Bolivia y la maldición de los minerales

5 agosto, 2023

El Cerro Rico de Potosí fue la mina de plata más rica del mundo, pero sus pobladores viven en la pobreza desde hace varias generaciones. Hoy, el destino plantea de nuevo la paradoja: Bolivia contiene las reservas de litio más grandes del planeta. ¿Esta será la solución definitiva a la pobreza o es la vuelta de una maldición?

Texto y fotos: José Ignacio De Alba

UYINI, BOLIVIA.- Son mis últimos días en Bolivia y no dejo de pensar en sus grandes paradojas. Hay mucha gente pobre, a pesar de que es uno de los países con más recursos naturales. Es el país cuyo gobierno ordenó la muerte sin juicio de Ernesto Guevara, el Ché, y sin embargo, es donde he encontrado más imágenes del legendario guerrillero (como si Bolivia fuera consciente de que le hace falta). También es país muy femenino: como en ningún otro, las mujeres están en el centro de la organización social. Supongo que eso se debe, en buena medida, a que 62 por ciento de la población pertenece a un pueblo indígena. En todo caso, lo que me dejan estos días en Bolivia es una sensación de tristeza ¿Cómo es que siendo un país con tantos recursos puede tener a tanta población viviendo con tantas carencias?

17 de julio de 2023

Día 337.

Se cuenta que el pastor Diego Huallpa se perdió en el monte. Cuando le cayó la noche prendió una fogata y se echó a dormir. Al día siguiente se despertó con la intención buscar el camino a casa. Pero cuando apagó las brasas se dio cuenta que sobre los maderos ardientes del fogón había plata derretida.

Ese fue el descubrimiento de Potosí, la mina de plata más rica del mundo. En este lugar los conquistadores instalaron el primer complejo industrial de América. La opulencia del también llamado Cerro Rico fue tal, que la economía de toda Europa floreció durante un par de siglos.

Pero la suerte de los pobladores de Bolivia y de Potosí fue muy distinta. Hoy, este país centro andino mantiene tasas de pobreza extremadamente altas. Lo que queda de Cerro Rico sigue siendo explotado, pero poco queda de la veta. “Apenas y sobrevivimos con esto”, me dice Carlos, un minero que ha trabajado en Potosí durante 25 años.  

Potosí es una montaña. Por fuera parece un gran montículo de tierra. Toda su corteza fue removida y sobre sus faldas se encuentran decenas de entradas. Por dentro es un hormiguero: miles de caminos van de una salida a otra. Los últimos 500 años los humanos se han encaramado en laberintos para extraer los minerales de sus entrañas.

19 de julio

Día 339.

Acompaño a Carlos a la mina y me cuenta que actualmente hay más de 10 mil mineros que trabajan en el lugar, “Le aseguro que ya nadie se hace rico, como antes”, dice.

Un centenar de cooperativas se encargan de extraer los minerales. Suelen contratar a niños, comúnmente llamados mineritos. Algunos trabajan por algunos dólares a la semana. La Unisef ha denunciado durante años el trabajo infantil en este lugar.

Cuando le pregunto a Carlos sobre el tema, me responde sin dudas:

Sí, es triste que los niños trabajen. Pero es más triste que se mueran de hambre”.

No es una exageración, la región de Potosí tiene altos grados de desnutrición infantil. Ha llegado a ser la zona más marginada de Bolivia.

Estando aquí me cuesta trabajo imaginar que de esta ciudad saliera buena parte de la riqueza del mundo. Apenas hay calles asfaltadas, los servicios públicos son malos, ni siquiera los mineros tienen hospitales o seguridad social. Por las calles del centro de Potosí hay decenas de niños pidiendo dinero. Un día me topo a un grupo de ellos hurgando en un bote de basura, buscando comida.

La riqueza se fue lejos de aquí. Cuando le pregunto a Carlos qué quedó de aquella bonanza. el hombre se queda callado mientras lo piensa. “Nada, nos dejaron la codicia por la plata”, dice por fin.

Antes de entrar a Potosí, Carlos me lleva a ver un altar que mantienen los mineros de su cooperativa. Me explica que una vez al año sacrifican llamas y esparcen la sangre en la montaña, como una especie de ofrenda. Efectivamente, sobre las paredes y en buena parte de las construcciones del sitio están teñidas de rojo.

