23 agosto, 2026

La nueva reestructura del fútbol mexicano sepulta el ascenso y descenso: los equipos de la Liga de Expansión solo podrán llegar al máximo circuito si compran una franquicia y no por méritos deportivos. Lo que se anunció como una medida temporal terminó convirtiéndose en permanente, y las promesas se quedaron en eso. El fútbol mexicano cambia para seguir conservando las prácticas más cuestionables
Texto: Rogelio López
Foto: Daniel Augusto / Cuartoscuro
HOUSTON, TEXAS. — Cuando éramos niños, mi primo Gabriel, tres o cuatro años menor que yo, pasaba unos días de las vacaciones de verano con mi familia. Por las tardes me acompañaba a entrenar tiros libres y penales en las canchas de fútbol que están en las faldas del Cerro de Xochitepec. Ahí lo tenía, corriendo detrás del balón para que me lo pasara y así poder intentar otro disparo.
Gabriel, Gabi como le decimos, era —no sé si lo es aún— un fanático de la lucha libre de la Triple A. Aún recuerdo aquella ocasión en que se puso uno de los guantes que usaba mi papá para manejar, levantó la mano y, con toda seriedad, dijo:
—Soy el Gran Davis.
Inmediatamente después, con gran naturalidad y solemnidad, agregó:
—Que en paz descanse.
Era su particular muestra de respeto hacia uno de los réferis más polémicos de la lucha libre mexicana, fallecido en 1991, quien además portaba un icónico guante negro que, a diferencia del de mi papá, ese tenía estoperoles. Mi papá y yo nos reímos cada vez que recordamos aquella escena.
Mi papá y Gabi coincidían en una cosa: ambos le iban al Atlante, el «Equipo del pueblo». Mi papá y mi tío Juan Manuel, el papá de Gabriel, crecieron viendo jugar a los Potros de Hierro, un equipo legendario, de gran tradición en el fútbol mexicano y que, por su origen, tenía un fuerte arraigo en las clases populares, de donde se nutría de jugadores y seguidores. Obreros y trabajadores, quienes seguían al Atlante.
En aquellos años, el atlantismo vivía uno de sus mejores momentos. Después de una breve estancia en la Segunda División, el equipo estaba de vuelta en la máxima categoría y, bajo el mando de Ricardo Lavolpe y Rafael Puente, se coronó campeón en la temporada 1992-1993. Lo hizo al derrotar, con gran actuación de su goleador Daniel «El Travieso» Guzmán, al Monterrey, el equipo favorito, en su propia casa.
Mi primo quedó marcado para siempre. A diferencia de su hermano, quien cambió de equipo —de los Pumas a los Tigres—, Gabi se mantuvo fiel, como su papá —el mío no tanto— al Potro. No importaba que el Atlante tuviera malas temporadas, que incluso descendiera a la Segunda División o que jugara eternamente en la Liga de Expansión. Su fidelidad es a prueba de todo.
Lo vi sufrir cuando el equipo de sus amores se fue a Cancún. Pero también lo vi feliz cuando fue campeón en esa misma ciudad.
Algunas veces coincidimos en la casa de la abuela, él ya convertido en todo un señor. Salía con su hija y su esposa, los tres con playera del Atlante.
—¡Quiubo! ¿a dónde? —preguntaba.
—Vamos al partido del Atlante —contestaba.
Durante un tiempo, Gabriel y su familia se integraron a la legendaria porra «Tito Tepito». Cuando podían, viajaban con ellos en el autobús para apoyar al Potro. Todos lo hacían a pesar de estar conscientes de que, aunque fueran campeones, no ascenderían a la Primera División.
Últimamente no he platicado con él; sin embargo, no dudo que debe estar feliz porque el Atlante ha regresado a la Primera División.
Y si bien el regreso del Atlante hizo feliz a algunos, la forma en que esto ocurrió tiene inconformes a muchos otros.
La razón es sencilla: el Atlante no ascendió a Liga MX. Compró su lugar.
Durante la ceremonia de premiación de la final del Campeonato Sub-20 de la Concacaf, celebrada el pasado 9 de agosto en el Estadio Azteca, Mikel Arriola fue abucheado por los aficionados que asistieron al partido. La causa de la rechifla fue el incumplimiento de la promesa que había hecho a los clubes de la Liga de Expansión —lo que era la Segunda División del fútbol profesional— de reactivar el ascenso y descenso a través de una certificación.
Con ello, los equipos de esta liga quedaron imposibilitados para ascender y jugar en la Primera División Nacional.
Hace años, el equipo que hacía menos puntos en el torneo automáticamente descendía a la Segunda División. Eso le sucedió al Atlante en la temporada 1989-1990. Para proteger a los grandes equipos del fútbol mexicano, en el torneo 1992-1993 esta regla cambió. Los dueños acordaron que la nueva forma de definir el descenso sería a través del porcentaje o tabla de cocientes.
Este método consistía en dividir los puntos obtenidos durante tres torneos anuales entre el número de partidos jugados. A partir de 1996, con la adopción del esquema del fútbol argentino de dos torneos anuales —Apertura y Clausura, originalmente Invierno y Verano—, el cálculo pasó a considerar seis torneos.
