¿Al tren se le agarra por los cuernos?

31 diciembre, 2023

La ciudad de Candelaria, en Campeche, está sedienta de recuperar el desarrollo que llegó con el ferrocarril del Sureste hace casi 100 años. La esperanza por una vida mejor se reproduce entre pobladores de Escárcega y Calackmul. Pero entre los anhelos se asoman algunos miedos, alimentados por la falta de información, como el crecimiento urbano, el despojo de tierras, la escasez de agua o la erosión de su cultura

Texto: Arturo Contreras Camero
Fotos y video: Duilio Rodríguez

CAMPECHE.- En el sur de Campeche, ningún amparo logró detener el avance del Tren Maya, en otros tramos, apenas pudo retrasarlo. La obra ha ido tomando forma frente a los ojos curiosos de la gente, a veces llenos de desinformación e incredulidad. En municipios como Calakmul, Escárcega y Candelaria, donde se conectan el tramo siete y el uno, la mayoría de la gente aprueba su llegada.

Los pocos que guardan algún tipo de «diferencia« con el tren, se organizaron e interpusieron amparos para suspender las obras, sin mucho éxito. Ninguno de sus intentos prosperó como el que interpuso GreenPeace y el Centro para la Diversidad Biológica al otro lado de la península, en el Tramo 5, donde sí lograron parar la construcción, aunque fuera por un tiempo. Al sur de la península, en la mayor parte de los casos el gobierno alcanzó una negociación con quienes se opusieron al Tren, aunque más bien se oponían a cómo se estaba haciendo.

«Nuestro amparo sigue su proceso», dice Sara López, férrea detractora del proyecto. «Aún no llega a una resolución el juez, pero vemos que va a ser como lo que pasó con los compañeros de Indignación –una organización de Yucatán que ha promovido varios amparos contra el tren–  que dieron la suspensión provisional y a los ocho días ya el juez se retracta y dice que no».

Sara es integrante del Consejo Regional Indígena y Popular de Xpujil, el CRIPX, una organización popular inspirada por la Teología de la Liberación en 1995 que surgió ante la falta de agua y después abanderó varias causas de los pobladores del municipio de Calakmul, que alberga la segunda reserva de la biósfera más grande de América Latina, después de la Amazonía. 

Sin importar el amparo y la suspensión que ganó el CRIPX, los constructores del Ejército nunca pararon sus obras, que hasta hoy, continúan. Este tramo está programado para inaugurarse e iniciar operaciones el 29 de febrero de 2024.


«Ahorita, a nivel peninsular estamos en un proceso de articulación, para ver la manera y la forma de que el tren no pase». El proceso inició en 2020 y continua, incluso después de la inauguración del tren. En algunos lugares, como al norte del estado, en la ciudad de Campeche, las compañeras del colectivo Tres Barrios lograron que el gobierno cambiara la ruta del tren, que bajo el plan original hubiera pasado por encima de unas 300 casas en los barrios cercanos al centro de la Ciudad Amurallada. 

Sara cree que las promesas de crecimiento y desarrollo que vienen con el tren esconden sus impactos negativos: «Van a ser ambientales, sociales, hasta económicos y culturales», empieza a decir. Después continúa sin parar a tomar aliento:

«¡Imagínate! Va a haber prostitución, más droga, más delincuencia. Está el cambio de la lengua, de la cultura. O sea, la forma de vestir, la forma de hablar. Los que hablan tzotzil, maya, eso se va a ir perdiendo porque nos van a traer otras culturas. La comida va a cambiar, la gente a lo mejor hasta se olvida del frijol y del maíz porque van a traer otras comidas, cosas enlatadas, transgénicas», enumera entre sus miedos.

Hoy, los habitantes de Xpujil son testigos de un aumento de embarazos adolescentes y del consumo de diferentes tipos de drogas, que hasta hace unos años, no se veían por la zona, como denunciaron el 13 de diciembre, dos días antes de la inauguración del primer tramo del Tren Maya, en una conferencia del colectivo El Sur Resiste, del que el CRIPX forma parte. 

