Leyendo:
Carlota

Mujeres fuertes y revolucionarias han estado siempre en la historia. Olvidarlas es como olvidarnos un poco a nosotras mismas

@danielapastrana

En septiembre de 1975, mientras yo brincaba de gusto porque mis tíos me llevarían a Disneylandia (el parque de diversiones creado por la mayor productora de películas infantiles de la historia), un experimentado periodista polaco viajaba a Angola para a cubrir la salida de los portugueses europeos de su colonia.

En esos días yo no tenía idea de que había países que aún peleaban su independencia. Tampoco sabía qué era independencia. A los cinco años, la palabra estaba intrínsecamente ligada a comer pozole. Además, Angola no figura entre los países que se pueden comprar jugando Turista.

Los siguientes dos meses, mientras yo disfrutaba con mis primas el mundo de fantasía de Disney, me aterrorizaba con una Orca estresada de Sea World y sumaba un kit completo de ropa y zapatos a mi colección de Barbies, Ryszard Kapuscinski recorría el país en guerra buscando a Joaquim António Lopes Farrusco, el “Che Guevara africano-portugués”.

Kapuscinski tenía 43 años y desde los 25 había viajado constantemente a África. No era un periodista inexperto y entendía bien el conflicto de ese país, que desde un año antes vivía una lucha por el poder entre dos grupos independentistas: el Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA, de corte socialista) y el Frente Nacional para la Liberación de Angola en alianza con la Unión Nacional de Independencia Total de Angola (FLNA-UNITA, apoyados por Estados Unidos).

El 5 de noviembre, cuando parecía que el MPLA tenía todo perdido, el gobierno cubano decidió entrar en el conflicto, y comenzó en el mayor despliegue militar de Cuba en el extranjero: la Operación Carlota, que duró 16 años e implicó el envío a Angola de unos 377 mil cubanos (entre soldados, médicos, maestros e ingenieros).

El contacto entre los dos países había comenzado 10 años antes, durante la aventura congoleña de Ernesto Guevara, quien estableció los primeros lazos con el  MPLA y su líder Agostinho Neto, a la postre el primer presidente de la naciente República Popular de Angola. El papel de Kapuscinski, único periodista extranjero que llegó al frente de batalla, fue central, no sólo porque informó sobre la invasión de Sudáfrica, sino porque se reservó información exclusiva sobre la participación cubana.

Esos días previos a la declaración de independencia de Angola, el 11 de noviembre de 1975, son los que cuenta Kapuscinski en Un día más con vida, su libro preferido y también el más personal.

Y ahora, tras una década de trabajo, es llevado al cine por una producción hispano-polaca que en la que participaron más de 500 personas.

La película del navarro Raúl de la Fuente y el polaco Damian Nenow es una animación con elementos de imagen real basados en el libro y testimonios de tres sobrevivientes: los periodistas Artur Queiroz y Luis Alberto, y el comandante Farrusco, un portugués que hizo de Angola su patria y que resistía en el sur con “un destacamento condenado al exterminio”, según escribió Kapuscinski.

La cuarta protagonista es Carlota, una joven combatiente de 20 años a la que Kapuscinski conoció en Benguela; el comandante Monti la asignó como escolta del periodista para llegar a Balombo. Era una joven dura y bella, de la que todos se enamoran, pero que murió en combate, protegiéndolos.

En el libro, escrito en 1976, Kapu dedica varias páginas al único día que conoció a la joven:

“Había nacido en Rosadas, no muy lejos de la frontera con Namibia. El año pasado había recibido instrucción militar en los bosques de Cabinda. Después de la guerra quería ser enfermera. Es todo lo que sabemos de esa muchacha que ahora va junto a nosotros en un coche con una metralleta sobre las rodillas y que –puesto que ya hemos agotado nuestro arsenal de bromas y por unos momentos se ha instalado la tranquilidad– se ha puesto seria, absorta en sus pensamientos (…) Barbosa le pregunta cuándo se va a casar. Vaya, eso no lo sabe, lo que hay ahora es guerra. El sol se oculta tras los árboles, se acerca el crepúsculo y tenemos que marcharnos. Regresamos a los coches, que nos esperan en la calle principal. Todos estamos contentos porque hemos visto el frente, tenemos una película y fotos. Seguimos vivos”.

Luego habla del impacto de su muerte en el grupo de periodistas y de la culpa que los perseguía: “Si hubiéramos oído los disparos, ¿habríamos mandado dar media vuelta para permanecer junto a Carlota? ¿Habríamos sido capaces de arriesgar nuestras vidas para protegerla, como lo hizo ella al protegernos en Balombo? (…) Todos somos culpables de esta muerte, porque no hemos puesto obstáculos para que Carlota se quedase”.

Angola fue el principal país proveedor de esclavos de la humanidad. Tiene petróleo y diamantes, pero es uno de los peores países en índices de mortalidad infantil.

En la película, Carlota es el alma de las milicias, una joven preocupada sobre todo por los niños. En la última conversación que tiene con el periodista le dice una frase que es clave en la forma de entender el mundo del polaco: “No dejes que nos olviden”.

Dos décadas después, Kapuscínski -el viajero de las rutas no oficiales- publicó Ébano, un libro en el que repasa las independencias de los países africanos y que inicia con una aclaración: “África no existe, es sólo un nombre. Su realidad es demasiado grande”.

Luego asegura: “la guerra es intransferible”.

Eso es lo que he aprendido del periodismo:  la guerra es intransferible. Sus secuelas también. El poder es una lucha constante. Los dominados muchas veces se vuelven dominadores. Las víctimas a veces también son victimarios. El dominio es una categoría contra la que siempre hay que pelear. Y nunca debemos olvidar a los olvidados, ni a los que han combatido antes.

También he aprendido a desandar lo aprendido y re-aprender cosas, no para negarlas, ni para castigarnos, sino para ser conscientes de las decisiones que tomamos: ahora, por ejemplo, ya no voy a los acuarios, aunque entiendo que en 1975 mis tíos no podían saber que la ballena estaba estresada. Tampoco tengo mi colección de Barbies, pero disfruto películas recientes en las que las muñecas más viejas de la historia de los juguetes son sirenas, hadas o princesas bailarinas. Porque me gustan las figuras fantásticas, el ballet y el cine. Y porque Barbie y muchos otros productos comerciales también son parte de mi historia.

Sobre todo, he aprendido que mujeres fuertes y revolucionarias han estado siempre presentes en la historia. Olvidarlas es como olvidarnos un poco a nosotras mismas.

La historia de Carlota, la combatiente de amplia sonrisa en Angola, podría ser la de muchas rebeldes de las guerrillas de América Latina.

La otra Carlota, que dio nombre a la operación militar cubana, fue una esclava negra, de origen lucumí, que lideró una sublevación de esclavos en el ingenio azucarero Triunvirato, en la provincia de Matanzas, el 5 de noviembre de 1843, es decir, 132 años antes de que la Carlota de Kapu muriera en combate, y que yo conociera Disneylandia .

Carlota, la cubana, fue descuartizada por sus verdugos, por el único delito de querer ser libre.

Columnas anteriores:

Mujeres

#Metoo y el feminismo antes de Twitter

Quería ser exploradora y conocer el mundo, pero conoció el periodismo y prefirió tratar de entender a las sociedades humanas. Dirigió seis años la Red de Periodistas de a Pie, y fundó Pie de Página, un medio digital que busca cambiar la narrativa del terror instalada en la prensa mexicana. Siempre tiene más dudas que respuestas.

Escribe las palabras a buscar.