Mundial 2026: cuando el silbatazo final dio paso al caos

4 julio, 2026

La victoria de México desató una celebración histórica, pero también exhibió cómo la euforia, el anonimato y la fuerza de las multitudes pueden convertir una fiesta en violencia y una pasión compartida en tragedia

Texto y fotos: Camilo Ocampo

CIUDAD DE MÉXICO. – La pasión por el fútbol es compleja. Decía Eduardo Galeano, el escritor uruguayo e hincha acérrimo del equipo Nacional de Montevideo, que este deporte es la única religión que no tiene ateos. Una metáfora perfecta que retrata un fenómeno que trasciende al propio balompié: una pasión capaz de despertar identidad, rituales, cábalas y un profundo y complejo sentido de comunidad.

Cuando Galeano escribe que el fútbol «no tiene ateos», no pretendía decir que todos fueran aficionados, sino que nadie permanece completamente ajeno a su influencia.

Incluso quienes aseguran no seguirlo terminan, de una u otra forma, involucrados por la emoción colectiva que despierta. Y es que el fútbol es un fenómeno político; hasta sus críticos más escépticos, aquellos que lo desprecian por considerarlo el «opio del pueblo», terminan tomando partido. Porque incluso estar en contra es una forma de reconocer el lugar que ocupa en la vida pública.

Pero esa capacidad de movilizar a millones tiene también un reverso muy incómodo.

Los triunfos de México en el Mundial de 2026 no solo desataron celebraciones multitudinarias; también dejaron una estela de destrozos, peleas, decesos y detenciones en distintas latitudes del país.

Cuando la euforia colectiva rebasa sus propios límites, el fútbol deja de ser únicamente un juego y un deporte para convertirse en un poderoso catalizador de conductas que encuentran en la multitud la justificación perfecta para emerger.

En redes sociales comenzaron a circular cientos de videos en los que se observa a aficionados destruyendo mobiliario urbano, peleándose entre sí, enfrentándose con la policía, agrediendo a otros asistentes que viajaban en sus vehículos, provocando atropellamientos y vandalizando espacios públicos y de memoria colectiva.

Del festejo a la violencia

En Guadalajara, por ejemplo, en el Centro Histórico, se documentó cómo un grupo de hombres, vestidos con la camiseta verde de la selección y con los rostros embozados, rompió a patadas los cristales de un comercio. Después, se enfrentó con la policía antimotines, que intentó dispersar mediante el uso de la fuerza, mientras los aficionados respondían lanzando botellas de cristal, además de empujones y golpes. El saldo fue de 40 personas detenidas por estos hechos.

Además de esto, en varias partes del país, particularmente en las ciudades donde hubo festejos, se volvió común que grupos de personas rodearan los vehículos que transitaban por las calles o se cruzaban con las aglomeraciones para golpearlos, sacudirlos y zarandearlos.

Lo anterior provocó que algunos conductores atropellaran a varias personas. Uno de los casos que más se difundió fue el de Roberto Arellano, un guía turístico que vivía en Los Cabos, Baja California Sur, y murió linchado después de arrollar a 17 personas, cuando un grupo de aficionados comenzó a balancear violentamente el automóvil en el que viajaba con sus dos hijas, lo que le hizo perder el control del vehículo.

Después de eso se estrelló y una multitud lo golpeó hasta dejarlo gravemente herido. Fue trasladado a un hospital, pero no logró sobrevivir debido a las contusiones.

En la capital, donde tuvieron lugar las celebraciones más multitudinarias, durante el último encuentro de la selección tricolor frente a Ecuador, en la avenida Paseo de la Reforma se instalaron pantallas gigantes para que la gente pudiera disfrutar del partido. Sin embargo, el número de asistentes fue histórico: más de 1.3 millones de personas se congregaron a lo largo de los tres kilómetros destinados para el espectáculo, donde además hubo bandas musicales para amenizar la jornada.

Pero ocurrió lo mismo que en otras partes: los festejos se transformaron en violencia, peleas y destrozos. Las estaciones del Metrobús fueron dañadas por personas que se subieron a los techos; la gente se lanzaba desde las estructuras y varias personas sufrieron heridas superficiales y fracturas. Al mismo tiempo, grupos de asistentes levantaban a otras personas por los aires al grito de «¡quiere volar, quiere volar!».

El costo de tanta gente reunida

Sin embargo, el costo de una concentración de tal magnitud fue mortal. Cuatro personas perdieron la vida durante y después de los festejos en las inmediaciones del Ángel de la Independencia.

Las autoridades confirmaron que Leonardo Ruiz, de 44 años, e Iraís Robles, de 19, murieron por asfixia tras quedar atrapados entre la multitud. Una tercera víctima, un hombre de 48 años cuya identidad no ha sido revelada públicamente, también falleció por la misma causa. El cuarto deceso correspondió a un hombre de aproximadamente 30 años, aún sin identificar oficialmente, quien sufrió una crisis epiléptica que derivó en un paro cardiorrespiratorio mientras era atendido en un hospital.

Lo que comenzó como una celebración histórica terminó convertido en una tragedia. La euforia, el descontrol y las aglomeraciones dejaron un saldo que transformó la fiesta en luto y abrió nuevamente el debate sobre la capacidad de las autoridades para prevenir riesgos en concentraciones masivas, así como sobre la responsabilidad colectiva durante este tipo de celebraciones.

¿Pero por qué ocurre esto? ¿Por qué la gente actúa así?

