El último baile de Messi: cuando el fútbol ganaEn El último baile, nombre que Phil Jackson, entrenador de los Toros de Chicago, dio a la última temporada en la que el equipo disputó y ganó su sexto campeonato de la NBA, la gran estrella del equipo era Michael Jordan. Ese mismo nombre da título al documental producido por Netflix y ESPN, que retrata el camino recorrido por aquel equipo guiado por Jordan hasta conseguir seis campeonatos
Texto: Rogelio López
Foto: Pedro Anza / Cuartoscuro
CIUDAD DE MÉXICO.— En uno de los capítulos de la serie, dedicado a las finales que Chicago ganó a Portland, Michael Jordan expresó su inconformidad con la comparación que los medios hacían entre Clyde Drexler, estrella de Portland, y él: «Fue un insulto que me compararan con él». Estas declaraciones generaron cierta polémica al tachar de arrogante al que mucha gente considera el mejor basquetbolista de todos los tiempos.
Un mundial sin sorpresas
La final del mundial entre el campeón vigente, Argentina, y España ha generado grandes expectativas. Como ocurre cada cuatro años, vuelve a cumplirse lo que sentenciaba el «Flaco» César Luis Menotti, técnico argentino campeón del mundo en 1978. El «Flaco» decía que en un Mundial hay tres tipos de selecciones: las «contendientes» —Brasil, Francia, Alemania e Italia (cuando participa), además de los dos finalistas—; las «protagonistas» —Inglaterra, Portugal, Croacia, Uruguay, Bélgica, Colombia, Senegal…—, y los «participantes», aquellas que asisten al torneo sin posibilidades reales de conquistarlo, como es el caso de México.
Aunque somos conscientes de esto, ese conocimiento no es obstáculo para que cada cuatro años nos emocionemos y «vibremos alto» con las impredecibles actuaciones —y los previsibles resultados— de la selección mexicana. Como siempre sucede, nuestras emociones terminan dominando nuestra razón. Siempre esperanzados en que esta ocasión sea la buena.
Al mismo tiempo, apoyamos a las selecciones de países cuya existencia y ubicación muchos —incluso los geógrafos— desconocemos, pero que se atreven a desafiar a las grandes potencias. Aunque a veces esta ilusión dure apenas un tiempo, como ocurrió con Curazao, la pequeña isla del Caribe que durante siglos fue usada por los holandeses como centro del comercio de esclavos. El equipo caribeño se fue al descanso con el marcador empatado 1-1 con Alemania, aunque terminó cayendo por una diferencia de seis tantos.
Y qué decir del equipo sensación, Cabo Verde, y su figura, el portero Vozinha, la revelación del torneo a sus 40 años. Este pequeño país, conformado por un conjunto de islas localizado en África, tiene una historia similar a la de Curazao, con la diferencia de que el comercio de esclavos estuvo operado por los portugueses. La tierra de Cesária Évora, «la diva de los pies descalzos», pasará a la historia de los Mundiales por ser la única selección a la que ninguno de los dos finalistas pudo derrotar durante el tiempo reglamentario.
Conforme avanza la recta final de la justa mundialista y nuestra selección ha quedado eliminada, buena parte de los aficionados pierde el interés en los partidos, a pesar de que es precisamente en estas instancias donde suele verse el mejor fútbol. Como en una carrera de larga distancia, solo los más resistentes permanecen hasta el fin.
El partido por el tercer lugar —Inglaterra contra Francia— es considerado por muchos un encuentro que no debería disputarse. El argumento es sencillo: los equipos que participan en él, anímicamente, no tienen ningún interés al perder la posibilidad de estar en la final.
Sin embargo, esta ocasión fue un poco distinta: la disputa del Botín de Oro del Mundial, el reconocimiento al máximo goleador del torneo. Antes del partido, Kylian Mbappé, del equipo de Francia, y Lionel Messi, de Argentina, lideraban la tabla de goleo, ambos con ocho tantos. El resultado fue 6-4 a favor de Inglaterra. Con el tanto que marcó Mbappé, llegó a los 9 goles y momentáneamente se puso al frente en la carrera.
Con la llegada de la final, el platillo principal del torneo, el entusiasmo se reactiva. Los ausentes y decepcionados están de regreso para disfrutar de un partido que promete ser espectacular, épico. Argentina, campeona de América y vigente campeona del mundo, defiende su título frente a España, campeona de Europa, que llega con 37 partidos sin conocer la derrota y con apenas un gol recibido en el torneo.
