En la UNAM, hay quienes mendigan una cátedra y se les niega, y hay quienes la ejercen sin haberla pedido. Entre la burocracia, el miedo y la subcontratación de la docencia, un posdoctorado descubre que dar clase en la Facultad de Química es un acto de resistencia silvestre
Por Arturo Jiménez*
Corría 2014 y yo llegaba a la Facultad de Química de la UNAM investido de la credencial más inofensiva que concede la academia: becario posdoctoral de la DGAPA. El nombramiento venía con una cláusula que a los obsesionados por la investigación, esa cofradía de insomnes que confunde el laboratorio con el hogar, nos sonaba menos a obligación que a privilegio: tres horas de docencia. Gratis, por supuesto. En la UNAM la palabra «remuneración» se pronuncia en voz baja, como quien menciona a un pariente incómodo.
Fui, pues, a tocar la puerta del jefe de quien administraba entonces las asignaturas, dispuesto a regalar mi tiempo y mi especialidad. Le expliqué que me pedían impartir una materia de mi área, que no cobraría un peso, que era, en el fondo, un acto de amor al conocimiento. Su respuesta fue una obra maestra de la burocracia mexicana, de esas frases que deberían enmarcarse junto a los símbolos de seguridad: «Arturito… conmigo hasta los ángeles hacen cita.»
El diminutivo no era ternura: era jerarquía. Nunca me permitió dar clase. Documenté la negativa en un correo, el género literario más noble de la vida universitaria, y conseguí, oh milagro, la dispensa de no enseñar durante mi primer posdoc. Así descubrí la primera paradoja de esta crónica: hay quien mendiga la cátedra y se le niega, y hay quien la ejerce sin haberla pedido jamás. Porque la pregunta que nadie formula en los pasillos es sencilla y demoledora: ¿a quién se le concede dar clase? ¿Por qué hay alumnos de licenciatura, de maestría, de doctorado parados frente a un pizarrón? ¿Concursaron por ello, o simplemente estaban ahí cuando la maquinaria necesitó carne fresca?
Vale la pena detenerse en los que apenas llegan. Ingresan a la carrera cargados de expectativas, esa mercancía que la juventud produce en exceso y a la que el sistema le pone precio de inmediato. Uno los ve en las primeras semanas: creen que la química es asombro, que la universidad es libertad, que el conocimiento se comparte. Basta un semestre para que la expectativa se decante en su sedimento más puro: el miedo. No el miedo saludable al ácido o al fuego, sino el otro, el administrativo, el que enseña a bajar la mirada. El ambiente no forma científicos: forma súbditos. Y un súbdito, ya se sabe, no descubre nada; obedece.
Conviene nombrar la maquinaria. La Facultad de Química ha perfeccionado un mecanismo que, de tan eficiente, casi merecería un artículo en alguna revista de ingeniería social. Se contrata como profesores de asignatura a los alumnos de posgrado de ciertos laboratorios con alumnado cautivo. Estos jóvenes, absorbidos por las clases, se atrasan en su maestría o en su doctorado. El atraso amenaza la beca; perder la beca sería la ruina. Y entonces, sin haberlo decidido nunca del todo, descubren que ya no pueden irse: ahora dependen del salario de profesor de asignatura, ese sueldo modesto que se vuelve cadena. Concursarán por la plaza, sí, pero dentro de muchos años, cuando ya sean otra cosa, cuando ya hayan olvidado que alguna vez quisieron investigar.
¿Son buenos frente al grupo? ¿Son malos? ¿Son inexpertos? La pregunta es un señuelo. Es irrelevante. El punto no es la calidad del profesor cautivo: es el mecanismo que lo capturó.
Aquí debo hablar del grupo al que pertenezco, porque la crítica que no se apunta a uno mismo es homilía. Los que venimos de los institutos de investigación, el Instituto de Química, por ejemplo, tenemos por contrato la obligación de impartir una sola materia. Sin paga, naturalmente; la gratuidad es el perfume de la casa. Hay colegas que imparten dos o tres por puro amor al arte, mis respetos, y eso nos coloca en una posición insólitamente cómoda: como damos poco, damos con esmero. Nos preparamos, llegamos, nos entregamos. Y a los alumnos suele gustarles; terminan el curso deseando reencontrarnos en semestres posteriores.
No nos engañemos con la vanidad: no es que seamos mejores. Es que la atmósfera es distinta. Damos una clase al año y podemos darnos el lujo de que nos importe.
El problema, el verdadero, es el reverso: muchas y muchos investigadores de la UNAM no dan clase. La consideran una pérdida de tiempo, una distracción indigna del currículum. Y cuando el contrato los obliga, prefieren refugiarse en el posgrado, bajo un formato de cuestionable honradez: la clase termina dándola el alumno de maestría, disfrazada de «seminario», de «exposición», de cualquier eufemismo que traslade el trabajo hacia abajo mientras el crédito se queda arriba. La docencia, en manos de quien la desprecia, se convierte en subcontrato.
