunidad, con instinto e ingenio. Apenas llevo un día de conocerlo y me admiro del oficio de este profesor de física, convertido en el bienhechor de un pueblo.

La hazaña de Randy es replicada por otros maestros del lugar. Uno llega desde su pueblo, Coiyaba, a nueve horas de distancia caminando; otro arriba desde Shukebachari, a seis horas. A los niños se le imparten clases de forma bilingüe y también se les dan laptops. Por eso en esta ocasión viene Omar, que debe dar mantenimiento a algunos equipos. Aunque solo hay electricidad en la escuela.

La atención del pueblo está centrada en el chancho que mataron por la tarde, la gente del lugar rehúye tanto a las cuestiones de sangre que extinguen a los animales por asfixia. Cenamos en la escuela mientras el marrano se ahúma en el fogón donde hierve el café.

La noche en el corazón de Costa Rica es apacible, la oscuridad es imperiosa. Las luciérnagas emiten su luz a un tiempo y la selva se vuelve fluorescente. Las chicharras prolongan el encantamiento con su chillido hipnótico, el sueño me domina.

Desde temprano la gente se organiza para guisar el chancho, se traen papas, yucas y zanahorias. También se preparan ollas de arroz para acompañar la carne. Alrededor de la fogata los pobladores supervisan el potaje que cocinan, alimentan el fuego y especian el cocido. También hay una disputa entre los pobladores, sobre la potestad de la cabeza del marrano. ¿A quién le pertenece? El director resuelve “en esta ocasión le toca a Juan”.

La gente de la comunidad está dividida en clanes, algunos tienen mucho prestigio, como los Cabe (quetzal) o los Tsiru (cacao). Pero como siempre hay sus ramplones como los Bolowata (un tipo de árbol). A quien me explica estos pormenores le pregunto cómo son los Bolowata, resume: “es muy pendejos”. Claro, con esos no hay que mezclarse. Le pregunto cómo son los Tsiru o los Cabe: “muy guapos, gente trabajadora”.

Los problemas de incesto han provocado problemas congénitos en muchos pobladores. Pero en lo general, los cabécares tienen una fuerza sobresaliente, también suelen ser buenos matemáticos o ajedrecistas, Randy dedica tiempo a enseñarle Ajedrez a los niños interesados. Dice que la gente en la ciudad ya no quiere tener hijos, pero aquí los indígenas viven en una punción de fertilidad, las parejas procrean familias grandes.

Desde hace un par de años la cabécar Noyle Salazar se ha hecho famosa corriendo pruebas de gran resistencia. Una mujer indígena rompiendo récords es el alarde de diarios deportivos. Noyle ha participado en algunas de las carreras más extenuantes del mundo y ha hecho saber, para muchos, que los cabécares existen. Conozco al papá de la atleta, Alán. El hombre me presume que “ella ya viajó en avión”. Le pregunto cómo está su hija. “Bien, ella se va a Italia, a España a todos esos”, responde.

-¿Ella viene seguido?

-No, ella ya no quiere regresar.

Cuando el chancho está en su punto, la gente asiste por su porción y las ollas se vacían aprisa. Los cabécares lavan las ollas de la escuela y vuelven a sus casas con la esperanza de que las clases se reanuden pronto.

Nosotros emprendemos el regreso al día siguiente, el camino de retorno es más simple, predomina el descenso. A la salida de la brecha divisamos en el lecho de un río dos serpientes Loro, enroscadas en apareamiento mientras las mece el agua de la corriente. La delirante naturaleza.

Decido que esa sea la última imagen que me lleve de Costa Rica, ese mismo día por la noche tomo un autobús que me lleve a Panamá.

*El 15 de agosto de 2022, José Ignacio De Alba emprendió un camino de miles de kilómetros en busca de las historias de una América latina inexplorada: la de sus márgenes y sus periferias. El viaje arrancó en Belice, nuestro pequeño y extraño vecino del sur. El objetivo es llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del continente, a través de veredas y rutas olvidadas, donde se pueda contar la vida cotidiana de la gente común. En este espacio iremos publicando las historias que irá encontrando…

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Cronista interesado en la historia y autor de la columna Cartohistoria que se publica en Pie de Página, medio del que es reportero fundador. Desde 2014 ha recorrido el país para contar historias de desigualdad, despojo y sobre víctimas de la violencia derivada del conflicto armado interno. Integrante de los equipos ganadores del Premio Nacional Rostros de la Discriminación (2016); Premio Gabriel García Márquez (2017); y el Premio Nacional de Periodismo (2019).