Además, teme al crecimiento urbano, a los desarrollos hoteleros y a la construcción de fábricas, a todas por la misma razón: la falta de agua. En un lugar en donde el verde de la selva parece no terminar es difícil pensar en sequía, sin embargo en la cabecera, Xpujil, así como en todo el municipio, la falta de agua es un problema sostenido desde hace casi tres décadas.

Sara reconoce con tristeza que muchos de los procesos legales que acompaña no van a prosperar. «Es que la gente se va, se rinde, o acaba por negociar. En eso estamos con una compañera que es la que ha resistido, pero le digo: A ver doña, si llega Fonatur y usted está pidiéndole, por ejemplo, 3 millones y se los da», hace una pausa y responde como si fuera la amparada. ‘Pues voy a negociar, Sarita’. ¿Para qué le seguimos?» replica.

En Xpujil, una población de menos de 6 mil habitantes, el convencimiento del Tren Maya es tal que incluso ha dividido a los integrantes del CRIPX, algunos de sus integrantes se afiliaron a Morena o son beneficiarios de los programas del gobierno. Según un cálculo rápido de Sara el tren tiene una aprobación general de 80 por ciento aun sin que la gente sepa por dónde va a pasar. En el resto de la península llega casi al 90 por ciento.

Además del amparo promovido por el CRIPX en Xpujil, Sara acompaña otros procesos legales, tanto en este municipio como los vecinos de Candelaria y Escárcega, por donde corre el primer tramo del tren y cuya construcción ya va más avanzada.

La promesa del desarrollo

Cuando inició la construcción del tren en Candelaria, cabecera del mismo municipio, lo hizo con una estela de destrucción. Por años, junto a las vías abandonadas del tren se levantaron negocios. Desde taquerías hasta tiendas de artículos para la agricultura, pasando por zapaterías. 

El derecho de vía reclamó esos terrenos, sobre los escombros de los negocios se levantaron las columnas de un viaducto elevado que lleva las vías del tren. Así, volado, se evitará que parta al pueblo de Candelaria,una pequeña ciudad que creció a ambos lados de las vías aprovechando la ausencia histórica del tren. 

Debajo de uno de los viaductos ya levantados, entre las columnas, trabajan unos obreros que a lo lejos parecen hormigas fosforescentes. Empleados de la empresa China Communications Construction Group LTD, a cargo del tramo 1 que construyen el puente de acero y concierto que pasa justo por encima de donde estaba la antigua estación de tren, vecina a la nueva, que hoy está convertida en museo de la ciudad. El inmueble, lleno de mapas y maderas preciosas talladas, también podría ser demolido, pero hasta finales de abril de 2023 seguía de pie.

Entre el ruido de la obra y los montacargas, habla el maestro, de profesión, y cronista de Candelaria, por herencia cultural, Miguel Esquivel Borrego: Cuenta del origen del pueblo, que nació con la llegada del Ferrocarril del Sureste a una región extensa que por muchos años solo fue habitada por campamentos chicleros dispersos entre la selva espesa, que solo se podían recorrer a través del caudal del río.

«¿Qué sucede? En 1939 llegan las cuadrillas de trabajadores, los que venían construyendo el Ferrocarril del Sureste y se empieza la construcción del puente del ferrocarril y allá viene el terraplén», cuenta sobre las obras que le dieron forma al pueblo. Miguel continúa con la historia del pueblo  hasta emparejarse a los planes de hoy. 

«El proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador para construir el Tren Maya es una forma de renacer para esta comunidad. El ferrocarril sigue siendo un símbolo para nosotros. Nos emociona que Candelaria pueda recuperar ese ícono, ese motivo de existir», dice conmovido.

Miguel Borrego no quiere que en Candelaria solo se construya un paradero del tren, él quiere una estación. El cronista, que asegura conocer el lugar donde yacen los restos del último emperador azteca (un debate histórico irresuelto) cree que este lugar tiene mucho más que ofrecer al turismo. El tren, como se ha dicho, dará tres tipos de servicio: el de carga, el turístico y el de servicio. El turístico solo parará en las estaciones y no en los paraderos, mientras que el de servicio llegará a los paraderos y a las estaciones. Sin embargo, a diferencia de Miguel, si uno pregunta a  los habitantes de la región pocos conocen la diferencia.

