La amapola en territorio indígena de Nayarit: ruptura, bonanza y resistencia

18 marzo, 2021

Como ocurre con otros pueblos de México, en la región indígena de Nayarit la industria ilegal de la amapola ha influenciado la identidad étnica, política y económica de la comunidad, releva el investigador Nathaniel Morris

Texto: Vania Pigeonutt

Foto: Marcos Vizcarra

CIUDAD DE MÉXICO.- El cultivo de amapola en regiones indígenas del país, como Nayarit, no sólo representa el único cultivo rentable de la zona, sino que, “las intervenciones de las élites mestizas a través de la ‘guerra contra las drogas’ y de los programas de ‘desarrollo’ cultural, económico y político constituyen en muchos aspectos una guerra contra la identidad indígena”, plantea el historiador Nathaniel Morris en su investigación para el Proyecto Amapola.

Morris, a partir de una mirada que conecta los lazos históricos, el contexto, la cultura del pueblo cora o náayari, ilustra cómo las identidades étnicas, políticas y económicas de los pueblos indígenas de México pueden ser influenciadas por su participación en una industria transnacional ilegal. 

Su investigación es el sexto informe del informe Proyecto Amapola. Las deudas del opio, denominado: Amapola, integración y resistencia en las comunidades indígenas de Nayarit, y forma parte de la iniciativa coordinada por Noria Research, en la que participan sociedad civil y periodistas. 

Morris se adentró en El Nayar, Nayarit, que nos cuenta, es patria del pueblo indígena cora o náayari, un pueblo que abarca 5 mil km2 de montañas que colindan con Durango, Jalisco y Zacateca.

El investigador documentó cómo entre 2000 y 2020 no sólo fue el territorio donde el Ejército ha destruido más plantíos de amapola en el estado, sino que también presentó una de las tasas de homicidios, violaciones y asaltos con violencia más altas de todo Nayarit.

 “Este panorama nos recuerda varias de las industrias ‘modernas’ que se han impuesto en la región durante el siglo veinte (tala del bosque, minería, cría industrial de ganado)”, plantea Morris.

Sus observaciones en su trabajo de campo confirman que Nayarit siembra amapola y es un estado cuya dinámica con el cultivo es muy poco estudiada, a diferencia de lo que ocurre con Guerrero, Sinaloa, Durango, Chihuahua, 

Morris muestra que a diferencia de éstas que siguen siendo controladas por poblaciones mestizas, los cultivos de amapola se han integrado de forma más compleja a la sociedad náayari, incorporándose incluso a la reproducción de identidades étnicas, políticas y culturales. 

El investigador suelta varias sentencias: los cultivos ilícitos conllevan procesos ambivalentes de integración social. La guerra contra las drogas y de los programas de ‘desarrollo’ cultural, económico y político constituyen en muchos aspectos una guerra contra la identidad indígena en México. 

“En un giro irónico del destino, estas iniciativas no sólo han convertido a agricultores de subsistencia en productores de droga más eficientes, sino que han contribuido en transformar sus identidades en un poderoso mecanismo de defensa en contra de la dominación del Estado y de varios grupos delictivos que operan en sus territorios”, concluye.

Desde su mirada en la escala local, “los efectos son múltiples y contradictorios. Este trabajo ilustra la dialéctica entre la reconciliación y la resistencia, la ‘inclusión’ y la autonomía, y permite revelar el carácter engañoso de la dicotomía entre lo ‘moderno’ y lo ‘tradicional’ cuando nos acercamos a estas temáticas”.

 Asimismo, cuenta cómo, pese a la llegada brutal del modelo neoliberal en su patria chica, el cultivo de la amapola permitió a los náayarite seguir apoyando y practicando un conjunto de rituales culturales, religiosos y políticos articulados con relaciones de parentesco y comunitarias. 

“Los cultivos de amapola también han provocado conflictos territoriales entre comunidades y/o clanes que han resultado en enfrentamientos violentos. Por otra parte, algunos náayarite se transformaron en productores y comerciantes especializados en el opio, en vez de agricultores de subsistencia”, señala.

