No es un trabajo, es lo que le da sentido a estar aquí

1 noviembre, 2020

El buen periodismo, decía Javier Darío Restrepo, no se da en situaciones fáciles ni sin conflictos. Pero cuando se hace, le da sentido y objetivos a nuestra vida

@danielapastrana

Sólo una vez me han despedido de un trabajo. Supe que eso ocurriría cuando me citaron en la oficina del director, que tuvo la decencia de ser él quien me dijo que iban a recortar a los reporteros que tenían mejores salarios, lo que no era totalmente cierto, pero era una forma elegante de despedirnos. Dos semanas después, el medio entero cerró su corta vida con una célebre portada que tituló: “¡Nos cargó el payaso!”.

De cualquier modo, ser despedida no es una experiencia agradable. En otros trabajos había renunciado cuando sentí que ya no aprendía. Cuando dejé Reforma en 1997 (fui de las primeras que cortó el cordón umbilical), me dieron una “compensación” que a nadie le daban, y siempre he pensado que René Delgado la gestionó por la pura felicidad de ya no verme todos los días reclamando algo. En La Jornada negocié mi salida en 2006, cuanto entendí que, tarde o temprano, el extraño Masiosare iba a desaparecer y yo no me veía en ninguna otra sección del diario.

En los nueve años que trabajé ahí conocí a Duilio Rodríguez y desde entonces hemos tenido interminables discusiones sobre el periodismo, la fotografía y la vida. También tuve aventuras inolvidables con Alberto Nájar, el secretario general del único sindicato en el que he participado.

En El Centro, el medio del que me despidieron, debí conocer a Lydiette Carrión, pero eso no pasó porque a ella la echaron antes que a mí. Un día acordamos vernos en la redacción para planear la cobertura de la Conferencia Internacional sobre el SIDA, pero al llegar me enteré de que la habían despedido por algo que todavía me cuesta asimilar, pero que concita esas historias que son comunes en los medios, diseñados con estructuras profundamente patriarcales.

Después intenté seguir el consejo de que “de algo debes vivir” y acepté una invitación para trabajar -con buen sueldo- en La Razón, pero fracasé en mi intento de pragmatismo económico y renuncié en menos de 24 horas, sin siquiera firmar el contrato. Algo parecido me había pasado en 2006, con El Universal, donde después de dos aplaudidas colaboraciones mandaron a congelar la tercera porque una crónica de los símbolos religiosos que había en el plantón de Reforma podía incomodar al cardenal Norberto Rivera. El religioso no se molestó (ni se enteró) y yo no me molesté en volver a proponer un trabajo ahí.

Fue entonces cuando hice una suerte de pacto con Nájar: nunca jamás debíamos permitirnos tener un jefe al que no pudiéramos respetar.

Todavía pasé por la estafa terrible de un tipo al que no quisiera recordar, si no fuera porque me permitió encontrar un tesoro en la Era de la posverdad: la solidaridad en un equipo de redacción.

En la fugaz vida de El Periódico supe lo que significa aguantar sin cobrar seis meses por una demanda colectiva, ceder mi sueldo a la secretaria, mantener la publicación diaria, aunque poca gente la viera. Cooperábamos todos para la comida y todavía recuerdo el día en que Luchi, la directora de publicidad, dejó su carro en prenda en una imprenta, para que lograra salir. Creo que fue el día que empecé a comprender la magnitud del engaño del director. Por esos días imborrables comencé a tener la idea -que mantengo- de formar una cooperativa para hacer un medio fuera de la lógica del capitalismo.

Para entonces, la Red de Periodistas de a Pie -que había nacido en mayo de 2007- iba tomando forma y yo acepté hacer lo que nadie quería: ceder tiempo de hacer periodismo para organizar una red. También comencé a dar clases y colaborar con la agencia IPS, donde aprendí a ver los problemas con anteojos de gran angular.

A Dani Rea la conocía desde el inicio de la red, pero era como un duende que aparecía y desaparecía para hacernos felices en las reuniones. La empecé a tratar en plan de trabajo en 2011, con las caravanas por la paz y el manual de periodismo incluyente que hicimos con Conapred. Eran los años más intensos de la guerra-noguerra que instauró Felipe Calderón y la red estaba volcada en la organización de periodistas; conocí a Jade Ramírez-Cuevas, a Ángeles Mariscal y a prácticamente todos los colegas aliados que hoy están dando una poderosa batalla por tener medios independientes en sus estados. Al único que conocía de antes era Ernesto Aroche, con quien ya había compartido banca y batallas años atrás, en la beca Prende de la Ibero.

