«Que el legado de mi abuela sea un puente y un doctor»

28 febrero, 2021

Amoxoyahual es un pueblo nahua de Veracruz donde viven casi puros ancianos. Los más jóvenes han emigrado. En este lugar, una mujer de 120 años le puso el ejemplo a sus 130 bisnietos y se fue a vacunar

Texto: Miguel León Carmona

Fotos: Yerania Rolón

PLATÓN SÁNCHEZ, VERACRUZ – El silencio en Amoxoyahual es como el de un templo católico cuando se muestra al Santísimo ante los feligreses. Por sus calles de tierra ya no se ve a los hombres que beben pulque, escuchan a ‘Los Acosta’ en sus patios o regresan de cuidar sus parcelas. Los más jóvenes emigraron a Nuevo León, Sonora o Tamaulipas en busca de trabajo.

Sesenta familias habitan este pueblo nahua de la Huasteca alta veracruzana. La mayoría son mujeres que cuidan a sus hijos y adultos mayores, quienes esperan en sus sillas de madera los ‘giros’ provenientes del norte o pagos de apoyos sociales.

Esta comunidad añeja y sigilosa inesperadamente se volvió famosa el pasado 16 de febrero, debido a que María Antonia, una mujer que cumplirá 121 años de edad el próximo 13 de junio, decidió vacunarse.

A la matriarca le viven tres de siete hijos; tiene 44 nietos y 130 bisnietos distribuidos en varias entidades del país. Y de acuerdo con la Secretaría de Bienestar, es la persona más longeva del país.

La imagen de la mujer que no supera los 140 centímetros de estatura, recibiendo la vacuna de AstraZeneca que llegó de la India, provocó una estampida de reporteros que buscan su historia, y también una horda de políticos que ansían retratarse con ella y andan como gavilanes merodeando un gallinero.

Pobladores guían a visitantes que preguntan por la casa de María (o Nancy, como le llaman sus allegados). Para ello dan dos referencias que impedirán que alguien se pierda entre caminos zigzagueantes, escoltados por árboles de chote y sauce llorón.

La primera señal queda a un kilómetro de la cabecera de Platón de Sánchez. Allí se aprecia un puente resquebrajado llamado La Hacienda, que cumple cinco años en obra negra, desde que la fuerza de un arroyo lo echó abajo. Después de cruzar por un puente que el gobierno municipal improvisó con carretadas de arena, se avanza hasta dar con un letrero de madera con el nombre del pueblo, Amoxoyahual, que en náhuatl significa “lugar donde se expande el agua”. Cuando se perciba una segunda obra abandonada, la casa de María estará a 300 metros.

Se trata del puente Zacatianguis – Platón de Sánchez, una enorme inversión federal -de unos 20 metros de altura y 60 de largo- que inauguró en 2013 el exgobernador Javier Duarte, hoy preso y sentenciado por delitos de corrupción. La obra duraría 20 años y comunicaría a Amoxoyahual y otras 31 comunidades de alta y muy alta marginación con la cabecera municipal. Sin embargo, 18 millones de pesos apenas resistieron nueve meses y una temporada de lluvias.

La gente de esta región huasteca teme más a las inundaciones que a los ‘robavacas’, las sequías y la enfermedad que ha causado la muerte de 8 mil personas en Veracruz, nueve de ellas en Platón de Sánchez.

Ancianos y mujeres saben que los meses de julio y agosto son el peor momento para sufrir una amenaza de infarto o requerir labores de parto. El pueblo en esta temporada simplemente se parte en dos; de un lado quedan atrapadas unas 8 mil personas (de 32 comunidades) y al otro extremo dos escuelas y el único sanatorio.

“¡Llévame allá!”

Quien da la bienvenida en la casa de María Antonia es Antonio García, uno de sus nietos más jóvenes y quien, desde hace una década, cerró una paletería en Nuevo Laredo, Tamaulipas, para volver a su pueblo.  

Tras la muerte de su padre, Antonio regresó con su esposa Laura y cuatro hijos para hacerse cargo de su madre y de su abuela. Su rol de jefe de familia lo asume con un semblante huraño con el que saluda a dos visitantes. Pide, respetuosamente, sus acreditaciones y las razones de la visita.

“De repente viene mucha gente que no sabemos quiénes son. La familia no queremos gentes con otra intención, porque ahora es tiempo de política en el estado y no queremos que involucren a la abuelita en eso”, advierte de brazos cruzados.

Cumplido el filtro de confiabilidad, Antonio espanta a una cuadrilla de pollos y acomoda tres sillas. Antes de hablar de María hace una pausa y recuerda a sus hijos de las tareas que deberán enviar por internet.

Por acá no hay señal, ¿verdad?, ¿Cómo le hacen? –

— Cuando hay urgencia compramos unas tarjetitas. Si no, por allá le buscas y encuentras señal — explica y señala una loma a 500 metros de distancia.

Después de un rato, el hombre de bigote salpicado suelta la rigidez de cuerpo y se remonta al 16 de febrero, cuando su abuela supo que llegaría un lote de vacunas a la comunidad y que era candidata a recibir una primera dosis. La respuesta fue casi inmediata: “¡Llévenme allá!”

Sorprendido, Antonio consultó la petición con los 43 nietos y los tres hijos de María Antonia.

“Imagínese la responsabilidad que tengo. Si algo le pasa a la abuelita el culpable voy a ser yo”, dice ahora.

La respuesta de los familiares casi fue unánime. Nadie cuestionaría la decisión de la abuela y había que llevarla a vacunar.

María Antonia fue llevada a la secundaria técnica número 51, y recibió el piquete. El momento fue captado por familiares y compartido en redes sociales. Antonio regresó a casa, tomó su azadón y se marchó a su parcela, en la loma donde sus hijos envían las tareas.

