Fogón, milpa y resistencia maya

11 julio, 2026

A través de la memoria culinaria y el trabajo comunitario, mujeres campesinas mayas han transformado la cocina y la milpa en sus trincheras políticas frente a las amenazas del despojo territorial, la especulación inmobiliaria y el avance de la agroindustria. La documentación de cuatro recetas tradicionales impulsada por el colectivo Suumil Móokt’áan visibiliza cómo la justicia alimentaria y la agroecología se consolidan como una forma de defensa para sanar la tierra, resistir activamente a las corporaciones y garantizar un futuro digno para los pueblos originarios ante los impactos de la crisis climática

Texto: Andrea Amaya

Foto: Cortesía de Suumil Móokt’áan

CIUDAD DE MÉXICO.- En un contexto marcado por la crisis climática, el avance desmedido de la agroindustria y los intentos de despojo territorial en la península de Yucatán, las comunidades campesinas han encontrado en sus prácticas cotidianas una forma de resistencia. Para las mujeres mayas, la cocina se ha transformado en un espacio político donde, organizadas en redes comunitarias, construyen activamente lo que denominan la justicia alimentaria.

A través del testimonio de Valiana Aguilar, campesina de la comunidad de Sinanché e integrante del colectivo Suumil Móokt’áan, y organizadora de la reciente documentación de cuatro recetas tradicionales de la región (joroches, iswa, toksel y wolbi’ sikil), se visibiliza una lucha que conecta la memoria de las ancestras con la supervivencia de los pueblos originarios.

La cocina como espacio político

Para quienes perciben la cocina solo como un ámbito doméstico, las productoras locales demuestran que el fogón es, en realidad, el centro de toma de decisiones colectivas:

«Decimos que la cocina es un espacio político porque ahí tejemos igual muchas de nuestras relaciones y decisiones; ahí se van tejiendo. Al mismo tiempo es donde conectamos la milpa, la parcela o los espacios donde sembramos con lo familiar y con lo comunitario», explica Valiana Aguilar en entrevista para Pie de Página.

Esta resistencia cotidiana la traducen en un boicot directo a los gigantes agroquímicos. Desde sus comunidades, las familias locales ejercen su soberanía decidiendo de manera consciente el origen de sus alimentos:

«Muchas veces, cuando vemos el sistema agroindustrial que es tan grande, tan desmedido, y cómo entra cotidianamente a nuestras vidas. No podemos negar que en las comunidades tenemos tiendas donde se ofrecen productos chatarra, productos que son de la agroindustria y que están ahí como intentando meterse diariamente en nuestras mesas. Ahí es justo donde tenemos una capacidad, un poder de decidir si queremos que la agroindustria entre o no a nuestras familias y a nuestras mesas. Es justo en la cocina donde desde lo pequeño podemos rechazar la agroindustria, podemos decirle: «Hoy tú no entras, Bayer; Monsanto, no entras con tus semillas transgénicas, no entras con tu glifosato que sabemos que da cáncer, no entras con tus decisiones sobre qué comemos». Sino que es en ese espacio de la cocina donde podemos ejercer ese poder de decisión de qué queremos comer y cómo lo queremos comer», enfatiza la activista.

Justicia alimentaria ante la crisis climática: el despojo y el valor de la milpa

En este camino de resistencia, Aguilar expone el vínculo indiscutible que existe entre la producción de la tierra y la mesa de las comunidades, señalando que los cortometrajes documentales impulsados por el colectivo —que reúnen experiencias en las comunidades de Mama, Maní, Kantunil y Chechmil— ilustran una autosuficiencia alimentaria real. Los audiovisuales señalan que los platillos tradicionales que preparan dependen de manera exclusiva de lo que se siembra en los huertos familiares y solares, lo que elimina por completo la necesidad de depender de insumos o marcas externas. Para las campesinas, la soberanía radica en su derecho a consumir lo que cosechan; por ello, mediante procesos como la fermentación o la deshidratación, logran dar un valor agregado a sus alimentos, garantizando la conservación de comida sana y libre de químicos a largo plazo.

