Las mujeres de la amapola

20 marzo, 2021

Una madre enseña a su hija a sobrevivir. En medio de un campo de amapola, el conocimiento generacional es traspasado en medio del cultivo de la flor.

Durante cuatro décadas las mujeres han cultivado la amapola en La Montaña y Sierra de Guerrero. Pero eso sólo es una parte de su contexto. Las mujeres de estos pueblos también dan clases, cuidan de sus familias y defienden sus cultivos del Ejército, en un estado que tiene instalada la violencia feminicida

Texto: Vania Pigeonutt / Amapola Periodismo

Fotos: Isael Rosales

GUERRERO.- Sin mujeres no hay amapola. Ellas no sólo son cultivadoras de amapola, durante estos más de 40 años que esta siembra ha florecido en Guerrero, ellas han combinado los cuidados de sus familias, algunas veces han tenido que liderarlas porque se quedan viudas, otras mujeres son maestras, cocineras, alcaldesas, abuelas, madres, hermanas. Sus vidas giran alrededor de la planta.

Las mujeres de la amapola no necesariamente van a rayar el bulbo de la flor cada cuatro meses, pero algunas también participan. Se trata de todas ellas que directa o indirectamente tienen relación con la planta y han visto y educado a su alrededor a partir del cultivo y sus efectos sociales.

En Guerrero se siembra amapola en al menos 23 municipios de los 59 que Proyecto Amapola —una iniciativa coordinada por Noria Research—, mapeó como “amapoleros”. En los 14 municipios del Filo Mayor, la Sierra Madre del Sur y en al menos 9 de la región indígena de la Montaña, los testimonios de las mujeres muestran cómo durante estos años lo que han pedido es justicia social.

En estas cuatro décadas la violencia contra las mujeres también fue una constante. Guerrero aún es el estado con mayor número de muertes maternas históricamente y cuenta con doble alerta de Violencia de Género.

Tan sólo en 2018, cuando dos fenómenos se avistaron en las comunidades de la Sierra: el desplazamiento forzado interno y la caída del precio de la goma de opio, el Secretariado Ejecutivo de Seguridad Pública, de la Secretaría de Gobernación (Segob), determinó que el estado tenía la tasa más alta de muertes violentas de mujeres: 2.3 por cada 100 mil habitantes, contra el 0.95 nacional. El fenómeno feminicida sigue instalado en el estado.

Mujer de la Montaña de Guerrero. Busca entre la siembra de amapola salir de la pobreza. En resistencia frente al hambre.

La solución está en la educación

Dulce es una maestra de una comunidad donde se siembra amapola. Está en un municipio Na Savi (mixteco), de alta marginación y cuenta que los niños le dicen “maricola”. En el pueblito es normal oír hablar de amapolas, pero sí saben que es un cultivo ilegal perseguido por el Ejército. Por la pandemia va cada quince días y se queda una semana.

“Veo la situación de la familia y todas sus hijas, hijos estudian y ellos terminan la primaria, la secundaria y los mandan a Tlapa a estudiar. O sea, ya no se quedan ahí a estudiar el Telebachillerato, porque sí hay telebachillerato ahí, pero como esa situación de que llegan a querer salir más adelante y por la situación que ellos ven que sí pueden por el recurso que están obteniendo por esta goma, pues les dan esa oportunidad a sus hijos, de que salgan a estudiar fuera”, cuenta.

Ella es una maestra que ha visto los dos últimos años en la comunidad, cómo la amapola representa un sustento que la gente no obtiene de ninguna otra manera. Pero eso sí, en sus clases habla de otros horizontes posibles, les dice a sus alumnos que pueden ser ingenieros, maestros, doctores, que sepan que pueden aspirar a otras opciones.

Dulce es originaria de la región y observa que las y los cultivadores de amapola saben que ahí están sacando a sus hijos adelante en la cuestión académica y alimentaria también, porque al mismo tiempo que sembraban esto también sembraban su maíz y hacían intercambio y ahí mismo llegaban a comprar otras cosas para alimentarse y para la formación de sus hijos”.

Su postura ante la siembra en su comunidad es clara: “esto que en otras partes lo ven ilegal, porque sabemos que sí lo es, pero para ellos es este apoyo, porque ellos lo hacen por sus hijos y por esa necesidad que hay y han visto ciertos cambios. Pero pues fuera de ello sí lo ven mal. Y ahorita que haya decaído pues también su economía decayó y por eso es que se tienen que llevar a los niños al campo para que los apoyen porque el hecho de que la familia sea numerosa les hace repercutir varios gastos y ellos se llevan a los más grandecitos para que les apoyen en los campos agrícolas”.