Muchas fueron las críticas que se le hicieron a la selección de Argentina a lo largo del mundial. En repetidas ocasiones se afirmó que había sido favorecida por las decisiones arbitrales. Entre las acciones más señaladas estuvieron la posible expulsión de Messi por un pisotón durante el partido contra Argelia; la anulación de un gol de Egipto tras la intervención del VAR, debido a una falta cometida al inicio de la jugada que el árbitro no había sancionado en primera instancia, y la revisión de una acción en la que se determinó que un jugador suizo fingió una falta, lo que le valió su segunda tarjeta amarilla y, por consiguiente, su expulsión. Con un hombre menos, Suiza quedó en desventaja numérica, circunstancia que Argentina supo aprovechar —no como México—.
«¡Ya que le entreguen la copa a Argentina!», me decía un amigo. Y aunque pudo haber cierto grado de favoritismo, también es cierto que mantener al producto Messi el mayor tiempo posible en el Mundial representaba enormes ganancias para la FIFA y sus patrocinadores. Sin embargo, atribuir a ese favoritismo el que Argentina haya llegado a la final del Mundial, desde mi punto de vista, es una exageración: el campeón de 2022 está ahí merecidamente, ya que en todos sus partidos fue mejor que sus rivales.
Por otro lado, el equipo argentino nos enseña la importancia que tienen los clubes de barrio en la formación de jugadores. Constituyen una cantera inagotable de talento, un modelo que, incluso en medio de la crisis, continúa produciendo jugadores de primer nivel. Tal es su calidad que la gran mayoría de estos jugadores abandonan su país a muy corta edad —17 años en promedio— para fichar en las ligas más importantes del mundo. En este mundial, veinte jugadores de la selección militan en Europa; los seis restantes lo hacen en Argentina, Brasil y la MLS.
El caso de España no es muy distinto. Al igual que Argentina, vino de menos a más, llegando a un tope con su actuación contra Francia en la semifinal, a la que venció por marcador de 2-0 sin despeinarse —tal vez exagere un poco—. Los franceses habían sido la selección que desplegó el mejor fútbol durante el torneo, razón por la cual muchos automáticamente la colocaban en la final. Sin embargo, ese día España dio una auténtica cátedra de fútbol y ganó convincentemente.
El fútbol que despliega el equipo español tiene un sello distintivo: el «tiki-taka», estilo que hizo célebre el Barcelona —colores que vistió Messi—. Con nueve jugadores del equipo formados en la Masía —ocho de ellos que forman parte del actual equipo campeón de España—, bien podría decirse que «La Roja» es una sucursal del Barça. Por primera vez en la historia de España en los Mundiales, el Real Madrid no aporta un solo jugador a la selección.
Ambos equipos se distinguen por el buen manejo del balón. No especulan; siempre buscan ir al frente, y eso se agradece. Les sobran argumentos tanto para refrendar el campeonato conquistado hace cuatro años y medio, en el caso de Argentina, como para volver a proclamarse campeona del mundo después de dieciséis años, en el caso de España.
Los testimonios de los capitanes de las selecciones semifinalistas derrotadas son la prueba de calidad de ambos equipos. Por ejemplo, Mbappé, al referirse al juego de España, reconoció que perseguir constantemente a los jugadores españoles, siempre dueños del balón, terminó por desgastar físicamente a su equipo: «Cuando recuperábamos la pelota, ya estábamos demasiado cansados».
Por su parte, Harry Kane, tras la derrota de su equipo ante Argentina —a pesar de haber tomado ventaja en el marcador—, describió los ataques de la selección argentina como «olas» que iban y venían sin cesar, imposibles de contener.
Volvamos al punto con el que iniciamos el texto. Si bien Lio Messi —pese a su nacionalidad— no tiene la arrogancia de Michael Jordan, sí comparte con el basquetbolista algo mucho más importante: el reconocimiento de ser considerado el mejor en su deporte —ya sé que esto puede ser debatible—.
Es cierto que el valor en el mercado del plantel español supera en aproximadamente 474 millones de dólares al argentino, cifra que, en apariencia, inclina la balanza a favor de los ibéricos. No obstante esto, la selección argentina tiene «algo» que cambia la ecuación: Messi. A sus 39 años, continúa demostrando por qué es el mejor futbolista de todos los tiempos y, además, ejerce una influencia que trasciende su desempeño individual: inspira a sus compañeros y eleva el nivel competitivo de todo el equipo.
Desde mi punto de vista, incluso resulta una falta de respeto considerar favorita a España cuando enfrente tienes al mejor jugador de la historia.
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