Salgo de mi oficina rumbo a mi clase, Química Orgánica I, Laboratorio, y voy leyendo el camino a la Facultad por sus colores: rosa, magenta, verde, amarillo, café. Los orgánicos somos esa especie rara capaz de distinguir más de veinte disolventes con la nariz, y a veces, confesión que horrorizaría a cualquier comité, con la boca. Es un saber intransferible, porque en las escuelas de química la seguridad dejó hace tiempo de ser ciencia para volverse religión.
Al alumnado se le enseña a respetar los símbolos de seguridad, a orar frente a ellos en la primera sesión del semestre, a recitar sus once mandamientos, a persignarse ante la autoridad de seguridad e higiene. Es imposible no recordar los días del catecismo. Y sin embargo, he aquí la herejía, nada de eso ha evitado jamás un accidente, ni lo evitará. Hoy la preocupación mayor es que la foto del gafete sea reciente, «porque si explota el laboratorio los vamos a identificar bien rápido». Eso dicen, y lo dicen en serio.
La seguridad no es religiosa. No consiste en imponerles autoritarismo a jóvenes que se ponen nerviosos cuando seguridad entra al estilo policial a revisarlos justo mientras ejecutan un experimento (y ese nerviosismo, ironías del método, sí provoca accidentes). Como les digo a mis alumnos: estudiante que no está tranquilo, relajado, concentrado, es estudiante que tendrá un accidente. Y no: es dificilísimo hacer explotar un laboratorio con las sustancias que manejamos en esas prácticas. El accidente común es más humilde y más cruel: se rompe material de vidrio, y ese vidrio lo paga el alumno, que casi nunca tiene con qué.
Desde que entré a esta Facultad me sometí, sin saberlo, a las reglas de Bourdieu. Mis horarios: los peores. Mi día de clase: el viernes. Mis materias: las de los primeros semestres. Y lo más revelador, aquello que un sociólogo bien educado nunca supo del Tercer Mundo: mis alumnos, los de promedio más bajo. Porque conmigo se inscriben los que no tienen prioridad para elegir horario, y quien no tiene prioridad suele arrastrar el promedio más modesto. Reglas de reproducción, diría el maestro francés; a cada quien su lugar.
Solo que a la maquinaria le salió el tiro por la culata. Me gustaría revivir a Bourdieu un instante, sentarlo en la última fila y decirle: aquí falla su Academia. Porque son precisamente esos alumnos, los que viajan más de dos horas desde Ecatepec, Cuautitlán, Tulyehualco, los que han aprendido a usar no solo la cabeza para entender la química, sino las manos para que los experimentos, sencillamente, salgan. Me enamora una universidad tan diversa. He tenido alumnos que me encargan cuidar la Mac o la bolsa Kate Spade, y he tenido alumnos que llegan sin un zapato (vide infra). La cosa, como se ve, es diversa.
Y ahora la salida.
Hace poco a un alumno le sembraron un material de vidrio cuarteado. Conociéndome, se acercó a decirme que así lo había recibido, que no lo usó y que, por lo tanto, no lo rompió. No era novedad: es el método con que el laboratorista renueva existencias, endosándole a un pobre el vidrio quebrado de otro. Me enfurecí, porque no era la primera vez. Reuní a las responsables de las que dependía el curso, les llevé al alumno y se los puse enfrente. Un alumno de los que viajan de lejos. No traía el zapato derecho. El fuerte olor a humedad que siempre lo acompaña les hizo pasar, a las tres, el segundo trago de saliva. Y pregunté, emputado: ¿qué hacemos con el laboratorista?
Para mi fortuna, las profesoras conocían al muchacho: uno de los más inteligentes y comprometidos de la generación.
Y les prometo, lectores, que este final es feliz.
Es como cuando un padre mira un documental de pingüinos de NatGeo y, de pronto, un petrel (esa ave enorme) entra a cuadro y se lleva a un pingüinito bebé, tierno, indefenso. Mi padre grita: «¡No mames! ¡Pinche camarógrafo, quítaselo!». Y yo, ya curtido por la Facultad de Química, le explico: no, papá, ellos filman la vida silvestre y no tienen derecho a intervenirla ni a modificarla; deben dejarla seguir su curso.
El alumno se retiró del laboratorio prometiendo que reponer el material no significaba problema alguno para él, pues también trabajaba todos los días. Y en efecto: ocho días después se presentó a clase con el material nuevo y, cosa extraña, con dos zapatos, los dos izquierdos, negros, de casquillo, viejos. El laboratorista fue muy feliz. Y yo nunca le contaré a mi padre sobre la Docencia Silvestre.
*Arturo Jiménez trabaja como investigador titular en el Laboratorio de Química Bioorgánica y Bioanalítica (BioCheLa) en el Departamento de Química Orgánica del Instituto de Química de la UNAM. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores.
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