“No podemos decir que por el simple hecho de que la siembran son narcotraficantes, es algo muy fuerte al atacarlos de esa manera. Sí son amapoleros por el hecho de sembrarla, pero ellos la siembran y así como las siembran la venden para traer cierto sustento”, dice.

Durante la pandemia pudo constatar cómo los niños mayores se tuvieron que ir a campos agrícolas para completar recursos para los gastos familiares, este año según el Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan, fue el que más migración interna hubo: casi 15 mil jornaleros migrantes se fueron a trabajar a campos del norte del país.

“Cuando les llegan a quemar sus huertos de amapola, ellos se quedan tristes y también en el aspecto de pero por qué si esto es parte de nuestra economía que nos hace sobresalir, pero ya les dicen que están con el crimen organizado”, comparte.

Para Dulce una solución está en la educación, por eso se esmera con sus clases y apoya a los alumnos como puede, les va y deja tarea y va a recoger la que ya les había puesto. Da algunas explicaciones de los ejercicios y apoya de ese modo a las mamás.

“Yo desde que entré viajaba cada 15 días a mi casa, o sea me quedaba ahí trabajando los fines de semana porque yo veía a las necesidades de los niños y pues para no gastar, para apoyarlos, para conocer más a la comunidad y sentirme más en confianza, pues me agarro un fin de semana. Y así que yo me he quedado acá un fin de semana y viajaba cada 15 días, entre quincena, porque luego a nosotros no nos ha llegado nuestro pago. Llegaron a los cuatro meses después”, dice.

A esta campesina la rodean flores de amapola, de ella subsiste en este mundo desigualitario, patriarcal y violento.

En defensa de los cultivos

El 6 de marzo de 2018 soldados que arribaron en un helicóptero pretendían erradicar un campo de amapola en Santa Cruz Yucucani, municipio de Tlacochistlahuaca, en la Costa Chica de Guerrero.

“No pudieron ser destruídos porque al lugar llegan aproximadamente entre 100 y 150 personas, mujeres y niños, por lo cual el personal militar optó por retirarse… el comandante de la base de operaciones tomó ocho plantas”, describe un oficio de la visitaduría en Acapulco de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

Mujeres y niños no solamente han participado rayando, sino defendiendo sus cultivos. Otro colega, oriundo de la Montaña, cuenta que en el 2019 fue a esta comunidad con otro fotógrafo: “nos platicaba una señora que siembra amapola, que había sembrado maíz y frijol porque el precio de la goma estaba en 5 pesos el gramo. Para mantener a una familia integrada por 8 personas no alcanzaba y ni les convenía vender la goma”.

Cuenta que la señora la guardó hasta finales de 2019. “Claro, el precio no repuntó, tuvieron que venderlo a 8 pesos porque necesitaban para sobrevivir. El maíz y el frijol les sacó de apuros”.

“Otra de las señoras, Celia, toma unas tortillas secas y un poco de salsa, se la da a sus dos hijos y a su hija para que coman antes de rayar. Bajo un árbol que apenas puede cubrirlos del sol. Terminan de comer y preparan sus materiales para empezar la tarea en el campo. A un lado están las flores moviéndose de rato en rato de un lado a otro empujadas por el viento. Las niñas y los niños empiezan a rayar”.

Para doña Celia, quien estuvo en la resistencia cuando entraron los militares a cortar la planta de amapola en 2018, es una lucha por la vida el sembrar la amapola.

“Las autoridades, los militares, nos cortan nuestros plantíos de amapola, pero no nos dan nada ni siquiera proyectos productivos. Nosotros no queremos despensas porque tenemos manos para trabajar, lo que sí queremos son proyectos y oportunidades. La única razón de sembrar la amapola es porque estamos pobres y el gobierno no puede ayudarnos”, dice Celia.

“Nosotros les decimos que dejaremos de sembrar la amapola, pero si nos garantizan que viviremos bien con un recurso que alcance para todas las familias, pero no queremos los raquíticos apoyos que nos mandan, cuando sabemos trabajar. Lo que queremos es que nos dejen trabajar en paz y que mejor el gobierno se dedique a detener a los delincuentes. Si no tiene una solución, no podemos esperar. Necesitamos vivir”.

n grupo de mujeres se dirige en fila hacia la siembra para cultivar amapola, principal fuente de economía. Es el horizonte de las mujeres de la Montaña, el camino rumbo a la planta de la vida.

Desplazamiento en la Sierra, 2018

Lizbeth Ávila es Filo de Caballos. Junto a su esposo Crescencio Pacheco González, activista pro legalización de la amapola, líder de su comunidad, Campo de Aviación, dirigente de la Policía Comunitaria, salió en el primer éxodo masivo de habitantes en 2018. Ambos piden refugio humanitario en Estados Unidos.