La desinformación cobijó la corrupción

Las dudas sobre la diferencia entre una estación y un paradero no son las únicas que rondan la mente de la gente del sur. Rumbo al noreste de Candelaria, de camino a Escárcega, donde se construye la estación más cercana, hay una serie de poblados y rancherías, que se desarrollaron a la par del ferrocarril. Muchas de ellas van a ser atravesadas por el tren y las divisiones que traerá no se limitará a lo físico.

«Don Samuel, Haro, Luna, incluso Francisco Escárcega eran aserraderos que saqueaban toda la madera del bosque, tenían el nombre (o apellido) de los dueños. Cuando se quitaron los aserraderos, la gente se quedó y también los nombres. Ya de todo lo que habían devastado iniciaron la agricultura. Luego vino esto del paquete verde y todo lo que empiezan a meter los agrónomos, a promover la la semilla transgénica», cuenta sobre la historia de estos pueblos María Elena Hernández Hernández. 

María Elena vive en Don Samuel, el último crucero de caminos entre Candelaria y Escárcega, por donde pasa gran parte del comercio de 30 comunidades cercanas y que está en riesgo de desaparecer, como teme María Elena. El pueblo de Don Samuel quedará debajo de un puente vehícular que pasará sobre el tren, lo que ahuyentará todo el tránsito que ahí se detenía.

Según sabe la gente de estas comunidades, el tren va a tener una cerca, por lo que su paso será como una frontera bardeada entre los pueblos, aunque la información que tienen no parece certera. Tampoco tienen claro dónde van a estar los pasos peatonales ni los cruces necesarios, ni siquiera si va haber un paso para cada poblado. Aunque estas razones parecen insignificantes ante el motivo por el que María Elena rechaza un proyecto que antes apoyaba.

En la entrada de su casa, sobre la puerta, pintado con brocha gorda dice “Andrés Manuel”. «No lo he querido borrar, porque me recuerda. Cada vez que entro lo recuerdo, es para tener memoria, como dice él. Ya voy a pintar por fuera, para darle otro toquecito, pero no sé, hasta que yo lo decida. También tenemos fotos de él con mis hermanos, pero ya las sacamos», dice al respecto. 

María Elena es hija de José Francisco Hernández Rodríguez, un luchador social de la región que en algún momento fue líder ejidal como lo es ahora su madre, Lilia Hernández. En el 68, el entonces jornalero se involucró con el movimiento estudiantil, de ahí empezó a tener libros de Marx y se empezó a involucrar con eso que llaman las izquierdas. «Empezó a hablar con muchas personas, para hacer conciencia, hablaba del mal gobierno y todo eso».

Sus caminos lo llevaron a la lucha contra las altas tarifas de luz, hasta que eventualmente conoció a Andrés Manuel López Obrador. «Decía que él era diferente, que era del pueblo. En esa época cerraba carreteras de Pemex, en los pozos. Mis padres, los dos, tenían una relación cercana con él y movieron a la gente a favor de él. Hasta a los plantones de la Ciudad de México llegaron». 

Un engaño en el pago de las tierras

Así fue hasta el 2020, cuando en medio de la pandemia llegó un representante del Tren Maya a sus puertas. «No era una empresa como Carso, era una empresa como que salió de la nada. En 2018, antes de que AMLO entrara en funciones, Alejandro Moreno, Alito –entonces gobernador de Campeche– le da una concesión a esta empresa por varios millones de pesos para la liberación de vías, la empresa es Barrientos y Asociados», acusa María Elena. 

Según cuenta, durante la pandemia ningún servidor de Fonatur ni de la Procuraduría Agraria visitó Don Samuel para supervisar la liberación de vías, solo el representante de Barrientos y Asociados, quien un día le dijo a varios de los comisarios ejidales de los pueblos cercanos que debían ir durante los próximos días al palacio de gobierno federal en la ciudad de Campeche

«Ese día firmaron los comisarios, era el convenio de ocupación previa a título gratuito del que no les dieron copia. También había una notaria que no expresó la cantidad que les estaban dando. Entraban los comisarios, les daban el cheque, y los mandaban al banco a depositarlo.                                                                                                                                       

Los obligaron a que los depositaran en cuentas personales a base de extorsiones. Fue diferente con cada uno, a unos los trataron de involucrar con cierta cantidad diciendo que les tocaba de a tanto. A algunos otros los extorsionaron. En el caso de mi mamá, sí la amenazaron», cuenta María Elena. Esa semana su hermano fue secuestrado. Lo encontraron días después, el 4 de junio de 2020, muerto, por heridas de bala.

