Ancianos solos: la desigualdad desafía el plan de vacunación

16 marzo, 2021

En un municipio conurbado de la capital de Oaxaca, dos niños llevaron a su bisabuelo a vacunar en una carriola, en un gesto que para muchos fue heroico, pero que muestra otra cara de la vacunación: la de adultos que viven solos y su nivel de vulnerabilidad, dependiendo del grupo social en el que se encuentran

Texto: Paulina Ríos, Pedro Matías / Página 3 y Reyna Haydeé Ramírez e Isabel Briseño /Pie de Página

Imágenes: Vicente Ríos, Reyna Haydeé Ramírez e Isabel Briseño

SANTA CRUZ XOXOCOTLÁN, OAXACA.- A Javier, de 10 años, no le escasean los sufrimientos ni las ganas de superarlos. Tiene una enfermedad que se llama púrpura trombocitopénica. Es un trastorno hemorrágico en el cual el sistema inmune destruye las plaquetas, y se desangra si anda mucho en el sol, carga cosas pesadas o hace algún esfuerzo. Pero eso no impidió que hace una semana arriesgara su vida para salir a buscar la vacuna anticovid para su bisabuelo Victorio.

Lo llevó en una carriola que habilitó como silla de ruedas. Con los brazos pegados al cuerpo para tener más fuerza, el niño empujó, por casi un kilómetro, hasta el puesto de vacunación de San Isidro, agencia de Santa Cruz Xoxocotlán, municipio conurbado a la capital de Oaxaca.

“En los topes fue lo más pesado para mí porque en uno casi se me cae mi abuelo, entonces, alcé la carriola con todas fuerzas, aunque no importara que me saliera sangre porque yo amo mucho a mi abuelo y José (su hermano de cinco años) la empujó y la bajamos”, cuenta sin lamentos.

Javier vive con su madre, su bisabuelo y tres hermanos menores (uno recién nacido). Trabaja desde los 7 años y está acostumbrado a hacerse cargo los miembros más vulnerables de su familia. Quizá por eso, lo único que le preocupaba durante el trayecto era no tirar al hombre de 76 años que llevaba en la carriola. 

Foto: Vicente Ríos 

“Se me iba a caer mi abuelito. Me dio miedo que se me cayera y como no tengo mucha fuerza, no lo pude parar y le dije: ‘mejor súbete a la carriola y a ver si puedo. Alza los pies y yo te empujo’. Y como estaba tapado (el centro de vacunación) por tanta gente, que nos vamos a dar más vuelta”.

Esta historia ocurrió el sábado 13 de marzo, en el segundo día de vacunación en San Isidro Monjas, agencia de Santa Cruz Xoxocotlán. La contó Paulina Ríos en el portal Página 3: 

Las personas que hacían fila vieron llegar al niño que, con todas sus pequeñas fuerzas, empujaba la carriola para llegar al centro de vacunación. El enjuto cuerpo del abuelo, Victorio, apenas cabía en la carriola para transportar a pequeños de hasta tres o cuatro años. Encorvado el cuerpo, su cara casi pegada al pecho, pero sin soltar el bastón con el que se apoya, el anciano hacía un gran esfuerzo para mantener sus piernas arriba y permitir que la carriola no se atorara.

Cuando llegaron al filtro de entrada, un policía municipal preguntó:

—¿Quién es el responsable de tu abuelito?

—Yo—, contestó firmemente y con orgullo.

Asombrado, el policía insistió:

—¿No tienes un hermano, o alguien más que venga?

—Sí, él— dijo el niño, señalando a otro, más pequeño, que le acompañaba.

—¿Alguien más que esté en tu casa?

–No, vivimos solos con mi abuelo.

La escena fue captada por el ingeniero Vicente Ríos en una fotografía y un breve video de 11 segundos. El doctor Antonio Vargas Zurita le regaló un cubrebocas a cada uno de los niños. Ambos forman parte del grupo de personas que decidió aportar su tiempo y esfuerzo para apoyar a su comunidad en el proceso de vacunación. “Yo estaba de médico voluntario ante cualquier síntoma de algún adulto mayor”, explicó el médico.

Victorio fue recibido en la unidad vacunadora sin hacer fila y a pesar de que el turno de acuerdo con su lugar de residencia había pasado. Pero ninguna de las personas formadas se quejó.

Tras ser vacunado, al abuelo le bajó un poco la presión arterial, pero cuando la doctora a cargo le pidió su credencial de elector para ver dónde vivían, el niño se opuso. “No, no se la enseñes abuelo, yo les digo dónde vivimos, pero no les enseñes la credencial”, le dijo a su bisabuelo.

