Ser n’yúhü (otomí), hablar ñꞌyúhü

13 junio, 2026

¿Qué mueve a unos padres a enseñar a sus hijos una lengua indígena cuando el entorno impone el castellano y el racismo? En San Pablito, la respuesta no está en el activismo ni en la academia, sino en una comunidad que, desde su autonomía económica y cultural, hace de su idioma una lengua necesaria, útil y deseable

Texto y fotos: Iván Pérez Téllez

PUEBLA. – Por lo general, el idioma que adquirimos en la infancia es la de nuestra madre; de ahí que la Unesco haya instituido el Día Internacional de la Lengua Materna, en reconocimiento a este hecho. Sin embargo, bajo ciertas condiciones, es posible que el padre pueda priorizar la enseñanza de su propia lengua antes que la materna, sobre todo en un contexto interétnico.

Recientemente, realizando un trabajo sobre el grado de vitalidad lingüística en San Pablito —en la sierra norte de Puebla—, me encontré con algunos casos singulares al respecto. Conocí algunos jóvenes padres otomíes (n’yúhü, como se autodenominan) que, habiéndose casado con mujeres no otomíes monolingües del castellano, decidieron enseñarles su lengua a sus pequeños hijos. La residencia, la patrilocalidad y el territorio juegan aquí un papel fundamental, pues dos de esas familias viven en la comunidad —es decir, dentro de un entramado de relaciones donde la cultura y la lengua son valoradas—, aunque uno de ellos radica en la cabecera municipal de Pahuatlán, lejos de su núcleo familiar.

¿Qué hace que estos padres decidan enseñar su lengua materna a sus hijos en un contexto tan marcado por la discriminación y el racismo que se vive en este país y, ciertamente, en el entorno regional? Los otomíes son un pueblo que posee una conciencia étnica muy marcada; ciertamente valoran tanto su lengua como su cultura, sienten, por tanto, orgullo de su etnia. Son “exitosos” en el mundo contemporáneo y se saben manejar con soltura tanto en el contexto local, nacional o internacional; son trabajadores migrantes en Carolina del Norte, Estados Unidos, o en el Cuadrante de San Francisco, Coyoacán, en la Ciudad de México, pero también son artesanos y comerciantes que se desplazan por varios puntos turísticos del país para comerciar. Básicamente se autoemplean —elaboran de manera artesanal papel amate y chaquira, y lo comercializan—, hecho que les ha dado un alto grado de independencia, con las dificultades que también conlleva no contar con prestaciones o seguridad social.

Prescinden de la aprobación externa para hacer o dejar de hacer tal o cual cosa. Y, económicamente hablando, se sustentan de su labor artesanal, comercial y como trabajadores migrantes. Acá, esta autonomía cultural encuentra su correlato en el alto grado de autonomía económica que poseen. Esta autonomía ha permitido, por cierto, que la lengua se transmita con éxito de generación en generación, de ahí la vitalidad lingüística de la que goza como pueblo.

La palabra «otomí» proviene del náhuatl (otómitl) y se traduce comúnmente como «quien camina con flechas» o «flechador de pájaros». Fue el nombre asignado por los mexicas a un pueblo que no se llama a sí mismo otomí, como lo rebautizaron los españoles en la Colonia, sino que tiene gentilicios propios de cada región: hñähñu, en Hidalgo y el Valle del Mezquital; ñätho en Toluca; ñäñho, en Querétaro, y ñꞌyühü en Puebla y la Sierra Madre Oriental.

En San Pablito, el grado de monolingüismo entre las mujeres adultas ñꞌyühü es aún alto —¿en la sociedad nacional es menor el número de personas monolingües del castellano?—, lo cual ha sido visto como un problema para la integración nacional en términos del “problema del indio”. Lo cierto es que el monolingüismo femenino —que no se explica debido al aislamiento ni a la falta de capacidad para aprender un segundo idioma, sino a una decisión consciente— forzar a que los niños pequeños, de madres monolingües del castellano, tengan que aprender la lengua de sus abuelas. De modo que, según me contaron, es común que las abuelas exijan a sus hijos que les enseñen su idioma a sus pequeños nietos para que ellas puedan comunicarse con ellos. Así, el ñꞌyühü se revela como una lengua necesaria, útil y valorada comunitariamente.

Acá no se trata de intelectuales indígenas tratando de enseñarles sus propias lenguas indígenas, como algo deseable, para que sus hijos sean políglotas. Es, por el contrario, un asunto comunitario, pues la comunidad estima y demanda, por tanto, el uso del ñꞌyühü. Entonces podríamos hablar ya no de la lengua materna, sino de la transmisión de la lengua “comunitaria”. Todo esto encuentra su anclaje tanto en el territorio como en un alto grado de autonomía frente a todo tipo de alteridades —municipal, estatal, nacional o internacional—; San Pablito es así un pueblo que posee una alta estima en su ser otomí.

Esta decidida vocación de bilingüismo de los jóvenes padres contrasta con las formas convencionales de la enseñanza de la lengua materna. De manera deliberada, los padres deciden transmitir su lengua —y con ella su cultura— a sus pequeños niños que, de otro modo, serían simplemente castellanizados y monolingües, pues los padres entre ellos se comunican en castellano.

En una sociedad monolingüe y monocultural, como lo es la no indígena o mestiza, el hecho de que las familias ñꞌyühü decidan formar a niños bilingües desde la primera infancia es un hecho loable. Acá la cultura comunitaria se impone, estableciendo una valoración positiva al aprendizaje de la lengua y la cultura otomí, pese a todos los racismos.

San Pablito no tiene sus intelectuales —como los conocemos— que defiendan la enseñanza y el aprendizaje de su lengua. No participan de las interminables reuniones de las organizaciones estatales para crear una norma de escritura, o dan talleres de sensibilización, “rescate” o revitalización de su idioma, o hablan de esto como una forma de resistencia. Tampoco tienen elaborados discursos de reivindicación étnica hacia afuera. No, son comerciantes y trabajadores migrantes que, pese a la rampante evidencia de la exclusión y el racismo, consideran que el modo de vida que conocen —y que les fue heredado— es un modo de vida deseable y digno de ser vivido, en sus propios términos. Y acá la lengua es, quizás más simplemente, parte de todo este modo de continuar siendo otomíes.

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