Esta defensa del campo cobra mayor relevancia frente a las problemáticas actuales de la región. El colectivo maya advierte que la especulación inmobiliaria, los megaproyectos y el monocultivo intensivo avanzan como una de las principales crisis de la península de Yucatán, amenazando directamente el derecho humano a la alimentación. Ante este panorama, Aguilar precisa que, aunque en la lengua maya no existe una traducción exacta para el concepto académico de «justicia alimentaria», esta lucha se nombra y se visibiliza desde la práctica cotidiana de «vivir bien» y «vivir dignamente».

Asimismo, la activista cuestiona el discurso corporativo que promueve a la agricultura industrializada como la única solución para mitigar el hambre global. Frente a esa narrativa, Aguilar expone que los pequeños núcleos campesinos son los responsables de producir cerca del 70 % de la comida a nivel mundial, reivindicando así el impacto real que tienen los proyectos a pequeña escala y explicando que la verdadera alimentación de las comunidades se sostiene gracias a la labor invisibilizada de las familias agricultoras. En ese sentido, fundamenta que la iniciativa de registrar y documentar sus platillos tradicionales responde a la urgencia de colocar la memoria culinaria y el trabajo en el hogar al mismo nivel de relevancia política que la propia siembra:

«Es algo como cotidiano, familiar, comunitario, pero ya si lo vemos a nivel más grande, sabemos que la mayor parte de la comida que hoy en día se produce y que comemos, tanto en las ciudades como en las comunidades, es producida por pequeños núcleos campesinos como nosotras y que estamos alimentando al mundo, a las comunidades. Nos damos cuenta entonces que nuestro esfuerzo, aunque pensamos que es chiquito, sí representa mucho. Es como muy político poner al centro estas recetas, que para nosotras son esa memoria, esa conexión también con nuestras ancestras, con el fuego, con la cocina. Así es que nace toda esta idea de documentarlo para visibilizarlo, para ponerlo en el centro de las conversaciones junto con otras partes de la agroecología y de la siembra como la milpa, que son importantes, pero también la cocina es importante».

Sanar la tierra para defender el territorio

Frente a la degradación ambiental provocada por los agroquímicos, las técnicas agroecológicas de regeneración de suelos propuestas por las colectividades se vuelven vitales. No se concibe a la tierra como un recurso a explotar, sino como un territorio que requiere sanación. La presencia en el campo es, a su vez, el principal escudo contra los megaproyectos de despojo:

«Defender el territorio es también tener la posibilidad de imaginar una vida en la tierra, una vida en nuestro territorio, y que volver a la tierra y volver a sembrarla nos vincula también con la defensa misma. Sabemos que cuando quiera venir un proyecto inmobiliario o un proyecto de despojo, si estamos en la tierra vamos a luchar y vamos a decir que no queremos esos megaproyectos, sino que nuestros sueños están en otro lugar que no es el de las empresas», sostiene Valiana Aguilar, recordando que la revolución debe ser también deliciosa, gozosa y digna.

Pilares de la resistencia: organización y saberes ancestrales

El movimiento de las mujeres campesinas mayas no es un esfuerzo aislado; se sostiene con una estrategia de organización comunitaria. Al articular una red que reúne a cerca de 40 mujeres de diversas organizaciones de la península, la colectividad ha logrado unificar en este espacio el apoyo mutuo que se convierte en una herramienta para dignificar una labor que históricamente se ha relegado a la invisibilidad del hogar:

