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La electromovilidad es la clave, los coches eléctricos no

La clave no está en rechazar la electromovilidad, sino en hacer de ella uno de los pilares tecnológicos de los sistemas de transporte público. La solución está en vivir más juntos, más solidarios y más iguales, y en romper la inercia que nos empuja a viajar solos y a consumir lo que no está cerca

Twitter: @eugeniofv

En los últimos días se ha discutido mucho, por todo el mundo, sobre si las bondades de los vehículos eléctricos –eso que se llama “electromovilidad”– no se ven opacadas por los efectos políticos y ambientales de obtener los recursos naturales necesarios para construirlos. Se ha hablado principalmente del cobalto, que se encuentra sobre todo bajo el mar, lo que hace ambientalmente terrible su extracción, y del litio, que abunda sobre todo en Bolivia y alrededores. De hecho, se sospecha que la indiferencia o el patrocinio directo de las grandes potencias del mundo y de varias corporaciones globales al golpe de Estado en ese país se debieron en gran medida a la necesidad de acceder a las enormes reservas de ese mineral que se encuentran ahí. Aunque ambas preocupaciones son al menos en parte ciertas, la respuesta no está en rechazar la electromovilidad, sino en cambiar el modelo de movilidad actual en su conjunto.

El optimismo sobre los vehículos eléctricos no es fortuito. De entrada, serán fundamentales para el combate a la crisis climática y para evitar que ese fenómeno, que ya se muestra desastroso, alcance dimensiones verdaderamente catastróficas, ya que requieren muchos menos combustibles fósiles tanto para su fabricación como para su uso cotidiano. El grueso de las emisiones de gases de efecto invernadero y contaminantes asociados a la movilidad vienen de la energía que se consume para fabricar y para echar a andar un vehículo, y muchos estudios han encontrado que aún en los países con la energía más sucia de Europa –Polonia y Alemania- la huella de carbono total de un vehículo eléctrico es menor que la de un vehículo de combustión interna.

Además, la energía que se ofrece en casi todos los mercados del planeta se hace cada vez más limpia, porque se obtiene cada vez más con la fuerza del viento, de las olas, del sol y de los ríos. Esto hará que mover un vehículo eléctrico y fabricarlo contamine bastante menos que mover y fabricar un vehículo a diésel, gasolina o gas natural. La electromovilidad también permitirá a los países (y sobre todo a las ciudades) dejar de depender de combustibles fósiles que son finitos y se agotarán más temprano que tarde, y que por lo general son obtenidos o procesados en otras regiones.

El problema con quedarse nada más con estos cálculos es que se olvida que la huella ambiental de un producto va mucho más allá de lo que se lanza a la atmósfera y de la energía que se usa. El problema clave de los vehículos eléctricos es la minería, y es un problema tan grande que, según un estudio encargado por la Agencia Ambiental Europea, la electromovilidad tiene hoy por hoy mayores impactos en los ecosistemas que el uso de vehículos de combustión interna por lo disruptiva que es la minería para extraer los materiales que requieren. Es cierto que esta huella se podrá diluir a lo largo del tiempo conforme se vayan reciclando y reusando sus componentes, pero el hecho es que todavía no sabemos cómo hacer eso, y hoy por hoy la realidad es otra.

Aunque esto es completamente cierto, la salida no es rechazar de plano la electromovilidad –al contrario. La clave está en hacer de ella uno de los pilares tecnológicos de los sistemas de transporte, pero acompañarla con una fuerte apuesta por el transporte público y por hacer cada vez más caro y más inútil usar autos particulares. También será muy importante alterar los patrones de producción y consumo del mundo para generar cadenas cada vez más cortas, más apoyadas en economías y productos locales, que generen economías más resilientes e igualitarias y que requieran menos inversiones en transporte. 

Es una de las virtudes de la defensa del medio ambiente –y de sus problemas-: la solución está en vivir más juntos, más solidarios y más iguales, y en romper esta inercia que nos empuja a viajar solos, a consumir lo que no está cerca, a sacrificar un entorno tan misterioso y lleno de belleza como el fondo del mar, solo para poder prender el foquito que queremos y escoger la canción que nos apetece sin que nadie nos diga nada –ni nos acompañe en el proceso.

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Consultor ambiental en el Centro de Especialistas y Gestión Ambiental.

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