La herencia maldita

26 junio, 2019

Esto es un asunto de derechos: como cualquier persona en el mundo, tengo derecho a ser feliz en el país en el que vivo y haciendo la profesión que elegí

@danielapastrana

Fueron dos minutos que congelaron la imagen de la desesperanza mexicana (o quizá deba decir, de la esperanza puesta en un hombre). La mujer arrodillada ante el presidente era observada en silencio por otras tres mujeres: la secretaria de Gobernación y exministra de la Corte, Olga Sánchez Cordero; la responsable de la Comisión Nacional de Búsqueda, Karla Quintana; y la subprocuradora de Derechos Humanos de la Fiscalía General de la República, Sara Irene Herrerías.

También estaban el representante en México del Alto Comisionado de la ONU, Jan Jarab; el subsecretario de Derechos Humanos, que a sus 65 años se ha puesto a recorrer con las familias los campos de exterminio que hay en el país, Alejandro Encinas; el secretario de Seguridad Ciudadana, Alfonso Durazo, quien el año pasado ofreció buscar la receta mexicana para la pacificación del país  y después de dos meses de foros concluyó que la mejor receta era la Guardia Nacional; el titular del Secretariado Ejecutivo del Sistema que registra homicidios y delitos (SNSP), Luis García López; el gobernador de Coahuila, en representación de los gobernadores, Miguel Ángel Riquelme Solís, y el consejero ciudadano Santiago Corcuera.

Era el minuto 26 del informe de tres meses de trabajo de búsquedas de desaparecidos. Había terminado de hablar gobernador Riquelme, que dio un mensaje que nadie recuerda, y el moderador anunciaba la intervención de Santiago Corcuera, quien tardó unos segundos en notar a la mujer que se escabulló para llegar de rodillas ante el presidente. 

La mujer, María Isela Valdez, busca a su hijo, Roberto Quiroa Flores Valdez, de 28 años, desaparecido desde el 10 de marzo de 2014 en la colonia Las fuentes, de Reynosa, Tamaulipas.

Frente a la madre postrada, las tres mujeres que además de funcionarias son madres, como ella, bajaron la cabeza. Los hombres se quedaron en su mayoría impávidos, incómodos, como suelen quedarse los hombres cuando no saben cómo reaccionar ante una expresión desbordada de dolor. Sólo Durazo y Encinas, que en los últimos meses han visto estas escenas de forma repetida, volteaban a mirarla, aunque no hicieron nada para tratar de levantarla. Ni siquiera el representante de la ONU, que poco enterado al inicio de lo que pasaba, hizo un intento de sentarse y volvió a levantarse.

En el público comenzaron a gritar la consigna que acompaña estas manifestaciones desde hace ocho años: “Porque vivos se los llevaron, ¡vivos los queremos!”. La cámara de Cepropie se fue a un plano amplio, apenas para mostrar que desde las filas de atrás se alzaban las cámaras de los celulares. Una mujer se acercó al presidente con un documento para firmar.

María Isela no dejaba de hablar. 

— Me lo prometió, señor presidente— se le escuchó decir, entre sollozos. 

Él asintió: — Por eso estamos aquí. 

— El gobernador me quiere matar — insistió ella, en referencia al gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier Cabeza de Vaca—. Me persigue. Y la fiscal, Elizabeth Almanza, también. Tengo mucho miedo. Pero tengo que buscar a mi hijo. 

— Yo te voy a ayudar, lo vamos a buscar y te lo voy a entregar — dijo él.

La escena me remitió a otra similar, ocurrida nueve meses atrás (todavía en la transición) en Tlatelolco, en el primer encuentro oficial de víctimas con Andrés Manuel López Obrador, cuando otra madre desesperada le gritó: “¿quiere que me hinque?”.

Y ahí, un López Obrador desencajado, al que todos le decían “presidente” aunque no hubiera tomado protesta, respondió con un gesto que no. Desde entonces, he tenido la idea de que el hombre que presume conocer el país como nadie comenzó a comprender ese día el tamaño del monstruo al que había prometido vencer. Que ese día descubrió, en cada rostro y en cada madre y padre que lo increpaban, la dimensión de la desesperanza que está instalada en cada rincón del país al que quiere regresarle la reserva de humanidad que ha sido robada. 

Lo único bueno de ese 14 de septiembre fue encontrarme ahí a mis compañeras del manicomio de la “cobertura de víctimas”. Puede ser tonto, pero ver en ese gran auditorio a Marcela, Daniela, Mónica y Ximena me hacía sentir más segura, como si saber que seguimos en la misma cancha me permitiera aligerar la carga del dolor. 

* * *

¿Qué palabras se le ponen a este dolor? ¿Cómo se nombra esta tristeza?
Víctimas. Diálogo. Paz. Justicia… 7 años después, acá seguimos, sin entender el horror.

Ciudad de México. Septiembre de 2018.

* * *

¿Puedo ser periodista si lloro?, le preguntaron una vez a Marcela Turati. Yo más bien me pregunto: ¿Puedo ser periodista si no lloro?

La foto me la tomó el viernes la madre de un policía federal desaparecido que estaba arriba del estrado. Yo había estado tomando fotos con mi teléfono de los padres que, desesperados, trataban de tocar el corazón de los nuevos gobernantes. Pero llegó un momento en el que me cayeron encima todos los años de destrucción que he tenido que atestiguar y ya no pude. Así fue como cambiamos de lugares: yo lloraba y Ara me hacía la foto.

