Replanteando al ‘enemigo común’

21 marzo, 2021

En la introducción de su libro, ‘Los cárteles no existen’, Oswaldo Zavala invita a abrir la caja de pandora que es la narrativa oficial construida alrededor del fenómeno del tráfico de drogas. Esta serie de imágenes de Fernando Brito invitan a observar una parte de este fenómeno social, no como una caja de pandora a la que más nos vale voltear la cara, sino como una realidad, tan alejada de aquellos mitos de ‘muerte y destrucción’, que raya en lo cotidiano

Texto: César Hernández*

Fotos: Fernando Brito y Marcos Vizcarra

“Usamos los medios para destruir culturas, pero primero usamos esos medios para construir un registro falso de aquello que estamos por destruir”

Edmund Snow Carpenter, antropólogo

CULIACÁN, SINALOA.- ¿Qué se esconde detrás de una dosis de heroína?

Depende de a quién le preguntes.

Son tantos los eslabones en las cadenas productivas del tráfico de drogas y tan heterogéneos sus actores que, más allá de lo que el discurso oficial empaqueta bajo el concepto de ‘cárteles’, actualmente el negocio abarca y atraviesa a una buena parte del entramado social. Al final todos, de alguna u otra manera, somos cómplices. 

Está quien siembra y cosecha, quien acopia, quien procesa, quien transporta, quien vende, quien consume y todos aquellos quienes se aseguran de que este ciclo de oferta y demanda se lleve a cabo sin mayor contratiempo. A todos estos actores los atraviesa la ilegalidad, mas no así el estigma que autoridades, medios masivos e incluso ellos mismos colocan sobre sus hombros al representar esta llamada narcocultura en informes, documentos oficiales, series, libros, canciones, películas y todo aquel producto cultural que ha posibilitado el nacimiento de una ‘cultura pop’ alrededor del tráfico de drogas. 

En la introducción de su libro, ‘Los cárteles no existen’, Oswaldo Zavala invita a abrir la caja de pandora que es la narrativa oficial construida alrededor de este fenómeno. Esta serie de imágenes de Fernando Brito invitan a observar a una parte de este fenómeno social no como una caja de pandora a la que más nos vale sacar la vuelta y voltear la cara, sino como una realidad tan alejada de aquellos mitos de ‘muerte y destrucción’ que raya en lo cotidiano.

Al retratar el día a día de una familia que se dedica a la siembra y cosecha de goma de opio enclavada en el triángulo dorado, el fotógrafo y el periodista asumen el poder de representarlos, no de manera objetiva, sino como sujetos que despliegan cierto poder sobre el otro, a través de la cámara o la grabadora.

En ‘Retrato Involuntario’, la ensayista Marina Azahua señala que;

cuando un alguien tiene el poder de representar a un otro. El otro no quiere que lo capten, pero el alguien insistirá y desplegará su poderío propio o ajeno, sobre el otro, a través de la cámara”.

Pero ante este poder que supone la representación del otro, los comunicadores eligen encuadrar aquellos aspectos que alejan a esta familia de arquetipos como el del narco como un hombre vestido de vaquero escuchando narcocorridos, y que a su vez nos invitan a reconocer que, como señala Azahua: “como testigos siempre llegamos tarde, después del desastre, una vez que la historia ya sucedió”.

Entonces, al ver la imagen muda de la cámara, “lo único que nos queda es observar con aturdimiento los efectos de la violencia ajena, en cuya superficie tendremos que aprender a leer la que será siempre, potencialmente, también la nuestra”.

* César Hernández es licenciado en economía, periodista y editor de la revista ESPEJO. 


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