Leyendo:
Un cuento apache

Los procesos de colonización aniquilan las diversas formas de vida humana, borran la cosmogonía y sabiduría del oprimido. Así, los apaches han pasado a la historia oficial como el enemigo a vencer, pero poco se sabe de ellos

@lydicar

En procesos de colonización, el grupo “conquistador” trata de borrar la cosmogonía y sabiduría del oprimido. En México solemos ufanarnos de que nuestras historias y pueblos han “sobrevivido” a una colonización –que no termina–. Pero ese sentimiento de “triunfo” es –desde mi perspectiva– una trampa de la misma colonización. ¿Cuántas historias y pueblos no borramos, y con ello, perdimos las nociones básicas de lo que somos como pueblos, de nuestro valor o nuestra capacidad  de vivir de otra forma?

Los niños abandonados es un cuento de los apaches de la Montaña Blanca, en el desierto Sonora Arizona, recabado de la palabra de Bane Thilda. Dice, más o menos así: 

Hace mucho tiempo, una mujer llamada puercoespín tenía dos hijos: una niña y un niño. Ella era viuda y la única familia que quedaba a los pequeños, y vivían en un campamento cualquiera. Un día, ella comenzó a jugar, y los niños, que todavía eran muy pequeños, la seguían a todos lados. Ella, molesta les dijo: “¡aléjense de mí, porque apestan!

Ella siguió gritando que se alejaran, hasta que finalmente se fue corriendo y los abandonó. Se fue corriendo y no regresó.

En ese mismo campamento, también vivían una anciana y su hijo. El niño vio la situación de los pequeños, quienes vagabundeaban, llorando, y pidió a su madre que los adoptaran. La mamá dijo que no. “Huelen demasiado”, advirtió. Pero el hijo persistió: “Estos niños están volviéndose muy pobres”, señaló. La anciana entonces dijo: “Está bien, que vivan con nosotros. Llámalos”.

Una vez en casa, “bañaron a los niños con agua tibia”. Y se quedaron a vivir ahí. “Iban creciendo y haciéndose altos”. Entonces el hijo de la anciana y el niño se iban a cazar con los demás hombres de la tribu. “Cazaban muy bien el venado”. La niña se hizo “alta y fuerte”, recogía semillas salvajes, y frutos, y mezcal, y lo traía al campamento. Ahora todos tenían suficiente alimento. Luego la niña llegó a una edad casadera, al igual que el hijo de la anciana, y ésta los casó. Juntos los cuatro vivían muy bien y con mucha comida disponible. Así que los vecinos iban a que les regalaran comida. Y es que en la vida de los apaches, aquellos a quienes les sobra la comida, la comparten.

Pronto llegaron personas desde más lejos, y entre ellas, la madre de los niños, la señora Puercoespín, quien brincaba a todo el mundo alegando: tengo hijos ahí. Una vez cerca, le dijo a la hija, quien ya tenía un bebé: “hija, tráeme a ese bebé”. La hija se sintió mal, y luego se enojó mucho. Puercoespín seguía exigiendo comida. Pero la hija se negaba. Harta, la madre dijo: dame de comer aunque sea el escroto [del venado]. La hija, muy molesta, llenó la bolsa de escroto con piedras y se lo aventó. 

La mujer recibió el golpe en la cabeza. Luego se levantó y se llevó el escroto bajo un árbol, donde lo cocinó y se lo comió.

Este cuento fue recabado por Grenville Goodwin de un grupo apache. Pero de los apaches no se sabe mucho. Durante siglos fueron los “malos” y los “enemigos” tanto de los mexicanos en Sonora, como de los vaqueros blancos en lo que después sería Arizona, Texas y Nuevo México. 

El antropólogo José Medina González Dávila explica que para las comunidades rurales del norte de México, la palabra apache todavía genera “angustia y terror”. Y para los rancheros de Estados Unidos, “rechazo y repulsión”. Sin embargo, la verdad es que, de ellos, de los apaches, se sabe poco, o “la verdad, no mucho”, admite un antropólogo texano a González Dávila.

Así, los apaches han pasado a la historia oficial, como los enemigos de los vaqueros. El enemigo a vencer, como los fieros, salvajes pieles rojas, asesinos y ladrones de cabelleras humanas. Eso es colonización. 

La historia de los niños abandonados (en el libro de donde retomo la historia hay varias leyendas semejantes) sugiere algunos de los valores que los apaches exaltaban: no se puede permitir que nadie sea demasiado pobre. La familia que obtiene comida en abundancia tiene el deber de compartirla, y eso genera felicidad a todos. El abandono de los niños o los desprotegidos conlleva consecuencias.

Así, los apaches narran otras historias que tienen que ver con cacería, leones de montaña, coyotes, fuego, truenos que impregnan el mundo, hombres anciano, agua, fuego, tierra y metal que estiran las puntas de la tierra para hacerla vida… poco, muy poco… donde las mujeres crecen fuertes y altas. Donde el sol fecunda vientres con su luz. Donde el hombre blanco está asociado a la muerte del rifle.

En 1906, el combatiente apache Gerónimo dijo: “Es mi tierra, mi hogar, la tierra de mi padre, a la que ahora pido regresar. Quiero estar ahí mis últimos días, y ser enterrado entre las montañas. Si fuera posible, me gustaría morir en paz, sabiendo que mi pueblo, en sus hogares nativos, crecerá en número, en lugar de disminuir como sucede ahora, y que nuestro nombre no se extinguirá” (1906).

Estos son los procesos de colonización: el aniquilamiento de las diversas formas de vida humana. El desarraigo y el trastocamiento de la historia de aquellos que son “vencidos”.

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Lydiette Carrión Soy periodista. Si no lo fuera,me gustaría recorrer bosques reales e imaginarios. Me interesan las historias que cambian a quien las vive y a quien las lee. Autora de “La fosa de agua” (debate 2018).

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