A la maestra Citlalli Ángel Carreño, quien atestiguó ese momento, la respuesta le causó ternura y risa. “Seguramente ha escuchado que no deben mostrar ni entregar la credencial de elector para vacunarse”, contó.

Minutos después, Victorio se fue recuperando y pudo volver a su casa.

Adultos sin compañía, más vulnerables

Tras conocerse esta historia, políticos, candidatos y autoridades de Oaxaca ofrecieron a la familia distintos apoyos. Aún quedan los ofrecimientos de unas ocho sillas de ruedas, despensas, ropa para los niños, colchones y hasta dinero en efectivo.

Pero el problema no es aislado. Por el contrario, la historia de Oaxaca ilustra una de las fases de la vacunación que poco se ha documentado: la de los adultos que no tienen familia o no tienen quien los acompañe. Y aunque el gobierno mexicano ha dicho que habrá brigadas para buscarlos en sus domicilios, lo cierto es que eso ha dependido, en buena medida, de las condiciones de los gobiernos locales y la disponibilidad de las vacunas.

Datos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2018 del Inegi indican que de 15.7 millones de personas mayores de 60 años que habitan en México 1.7 millones viven solas. De ellos, según la encuesta, 7 de cada 10 tienen algún tipo de discapacidad o limitación considerada básica, como caminar, subir o bajar, mover o usar sus brazos, aprender, recordar o concentrarse, escuchar, hablar o comunicarse.

Casi el 40 por ciento sobrevive de un programa de gobierno; otro 39 por ciento de su pensión o jubilación.

En Ciudad de México, la vacunación se abrió esta semana en las alcaldías Miguel Hidalgo y Azcapotzalco. La Miguel Hidalgo es la segunda alcaldía con mayor cantidad de adultos mayores de la ciudad: 76 mil 38 adultos mayores.

Para la aplicación de las vacunas se instalaron unidades vacunadoras en la Escuela Nacional de Maestros y en el Campo Marte. Pero esta vez, a diferencia de las ocasiones anteriores, las vacunas que llegaron al inicio de la semana no fueron suficientes y los responsables del operativo en la Normal no fueron tan tolerantes con los adultos que llegaron solos:

“No, no puede pasar”; “Venga cuando le toque a su letra”; “Hoy sólo apellidos que empiezan con A o B”; “Ya se acabó la vacuna”; “Ya cerramos (4pm)”, “¿Tiene cita? No es su cita, ése es el número de folio”; “Venga mañana a las 7 (de la mañana) para que lo orienten los servidores de la Nación”, decían, antes de dejarlos hablando solos o cerrarles la puerta en la cara.

Foto Isabel Briseño.

El acceso a la Normal se restringió por el periodo electoral. De vez en vez, una persona distinta salía a atender a los adultos mayores y a sus familiares que llegaban en busca de información. Respondían según su criterio y daban información a cuentagotas, dejando a veces a las personas más confundidas.

—Qué puedo hacer, yo no puedo venir mañana. Bueno, sí puedo venir, pero me canso, tengo 82 años. ¿Qué le hacemos?—, decía Lorenzo Pardo, apenas audible.

—Vengase como a las 12, a esa hora ya no hay tanta gente—, respondió el funcionario del gobierno de la Ciudad de México.

—¿Y aquí puedo venir?

—Sí, a esa hora ya está muy tranquila la gente.

—¿Aunque su apellido empiece con la letra P?—intervino alguien que escuchaba.

—¡Ah!, ¡no! ¡Venga el jueves!

Lorenzo Pardo se quedó unos segundos como tratando de entender: ¿mañana o el jueves? Guardó sus papeles en su bolsa y echó a andar. Él escuchó que esta semana era la vacuna y vino en el primer día, porque ya no quiere seguir encerrado.

¿Entendió lo que le dijo el funcionario?, le preguntamos.

Más o menos dijo yo venía ahorita porque yo quería más temprano. Nomás salgo por mi mandado y me meto a mi casa, porque no me quiero exponer. Yo soy solo, yo me hago de comer, de desayunar, de cenar, yo solo, todo lo hago yo, lavo mi ropa, plancho mi ropa, nomás apenas puedo andar.

Don Lorenzo, quien vive a unos 25 minutos de traslado en camión y Metro, no fue el único que llegó sin que le tocara. Una docena de personas que llegaron solas, todas con dudas y queriendo que les aplicaran la vacuna, fueron devueltas a sus casas en el primer día de vacunación, que terminó a las cuatro de la tarde.

Una de las inquietudes más comunes fue de quienes tienen dos o más adultos mayores en casa, cada uno con fecha distinta de vacunación, y por la edad y la movilización, pedían llevarlos en un mismo día, como Beatriz Lechuga.