La masacre de San Fernando dio origen a En el Camino, que comenzó con un periodiquito para migrantes y unos años después se convirtió en un proyecto de capacitación y un micrositio de reportajes de migración. Eso, y los programas que hicimos semanalmente en Rompeviento fueron el ensayo de un proyecto que planteamos originalmente como un “un sitio refugio” para que periodistas que viven en zonas de riesgo tuvieran un espacio donde publicar, cobijados por la red y periodistas-editores que estamos en la capital.

Ya teníamos en la red un equipo de voluntarios que, bien lista yo, había ido captando de mis clases de periodismo con un aguzado ojo de cazatalentos. En un restaurante de la Condesa, le propuse Celia, Ximena, Ana Cristina y José Ignacio sumarse al proyecto para hacer periodismo por 3 mil 500 pesos mensuales. Los cuatro brincaban de emoción. Pero en la red no terminábamos de ponernos de acuerdo. A la distancia, pienso que eso era porque Marcela tenía en la cabeza algo como A dónde van los desaparecidos y yo algo como Pie de Página (el nombre lo puso Mónica González). El caso es que el sitio debía estar en línea en abril de 2015, que era la fecha de cierre del proyecto con la Unión Europea y el Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, pero para esa fecha sólo estaba listo el documental de Rapé sobre periodistas desplazados.

Ese 2015 fue el año en el que Mago se enamoró y que Marcela, Elia y Thelma renunciaron a la red. Teníamos abiertos tres proyectos (el de redes, el de migración y el del “sitio refugio”) y si queríamos que sobrevivieran teníamos a adaptarnos a esa nueva realidad. La mesa para cuatro de la toma de decisiones se convirtió en una gran mesa redonda, que cada año se va ampliando a distintas regiones del país. Y yo comencé a soltar las riendas de la carreta para concentrarme en las de un solo caballo llamado Pie de Página.

Comenzamos con un multimedia de Ayotzinapa, con materiales de un grupo de estudiantes que había llevado a reportear a Guerrero en diciembre de 2014. Pero hacer ese trabajo con puros estudiantes, por más virtuosos que fueran, resultó un poquito más complicado de lo que pensaba y terminamos publicándolo dos meses después del aniversario. Así que el sitio arrancó formalmente el 29 de octubre de 2015, con la crónica de los efectos económicos del huracán Patricia que hizo José Ignacio De Alba, el único reportero de ese equipo fundador que sigue en esta trinchera, aunque ahora con barbas, un mejor salario, y más experiencia en coberturas de derechos humanos que la mayoría de los periodistas de la capital.

Y, como todo en la historia de la red, Pie de Página creció más rápido de lo que esperábamos: en menos de tres años ya teníamos un premio Gabo y cuatro premios nacionales de periodismo. Además de la cobertura de los sismos y de las caravanas de migrantes (que hicimos en estafeta con los medios aliados), habíamos hecho las series de Mujeres ante la guerra (que hoy es el libro de Ya nos somos las mismas, y aquí sigue la guerra), Buscadores, Resistencias, El Color de La Pobreza, los especiales de minas y de empresas españolas, y coberturas del plebiscito en Colombia, las elecciones en Estados Unidos, y una caravana de paz de Centroamérica a Estados Unidos.

Nos especializamos en “especiales” y los periodistas refugiados en el sitio dejaron de necesitar el refugio porque comenzaron a ver crecer sus propios medios. Pero en 2018, el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador y su proyecto político nos obligaron otra vez a cambiar el ritmo.

Entendimos que si queríamos mantener un espacio para publicar las historias que queremos necesitábamos tejer una alianza con la sociedad. Construir puentes. Movernos de lugar. Desaprender lo aprendido. Bajarnos del pedestal de los grandes medios, que están en crisis porque no saben vivir sin las elites políticas y económicas.