Entramos por un socavón. Me sorprende ver que ni siquiera dentro del sitio hay luz para trabajar. Caminamos agachados y con equipo rudimentario. Los mineros trabajan con dinamitas, picos y palas. Dentro de la mina los pasillos son estrechos. A veces debemos caminar agachados o en cuclillas. De pronto hay sitios inundados, gente sacando escombros con cubetas, a veces un vagón que debe ser empujado por una persona.

Después de 500 años de explotación, la montaña entera corre riesgo de desplomarse por la cantidad de socavones que tiene. Pero aunque los accidentes son comunes, nadie parece supervisar lo que sucede aquí. Es un sitio sin ley, abandonado a la superstición.  

Escucho a Carlos hablando en quecha con otros de sus compañeros y le pregunto cuántos indígenas trabajan en el lugar. “Aquí ya no hay indígenas, aquí la mayoría viene del campo”, dice.

La migración y el desarraigo en este sitio son evidentes. Muchos de los mineros son campesinos que vienen a trabajar a Potosí cuando las cosechas fallan.

En varias partes de la mina hay estatuillas de diablos. El tío le llaman aquí a una especie de guardián de los mineros. En los sepulcros dejan cigarrillos, alcohol y otras ofrendas. En realidad, lo que dejan aquí los trabajadores es su propia vida. Un trabajador de esta mina vive, en promedio, 45 años.

Caminamos entre bifurcaciones, bajamos escaleras y encontramos nuevos túneles. Caminos que topan con pared y caminos que nos llevan aún más adentro de la montaña. Encontramos algunos jóvenes empeñados en un muro de piedra. Los trabajadores fuman y el humo vicia el poco aire que hay en esta profundidad.

Minutos después utilizarán TNT para abrir una vena en busca de una veta más rica. La explosión viaja por todo el túnel y provoca que la piedra sobre nuestras cabezas se desmorone. Desde que me metí aquí me parece un trabajo suicida.

Le planteo a Carlos la paradoja: ¿qué piensas de que esta fue la mina más rica del mundo y Bolivia es un país pobre? El hombre responde:

Si la riqueza se hubiera quedado aquí hubiéramos sido como Dubái”.

En Potosí no hay mujeres trabajando. Según los mineros “traen mala suerte” a la mina. Una costumbre viva desde hace 500 años. Le pregunto a Carlos a qué se dedican las mujeres de los pueblos. “Muchas son prostitutas”, medice.

Cuando salimos de la mina me despido de Carlos, quien se queda tomando alcohol de 96 grados con sus compañeros. Hoy es sábado y día de paga. Las cantinas que se encuentran en las cercanías del cerro están repletas de mineros gastando el poco dinero que ganaron en la semana. En los prostíbulos, los hombres pobres atendidos por mujeres, aún más pobres. 

***

De Potosí salían los lingotes de plata hasta Europa, pero también en la ciudad se acuñaron las monedas que se circularon en el virreinato. Increíblemente, hoy en día Bolivia ni siquiera produce su propio dinero. Las monedas vienen de Chile y Canadá. Los billetes los traen de Francia.

22 de julio

Día 342.

A 200 kilómetros de Potosí se localiza el Salar de Uyuni, la reserva de litio más grande del mundo. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos -interesante que ese país tenga la estimación exacta- en este lugar se encuentra el 60 por ciento de las reservas del planeta.

Este sitio de paisajes exóticos apenas era conocido por turistas, pero hace un tiempo se convirtió un centro de interés geopolítico. Sobre el altiplano andino, Bolivia, Chile y Argentina comparten el llamado “triángulo del litio”.

Hace unos años nadie hablaba de este mineral; hoy se le considera oro blanco. Es un elemento esencial para la fabricación de baterías, desde coches eléctricos hasta celulares. Se piensa que la industrialización mudará del petróleo a la electricidad gracias a estas tierras raras.

La olvidada Bolivia es “un mendigo en un trono de oro”, me explica una boliviana. Esa frase resume bien la realidad en la que vive su población.

En estos días el gobierno anuncia que las reservas son más grandes de lo pensado. El presidente Alberto Arce informa en cadena nacional que cuenta con 21 millones de toneladas de litio en Uyuni, pero que hay otros dos millones en los salares de Coipasa y en Pastos Grandes. El potencial podría ser mucho mayor. En total, el país tiene 31 salares.