Recuerda su infancia con sus abuelos, quienes la criaron, y la Sierra muy tranquila. Ella sabía que se sembraba amapola, pero ni ella ni su familia se dedicaban al cultivo, ellos sembraban maíz, ella vendía tortillas, su abuelita, mamá, le enseñó el oficio desde pequeña.

“Vendíamos tortillas en el pueblo, éramos los únicos que vendíamos. Me iba con mi papá al campo, donde sembraba su maíz, me iba en bestias, a veces nos íbamos una semana, dos semanas a estar en el campo, a estar en el monte, allá dormíamos. En las noches había muchas luciérnagas, mis abuelos, mis papás, me protegían mucho. En el monte donde sembraba mi papá, hicieron una casita, no me daba miedo, me sentía bien”, cuenta sobre su infancia.

Había limitaciones. Sus abuelos eran de escasos recursos, pero ella era feliz.

“A los 13 años yo conocí la dichosa amapola, a ver cómo la sembraban, como mi tía tenía que hacer comida para todos los peones, como mi tío la sembraba, andaba allí y yo no entendía a veces que era algo ilícito, eso fue antes de la secundaria que conocí. Cuando hablaban de la amapola decía qué es: veía las flores bonitas y bno entendía por qué era malo. Cuando llegaban los militares mi tía se ponía preocupada, nerviosa”, narra.

Comunidad de Juquila Yucucani municipio de Tlacoachistlahuaca con poco más de 500 habitantes en su mayoría mujeres que forman familias enteras dedicadas a la siembra de amapola.

Ellas y la amapola, en la mirada de ellos

Para el periodista Marcos Vizcarra, cubrir en los campos de amapola en Sinaloa, le exigió contactos previos a partir de otras informaciones periodísticas no referentes al cultivo. A diferencia de Guerrero, donde la participación de las mujeres se ve desde los 80´s, durante la guerrilla, resguardando sus hogares, poniéndose al frente del cultivo de amapola, por ejemplo eso ocurrió en comunidades de Coyuca de Catalán, las mujeres no siembran ni están al frente de esa actividad.

Hay una voz de mando femenina, porque la voz de mando femenina organiza las tareas, al personal, administra. Sin embargo en estados del norte del país, sembrar amapola sigue siendo una actividad que en su totalidad hacen hombres. Tampoco hay familias completas alrededor del cultivo, como en el caso de las zonas indígenas sembradoras de amapola que Proyecto Amapola mapeó en Nayarit y Guerrero.

Jesús Guerrero, cofundador de Amapola. Periodismo transgresor, periodista decano corresponsal del diario Reforma en Guerrero, recuerda como en los 80 “Todo mundo sabía quién se dedicaba aquí en Chilpancingo quién se dedicaba a ese tipo de actividades. Y la sierra siempre ha sido un lugar de que la gente vive ahí pues se dedica a eso.  Estas actividades ilícitas”.

Dice que en Chilpancingo tú veías casas muy bonitas sobre todo en la periferia,  “en  colonias como Los Ángeles,  eran casas de tres pisos, de 4 pisos pero realmente era gente que se dedicaba a eso.  Era gente que se juntaba aquí por la comida. Yo me acuerdo que que las primeras que se dedicaban a vender leche y queso empezaron a vender chicas muy bonitas de la sierra y tú por ejemplo llegabas: señora no tiene queso leche o requesón y te daba bien barato el queso baratísimo”.

Sergio Ocampo, otro periodista experimentado de Guerrero, corresponsal de La Jornada, que cubrir la Sierra siempre ha sido complicado. La militarización lo complica aún más, las campañas contrainsurgentes.

A la fecha ya en estas zonas, se denominan silenciadas “como se les están llamando, ha provocado ya la salida de varios periodistas desde Zihuatanejo, Chilpancingo, Iguala, Taxco, incluso además de las muertes y esto redunda en una desinformación,  a la sociedad y cosa que le conviene al gobierno porque no se les olvide que el gobierno están aliados con los grupos de alguna u otra forma en diversos niveles”. 

Sergio dice que la desatención es real. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador debe escuchar realmente a los campesinos, a los sembradores. En su cobertura en campos de amapola, Ocampo registra varas escenas de pobreza, pero sobre todo de marginación. Tan sólo pone un ejemplo: casi ninguna comunidad sembradora de amapola está en Sembrando Vida, como lo denunciaron campesinos de Jaleaca de Catalán.

En Guerrero la amapola y la violencia se cuentan no sólo en la línea de cuatro décadas, sino a partir de sus resistencias, mujeres y condiciones sociales.


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