«Muchas cosas pasaban alrededor de nosotros, y no había información, sabía que estaba mal, entendía que eran delincuentes. Muchas de las cosas eran, como todo, muy turbias. De ahí empezamos a ir a otros ejidos. Nos fuimos de espaldas, porque aquí faltaban 6 millones, pero en otro lado era de 14 y en otro 18. Al final el fraude no va a la cuestión de haberles arrebatado la lana a los comisarios, sino a que nunca mostraron avalúos y la gente no sabe cuánto costaron sus tierras». 

El fraude que acusa no solo puso a su familia en contra de ella, sino también a todo el pueblo, que creía que ella y su mamá estaban involucradas en la desaparición de los millones. También cambió su percepción del gobierno federal, del presidente y de la promesa de desarrollo del tren. 

«No solo es la cuestión de corrupción que se denuncia. Ves que te cercan, que te empiezan a criminalizar, mi familia ha sido muy criminalizada y ver que el tren sirve a grandes empresas y a gente muy rica que la final no les interesamos como pueblos, no les interesan nuestros recursos, nuestros entornos ni tratar de rescatar los que nos queda, que ya no es mucho. Yo por eso estoy en contra del megaproyecto». 

María Luisa, su familia y quienes la apoyan en Don Samuel, aseguran que no buscan la derrama económica del tren, si no un desarrollo humano basado en un buen vivir que incluya acceso a la salud, educación en todos los niveles, seguridad social, empleo digno y bien remunerado, telecomunicaciones, señal de celular e internet, acceso a agua de calidad, energía eléctrica de calidad, vivienda digna, programas de preservación ambiental, de difusión cultural, y de acceso a la alimentación balanceada y de calidad.

«Queremos participar activamente del desarrollo con empresas sociales, cooperativas o sociedades de producción rural», se lee entre peticiones que suman universidades, hospitales, pavimentación y otras más.  «En ese momento pensábamos que sí al proyecto, pero que necesitábamos participar en él», dice María Elena. «Hoy, yo no sé si me quedaría a vivir aquí».

El cambio que viene

En esta región la vida cambió en estos últimos cuatro años y no va a dejar de cambiar. Al norte de Don Samuel está Escárcega, un antiguo aserradero que creció en demasía hasta convertirse en una ciudad solo por la casuística de estar en el cruce de caminos que van a Villahermosa, Campeche y Chetumal, el paso de entrada a la península de Yucatán que desde que inició la construcción del tren no ha dejado de crecer. 

«Solamente con el proyecto ya la ciudad está creciendo a todo lo que es las orillas. Hay mucha gente, muchas personas de otros estados que están llegando» comenta Rubí Ulloa, auxiliar del ingeniero residente en la obra de la estación que se construye en esta ciudad. 

«Para nosotros es una gran obra, un gran beneficio. Aparte de que nos ha ayudado con el empleo, toda la comunidad tenemos esperanzas de que levante al pueblo. Que traiga más turistas, porque hay muchas zonas turísticas solo que no están desarrolladas al cien por ciento», dice bajo el rayo de sol y un calor de más de 35 grados en el que ya se acostumbró a trabajar. 

Juan Marcos Castro y su esposa Yuri González esperan llegar a vivir a esta ciudad renovada. Ellos viven en una de las rancherías cercanas, en el ejido de Luna. Solían tener una tiendita y un pequeño comedor de paso al pie del camino que va de Candelaria a Escárcega, pero como muchos negocios fue demolida por estar dentro de la zona federal de derecho de vía por donde va a pasar el tren. 

«Gracias a este gobierno que es comprensivo», dice Juan Marcos desde una mesita larga de madera, lo único que queda del antiguo negocio familiar. «Ahora sí que mi respeto para Obrador, pues nos compensaron. No fue que llegaran a imponernos algo. Hubo un buen diálogo, escucharon nuestras necesidades y hasta cierto punto nos compensaron con lo que nosotros habíamos construido». 