«Tengo tres adultos mayores, quiero… saber si los puedo traer el mismo día. Nada más: ¿me puedes resolver mi duda?, dijo en la puerta, que le fue cerrada en su cara —. Me toca mañana, pero quería saber si podía traer a los tres, mis papás y mi suegra, de 78 y 76 años».

Igual le pasó a María de Loudes Badillo, de 68 años, quien estaba citada para las 4 de la tarde, pero la hicieron esperar en la banqueta, sin avisarle en qué momento podía pasar.

«¿Le pregunto a alguien, nadie sabe nada. ¡A las 4 tengo cita!« alcanzó a decir mientras le cerraban la puerta.

Cidronia Cortés, de 66 años, también tenía la duda de si podría llevar con ella a su esposo, pues ambos viven solos, con dificultades económicas y no tenían quién les ayudara a trasladarse. Tenían cita en días diferentes.

«Mi esposo está enfermo, no puede caminar, quería ver si le toca hasta el domingo, me dijo el joven que sí lo pueden atender mañana, a él y a mí”, contó.

Foto: Isabel Briseño

Los servidores de la Nación explicaban una y otra vez que debían acudir por orden alfabético, pero para los adultos mayores resultaba muy difícil, pues muchos iban solos, no podían caminar, viven lejos y se trasladan en servicio público. Otros llegaron con la intención de que los pasaran sin cita y sin tener apellidos con letra A y B.

Cuando ya eran una docena de personas las rechazadas, salió Gustavo Sánchez, quien se presentó como «servidor de la Nación» y explicó a todos que la jornada había terminado y debían regresar al día siguiente: “Mañana las acciones empiezan a las 9 de la mañana, a partir de las 7 de la mañana los podemos volver a atender”. 

Ningún adulto mayor se movió, lo rodearon y uno por uno le plantearon sus dudas

La diferencia era notable con quienes tenían e iban acompañadas, como María de los Ángeles Aguilar, de 95 años, quien entró y salió en media hora. Y sólo alcanzó a decir sonriente: “Fue como un rasguño, pero todo bien, quien sabe la reacción más después”.

Oaxaca y el caos

Las vacunas aplicadas en estas alcaldías de Ciudad de México corresponden a un lote con 852 mil 150 dosis desarrolladas por Pfizer y BioNTech, que requieren temperatura de almacenamiento de -80 a -60 grados Celsius. Es por ello que buena parte fueron destinadas a zonas urbanas. En la capital del país llegaron 381 mil 225.

Otra parte de ese embarque fue destinada a Oaxaca, pero igual que en otras entidades, como Chiapas, al tercer día de la campaña de vacunación las dosis se agotaron. El desabasto en la vacunación programada provocó protestas y la movilización de los habitantes. Luego de hacer fila durante horas, el jueves pasado las autoridades informaron que no habría vacunación en 11 municipios, lo que generó que cientos de personas realizaran al menos bloqueos con barricadas. Hubo golpes, jaloneos y hasta una amenaza con arma de fuego de un supuesto guardaespaldas.

El viernes, cuando llegaron las vacunas, el problema se arregló y todo volvió a la normalidad. 

Uno de esos municipios donde hubo desabasto es Santa Cruz Xoxocotlán, donde viven Javier y su bisabuelo. Es el segundo municipio más poblado de Oaxaca después de la capital. Tiene 100 mil habitantes y está a unos 10 kilómetros de la capital. Es un pueblo zapoteca (aunque su nombre proviene de náhuatl y significa Junto a los frutos muy ácidos o agridulces) donde se encuentran parte de las ruinas del sitio arqueológico de Monte Albán, declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

Es la una de la tarde del domingo 14 de marzo. El sol quema. Javier y José juegan futbol en el patio del terreno que cuidan. Al ver llegar al ingeniero Vicente Ríos, quien lo hizo “famoso” por publicar los videos del niño llevando a su abuelo al centro de vacunación. Es una zona de mucha marginación, aunque está al lado de dos fraccionamientos.

Javier y José se apresuran a retirar unas ramas de espino que sirven de puerta. Al fondo se observa un cuarto de tres por cuatro metros donde habitan siete personas –don Victorio García Méndez, su nieta Nancy Concepción García Aquino y sus cuatro hijos: Javier Alejandro,de 10 años; José, de cinco; Oscar Emiliano, con tres, y Amado Daniel, de apenas dos meses, así como el papá de estos dos últimos Oscar Daniel Delgado Pérez.