“Me conecté a Facebook y vi las fotos. En una hora ya llevaba 4 mil comentarios. Nosotros dijimos eso ya no es normal para nosotros. Yo le hablé a los hermanos y les dije que eso se iba a poner peor. La verdad me imaginaba que eran pocos los abuelitos pasados de los 100 años”, cuenta.

A María Antonia, tres de sus bisnietas trataron de explicarle que su fotografía se había viralizado.  “Se admiró de la reacción de la gente, pero para ella es que se enteró toda la gente del rancho (250 habitantes) y los que emigran de Amoxoyahual”. 

Los recuerdos le acarrean risas a Antonio. Luego se pone serio.

“La mera verdad es que se siente bonito que a la abuelita la conozca mucha gente, pero ahora que saben del pueblo quisiéramos que vengan a ayudarnos, por acá hay mucha necesidad”.

Sus palabras hacen más pesado el silencio del pueblo.

Antonio, de oficio campesino, está por dar una lección de cómo la pobreza tiene distintos matices.

El abandono de Amoxoyahual

La casa de María Antonia se erige en un patio grande por donde se pasea un perro pinto. Los muros de tres viviendas principales son coloridos; todos tienen techo de lámina, con puertas y ventanas de madera.

Antonio y sus hermanos han ocupado sus ahorros para adaptar la recámara de María, como su edad lo ha requerido. Instalaron un baño para que use durante las madrugadas el que está en el patio; además montaron una estructura de bambú para que pueda caminar por los pasillos de la casa sin necesidad de su bastón.

La propiedad de la mujer más longeva de Platón Sánchez bien podría ser un paraíso para cualquier ermitaño. Sin embargo, su belleza se empaña cuando los habitantes requieren ser atenidos de urgencia por algún padecimiento.

Hace menos de un mes María Antonia tuvo ese problema.

Uno de los primeros días de febrero, María avisó con señas a Julia que el habla se le había ido; su lengua estaba trabada y no podría completar una palabra. Sus ojos diminutos reflejaban desesperación.

Julia pidió a sus hijos que cuidaran a la bisabuela y se echó a correr 500 metros hasta la loma donde su esposo Antonio reparaba una cerca en su pequeña parcela.

— ¡La abuela no puede hablar! —, le dijo. Antonio comenzó a atrapar señal en la loma y llamó al médico encargado de la clínica de Zacatianguis.

—Venga pronto a la casa, por favor. La abuela amaneció mala.

El médico de la Secretaría de Salud de Veracruz asistió al domicilio y trató de encontrar una explicación, pero el diagnóstico los dejó helados: “Es un infarto o una embolia. No se puede hacer mucho. Es por la edad y no puedo recetarle nada porque le puede hacer daño. Estén al pendiente porque ahorita es la lengua, después puede ser el brazo, el pie, y puede llegar a perder toda la movilidad”

Antonio dio las gracias y se regresó corriendo a la loma para hacer nuevas llamadas. Informó a hermanos y primos el parte médico y todos concluyeron que necesitaban otra valoración; una opinión fuera de Platón de Sánchez, del servicio Público y de Veracruz.

El nieto llamó entonces a tres clínicas particulares de Huejutla, Hidalgo, municipio ubicado a 30 kilómetros de distancia. Todas estaban llenas de pacientes. Antonio pidió a su hermano que fuera en su carro por María. “Nos movimos a Huejutla y nos pusimos en la entrada de una clínica hasta que afortunadamente nos recibieron”.

Un médico particular pidió que se tranquilizaran, que la abuela tenía una artería del cerebro tapada y que requería vitaminas y 24 horas en observación. Hermanos, primos y sobrinos se enteraron de lo ocurrido y se ayudaron para cancelar una cuenta de 15 mil pesos.

“Afortunadamente la abuelita al día siguiente amaneció y ya estaba hablando de nuevo. Estaba contenta”, cuenta Antonio. María se recuperó y volvió a casa. Quince días después tuvo el ánimo para pedir que la vacunaran contra la enfermedad que ha cambiado al mundo.

Remar contra la pobreza

“Ese es uno de los principales problemas. La abuela la libró, pero hay veces que todo por acá es peor para los ancianos y las mujeres; cuando llueve y quedamos atrapados”.

Antonio no exagera. A partir de mayo las lluvias azotan la Huasteca alta y desbordan un arroyo que atraviesa Platón de Sánchez. La única manera de llegar a la cabecera municipal es en pangas, lanchas rústicas que cobran diez pesos por persona,

Autoridades locales confirmaron que, a causa de los caminos incomunicados por las lluvias, un menor de edad y un adulto mayor fallecieron antes de recibir atención médica. El primero comenzó con dolores extraños durante la noche; su familia intentó cruzarlo por el arroyo, pero la corriente era brusca y murió al día siguiente. El anciano de la comunidad de Tecalantla comenzó con dolores en el pecho que auguraban un infarto. No había pangas y lo hicieron cruzar a través de un estrecho camino en el río. Tampoco tuvo tiempo ni fuerzas y murió en minutos después de llegar a la clínica de Platón de Sánchez.

“Vean, pues, la necesidad. Yo me quedo pensando de que con todo esto que se supo de mi abuela, también queremos que se sepa de las carencias del pueblo. Agarrar el celular es fácil, mandar una felicitación por el feis es fácil, pero no sirve de mucho”, dice Antonio.

María Antonia esta tarde habla poco y guarda reposo, por decisión de sus familiares. No obstante, escucha la plática donde su nieto es su representante quien suelta una frase en náhuatl con la aprobación de la matriarca.

«Ni nequi se tepatiquet para nu abuelita wa se puente para nuchi masegualme taskamati (Que el legado de mi abuela sea un puente y un doctor)».


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