La respuesta no es solo la euforia, la pasión o el amor por los colores y la playera que representa; va mucho más allá.

Una posible explicación se encuentra en la teoría del contagio de Gustave Le Bon. El sociólogo francés, quien estudió la dinámica social y el comportamiento de las multitudes, planteó que, cuando las personas forman parte de una masa, se genera una especie de «mente colectiva» en la que el anonimato otorga una sensación de invulnerabilidad. En ese contexto, las emociones, la agresividad y los desmanes se contagian rápidamente por imitación, mientras la responsabilidad individual comienza a diluirse.

Le Bon lo resumió de la siguiente manera:

«El individuo integrado en una masa adquiere, por el mero hecho del número, un sentimiento de potencia invencible que le permite ceder a instintos que, por sí solo, habría frenado forzosamente. Y cederá con mayor facilidad, puesto que, al ser la masa anónima y, en consecuencia, irresponsable, desaparece por completo el sentimiento de responsabilidad, que retiene siempre a los individuos.»

Décadas después, el psicólogo e investigador del comportamiento Phil Zimbardo desarrolló una idea similar a través del concepto de desindividualización. Para el investigador estadounidense, el anonimato y la inmersión en una multitud reducen la capacidad de las personas para evaluarse a sí mismas y disminuyen su sentido de responsabilidad individual.

En ese contexto, el individuo deja de percibirse como alguien cuyas acciones tendrán consecuencias personales y comienza a actuar como una pieza más del grupo. Al sentirse protegido por el anonimato y al diluirse su identidad entre cientos o miles de personas, aumenta la probabilidad de que participe en conductas impulsivas o que realice acciones que, de manera aislada, difícilmente llevaría a cabo.

Eso es precisamente la desindividualización: el proceso mediante el cual una persona pierde parte de su identidad individual al fundirse en un colectivo. En el fútbol puede observarse cuando un aficionado deja de actuar según sus propios límites morales y comienza a comportarse conforme a las normas de la multitud. Al diluirse su individualidad, aumentan las posibilidades de participar en cánticos, actos de vandalismo o episodios de violencia que, probablemente, nunca cometería estando solo.

A ello se suma la presencia de bebidas alcohólicas, enervantes y otras sustancias que desinhiben el sistema nervioso central y deprimen la corteza prefrontal —el área encargada del autocontrol—, lo que altera la toma de decisiones y disminuye la autoconciencia. Esto potencia el fenómeno de la desindividualización, ya que reduce aún más la capacidad de las personas para controlar sus impulsos y las hace más propensas a dejarse llevar por las emociones y las conductas del grupo.

¿Por qué la gente se asfixia en eventos masivos?

Lo ocurrido durante los festejos en el Ángel de la Independencia también puede explicarse desde la física de las multitudes. Así lo explica la divulgadora científica Polli Padilla en sus redes sociales.

Cuando la concentración de personas supera las cinco o seis por metro cuadrado, la multitud deja de comportarse como un conjunto de individuos capaces de moverse de manera independiente y comienza a actuar como una sola masa, como un fluido. En ese punto, los movimientos ya no dependen de la voluntad de cada persona, sino de la presión que ejerce el grupo en su conjunto.

Esa presión genera lo que especialistas describen como «olas de fuerza». Un empujón en la parte trasera de la multitud puede propagarse varios metros hacia adelante, comprimiendo a quienes se encuentran en medio o contra algún obstáculo.

La fuerza acumulada puede ser tan intensa que resulta imposible moverse, levantar los brazos o incluso respirar. Si una persona cae, el resto de quienes están detrás continúa siendo empujado, provocando un efecto dominó que incrementa el riesgo de aplastamiento.

La principal causa de muerte en este tipo de tragedias suele ser la asfixia por compresión torácica. Esta ocurre cuando la presión ejercida sobre el pecho y el abdomen impide que el diafragma descienda y que los pulmones se expandan para tomar aire. Aunque la persona permanezca de pie y no presente lesiones visibles, su cuerpo deja de recibir el oxígeno suficiente y, en cuestión de minutos, puede sufrir un paro cardiorrespiratorio.

De acuerdo con la información difundida por las autoridades sobre los festejos en Paseo de la Reforma, la enorme concentración de personas alrededor del Ángel de la Independencia, sumada a la presencia de vallas, estructuras fijas y otros puntos de contención, favoreció la formación de zonas de presión donde cientos de asistentes quedaron atrapados sin posibilidad de desplazarse.

En esos espacios, la multitud dejó de moverse por decisión propia y comenzó a desplazarse por la fuerza ejercida por quienes se encontraban detrás.

Las cuatro muertes registradas durante los festejos evidencian los riesgos que representan las aglomeraciones masivas cuando la densidad de personas rebasa los límites de seguridad. En estas circunstancias, el peligro no proviene únicamente de caídas o estampidas, sino de una presión constante e invisible que inmoviliza a quienes quedan atrapados, impide la respiración y puede resultar mortal en cuestión de minutos.

Al final, el silbatazo no marcó únicamente el cierre de un partido, sino también el de una jornada que dejó al descubierto la otra cara de la pasión futbolera. La euforia terminó jugando en contra de la propia afición: hubo quienes celebraron un triunfo histórico, pero otros no regresaron a casa.

En el marcador final quedaron cuatro vidas perdidas, decenas de heridos y una pregunta que seguirá rondando las calles mucho después de que el Mundial termine: ¿hasta dónde puede llegar una pasión cuando deja de jugarse dentro de la cancha?

Camilo Ocampo