La casa está construida de palos y pedazos de láminas de aluminio y delimitada por cartones y pedazos de tela. Lo único firme es una pared que corresponde a la construcción vecina y el piso de tierra.

Están hacinados en un terreno que es prestado. Su cama es una base de madera. Don Victorio es el único que tiene una cama, un tambor con un colchón viejo donde apenas y cabe, porque ahí tienen apilada su ropa. No tienen estufa ni refrigerador o televisor. Improvisaron un bracero de ocho tabiques y una rejilla. La cocina es un huacal colocado sobre una desvencijada silla y su comedor una enclenque mesa de plástico sucia y sus trastes son botes de cereal.

Tampoco tienen luz, agua  o baño. A veces toman la luz de la casa que cuidan a un vecino, en la cisterna de esa casa almacenan el agua que compran a los piperos a 100 pesos.

Pero a Javier se le ve contento: “Me siento muy feliz cuando traigo para comer. Casi nunca me han regalado nada”.

Javier Alejandro García Aquino no sabe leer ni escribir y no va a la escuela.

“Mi enfermedad, que es casi parecido al cáncer, pero a mí no se me cae el cabello. Tengo las plaquetas bajas y mucho sangrado de la nariz. Ya mero me moría (recientemente). Me sangré muy feo y mi tío me llevó al hospital”, explica.

El niño cumplió 10 años el 4 de febrero y sigue sin recibir algún regalo. Por el contrario, desde los siete años ha tenido que salir a buscar ingresos para comida.

“Cuando mi mamá no tiene para darnos un taco, pues yo le ayudo consiguiendo una chambita. Empecé desde los siete años, llevo tres años trabajando”.

Ahora “soy checador de taxis y del transporte urbano. De los ‘gritones’, les dicen. Leer no sé pero mi mamá ya me ayuda. Sí me sé las rutas porque son fáciles, está el Teletón que es el blanco, el de Esquipulas que es el verde, los foras (foráneos), la ruta, 8, 2, 20 o la 15. No estudio por mi problema y porque… no sé…”.

En ocasiones Javier Alejandro ayuda a su abuelo. “A veces me gano 50 pesos y hasta me lleva a comer. No es tanto por el dinero. «Yo siento, por la familia y es mi abuelito. Estoy contento aunque no me gane nada”.

Carritos del Bosque de Chapultepec fueron utilizados para transportar a los adultos mayores que acudieron a la aplicación de la vacuna contra la Covid-19 en Campo Marte./ Foto: Isabel Briseño

Campo Marte: el otro lado de un mismo país

Una imagen muy distinta se mira este fin de semana en el Campo Marte, de la alcaldía Miguel Hidalgo, a unos 480 kilómetros de la casa de Javier. Son las mismas vacunas Pfizer, del mismo embarque que llegó hace una semana. Es el mismo país, el mismo plan de vacunación y la misma estrategia del gobierno federal. Lo que cambia son las condiciones económicas de las personas que acuden a vacunarse a esta unidad vacunadora.

El Campo Marte huele a Chanel y a otras fragancias. Muchas de las personas que llegan aquí descienden de lujosas camionetas y vienen acompañadas, en su mayoría, por familiares y asistentes médicos que los trasladan en sillas de ruedas y los acompañan hasta los carritos tipo golf que los ingresan al área de vacunación.

El servicio y la atención se nota: las personas mayores reciben un «kit postvacuna»: una bolsita de plástico con una alegría de amaranto, un shampoo para manos, una botella con agua y una pera o una naranja. Un gesto que maravilla a los hermanos Trejo y a muchos más vacunados, cuya alegría y agradecimiento por obtener la ansiada vacuna es notorio. 

«Todo muy bien, estamos muy contentos por la magnífica organización, fue muy rápido, muy ordenado y una gran atención; mi cita era a las dos de la tarde, tardamos en total una hora, lo más tardado son los 30 minutos en el área de observación, donde nos hacen levantar los brazos, moverlos y hasta nos animan con música y baile para ver si no nos duele algo. Estamos muy contentos, la verdad», dice Sergio Trejo, de 60 años. 

En la Ciudad de México se han vacunado 430 mil 657 personas en 8 alcaldías, de las cuales 89 mil 789 dosis fueron aplicadas en la alcaldía Miguel Hidalgo, según las cifras reportadas al corte del este 15 de marzo por el Gobierno de la capital.

Personal del ejército militar custodió las instalaciones de Campo Marte en donde se aplicó la vacuna contra la covid-19. / Foto: Isabel Briseño

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Nunca me ha gustado que las historias felices se acaben por eso las preservo con mi cámara, y las historias dolorosas las registro para buscarles una respuesta.

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