Dos maneras de entender la fotografía

19 enero, 2020

La tragedia de Torreón nos revela dos facetas del uso de la fotografía: una para lucrar; la otra para mejorar el entorno

@DuilioRodríguez

La noticia de que un niño de 11 años se suicidó después de matar a su maestra y herir a seis personas más estremeció a México.

Las imágenes del colegio Cervantes, en Torreón, Coahuila, donde sucedió el crimen, circularon desde el mediodía del viernes 10 de enero. Casi todas se tomaron afuera de la escuela. Solo una fotografía era del interior: mostraba a la maestra y al alumno tirados en el piso, ambos con charcos de sangre alrededor de su cabeza, las rodillas dobladas hacia atrás y un par de pistolas en el piso.

Una fotografía así es común en medios de nota roja, en donde no hay ningún pudor por mostrar a seres humanos en cualquier tipo de escenas sangrientas y dolorosas.

Tampoco extraña verla en redes sociales –Facebook, Twitter, Youtibe y otras-, donde la difusión de imágenes sin tomar en cuenta a las víctimas, inclusive si son menores de edad, es casi incontrolable, porque en estas plataformas no hay editores, jefes de redacción o directores que las frenen. Estos espacios con pocos valores éticos más allá de las pautas comerciales son terreno fértil para los que quieren ganar lectores a través del morbo.

Pero lo que al día siguiente llamó la atención fue que la foto apareció como principal en Reforma y Metro, ambos medios del Grupo Reforma. En el primero se publicó con círculos borrosos que difuminaban las cabezas de la maestra y del niño, como para tratar de preservar la identidad de las víctimas; en el segundo caso, la misma foto se mostró sin difuminar la imagen.

Ninguna de las dos imágenes tenía crédito de foto, es decir, el nombre de quién la había tomado. Estaba firmada como “especial”, nombre con el cual suele firmase una imagen cuando el medio de comunicación quiere omitir el origen (o no lo conoce).

Pero la foto se tomó en la escena del crimen, dentro de las instalaciones de una escuela privada, lo que hace pensar que las autoridades responsables, o no preservaron la escena o “filtraron” la imagen.

Grupo Reforma tiene claro a qué publico se dirige con Metro, que es un diario de nota roja y noticias sensacionalistas. Nos guste o no eso es lo que vende.

Lo inaceptable es que Reforma, que se presenta como un medio ético y profesional, no cuidara a las víctimas, ni a su público, aunque sus directivos crean que lo hacen poniendo unos círculos borrosos.

En estos días, mi compañero José Ignacio De Alba y yo estuvimos en Torreón para conocer de primera mano qué ha pasado con la violencia en la ciudad. Ahí conocimos a Miguel Espino, fotógrafo documentalista que trabaja con niños y adolescentes coahuilenses.

Miguel se inspiró en el documental “Born into Brothels: Calcutta’s Red Light Kids” que muestra cómo una fotógrafa enseña la técnica a los hijos de trabajadoras sexuales de la zona roja de Calcuta, en India, para que por medio de las fotografías expresen sus deseos, metas, sueños, y de esta forma intenten transformar su vida.

Con esta idea en mente, Espino montó un taller de fotografía en una zona violenta de la ciudad de Gómez Palacio, Durango, que se ubica a unos 25 minutos de la escuela Cervantes de Torreón.

El fotógrafo tiene el apoyo del programa de Cultura Comunitaria de Secretaría de Cultura del gobierno federal, en el eje de Semilleros Creativos, y utiliza instalaciones del Sistema integral de la Familia (DIF) en El Valle de Chapala, donde enseña el arte fotográfico.

La zona es de alto índice delictivo. Al curso acuden alrededor de 30 jóvenes que construyen sus propias cámaras estenopeicas. Son cámaras rudimentarias, hechas con botes de avena que emulan las cajas negras con las cuales hace más de un siglo inició la fotografía.

“Yo sé que estos chicos no van a ser fotógrafos. Lo que realmente hacemos es mostrarles como por medio de las artes pueden encontrar otras formas de relacionarse entre ellos y con su entorno”, nos dijo Miguel.

También trabajó con las mamás y les enseñó fotografía con los mismos botes de avena con los que ahora enseña a los niños. Las mujeres formaron una especie de club que a la fecha les permite convivir, hablar, acompañarse y comentar las cosas que les preocupan.

Miguel Espino con su equipo y los jóvenes que participaron en la exposición fotográfica en el Auditorio Nacional. / Foto: Cortesía Miguel Espino.

En noviembre del año pasado, sus enseñanzas cosecharon los primeros frutos con los jóvenes, quienes viajaron a la Ciudad de México para exponer en el Auditorio Nacional su trabajo en una exposición que se llamó “Tengo un sueño”. Ahí mostraron imágenes cotidianas de su entorno.

Al preguntarle a Miguel cómo podría prevenirse que los niños cometan crímenes como el del Colegio Cervantes, su respuesta fue: “no soy psicólogo, pero los chicos saben que pueden acudir conmigo, que los voy a apoyar con lo que tengo”.

Son las dos caras de la moneda: mientras, a partir de una foto, algunos buscan lucrar con la tragedia de un niño; otros, a través de las fotos, buscan que los niños salgan de la espiral de violencia.

Porque la fotografía puede utilizarse para alimentar el morbo y lucrar con el dolor, como sucedió con los  periódicos del Grupo Reforma, pero también puede servir para cambiar el entorno que nos rodea.

Columnas anteriores:

Contra la violencia, hacer agenda juntas

Por amor al arte

Fotógrafo, editor, interesado en arte, cine, arquitectura, literatura, la escalada en roca y de los deportes en general, menos el futbol. duiliorodriguez.com

Contenido relacionado