Cuando las máquinas trabajen a mano

8 febrero, 2026

El pintor sevillano Salustiano expone en la Galería Ricardo Reyes de la Ciudad de México una muestra que reivindica el trazo humano frente a la saturación de imágenes generadas por IA. En esta entrevista, el artista reflexiona sobre la emoción como materia prima del arte y la vigencia de la pintura hecha a mano

Por Jacob Bañuelos Capistrán / Ig @jibcjac

¿Por qué las pinturas de Salustiano están vivas y suspendidas en el tiempo? Las imágenes tienen vida y muerte, o bien, están vivas o muertas. Las imágenes muertas son las más comunes, nos habitan en lo cotidiano, estamos rodeados por ellas, casi no las vemos. Pero hay imágenes vivas que en ocasiones se nos cruzan y es inevitable verlas. Algunas de estas imágenes pueden ser creadas por un artista como Salustiano. Sus imágenes parecen estar ancladas a una suerte de representación de la eternidad. Sus pinturas están detenidas en el tiempo y cargadas de aura, que en palabras Walter Benjamin es «una trama particular de espacio y tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía, por cercana que ésta pueda hallarse».

El sábado 28 de enero pasado (2025) pude ver las pinturas de Salustiano presencialmente y conversar con el autor. Quedé nuevamente asombrado por la fuerza del aura de sus imágenes, que presentan una vitalidad inusual que atraviesa la materialidad de las telas y dialogan con quien las mira. 

En un momento histórico donde la avalancha de imágenes generadas por inteligencia artificial amenaza con saturar nuestra experiencia visual, la pintura hecha a mano por un artista adquiere una relevancia renovada. En el siglo XIX, la fotografía cuestionó el valor del arte pictórico y puso en crisis la noción misma del aura; hoy, frente a la proliferación de imágenes sintéticas producidas por algoritmos, asistimos a una reivindicación del trazo humano como vehículo insustituible para la representación de lo humano. La mano del artista, con sus imperfecciones deliberadas, su tempo único y su carga existencial, se erige como testimonio de una presencia que ninguna máquina puede simular. Actualmente se expone una muestra de la obra de Salustiano en la Galería Ricardo Reyes (Campeche 362, Col. Condesa, Ciudad de México) hasta el 28 de marzo de 2026. En este espacio comparto una entrevista que amablemente aceptó el autor y donde expone reflexiones sobre su obra.

El artista

Salustiano, nacido en Sevilla, lleva varios años mostrando su obra en los museos, galerías y ferias internacionales de arte por todo el mundo. De su extenso currículum destacan las muestras en el Frost Museum de Miami, el YBCA de San Francisco, el Fowler Museum de Los Ángeles, el Luma Museum de Chicago, el Nobel Museum de Estocolmo y la Fundación Cisneros CIFO en Miami. Su obra ha sido elogiada por personalidades como el Dalai Lama, la actriz Sharon Stone y los cineastas David Lynch y Oliver Stone. Entre sus coleccionistas se encuentran William Mack, presidente de la Guggenheim Museum Foundation de Nueva York, Sir Niall Fitzgerald, chairman del British Museum, y Barbra Streisand, entre otros.

Entrevista

– ¿Cuáles son las principales claves que conforman tu obra, tu concepto de arte y de pintura?

El arte contemporáneo atraviesa un momento de saturación visual y conceptual que, en muchos casos, ha desplazado a la emoción de su lugar central. Frente a esta realidad, mi trabajo quiere apoyarse sobre tres pilares: la emoción, la técnica y el respeto.

La emoción es, para mí, la materia prima fundamental del arte. Durante siglos, el arte ha sido capaz de conmover, sobrecoger y mover al espectador por dentro. Considero que ese impulso emocional ha sido una de las fuerzas que han contribuido a la evolución del ser humano. Incluso cuando la intención del artista se dirige al intelecto del espectador, este acercamiento debería producirse a través de la emoción, ya que la emoción humana posee una estructura interna precisa, casi geométrica y matemática.