También da cuenta del momento histórico del desplome de la producción de amapola a partir del 2017. “Ha incrementado el número de habitantes que salen de sus hogares hacia ciudades cercanas o hacia explotaciones agro-industriales de la costa de Nayarit en busca de trabajo”, una situación que comparte este territorio con pueblos similares, también indígenas, pero enclavados en la Montaña de Guerrero.

Para Morris, desde su mirada antropológica, histórica y social, es evidente que la crisis, que no se ha superado, provoca el alejamiento de la sierra, contribuye a la desarticulación de las familias y comunidades, así como de su capacidad para reproducir su cultura.

Capital náayarite por la amapola

En su investigación, Morris considera que en este contexto de mayor competición comercial internacional, y de forma quizás contra- intuitiva, “el cultivo de amapola ha permitido a los náayarite acumular capital en sus propias comunidades. Así, la economía de la sierra ha ido creciendo y monetizándose a un ritmo bastante rápido durante las últimas tres décadas, y ello se debe principalmente a la expansión de un nuevo modelo de producción agrícola, centrado en la extracción de la goma de opio”.

Entre otros efectos, las ganancias generadas por el comercio de amapola, explica Morris, han contribuido a limitar la expulsión de trabajadores de las comunidades indígenas hacia zonas de empleo situadas en las regiones mestizas de Nayarit y de varios estados del norte de México, así como la migración a los Estados Unidos.

“La importancia de la amapola también ha trascendido la esfera económica de los náayarite.  A pesar de la llegada brutal del modelo neoliberal en su patria chica, el cultivo de la amapola les permitió seguir apoyando y practicando lo que llaman el costumbre: un conjunto de prácticas y rituales culturales, religiosos y políticos articulados con relaciones de parentesco y comunitarias, así como festividades católicas tradicionales fundadas en el culto a los santos y reminiscencias de deidades prehispánicas”, observa.

No es lo mismo sembrar amapola en estados como Sinaloa, donde el cultivo ilegal se ve beneficiado de la actividad económica legal, que, en esta parte indígena de Nayarit, de acuerdo a los hallazgos de Morris. Además, la cosmovisión de los pobladores de pueblos originarios tienen una identidad arraigada, en este caso el pueblo cora o náayari.

“A consecuencia de esto, el costumbre y el cultivo de amapola se han ido entrelazando cada vez más. Los ritos agrícolas dirigidos a las deidades y a los ancestros para la petición de lluvias, la protección del granizo y las plagas, y buenas cosechas de maíz, ahora sirven también para pedir éxito en el cultivo de la amapola, y amparo frente a soldados, policías, sicarios o ladrones que roban la goma”, señala.

Con la recomposición de la comunidad por la nueva dinámica social que representa el cultivo, hay un nuevo sentido de estos ritos que ha transformado ciertas identidades locales.

“Hombres y mujeres han —por ejemplo— incorporado la amapola en sus diseños de trajes tradicionales, bordando la planta y su flor en sus morrales y en los ribetes de sus faldas. Más aún, para ciertos jóvenes nacidos durante el auge de la amapola, ser “gomero” ha llegado a ser un aspecto importante de su identidad étnica, alimentando una dinámica que los lleva incluso a declarar: “cultivo amapola, por lo tanto, soy náayari”, narra.

En sus conclusiones habla de la pandemia de covid-19. “Ha aportado un elemento más a la variedad de prácticas de adaptación de los naayarite a las embestidas del mundo que los rodea. Mientras que las comunidades se han cerrado para protegerse de la transmisión del virus, algunos de nuestros interlocutores afirman que un repunte de la demanda estadounidense de heroína podría estar levantando el precio del kilo de goma, asegurando una mayor fluidez económica en la Sierra”.

A diferencia de lo que observamos en las zonas amapoleras de Guerrero, Sinaloa e incluso en ciertas regiones de Durango que colindan con Nayarit, las redes locales de compradores y narcotraficantes no parecen haber aumentado los precios ofrecidos a los gomeros náayari, revela Morris.

“Podemos imaginar tres escenarios para la sierra: un éxodo masivo en búsqueda de empleo; un asentamiento mayor en un estilo de vida más “tradicional” basado en la agricultura de subsistencia y en la práctica de un costumbre más “puro” al nivel familiar – sin las fiestas legendarias permitidas por el dinero de la amapola-; o una combinación frágil de ambas dinámicas, en un contexto de altísima incertidumbre”.


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