Viajo a este sitio por una pequeña carretera con baches, a veces camino de tierra.

23 de julio

Día 343.

Llego al pueblo de Uyuni. Hoy, hasta el ejército se hace presente en este lugar de calles de tierra. Para entrar al salar es necesario mostrar pasaporte.

Entramos en un vehículo 4×4 a esta planicie blanca que mide 12 mil kilómetros cuadrados, casi 10 veces la superficie de la Ciudad de México. Este valle rodeado de montañas y volcanes es tan grande que uno podría quedar perdido con facilidad.

Una monotonía de blancos, solo las montañas que rodean el valle sirven para guiar. En estos desiertos hay tantos minerales que las brújulas erran el norte. Apenas algunas islas de tierra se distinguen. El piso parece nieve dura, pero la quimera termina con el calor.

La capa de sal llega a medir hasta 10 metros de profundidad, aunque hay sitios donde el caparazón se adelgaza a pocos centímetros, también hay lugares donde brota agua en forma de salmuera. Todo esto contiene el mineral “del futuro”.

A pesar de que Bolivia es “la capital mundial del litio”, no logra industrializarlo. Desde el 2008, el gobierno del expresidente Evo Morales nacionalizó las reservas del país, pero un golpe de Estado, en 2019, ralentizó los planes.

“El objetivo económico del golpe de Estado era el control del litio boliviano”, dijo el propio presidente, Alberto Arce, en una conferencia.

Este mineral raro parece mover todo lo que sucede en Bolivia. Igual que ocurrió con la plata.

Aunque el parido de Evo Morales recuperó el poder, el gobierno se ha visto obligado a negociar con empresas la extracción del mineral, debido a que su extracción y procesamiento son complejos.  Aún la extracción de litio en Bolivia es marginal en comparación a otros países, como Chile, Argentina, China o Australia.

Hoy Rusia y China son los mayores socios del gobierno de Bolivia, aunque hay muchos habitantes de la zona que son escépticos sobre el litio. En el pueblo de San Juan, que está a orillas del salar, conozco a Dora Rojas. La mujer de 60 años se dedica al cultivo de la quinua, la resistente planta andina que sobrevive en lugares extremosos. Ella me explica que en su pueblo están en contra de la extracción del litio porque es una industria que consume mucha agua y aquí cada día hay menos para sembrar. También me dice que esa minería podría ser muy contaminante y es muy riesgoso para la salud. Luego, me dice lo que me parece lo más relevante de la charla:

Aquí ni siquiera hay señal de teléfono, yo no tengo celular ni sé usarlo, tampoco necesito de un coche eléctrico”.

Insisto en que el litio es el oro blanco y la mujer me responde que aquí el oro es la quinua, que ha servido para alimentar familias por generaciones.

Tardo en darme cuenta que el mundo de la transición está muy lejos. En Estados Unidos o Alemania la gente está entusiasmada por cambiar sus automóviles de combustión por coches eléctricos, para combatir el cambio climático. Mientras platico con Dora, la idea me parece absurda.

Le digo que con el lito Bolivia podría cambiar las circunstancias de vida de mucha gente, que podría haber más educación, mejores caminos, hospitales. La mujer me dice: “espero que tengas razón y todo eso suceda. Pero te aseguro que si tu regresas en 20 años nada de eso habrá pasado”.

—¿Por qué está segura de que no funcionará?

—Porque al final el litio va a seguir el mismo camino que siguió la plata de Potosí.

*El 15 de agosto de 2022, José Ignacio De Alba emprendió un camino de miles de kilómetros en busca de las historias de una América latina inexplorada: la de sus márgenes y sus periferias. El viaje arrancó en Belice, nuestro pequeño y extraño vecino del sur. El objetivo es llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del continente, a través de veredas y rutas olvidadas, donde se pueda contar la vida cotidiana de la gente común. En este espacio iremos publicando las historias que irá encontrando…

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Cronista interesado en la historia y autor de la columna Cartohistoria que se publica en Pie de Página, medio del que es reportero fundador. Desde 2014 ha recorrido el país para contar historias de desigualdad, despojo y sobre víctimas de la violencia derivada del conflicto armado interno. Integrante de los equipos ganadores del Premio Nacional Rostros de la Discriminación (2016); Premio Gabriel García Márquez (2017); y el Premio Nacional de Periodismo (2019).