En mi obra, trabajo cada cuadro como si bajo la superficie pictórica existiera vida en ebullición. Quiero utilizar los mismos impulsos con los que trabaja la vida misma: deseos, sueños, frustraciones, afán de superación y de trascendencia. Estos impulsos no son exclusivos del ser humano; están presentes en cualquier forma de vida, desde una abeja hasta una bacteria, cuyo único propósito es trascender y perpetuar su especie. Desde esta perspectiva, el arte no debería aspirar a ser menos que una simple ameba.

La técnica es el vehículo que permite trasladar esa emoción al espectador. Para inocular una emoción concreta es necesario elegir el medio adecuado, pero sin caer en la trampa de convertir la técnica en un fin en sí mismo. Hoy en día, el conocimiento de las técnicas, pasadas y presentes, está al alcance de cualquiera, pero lo verdaderamente relevante no es qué técnica se utiliza, sino cómo se emplea para comunicar con precisión aquello que se quiere transmitir.

El tercer pilar es el respeto. Respeto hacia el espectador, entendido como un sujeto emocional e intelectualmente preparado. Este respeto implica una exigencia máxima hacia uno mismo: formación y rigor para poder dar lo mejor de nosotros, al igual que lo hacen los profesionales de otros ámbitos de la vida como científicos, astronautas o trapecistas.

Entiendo el arte como un acto de responsabilidad y honestidad, donde la emoción, la técnica y el respeto se combinan para generar una experiencia significativa, capaz de activar tanto el pensamiento como el mundo interior del espectador.

Cortesia del artista.

– ¿Qué piensas de la IA generativa de imágenes frente al arte visual y pictórico?

En el año 2001, el mismo año de 2001: Odisea en el espacio, mi amigo Juan Fernández escribió un texto para una exposición mía titulada Cuando las máquinas trabajen a mano. No se refería a una amenaza, sino a un anhelo.

La aparición de la IA generadora de imágenes puede compararse con lo que supuso la fotografía en el siglo XIX. Cuando la fotografía asumió la función de reproducir fielmente la realidad, la pintura dejó de competir con ella y se abrió a nuevos caminos. De ese desplazamiento surgió primero el impresionismo y, después, todos los demás movimientos. La fotografía liberó a los artistas de la pincelada lamida y del gesto contenido, pero al mismo tiempo abrió el camino hacia una nueva estructura compositiva basada en el encuadre —o desencuadre— tomado directamente de la fotografía. Basta recordar las obras de Degas, donde aparecen contrapicados, picados y encuadres nunca vistos hasta entonces.

Aunque muchos artistas recibieron la fotografía como una amenaza, en realidad nos liberó de la servidumbre de copiar la realidad: ya nunca más seríamos cronistas de nuestro tiempo.

Desde esta perspectiva, la IA puede cumplir hoy un papel similar: actuar como una fuerza de repulsión que empuje al arte hacia territorios no automatizables. Estoy convencido de que, frente a la imagen producida por la máquina, se revalorizarán la mano del artista, el gesto, el tiempo y lo artesanal que hay —o debería haber— en el arte. La IA puede empujarlo a profundizar aún más en su dimensión existencial y emocional, allí donde la máquina no puede llegar, todavía.

– ¿Cómo recibe el mundo tu obra?

Por lo general, creo que mi obra se recibe de manera adecuada, en el sentido de que no se queda solo en la superficie de lo que se ve. Me gusta pensar que el espectador percibe, aunque sea de manera intuitiva, que hay algo más que una imagen bien resuelta: que detrás de esa apariencia «perfecta» existe una intención y una construcción conceptual clara.

A menudo se describe mi pintura como «bella», y lo acepto como punto de entrada, pero casi nunca como punto final. La belleza en mi caso no pretende ser un adorno o una anécdota. Ese afán de perfección no nace del deseo de demostrar destreza, sino de lo contrario: de quitar un «ruido» que pueda distraer. Si el gesto, la pincelada suelta o el accidente técnico se vuelven protagonistas, el espectador termina mirando «cómo está hecho» antes que «para qué». Por eso trabajo desde un control formal extremo: para que la técnica no compita con la emoción, sino que sea su sostén. Busco que la perfección técnica pase desapercibida.

