13 septiembre, 2026
Un hallazgo de figurillas Mezcala en Templo Mayor invita a invertir la mirada: en lugar de leer el pasado desde la etnografía, el autor propone comprender las ofrendas prehispánicas a la luz de los altares masewal contemporáneos, donde cuerpos de copal, papel y piedra sirven como interfaz entre humanos y divinidades
Texto y fotos: Iván Pérez Téllez
CIUDAD DE MÉXICO. – Con frecuencia se hacen comparaciones entre el pasado prehispánico y las realidades etnográficas actuales; sin embargo, aquí realizaremos un procedimiento inverso. Recientemente se efectuó un hallazgo en Templo Mayor: una “ofrenda” de figurillas antropomorfas estilo Mezcala depositadas en una caja pétrea. Este tipo de ofrendas, que Daniele Dehouve denomina depósitos rituales, encuentran su correlato en distintas realidades etnográficas, como en los pueblos nahuas de la sierra norte de Puebla.
Entre los masewal de Huauchinango, cuando los tlamatkame/chamanes son iniciados, instalan en su casa un altar adivinatorio —iyantle—. En este se coloca, de forma preponderante, un baúl de madera —kaxaktli— que contiene en su interior los cuerpos de los nenenkame —los que andan—. Estos son, al mismo tiempo, los espíritus que acuden al altar del chamán para trabajar y las divinidades que moran en las oquedades de la geografía serrana. Tales espíritus deben tomar un cuerpo temporal para ser consultados; lo usual es que “descansen” —mosewia— en cuerpos de resina de copal elaborados para este fin, aunque también pueden hacerlo en antiguas figurillas prehispánicas. Este baúl/casa contiene además un mobiliario básico: mesa y sillas miniatura para los espíritus.

Las divinidades, desprovistas de un cuerpo, son consideradas como yeyekame o aires potencialmente dañinos; por ello, es necesario construirles un soporte corporal para interactuar con ellas en el mundo humano. Estas “cosas contadas” o tlatlapualte, guardadas dentro del baúl/cerro, adquieren agencia cada vez que los espíritus son convocados al altar por el chamán con fines adivinatorios. Asimismo, las divinidades suelen reclamar atención aun cuando no son requeridas, pues siempre buscan “trabajar”.
Cuando se instala el iyantle, se colocan bajo tierra distintos envoltorios rituales conocidos localmente como xopechtle o tlaxopechtle, los cuales funcionan a manera de “cimientos” o “retranques”, términos con los que los propios masewal se refieren a ellos en castellano. Estos envoltorios contienen recortes de papel china y papel oropel —conocidos como tlalpili o xochiamatl—, que sirven también como cuerpos temporales para las divinidades. Durante la jornada de iniciación del chamán/tlamatki, los envoltorios suelen ser enterrados en puntos específicos de la casa, pero también en el trayecto que va de la cueva tutelar hasta la vivienda del adivino.
Los masewal insisten en que se trata de una conexión tipo Wi-Fi que debe instalarse correctamente para que funcione; de esto depende tanto el éxito de la iniciación como la salud del nuevo chamán. El altar y la cueva establecen así una interfaz para el flujo ordenado de espíritus/datos: cada envoltorio/retranque permite que los yeyekame obtengan un cuerpo temporal, transiten entre espacios y permitan que la señal inalámbrica fluya hasta llegar al iyantle, y viceversa. De hecho, a la muerte del chamán la conexión altar/cueva debe desinstalarse y también se debe desmontar el altar/iyantle, para que no interfiera perniciosamente con la vida de los familiares. Así opera, a grandes rasgos, el dispositivo chamánico masewal.

Los tlalpiloni, literalmente “cosa atada”, son pequeños cuerpos elaborados con tiras de papel atadas por en medio, los cuales simulan una figura antropomorfa con cuatro extremidades. En Cuacuila se confeccionan con papel china y papel oropel, pero en pueblos vecinos aún conservan materiales antiguos como tablillas de copal y una fibra vegetal llamada amaxonotl. El número de atados es fundamental, pues se emplean múltiplos de 6 cuando se quieren convocar a divinidades propicias o fastas, mientras que el número 7 se reserva para los muertos. Estos atados/tlalpiloni conforman los cuerpos contenidos en los envoltorios/xopechtle, y en su momento deben ser rociados con la sangre de un ave sacrificial.
Los nenenkame son, en principio, los propios chamanes muertos y divinizados, sus trajes de papel oropel revelan que encarnan los rayos, el arcoíris, los relámpagos y las nubes. Asimismo, los altares replican la caprichosa geografía serrana por medio de los distintos cuerpos de copal que son considerados, a distintos momentos, personas/cuevas/cerros, lo cual a su vez ofrece una representación miniaturizada del vasto territorio masewal, así como una pequeña maqueta del cosmos.



Revisar la etnografía de los pueblos indígenas contemporáneos permitiría, entre otras cosas, comprender la importancia que tiene el hecho de recrear espacios (como la triada iyantle/cerro/pirámide), en el cual la analogía y la escala perduran como formas de pensamiento. Asimismo, no estaría de más contemplar la fabricación de cuerpos para las divinidades —ya sean de piedra o de copal—, como un dispositivo indispensable para la interacción entre humanos y no-humanos. Finalmente, no se trata de calcar el pasado, sino de tratar de entender algunas lógicas subyacentes que perduran hasta hoy en día.
Por último, el hallazgo de Templo Mayor: ¿se trata de una ofrenda o, por el contrario, podría tratarse de un dispositivo que crea cuerpos para interactuar con las divinidades?
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