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Robert Frank y la vida sin filtros

El fotógrafo suizo Robert Frank murió el 10 de septiembre a los 94 años. Repasar su trabajo fotográfico se vuelve necesario en la época de las selfies felices y las vidas perfectas que vemos en redes sociales

@Maria_efemere

“A sad poem for sick people”

Durante la secundaria y preparatoria crecí con una generación de mujeres que posaban siempre para las fotos. Sé que todavía, cuando las vea, llegará la hora de la foto, de la selfie en la que salimos sonrientes e impecables, perfectas, etéreas, felices y que no importa cuántas veces se repita el acto de fotografiar, se repetirá hasta que todas salgamos bien. 

Pensar en la fotografía de Robert Frank es todo lo contrario. Frank logró fotografiar momentos íntimos donde la gente no posa ni sonríe, ni sale perfecta. Momentos donde simplemente son personas, viviendo, sintiendo; quizá por eso, cuando se publicó The Americans, tuvo malas reseñas; un libro catalogado como una balada triste de gente enferma. Pero el tiempo hizo lo suyo y lo volvió histórico.

A las personas no nos gusta salir mal en las fotografías. No por nada Facebook e Instagram se han vuelto tan populares. Plataformas donde podemos despilfarrar “perfección”, fragmentos curados de nuestras vidas para conseguir el visto bueno y ser catalogadas como “personas contentas, personas exitosas, personas aventureras, personas que lo están logrando en la vida”. Robert Frank está muerto y nosotros tomamos selfies felices iluminadas con la luz dorada del sol o con la plasta de algún filtro de cámara de celular. ¿Esto es lo que somos? ¿Así es como queremos ser definidas y recordadas?

La fotografía es impresionante pero también es y ha sido incómoda. Viejas creencias hablan de la cámara como un aparato ladrón. De la fotografía como mecanismo para robar almas. Ante lo intrusivas que pueden ser, en lugares como San Juan Chamula, Chiapas, las fotos están prohibidas. La discusión sobre tomar o robar una fotografía, sobre el consentimiento en la foto, nunca nos abandonará; y está bien que exista, cada quién decide si quiere o no ser fotografiado; también cada quien decide si roba o no una foto. Pero no se puede dejar fuera de la reflexión que es chocante retratar eternamente la vida solo como queremos que se vea, hay que aventurarnos a mirarnos y a que nos miren en todo tipo de momentos y así entendernos y entender más allá de nosotras mismas. 

Podrá ser paradójico, pero a Frank no le gustaba ser fotografiado, quizá era demasiado consciente de lo que se puede ver en una foto. Tanto que se esforzaba por evitar que la gente notara su cámara- Porque al verla, la gente cambiaba de actitud. 

En el documental “Don’t Blink”, el fotógrafo suizo habla de su relación con Jack Kerouac y Allen Ginsberg, los legendarios beats fueron sus grandes amigos. Cuenta que con ellos comprendió que ante el deber ser otra vida es posible, una donde cada quién puede trazar su camino con sus propias reglas. Pensar en las fotos de Frank es pensar en que todas cabemos en una realidad que no siempre pinta bien. Simplemente así es la vida, cruda, no siempre sorprendente y en eso también hay belleza.

A primera vista, las fotografías de Frank pueden ser vistas como simples postales de la cotidianidad; más a fondo se mira la talentosa edición de un trabajo en conjunto que definió a un país entero más allá de lo que Estados Unidos creía de sí mismo; en otra capa reflexiva y en palabras del propio Frank, en su foto se ve “lo que la gente puede ser”.

Cuando en el documental Leaving Home, Coming Home le cuestionan qué quiere decir con sus fotografías Frank responde con la pregunta: “¿Cómo se siente estar aquí?” Y a lo largo de su vida buscó responder esa duda personal a partir de retratos honestos de personas en las calles.

Cuando tenía 20 años creó su primer fotolibro: 40 fotos. Un viaje por Milán, París y Estrasburgo. En la portada, Frank nos mira desde el interior de un diafragma abierto. Desde ese momento nos anticipó de qué iría su vida: vino a este mundo a observar y siempre lo dejó claro.

La noticia de su muerte, el pasado martes 10 de septiembre, como suele suceder cuando alguien de gran trayectoria muere, me provocó a repasar sus fotos, por nostalgia o por ganas de recordar su genialidad o por ambas.

Su trabajo fotográfico da ganas de caminar y caminar, de no soltar la cámara, de seguir impulsos, de sentir. Ojalá recordar su vida nos invite a eso, a salir y buscar esos momentos de vida, regados en las calles, y a ser quiénes somos: ni seres etéreos, ni perfectos, sin sonrisas tiesas y largas, simplemente ser como quiera que se nos dé la gana.

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