El amor de una madre y seis años de lucha: Verónica Soto ya es licenciada en Enfermería

30 mayo, 2026

Seis años después del feminicidio de Verónica Soto, su madre logró arrebatarle a la burocracia de la UNAM el título de Licenciada en Enfermería que la universidad le negó con el argumento de un servicio social inconcluso

Texto y fotos: Andrea Amaya

CIUDAD DE MÉXICO.— «Que Verónica Soto Hernández sea recordada y nombrada por su vida y no por su muerte. ¡Justicia para Vero, justicia para todas y todos!».

Estas palabras de Andrea Soto Hernández —madre de Verónica Soto— resonaron como un decreto de ternura radical en el auditorio de la Facultad de Enfermería y Obstetricia (FENO) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Tras seis años y seis meses de una batalla burocrática contra la desmemoria institucional, Andrea recibió el título póstumo de Licenciada en Enfermería y Obstetricia de su hija Verónica, víctima de feminicidio el 1 de noviembre de 2019.

La entrega de este documento fue un pedazo de justicia simbólica que su madre y colectivas como Las Siemprevivas le arrebataron a una legislación universitaria que, durante más de seis años, utilizó como pretexto que a la joven le faltaba concluir su servicio social. Un trámite que quedó inconcluso en el Hospital Militar de Especialidades de la Mujer porque a Verónica le arrebataron la vida justo el año en que terminó la carrera con un promedio de excelencia de 9.6.

Retrato de una vocación: sanar, cuidar y abrazar

A Verónica Soto no la define la crueldad de su ausencia, sino la inmensidad de su luz. Durante el acto, quienes la amaron tejieron con recuerdos el retrato vivo de una mujer que entendía la enfermería como una vocación de entrega absoluta.

Su madre la describe como un ser humano en toda la extensión de la palabra: amorosa, empática con quienes la rodeaban, sonriente, sincera, valiente y apasionada. Verónica tejía proyectos con la misma delicadeza con la que cuidaba a los recién nacidos: quería estudiar la especialidad en Pediatría, aprender inglés para migrar a Canadá junto a su madre y seguir cobijando a los más vulnerables.

Su mejor amiga, Carla Vázquez —en voz de su prima Rosa María Soto—, recordó los desvelos compartidos en las aulas:

«Ella había elegido servir, cuidar y acompañar a los demás con el corazón. Yo la recuerdo feliz, risueña, noble. La recuerdo compartiéndome de su desayuno, cuidando de quienes amaba, incluso en los pequeños detalles. Nadie debería tener el poder de arrebatarle la vida a una mujer que solo soñaba con sanar, ayudar y vivir».

La dignidad de Andrea: una lucha contra la burocracia de la UNAM

Este logro ocurre tras años en los que las madres de víctimas de feminicidio han tenido que exigir a la UNAM actos mínimos de memoria, topándose muchas veces con el silencio o la negativa.

Para Andrea, el impulso definitivo llegó en marzo pasado, al ver que la universidad otorgaba un título por muerte a Berenice Giles, una estudiante fallecida en un festival de música. Esto impulsó a Andrea para continuar investigando los estatutos de la propia legislación universitaria para derribar los argumentos institucionales.

«Para mí, este título significa y dignifica lo que logró mi hija en su corta vida, y tal vez sea el único sueño que yo le pueda cumplir. No es un logro del abogado, no es un logro del rector, no es que me hayan hecho un favor. Es porque lo peleamos, y lo peleamos con justa razón. Y no, no estoy contenta, porque no es fácil estar aquí sin ella. Porque nada borra lo que hemos tenido que pasar para llegar a este día», expresó Andrea con dignidad.

Para la madre de Vero, este título va más allá de lo académico: «El título no es un documento, es una parte de la justicia que nos merecemos. Es parte de la memoria y la reparación por el solo hecho de ser una integrante de la comunidad universitaria, y para que quede como precedente en la historia de la universidad, para que en casos extraordinarios como el de Vero no se cometan omisiones».

Cinco ministerios públicos y una carpeta congelada en la impunidad

Mientras la comunidad universitaria atestiguaba la entrega del título conmemorativo, afuera de las aulas la realidad de la justicia para el feminicidio de Vero se muestra indolente. De acuerdo con la señora Andrea, el presunto agresor camina libremente, tal vez ejerciendo su profesión, mientras que la carpeta de investigación permanece varada en una fiscalía.

«No se ha aumentado ni una coma ni un punto a esa carpeta desde junio de 2023», denunció Andrea. Explicó que la Unidad de Análisis y Contexto dictó pautas claras para la investigación criminal, pero las diligencias jamás se realizaron. El caso ha desfilado por las manos de cinco agentes del Ministerio Público distintos. Cada cambio implica reiniciar el proceso bajo la excusa de que necesitan estudiar el expediente, apostando al desgaste de la familia.

Apenas la semana pasada, una audiencia de tutela de derechos obligó a un juez de control a intervenir para fijar plazos forzosos a la Fiscalía. En este camino, Andrea denunció el muro de revictimización estatal:

«Las víctimas nos convertimos en enemigos del sistema porque exigimos que se haga justicia. Las instituciones que están para hacer que se cumpla la justicia pareciera que quieren aniquilarnos en vez de hacer su trabajo. Desde el primer momento te tratan como si fuera la culpable. A la propia víctima se le juzga: qué andaba haciendo, cómo iba vestida, con quién andaba, por qué confió, y tantas cosas para justificar su inacción».

Existir, resistir e insistir

La entrega del título póstumo de Verónica deja un precedente histórico y un recordatorio incómodo para la máxima casa de estudios. Las familias de las víctimas no solo piden documentos; exigen que la institución ponga en su infraestructura facultades de criminalística o trabajo social, y su peso político al servicio de la verdad.

Andrea Soto no sonríe del todo porque sabe que el título no le devolverá los abrazos de su hija, ni borrará que las autoridades universitarias pretendan colgarse una medalla por un trámite que obstaculizaron durante años. Sin embargo, en sus palabras habita la fuerza colectiva de quienes se niegan a olvidar: «Seguimos aquí en la lucha interna y en la lucha por verdad, memoria y justicia, porque el amor hacia ellos nos da fuerzas para existir, resistir e insistir».

La entrega de este título no borra el dolor, pero lo cobija en la memoria colectiva. Acompañada por Las Siemprevivas, Andrea Soto logró cumplir este último sueño a su hija, demostrando que la rigidez institucional se dobla ante la terquedad del amor materno. Desde ahora, las aulas de la máxima casa de estudios guardan el nombre de la licenciada Verónica Soto Hernández para siempre como un recordatorio vivo de que el silencio se vence en lo colectivo.

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