Porque en este país, supongo, todos somos víctimas en algún grado.

México roto. Septiembre, 2018.

* * *

Me puse a escribir una crónica de lo que vimos cuatro periodistas que hemos cubierto la violencia durante años (Mónica y yo, desde junio de 2007, cuando fuimos a la sierra de Sinaloa a cubrir la primera masacre de una familia realizada por militares desde Felipe Calderón inició su “guerra”). 

Durante dos días no salí de mi casa. Escribí la crónica de un país en ruinas y lloré y me vacié. Luego me fui a buscar algo que diera asilo a la esperanza y la encontré en un árbol de la Sierra de Lobos.

Algo que he descubierto en estos años es que, en estos tiempos, reír es un acto de rebeldía. Y que el mejor antídoto contra la desesperanza está en las cosas más simples. Así que esta es mi receta: cada vez que tocamos el dolor o el miedo hay que salir a rastrear las cosas más sencillas. Llorar, escribir, leer, pintar, caminar, mirar un árbol, reír (mucho). Regresar al hogar, a los hijos, a la familia, que siempre está cuando todo lo demás falla, y compartir la comida.

Después podemos volver al manicomio. Hasta que las cosas cambien. Y hasta que los desaparecidos aparezcan. 

* * *

El que habló este lunes en el Palacio Nacional era un presidente menos desencajado, que daba palmadas a la mujer, como un padre que consuela. Dijo que encontrar a los desaparecidos es la primera de las 72 prioridades de su gobierno y que cada tres meses se reunirá con los familiares para presentar avances de los resultados de las búsquedas. Aunque insistió en su discurso de atender las causas de la violencia, esta vez fue mucho más breve, a diferencia de otras ocasiones, habló directo del tema: “Pueden gritar. Es comprensible. Legítimo. Yo voy a dar la cara. No me voy a esconder. Es la peor herencia que nos dejaron los gobiernos anteriores”.

En el mensaje hubo un cambio sutil, pero importante: no habló de perdón, sino de justicia. Pero aún así, la ruta marcada parece la entrada a un desierto.

Pienso en las reuniones del Alcázar del Castillo de Chapultepec, en junio y octubre de 2011, cuando Mari Herrera dejó mudos a todos con su testimonio y el presidente Felipe Calderón se levantó de su silla para ir con ella y todos pensamos equivocadamente que la iba a consolar. Cuando Nepomuceno Moreno le entregó al presidente del país el expediente de su hijo que nunca se investigó. Cuando Araceli Rodríguez reclamó el abandono de la Policía Federal a un Genaro García Luna que ni siquiera la miró. Y cuando Calderón rechazó abrir una comisión de la verdad.

Pienso en las reuniones con los candidatos presidenciales de 2012, cuando López Obrador se enfrascó en un duelo de sordos con Javier Sicilia. Cuando Lupita Aguilar, de Jalisco, quiso interpelar al candidato priista Enrique Peña Nieto y no la dejaron. “Ese señor no tiene corazón”, me dijo esa vez Lupita. 

Pienso en el día que nos dieron el premio Gabo por la serie de Buscadores, en un país de desaparecidos. Y que la reacción de los 10 reporteros que estábamos en Medellín fue abrazarnos y llorar. Luego escribí un editorial de Periodistas de a Pie que el Facebook no me dejaba publicar porque el título no era apropiado: hablaba de “nuestra jodida contradicción” a la que se refirió Dani Rea, de ser premiados por algo que no queremos que ocurra. 

Esa vez escribí de la destrucción de la que hemos sido testigos y de nuestra soledad, porque, como los locos del pueblo, andamos contando algo que nadie quiere ver. 

Pero también de nuestras resistencias: “(…) frente a una sociedad que cada día se inyecta su dosis de anestesia para no ver ni sentir el dolor; frente a un Estado criminal; a una élite política cínica y corrompida hasta los tuétanos; a una élite empresarial rapaz, y a los grandes medios de comunicación arrodillados ante los grupos de poder, decenas de periodistas hemos aprendido –no con poco esfuerzo- a acompañarnos unos a otros, a tejer redes, a crear nuestras propias plataformas, a caminar en equipo, sin jefes, sin medios, burlando recovecos en las redes sociales, grietas en algunas redacciones”.

Poco después fui a Canadá con una delegación de defensores de derechos humanos a exponer la situación de México. En una de las charlas, un estudiante me preguntó por qué sigo en este país y en este trabajo, con todo ese dolor a cuestas. Con esta herencia maldita, pues.

Palabras más o menos, le respondí: 

“Podría decir que porque siento un compromiso con las víctimas, que es cierto, y también porque quiero dejar un mejor país a mis hijos, que también es real. Pero si soy honesta, también es por mí. Esto es un asunto de derechos: como cualquier persona en el mundo, tengo derecho a ser feliz en el país en el que vivo y haciendo el trabajo que elegí”.

Columnas anteriores:

La corrupción de las empresas (o ¡cuidado con el cyborg!)

¿Dónde perdimos nuestra solidaridad?

Quería ser exploradora y conocer el mundo, pero conoció el periodismo y prefirió tratar de entender a las sociedades humanas. Dirigió seis años la Red de Periodistas de a Pie, y fundó Pie de Página, un medio digital que busca cambiar la narrativa del terror instalada en la prensa mexicana. Siempre tiene más dudas que respuestas.

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