En el terreno había una construcción de concreto que medía unos 100 metros cuadrados y tenía dos pisos. Arriba una casa y abajo una cafetería y una tienda de conveniencia. Después de negociar, lograron que el gobierno los reubicara en un fraccionamiento en Escárcega, donde están construyendo casas para otras personas reubicadas por el tren.

Yuri, su esposa, cuenta que hasta los empleados del gobierno están sorprendidos por su caso: «No, este gobierno sí les está tomando en cuenta, porque cuando estaba el otro gobierno, a ellos les valía si estaban de acuerdo o no, y si no te querías quitar llegaban con las grúas y te robaban todo, quisiesen o no. Aquí sí, la verdad, ustedes están rayados», cuenta que les dijeron.

La cafetería y la tienda ayudaron a Juan Marcos y a Yuri para mantener a su familia después de que regresaron de Cancún, en 2008, buscando trabajo. Cuando salieron del monstruoso centro turístico, sus conocidos les preguntaban qué iban a hacer en un lugar donde no había empleos. «Pues lo que hemos venido a hacer a Cancún: trabajar. Que no hay empresas, no hay hoteles, no hay nada. Pero pues hay tierras, sí hay forma de trabajar».

Como cuenta Juan Marcos, pareciera que esas oportunidades se han multiplicado en los últimos años, no solo por la llegada del tren, sino también por los programas sociales del gobierno. 

«Antes veía que mucha gente de aquí tenía que salir a trabajar a otros lados. A las tres y cuatro de la mañana veías que pasaban los camiones llenos de gente a trabajar y a las siete u ocho de la noche apenas estaban regresando. Hoy en día veo y no lo creo. Veo que mucha gente se empleó en el tren Maya, y el que no tiene un ingreso directo, pues vende aguas frescas, no sé, y si a eso le agregamos también lo del Sembrando Vida, que mucha gente está ahí y de Jóvenes Construyendo el Futuro, pues sí hay una diferencia», dice. 

El cambio de cuatro o cinco años para acá es notorio, no solo por lo económico, sino porla dinámica social de programas como Sembrando Vida que obliga a sus beneficiarios a trabajar en conjunto y crear lazos vecinales. 

Agarrar al tren por los cuernos

A kilómetros de Escárcega y Candelaria, en Calakmul hay ejidatarios que están dispuestos a montarse en el tren del desarrollo que promete el tren. A la par, buscan evitar que erosione su cultura y su modo de vida. Al este de Xpujil, muy cerca de la entrada al sitio arqueológico de Calakmul, está el ejido de Conhuas, que comparte sus tierras comunales con la reserva del sitio.

Calakmul es una de las ciudades más importantes del Clásico Maya, tanto como Tikal o Palenque. Para llegar a ella hay que atravesar 60 kilómetros rumbo al corazón de una selva espesa sobre las que se alzan tres pirámides, como escolleras en un mar de verde.  

Mientras uno recorre el camino se puede observar diversidad de animales: pavos ocelados de plumas tornasol, venados que cruzan silenciosos, parejas de tucanes y monos aulladores. Si en algún tramo el tren va a destruir grandes tramos de selva que no habían sido profanados, es aquí, cuya construcción correrá a cargo del Ejército.

Aquí habrá un paradero del tren que busca explotar otras zonas arqueológicas cercanas a Calakmul, como Xpujil, Becán, Chicanná, Balancán y Hormiguero. Actualmente a estas zonas arqueológicas llegan unos 45 mil visitantes por año. Con la llegada del tren se espera que la cifra aumente a unos 250 mil, un incremento de más de 500 por ciento. Cantidad que pareciera insignificante ante los 1.7 millones de visitantes anuales que recibe Chichen-Itzá, pero enorme ante los ojos de las casi 30 mil personas que viven en este municipio. 

«Tenemos que esforzarnos un poquito y ver que es el primer presidente que nos está ayudando con este desarrollo. ¿Y qué es lo que tenemos que hacer? Meter el codo y ¡Vámonos! De aquí somos», dice Emiliano Torres Cruz, ejidatario de Conhuas, al pensar en el futuro que se avizora. «La cuestión del tren maya fue esto, de que trae los programas y ese es el tren que viene».

