Diamantes, petróleo, maderas preciosas y el Mundial 2026

21 junio, 2026

FOTO: GABRIELA PÉREZ MONTIEL / CUARTOSCURO.COM

El futbol no es la excepción. Este deporte, hoy transformado en un gran negocio, no se puede mantener al margen de las relaciones de subordinación y dependencia que históricamente ha ejercido el Norte sobre el Sur Global. Hoy vemos cómo los hijos de inmigrantes son clave en la conformación de los equipos y en sus éxitos

Texto: Rogelio López

Foto: Gabriela Pérez Montiel / Cuartoscuro

CIUDAD DE MÉXICO.— El domingo 14 de junio se celebró en la ciudad de Houston, Texas, el partido entre las selecciones de Alemania y Curazao.

Curazao es una pequeña isla en el Caribe, situada frente a las costas de Venezuela. Antigua colonia holandesa que desde 2010 es un país «autónomo» que aún forma parte del Reino de los Países Bajos.

Aunque el deporte más popular en la isla es el béisbol —con jugadores que han destacado en las Grandes Ligas de Estados Unidos—, la selección nacional de esta pequeña isla —de 444 km² y 158 mil habitantes— logró clasificarse a la Copa del Mundo.

Varias circunstancias jugaron a favor para que esto ocurriera. La primera fue que los países anfitriones —Estados Unidos, Canadá y México— tuvieron su lugar asegurado y no participaron en las eliminatorias de la Concacaf. Este hecho abrió la posibilidad de que otros tres equipos de la confederación pudieran asistir a la justa mundialista. Al final, a los anfitriones se les unieron, además de Curazao, las selecciones de Panamá y Haití.

Tras una sufrida eliminatoria, definida en el último partido frente a El Salvador, Curazao obtuvo su boleto al Mundial. Sin embargo, hay un dato revelador: de los 26 jugadores, solo uno nació en la isla; todos los demás nacieron en los Países Bajos, donde se formaron futbolísticamente. Todos ellos son hijos o nietos de una persona nacida en la isla, condición que les permitió representar al país.

Curazao no es un caso aislado. En el Mundial 2026 participan 289 jugadores que no nacieron en el país que representan. Como ejemplo tenemos los casos de la República Democrática del Congo, con 20 jugadores; Marruecos, con 19; Haití, con 16; Argelia, con 16; Túnez, con 14; Cabo Verde, con 13… La lista es larga e incluye a México, con 6 jugadores nacidos en el extranjero: dos nacieron en Estados Unidos (Obed García y Brian Gutiérrez); uno en Argentina, Santiago Giménez (hijo del «Chaco» Giménez, un jugador argentino naturalizado mexicano que también vistió el uniforme de la selección); los dos restantes son extranjeros «naturalizados»: Julián Quiñones —el héroe del primer partido contra Sudáfrica y el mejor jugador hasta el momento—, quien nació en Colombia, y Álvaro Fidalgo, originario de España. En este Mundial, en promedio, 1 de cada 4 jugadores que participan en el torneo no nacieron en el país para el que juegan.

En el lado opuesto se encuentra Francia, país en el que nacieron 75 jugadores que no juegan para la selección francesa y que representan a otras selecciones: 13 de Argelia —incluyendo a Luca Zidane, hijo de Zinedine Zidane, figura de la selección francesa y del futbol mundial—, 12 de Haití, 11 del Congo y 10 de Senegal. Otros casos similares son los Países Bajos, con 42 jugadores; Alemania, con 22; Inglaterra, con 21.

Esta distribución y concentración geográfica de los jugadores parece ser una simple casualidad. Sin embargo, en realidad es un reflejo de un fenómeno mucho más complejo relacionado con los flujos migratorios de los países del Sur Global hacia los países del Norte. Un fenómeno que, a su vez, se encuentra estrechamente relacionado con el pasado colonial de los países expulsores.

Como todos sabemos, la mayor parte de las naciones europeas fueron imperios coloniales: España, Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda —actualmente Países Bajos— controlaban desde el siglo XVI extensas franjas de territorio en América, África y Asia.

Una de estas áreas fue el Caribe y las Antillas, que por su posición estratégica fueron utilizadas como refugios de piratas, corsarios y bucaneros al servicio de alguno de estos imperios. Posteriormente, tras el genocidio del que fueron objeto los pueblos originarios, estas islas fueron repobladas con esclavos procedentes de África para impulsar las plantaciones de caña de azúcar, tabaco y otras actividades extractivas.

Lo anterior explica el alto componente afrodescendiente en estas islas y también el vínculo histórico entre Curazao y los Países Bajos. Al respecto, es importante señalar que esta pequeña isla fue en su momento el principal centro de comercio de esclavos en la región, actividad que controlaba la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, hecho histórico que nos ayuda a entender el origen de la riqueza acumulada por la Europa moderna y civilizada.

El caso de África está estrechamente relacionado con lo que acabamos de mencionar. Primero como fuente de mano de obra esclava y, posteriormente, como proveedora de recursos naturales. Siglos después, África fue repartida como si se tratara de un pastel entre las principales potencias europeas durante el Congreso de Berlín de 1884-1885. Este reparto no solo fue uno de los antecedentes de la actual división política y del origen de muchos de los conflictos que persisten hasta nuestros días, sino también una de las causas por las que estalló la Primera Guerra Mundial, al quedar el Reino de Prusia —Alemania— inconforme con el reparto.