Cortesía del artista.

– ¿Eres un pintor renacentista-futurista?

Esta pregunta me recuerda al título de una obra mía que se titulaba Astronauta Submarinista. Estas dos palabras, que parecería que no pueden ir juntas en una misma frase, para mí tienen mucho sentido unidas; el astronauta y el submarinista encarnan los dos grandes abismos del ser humano —el espacio exterior y el océano profundo— y comparten una misma experiencia límite: presión, silencio, vacío y soledad. Ambos representan a un ser humano desplazado y encapsulado, separado de su hábitat natural. Lo mismo ocurre con renacentista y futurista. Parecería que hay que elegir entre antagonistas, pero desde mi punto de vista el Renacimiento nació con una voluntad eterna, y eso significa futurista en el sentido más rotundo. A nadie le chocó que David Lynch eligiera una estética renacentista para su película Dune, ni tampoco los guiños que podemos ver en La Guerra de las Galaxias a esa época.

Cortesía del artista.

Yo no sabría decir si soy renacentista o futurista, pero si tuviera que elegir, diría que soy un artista renacentista-futurista. Valga la redundancia.

– ¿Qué merece ser pintado?

Esta es una pregunta que pensadores, artistas y teóricos se han hecho a lo largo de la historia: ¿qué merece ser pintado? En las primeras representaciones prehistóricas parece haber una respuesta común. Aquello que se pintaba era lo anhelado. Las imágenes creadas en las cavernas oscuras no aspiraban a ser arte en el sentido actual, sino que eran manifestaciones profundamente mágicas y religiosas: intentos de invocar, poseer o proteger aquello que se deseaba.

Con el paso del tiempo, la pregunta se fue afinando. Para Platón solo debía representarse aquello que educara el alma: la Virtud, el Bien y la Verdad. Aristóteles, en cambio, desplazó la atención hacia las acciones humanas, la naturaleza y lo universal, siempre a través de la imitación de la realidad. Más adelante, en el Renacimiento, Alberti definió la pintura como una «ventana al mundo» y afirmó que su misión era narrar los acontecimientos históricos con la intención de educar y deleitar.

En la modernidad, la reflexión volvió a transformarse. Kant sostuvo que únicamente la belleza merecía ser pintada, mientras que Hegel situó el centro del arte en el espíritu de cada época, entendiendo la creación artística como expresión de la religión, la historia y la vida social de su tiempo. Baudelaire fue un paso más allá al reivindicar la vida contemporánea como tema pictórico, sin excluir lo feo, lo efímero o lo marginal.

Finalmente, con la llegada de Marcel Duchamp, la pregunta pareció disolverse por completo: ya no hay nada que no pueda aparecer en una obra de arte, porque el valor del tema en sí dejó de ser determinante.

No pretendo contradecir a estos grandes pensadores. Desde mi perspectiva, lo mágico y lo religioso, la Virtud, el Bien y la Verdad, las acciones humanas, la naturaleza y lo universal, la belleza y la vida contemporánea en todas sus formas, incluyendo lo feo, lo efímero y lo marginal, merecen ser pintados.

Doctor en Ciencias de la Información (Apto Cum Laude 1991-1995), en el Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad II, Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense de Madrid. con la Tesis Doctoral: Fotomontaje Síntesis Visual: historia, teoría y práctica. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 2005, actualmente es SNI-1. Actualmente es Director de la Maestría en Comunicación (MCO) y profesor e Investigador de Tiempo Completo Departamento de Industrias Creativas del Tecnológico de Monterrey-Campus Ciudad de México, donde imparte las materias de Fotografía e Imagen Digital y Fotoperiodismo. Pertenece a la Escuela Nacional de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey.