A más de treinta años de su estreno, Paris is burning sigue siendo un documento fundamental para entender los orígenes de la cultura ballroom en Nueva York. Desde la pasarela y el vogue, el filme retrata cómo la comunidad trans racializada convirtió la competencia en un espacio de dignidad, familia y resistencia ante la violencia y el olvido
Texto: Andi Sarmiento
Foto: Especial
CIUDAD DE MÉXICO. – Paris is burning es un documental de la directora estadounidense Jennie Livingston, filmado a finales de la década de los ochenta en Nueva York, el cual, a más de 30 años de su estreno, se mantiene como un filme clave para la cultura queer, pues se encargó de dar visibilidad a uno de los sectores más olvidados y marginados socialmente: la comunidad trans racializada.
Aquí se nos habla de los orígenes del ballroom en la ciudad. Esto se refiere a un movimiento que existe hasta la actualidad en el cual se utiliza el cuerpo como principal resistencia ante el odio y la violencia desregulada que permea en la sociedad.
La cultura ballroom implica la formación de espacios en los cuales se realizan distintos tipos de competencias donde la corporalidad es la protagonista; estas pueden ser desde duelos en formato de pasarela hasta las competiciones de vogue, que es un tipo de baile con movimientos de las extremidades específicos y que recibe su nombre al inspirarse en las poses de las modelos de la revista Vogue. Son contiendas en donde más que la técnica se califica la fuerza, la confianza y la performatividad, incitando a las personas participantes a habitar su cuerpo con seguridad, lo cual se les ha impedido históricamente en las calles, en las instituciones y en los hogares.
Todo esto ocurre en distintos lugares llamados casas, espacios donde se le da vivienda y atención a quienes han sido despojadas de sus viviendas y contextos por su identidad. Estas son dirigidas por las madres, quienes cobijan y dan la cara por su comunidad, funcionando como una figura ejemplar de fortaleza y dignidad para el resto.
Entonces, se forja una comunidad clandestina que está sustentada en el principio de la competencia; sin embargo, la estructura sirve para darle a la contienda otro significado, uno donde, pese a que la meta es ganar, eso no impide que se consolide lo que para muchas personas termina siendo una familia.
El ballroom inicia con la comunidad no solo trans sino también afrodescendiente y migrante. Esto nos habla de todo un sector que a lo largo de los siglos ha sido denigrado; el núcleo de dicha opresión viene desde el control de los cuerpos, que conlleva también el robo de la autonomía. Por ello participar y ganar en estas competencias se vuelve algo tan importante para algunos cuando ya se les ha arrebatado todo y eso es lo único que les queda: implica darse un lugar en una familia donde sí se les elige, afirmando su presencia; es la oportunidad de recuperarse a sí mismos.
En estos espacios se demuestra que otras formas de relacionarnos son posibles y que se pueden utilizar los símbolos que se han impuesto durante toda la vida para resignificarlos y deslindarlos de su impacto violento.
Igualmente, vemos cómo cada integrante utiliza su corporalidad como una manera de liberación, de reivindicarse y afirmarse como trans, tanto al resto como personalmente.
Adueñarse de los cánones para resistir ante ellos, darle un nuevo sentido a lo que surgió para discriminar. De esta manera, el sector oprimido le quita herramientas al opresor; en consecuencia, disminuye el miedo y, por lo tanto, la magnitud del poder.
Ante la violencia solo queda el acuerpamiento y la comunidad; convivir con quienes también viven y comprenden nuestras experiencias es lo que nos da la seguridad necesaria para aguantar, pues nos hacemos saber que no estamos solos y que nuestras historias, al existir en colectivo, se sostienen una a la otra, sabiendo que ante cualquier situación de agresión nuestro círculo elegido se encargará de que no quedemos en el olvido.
Por otra parte, el documental nos permite reflexionar sobre cómo el capitalismo se ha adueñado de las luchas sociales, entre ellas la LGBT+.
Hoy en día el vogue se ha convertido en una parte muy presente en la cultura del entretenimiento; podemos encontrar sus elementos en la música y televisión. Incluso la cantante estadounidense Madonna lo retomó y popularizó en los noventa, así como en la actualidad se transmiten programas y se realizan espectáculos en torno a la cultura drag, pero esto no nos habla de sus orígenes ni del trasfondo político que conlleva, mismo que ocurre con la marcha del orgullo cada año.
Esto responde a un blanqueamiento que se le suele dar a los movimientos sociales y que no es aislado, ya que hemos visto que durante siglos se ha borrado la participación negra, racializada y obrera de la historia, a pesar de que son estos sectores los que han iniciado las revueltas históricas que hoy nos dan derechos.
Todo esto no es casualidad, pues es una realidad que existe una parte dominante de la historia que es la que se ha encargado de controlar los discursos que permean en el imaginario para así forjar la cultura a su favor. Las protestas son convertidas en entretenimiento para así disuadir su discurso; es así que el sistema usa a su favor lo que en un inicio estaba en su contra.
Es por eso que es fundamental seguir mencionando largometrajes como Paris is burning, que nos recuerdan las problemáticas que a día de hoy se siguen dando globalmente y que, además, rememoran a los grupos que han sido estratégicamente olvidados y que han dado origen a las luchas que seguimos en la modernidad.
Este filme está disponible en YouTube.

Me gusta escribir lo que pienso y siempre busco formas de cambiar el mundo; siempre analizo y observo mi entorno y no puedo estar en un lugar por mucho tiempo
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