Transferencia de valor: diamantes, petróleo, maderas preciosas y jugadores de futbol

Y si bien, después de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del fascismo, muchos de los territorios que aún eran colonias lograron su independencia —algunos a través de cruentas guerras, como en los casos de Argelia, Angola o Vietnam—, otros se mantuvieron vinculados a estos viejos imperios como territorios semiautónomos, bajo distintas categorías como la de «territorios de ultramar» en Francia e Inglaterra, o la de «países autónomos», como es el caso de Curazao.

Esta autonomía no ha sido un obstáculo para que los lazos con los imperios, transformados hoy en modernas democracias liberales, se mantengan, al igual que muchas de las relaciones de explotación y saqueo, lo que ha perpetuado la pobreza y las condiciones de dependencia de la mayoría de estas naciones.

Por otro lado, las necesidades de mano de obra de Europa en distintos momentos históricos generaron la posibilidad de recibir importantes flujos migratorios procedentes de sus antiguas colonias. Tal es el caso de Francia y Argelia; finalmente hablaban el mismo idioma.

Y sí, regresando al tema del futbol y del Mundial, es esta diáspora, estos flujos migratorios y otros que continúan desarrollándose como producto de las condiciones de pobreza en muchas naciones con pasado colonial, los que explican el origen de los numerosos futbolistas que hoy representan a distintos países. Hijos de migrantes de segunda y tercera generación, pero nacidos en Francia, Países Bajos, Inglaterra o Alemania.

Esto no es nuevo; por ejemplo, muchos de los mejores jugadores de la selección francesa campeona del mundo en 1998 eran hijos de inmigrantes —Zinedine Zidane (argelinos), Thierry Henry (Martinica y Guadalupe), Lilian Thuram (Guadalupe)— o bien nacieron en otro país —Marcel Desailly (Ghana), Patrick Vieira (Senegal)—.

La misma historia puede observarse con los campeones de 2018, donde 14 de los 23 jugadores que integraron la selección tenían raíces africanas. El ejemplo más conocido es el de Kylian Mbappé, la estrella de Francia y el Real Madrid, cuyo padre nació en Camerún y su madre, aunque nació en Francia, es de origen argelino.

El caso del equipo de los Países Bajos no es muy distinto: Ruud Gullit y Frank Rijkaard, estrellas de la selección y del Milán a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa —un equipo de época que tuvo como único obstáculo el Nápoles de Maradona—, eran hijos de migrantes procedentes de Surinam, antigua colonia holandesa en Sudamérica.

La analogía entre el café y el futbol

Una pregunta que se ha mantenido a lo largo del tiempo es por qué, si los «africanos» tienen tanto talento para jugar futbol, rara vez sus selecciones tienen actuaciones destacadas en los mundiales. La respuesta que suele darse con frecuencia está relacionada con la «idiosincrasia» del jugador. No es extraño escuchar argumentos racistas como que los africanos «no tienen disciplina táctica».

Sin embargo, estas explicaciones simplifican un fenómeno mucho más complejo.

El buen café no depende únicamente de la calidad del grano. La selección, el secado, el tostado y la molienda son procesos igualmente importantes. A ello habría que añadir también la máquina con la que se hace el café.

Lo mismo sucede en el futbol. Siguiendo esta analogía, los jugadores africanos serían el grano de café. Sin embargo, en muchos de sus países, por razones históricas, no existen las condiciones necesarias para desarrollar plenamente este talento. Por el contrario, muchos de esos mismos jugadores crecen y se forman en países como Francia, donde existe un estado de bienestar que provee a sus infancias salud, educación y deporte de forma gratuita.

Bajo estas condiciones materiales, donde los niños tienen garantizado lo indispensable para su desarrollo y donde el deporte —no solo el futbol— ocupa un lugar de prioridad, Francia se convierte en una auténtica fábrica de talento capaz de abastecer a su propia liga y a otras ligas de futbol profesional y, al mismo tiempo, alimentar a otras selecciones nacionales, como podemos observar hoy en el Mundial.

Igual que con el café, los mismos granos sometidos a procesos distintos producen resultados diferentes. En el caso del futbol, las condiciones óptimas para el desarrollo de los futbolistas posibilitan la producción de jugadores de élite y campeones del mundo.

La deuda de Europa con el Sur Global es inmensa. De hecho, resulta imposible comprender plenamente el desarrollo de una región sin considerar su relación histórica con la otra. El futbol constituye apenas un pequeño ejemplo de esta realidad.

La nueva cantera: los centros de detención de inmigrantes

Desafortunadamente, la hipocresía europea no tiene límites: por un lado se beneficia de la inmigración y por otro la criminaliza. Hoy, en plena consonancia con la agenda fascista de criminalización y deshumanización de los migrantes que impulsa Estados Unidos, el Parlamento Europeo aprobó una serie de medidas para endurecer la política migratoria con el impulso del Reglamento de Retorno y la aprobación de la construcción de centros de detención de inmigrantes, la versión europea de los Alligator Alcatraz de Trump: centros de detención para inmigrantes y su envío a terceros países (Albania, Turquía, Egipto).

Tomando en cuenta la importancia que han jugado los inmigrantes en el desarrollo del futbol europeo, seguro procurarán tenerles alguna cancha de futbol para identificar al próximo Lamine Yamal.

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