Una ofrenda contra Pemex

30 mayo, 2019

En las comunidades de origen maya, cada cultivo y cada proyecto es una herida para la madre Tierra. Por ello es necesario pedirle perdón, pedirle permiso, retribuir, intercambiar; es un proceso del trueque. No se trata de una madre abnegada

@lydicar

Cuenta la historia de los tzeltales del municipio de Ocosingo que en los años ochenta una ofrenda oportuna acabó con un pozo petrolero de Pemex. Palabras más, palabras menos, Sebastián Guzmán, un hombre de sombrero y ojos viejos, narra la anécdota:

En el año de 1985, una comunidad que se llamaba Campo Alegre, del municipio de Ocosingo, se afectó por Pemex. Nosotros lo vimos con nuestros propios ojos, porque debíamos caminar por ahí para llegar a Ocosingo.

Pemex entró a perforar. Primero perforó, luego dilató la perforación y con ello la comunidad se afectó, porque de sus manantiales empezó a salir el agua con aceite.

Entonces se reunieron, hablaron. Hablaron probablemente como lo hacen en las comunidades de origen maya: todos entre sí. Conocer la opinión de todos sobre qué es lo más importante. Los principales, es decir, los más sabios de su comunidad, dijeron: si nos quejamos con las autoridades y los gobiernos, pues ni nos haría caso, porque ellos quieren sacar la sangre de la tierra: el petróleo.

“Un gobierno del mundo no es capaz de detener esto. Pero el dios que creó el mundo sí puede. Vamos a hacer oraciones donde están perforando la tierra, donde nos están contaminando nuestro manantial”, decidieron.

Eran los ochenta y Pemex estaba apenas en fase de exploración. En diciembre los trabajadores se fueron a celebrar la Navidad. Sólo quedó un velador que era “compañero”. Los encargados de orar llegaron con aquél. Le dijeron: “Cuando lleguen los otros que están perforando nuestra tierra no les vas a decir lo que hicimos aquí”.

Y el velador así lo hizo.

Entraron justo adonde se hallaba el pozo, sacaron sus ollas con ofrendas para la madre Tierra (pinole, cacao, aguardiente, quizá un corazón de pollo), rezaron, compartieron, comieron junto a la madre Tierra, que también necesita comer.

En enero, los trabajadores regresaron a continuar su trabajo. Encendieron sus aparatos, pero ya no encontraban indicios de petróleo. Se movían de un lado a otro y no había nada. Durante un año más rebuscaron, pero al final, cerraron, sin éxito.

Sebastián tendrá los ojos viejos, pero la sonrisa es la de un niño. Ahora cuenta su experiencia personal con la espiritualidad tzeltal antigua, la que, de acuerdo con su compañero Narciso Gutiérrez, es simplemente lo que el pueblo tzeltal “cree en su corazón”, y que trasciende por mucho la religión y el gobierno.

Sebastián cuenta así su historia:

Tengo un parcela encima de un cerro. Yo trabajaba… cuando empezaba a trabajar [en su juventud], pero cuando las plantas del maíz llegaban ya hasta acá [y levanta su mano a la altura de su pecho], llega el viento y lo rompió todo. Para el otro año, igual me pasa. No me beneficia mi trabajo, no me beneficia mi sudor, no me beneficia con mi familia.

Yo soy muy seguidor de mis cursos de la misión de Bachajón [a un par de horas de camino de su milpa]. Terminando el curso, el taller, y quedamos en la cocina con dos principales [dos sabios] y uno me dijo:

–Ay, mijito, es que tú no has perdido perdón con la madre Tierra, le has herido el rostro [al arar], y además no has pedido permiso con Dios’.

El principal accedió a viajar a su milpa y hacer una bendición. No fue una bendición cristiana; ya que como escribió un obispo dominicano de Chiapas en el siglo XVI, la cristianización entre tzeltales era una apariencia, ya que éstos equiparaban a los ángeles con las almas animales o de trueno que cada persona posee (en términos nahuas quizá los llamaríamos nahual, en términos tzeltales serían lab).

Al siguiente año, los fuertes vientos llegaron igual, fuertes, pero no destruyeron la milpa de Sebastián.  

Cada cultivo, cada proyecto es una herida para la madre Tierra, explican Sebastián, Narciso y Mariano Morales. Pedirle perdón, pedirle permiso, retribuir, intercambiar, un proceso del trueque.

La madre Tierra. Ésta no es la versión judeocristiana de mamá abnegada; por el contrario, en esta visión del mundo horizontal, hay que dar a quien ofrece: por eso se hacen ofrendas, retribuciones, a aquello que se quita; un recordatorio activo y vital de que la supervivencia de uno depende de la otra. Por eso es que el territorio es sagrado. La tierra está viva, de ella vivimos.

Historias narradas durante el congreso Internacional “Violencias, resistencias y espiritualidades, coordinado por la Universidad Iberoamericana.

Pedro Pitarch (2000), “Almas y cuerpo en una tradición indígena tzeltal”, consultado en https://journals.openedition.org/assr/20245#bodyftn2

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Lydiette Carrión Soy periodista. Si no lo fuera,me gustaría recorrer bosques reales e imaginarios. Me interesan las historias que cambian a quien las vive y a quien las lee. Autora de “La fosa de agua” (debate 2018).