«Al juntarnos entre compañeras campesinas, hay un elemento muy potente y es el hecho de lo que nombramos como «no sentirnos solas en la lucha». No sentirnos como que nuestro trabajo es menor, o que estar en la cocina es un trabajo solamente doméstico, o que trabajar en la milpa es solamente una cuestión que al final no tiene ninguna repercusión dentro de los espacios políticos a lo mejor más amplios. Esta juntanza entre campesinas nos ha podido ayudar a nombrar que lo que hacemos tiene mucho sentido en el contexto de lucha actual y que sí podemos representar esa voz de lo que estamos viviendo, de nuestros sueños. Sobre todo, no sentir que estamos aisladas ni solas, sino que la lucha que tal vez tenemos trabajando una hectárea, dos hectáreas o tres hectáreas de tierra es una lucha que alimenta a más familias y que ha sido un proceso vital de nuestra existencia como pueblo maya. Creo que sin milpa, sin semillas, sin la cocina y sin el fogón no podríamos seguir tampoco existiendo como pueblo. El hecho de decir «no me siento sola y nuestro trabajo importa» es una manera de reivindicar esa justicia alimentaria que buscamos y en la cual creemos», explica Valiana Aguilar.

Esta resistencia se alimenta directamente del resguardo de la memoria intergeneracional. En los testimonios del proyecto, las abuelas emergen con fuerza y son reconocidas como las principales «guardianas de las recetas» y de complejas técnicas culinarias ancestrales, tales como el uso de piedras calientes para la elaboración del toksel. Es un conocimiento que hoy se defiende a contracorriente: pese al desplazamiento de estos saberes por las narrativas occidentales de desarrollo, las nuevas generaciones de jóvenes se están reinventando, integrando técnicas agroforestales contemporáneas para complementar, abrazar y proteger la herencia de sus ancestras.

Pero su defensa de la vida no se queda solo en las comunidades; busca trascender sus límites geográficos para interpelar a las urbes a través de alianzas estratégicas entre el campo y la ciudad. Mediante la creación de redes de comercio justo —como la distribución de canastas agroecológicas directamente a familias en las ciudades—, las productoras hacen un llamado directo a los consumidores urbanos para entender que el acto de comer es, en esencia, una decisión política.

Es ahí donde cobra sentido el concepto de cuerpo-territorio, una visión donde la salud humana y la de la tierra están conectadas de forma indiscutible:

«Hablamos de esa cuestión de cuerpo-territorio; la forma en la que se expresa más profundamente es en la comida, donde podemos decidir qué dejamos que entre en nuestro cuerpo y qué del territorio estamos cuidando cuando decidimos comprar o tener acceso a estos productos de campesinas y campesinos directamente», puntualiza Aguilar.

Una esperanza que se gestiona con las propias manos

Para el colectivo Suumil Móokt’áan, la continuidad del pueblo maya depende estrictamente de la preservación de la milpa, las semillas nativas y el fogón. La conclusión de su lucha es clara: la justicia alimentaria se construye colectivamente desde la tierra:

«Mientras podamos seguir teniendo este sueño, esta noción de querer vivir en la tierra y poder tener esa capacidad de trabajar con nuestras manos hay esperanza. Y creo que es una esperanza activa, una esperanza que no se le deja en las manos a las instituciones ni al Estado ni a nadie más que a nosotras. Es volver a retejer nuestra capacidad de ser pueblo a través de la siembra, a través de la transformación, a través de la comida, del fuego. Este trabajo de mujeres campesinas también es un trabajo que es de primera línea», concluye Valiana Aguilar, dejando un recordatorio de que en Yucatán la alimentación sigue siendo un derecho ancestral y no una mercancía.

Los videos documentales que capturan estas memorias y sabores se encuentran disponibles a través del canal oficial de YouTube del Colectivo Suumil Móokt’áan. Además, estas producciones se proyectarán el próximo 15 de julio a las 18:00 horas en el Gran Museo del Mundo Maya, en un evento gratuito que abrirá paso a un conversatorio presencial con las mujeres campesinas que protagonizan esta digna defensa del territorio y la vida desde el fogón.

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