A Emiliano no le apura mucho la deforestación que provocará el tren, está convencido de que el programa del presidente, Sembrando Vida, hará frente a los efectos.

«Lo de Sembrando Vida para nosotros ha sido lo mejor. Hay personas que todavía no ven el beneficio, pero el beneficio real es de ver un poquito hacia el futuro, claro. Porque si nosotros ya teníamos deforestadas tres o cuatro hectáreas, estamos volviendo a que se pongan así», mientras lo dice, señala los árboles del pedazo de selva que lo rodea. «Lo sentimos aquí el cambio. Le puedo decir que respecto al año pasado, hay un 70 u 80 por ciento menos de calor. El año pasado todavía se hizo mucha quema para hacer siembra, y este año solo hubo tres quemas de unos compañeros. Eso no es nada comparado con el año pasado. Yo creo que por eso aquí ha bajado el calor», dice. 

«De lo que hay que estar alertas es que no nos vaya a pasar como a Playa del Carmen o Cancún, donde crearon un turismo masivo, porque Calakmul no está para eso, por la cuestión del agua. No está para saberlo, pero tenemos como un mes sin agua, yo creo que parte de las 84 comunidades, en unas 70 comunidades que quedan en Calakmul, tenemos el tema del agua porque no llueve. Tenemos captadores, pero de nada sirven» prevé Emiliano, quien compra una pipa a la semana para suministrar agua a las 8 cabañas ecológicas que construyó y de las que vive.

En una visita que hizo López Obrador a estas tierras prometió la rehabilitación del acueducto que suministra a todo el municipio de Calakmul y que según dicen los pobladores de la zona va a traer agua del río Candelaria, a unos 4 mil kilómetros.

Emiliano identifica muy bien el destino que le espera y anhela que la organización social del ejido sea capaz de contener el capital multimillonario del desarrollo hotelero y turístico que creen podría venir.

«Parar esto –el desarrollismo desaforado– es solamente que nosotros como ejidatarios nos pongamos una meta ¿no? un límite. De decir, sí voy a usufructuar un pedazo de mi tierra, pero no la voy a vender. Dejar de hacer esto de que por ahorita te viene un empresario y te calienta la mano. Te ofrece un millón y medio de pesos por los derechos de ejidatario y uno dice, no pues sí. Pero no sabes que el empresario está moviendo todo su capital todo el tiempo. Él no se va a quedar con que ya te di eso. Si yo te di un millón y medio, mañana le tengo que sacar 4, porque así piensan ellos». 

Está seguro que más pronto que tarde, en el ejido van a empezar a haber desarrollos hoteleros de 5 estrellas en terrenos que antes eran dotaciones ejidales. «Yo estoy en contra cuando escucho a los compañeros que dicen: voy a vender mis tierras porque me hace falta para esto o lo otro. Es algo catastrófico, se puede decir. Porque te vas a quedar sin un patrimonio que de hoy a mañana puede servir para un desarrollo de nosotros, de nuestro turismo, que lo sabremos llevar con un límite». 

Además del ecoturismo, Emiliano está interesado en promover la silvicultura sostenible en el ejido así como otras iniciativas que permitan aprovechar la selva económicamente y está seguro que los programas sociales del gobierno, junto con el tren son la llave para lograrlo. Mientras, en su parcela ya está sembrando Ramón y Guaya, árboles maderables que no pierden el follaje con la sequía. 

«De esto no hay vuelta atrás, no hay más que simplemente decir ahí viene el toro y tenemos que agarrarlo. Digamos que echarle el hombro y pa’delante, porque no hay de otra. Si el presidente dice que va a haber, aunque haya miles de personas que digan que no, va a haber. A raíz de eso, lo que tenemos que hacer es tomarlo de frente y poner el hombro». 

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Periodista en constante búsqueda de la mejor manera de contar cada historia y así dar un servicio a la ciudadanía. Analizo bases de datos y hago gráficas; narro vivencias que dan sentido a nuestra realidad.

Editor y fotógrafo documental, retrato, multimedia y vídeo. Dos veces ganador del Premio Nacional de Fotografía Rostros de la Discriminación.