Cambiamos el diseño. Buscamos refuerzos. Llegaron Andro, Daliri, Duilio y María Fernanda. Arturo, que era de ese equipo original de becarios se había ido y vuelto desde el primer año. Abrimos el espacio para una barra de opinión que no tuviera las mismas voces que han estado opinando sobre los temas públicos las últimas tres décadas. Nos ajustamos a lo diario, tratando de encontrar un punto medio entre la coyuntura y el abordaje de los temas con más profundidad. Y descubrimos que existe una “arquitectura digital” cuando, cada vez que aumentaban las entradas al sitio, se nos caía la página.  

A finales de 2019, hicimos nuestra primera campaña de fondeo, que rompió todas las expectativas. Gracias al programa de becas para periodistas desplazados de la red, llegaron nuevos refuerzos (Reyna, Kau y Vania). Teníamos ya todo listo para iniciar un programa de suscripciones y actividades offline con las audiencias, cuando nos cayó la pandemia.  

Lo de covid-19 ha sido, sin duda, el reto periodístico más difícil que hemos enfrentado: con miedo e incertidumbre, precarizadas, vulnerables emocionalmente por tantos años de la cobertura de la violencia, y un equipo de seis editores, cinco reporteros y muchos colaboradores para entender qué era lo importante de una pandemia que ha paralizado las economías del mundo durante casi 10 meses y que hoy suma 46 millones de contagios y casi 1.2 millones de muertos.

Yo entendí la orfandad mediática de la gente un día de abril en el que, en una conferencia de prensa, el subsecretario de salud me dio la palabra para la última pregunta y, asustada como estaba, pregunté dos cosas que me salieron del corazón: ¿Cómo cuidamos a las embarazadas? y ¿qué tipo de sangre se necesita para donar?

La avalancha de comentarios que recibí ese día (y a partir de entonces, cotidianamente) por ponernos del lado de los ciudadanos que quieren entender, en lugar de ser periodistas que creen que tienen todas las respuestas, ha sido abrumadora. El medio ha cuatriplicado las entradas que ya el año pasado había triplicado. Todos los días nos llegan preguntas o comentarios, y la gente fiscaliza todo lo que publicamos. Lo más bonito que me ha pasado fue una vez que traté de entrevistar a un trabajador de limpia en el Zócalo, pero él primero me preguntó de qué medio era, cuando le dije que de Pie de Página, me respondió que sí lo conocía y que entonces sí me contestaba.

A mí me queda la lección de que, en este trabajo, nunca podemos pensar que ya sabemos todo, que siempre tenemos que estar dispuestas a aprender algo nuevo. Y tengo la convicción de que entramos en un camino que no tiene retorno.

La principal virtud en este equipo, dice seguido Alberto Nájar, es que no tiene malas intenciones. Tenemos errores, nunca deshonestidad intelectual. Y un deseo compartido, aunque parezca cliché, de mejorar el mundo, de pelear por valores tan simples y desgastados como libertad, igualdad y fraternidad. De dignidad en el trabajo. De acuerpamiento colectivo, aunque a veces no sepamos cómo hacer colectividad. De ganas de hacer periodismo, porque el periodismo nos permite confrontarnos con nuestros propios prejuicios, explorar, escuchar, reflejarnos.

En eso estamos. Reinventándonos por tercera o cuarta vez. Convencidas de que queremos seguir contando las historias de mujeres, de los pueblos, de las migraciones. Preocupadas por el medioambiente, las fallas en las políticas públicas y las violaciones cotidianas a los derechos humanos, pero también interesadas en las artes, las culturas y la ciencia. Al fin y al cabo, de todo eso se trata esto de la vida.

Gracias infinitas a todas y todos los que han hecho posible estos cinco años de Pie de Página. Gracias dobles a este equipo que se ha rifado en estos días de pandemia. El buen periodismo, decía Javier Darío Restrepo, no se da en situaciones fáciles ni sin conflictos. Pero cuando se hace, se confirma el objetivo que le hemos puesto a la vida. Y vale la pena pelear por eso.

¡Salud y larga vida al periodismo de a pie!

Quería ser exploradora y conocer el mundo, pero conoció el periodismo y prefirió tratar de entender a las sociedades humanas. Dirigió seis años la Red de Periodistas de a Pie, y fundó Pie de Página, un medio digital que busca cambiar la narrativa del terror instalada en la prensa mexicana. Siempre tiene más dudas que respuestas.

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