Esta fórmula prácticamente hacía imposible el descenso de los «equipos grandes» y, por el contrario, facilitaba que los equipos más débiles, generalmente los recién ascendidos o aquellos que tenían menos tiempo en la Primera División, perdieran la categoría.
Por cierto, a partir de 2012 la Primera División adoptó el nombre de Liga MX.
Por si faltara algo más, a raíz de la pandemia de covid-19, en 2020, los dueños de los equipos acordaron eliminar el ascenso y descenso por un plazo de tres años. El argumento era que el cierre de los estadios o las restricciones impuestas al aforo de los estadios impactaban negativamente las finanzas de los clubes y que el descenso, en estas condiciones, ponía en riesgo sus millonarias inversiones.
No obstante, y con el fin de «incentivar la competencia», los clubes acordaron establecer una serie de multas a los tres equipos que terminaran en los últimos lugares después de los seis últimos torneos considerados en la tabla porcentual. El monto acumulado de estas multas, en teoría, sería invertido en la Liga de Expansión.
Y como ocurre en una instancia que se rige por la ley de la selva —es decir, por la ley del más fuerte—, como lo es nuestro fútbol, los equipos cumplían parcialmente con el pago de la multa.
En este rubro destacó, como pasa siempre que hay que pagar, el deudor fiscal más famoso de México: Ricardo Salinas Pliego —el tío Richi o también conocido como «la perrita de Trump» a partir del pasado Mundial—. El dueño de TV Azteca, quien en su momento también fue propietario del Mazatlán —antes Morelia y hoy Atlante—, Puebla y Atlas, que, al igual que lo hacía con el pago de impuestos, se negaba a pagar las multas aludiendo que nadie más lo hacía.
Como parte de una nueva reestructura del fútbol mexicano, en 2023 Juan Carlos «La Bomba» Rodríguez tomó las riendas de la FMF como comisionado, un puesto similar al que tienen los encargados de las ligas deportivas profesionales en Estados Unidos.
La revolución que prometió hacer la «Bomba» del fútbol mexicano, como diría el clásico, se quedó en un «tirititito».
En 2024, Mikel Arriola, un joven político formado en el «nuevo PRI», relevó a Rodríguez, quien salió después del rechazo de los clubes a la propuesta que impulsó para que un fondo de inversión —Apollo Global— tomara el control del fútbol mexicano, centralizando los derechos de televisión y comerciales.
Ya instalado en la FMF, en lo que parecía una señal para reinstalar el ascenso y el descenso, Arriola, como buen burócrata neoliberal, promovió en 2025 una serie de lineamientos que los clubes de la Liga de Expansión tendrían que cumplir para obtener una certificación y así poder ser considerados para ascender.
Con este acuerdo, los dueños de los clubes de la Liga de Expansión comenzaron a invertir recursos en sus equipos, conscientes de que el valor de su franquicia, si lograba acceder a la Liga MX, se elevaría sustancialmente.
Envalentonados con el noveno lugar que obtuvo la selección en el pasado Mundial y por el respaldo que tienen de Infantino, el presidente de la FIFA, la FMF y los dueños de los equipos de la Liga MX anunciaron una nueva reestructuración. Mikel Arriola ocupa el cargo de comisionado y nombra a Francisco Iturbe como nuevo presidente de la FMF.
Entre los cambios propuestos está la paulatina centralización de los derechos de televisión, esquema similar al de la Liga Premier, donde el equipo que obtiene más puntos y se corona campeón recibe más dinero como incentivo. Es decir, de acuerdo con los resultados obtenidos, los equipos son financiados, lo que, en teoría, hace una competencia más pareja.
Al cumplirse el plazo de los tres años de su suspensión este año, en esta reestructura el ascenso y el descenso definitivamente desaparecen. El argumento que justifica esta medida es que, bajo este nuevo modelo de negocios, la Liga de Expansión será una liga de desarrollo de jugadores y que la única forma para tener nuevos equipos en la Liga MX será a través de la compra de una franquicia de las ya existentes o de una nueva.
Estas medidas, naturalmente, han generado inconformidad en los dueños de los equipos de la Liga de Expansión, quienes consideran que han sido timados. Algunos incluso han presentado una [demanda]{.underline} en el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) para obligar a la FMF a reactivar el ascenso. Por su parte, los jugadores de estos equipos también han manifestado su inconformidad durante los partidos disputados. Una de las formas es quedarse parados al inicio de cada partido; otra es taparse la boca durante las fotos oficiales.
Naturalmente, al igual que Peña Nieto lo fue como presidente, Arriola no es más que el empleado, el gerente que da la cara, porque quienes toman las decisiones son los dueños de las televisoras y de los equipos.
En los hechos, el fútbol mexicano sigue siendo un reducto de las peores prácticas que caracterizaron al viejo régimen prianista. Al igual que lo hizo el PRI con el «nuevo» PRI, la nueva reestructura es un ejemplo más de gatopardismo: que todo cambie para que todo siga igual.
Es decir, mantener intactos los intereses del Club de Tobi.
Hoy el primo Gabriel celebra que el Atlante está de vuelta, aunque no sé si esté de acuerdo en la forma en que esto sucedió.
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