Yucatán: destruyen ciudad maya para instalar un Chedraui

25 julio, 2026

Durante veinte años, los vecinos del sur de Mérida defendieron Dzoyilá, una ciudad maya del Preclásico con vestigios sagrados y 16 hectáreas de selva. Hoy, sin consulta previa y pese a la protección legal del patrimonio arqueológico, las máquinas avanzan sobre las ruinas para levantar un supermercado

Texto: Katia Rejón

Foto: Katia Rejón y cortesía de vecinos de Dzoyilá

YUCATÁN.— En el libro sagrado del Chilam Balam, Dzoyilá aparece como una de las ciudades del Preclásico por donde pasaron los primeros itzaes antes de asentarse en Chichén Itzá. En la época contemporánea, Dzoyilá es conocido por ser el primer parque arqueológico dentro de la ciudad de Mérida, Yucatán. Es un sitio de rango IV en el Atlas Arqueológico del estado y cuenta con numerosas estructuras, plataformas habitacionales, montículos de hasta cinco metros, vestigios de cerámica, altares y subestructuras con ofrendas y entierros humanos. Hoy, empresarios están destruyéndolo para instalar un supermercado.

«En la versión del Chilam Balam de Mediz Bolio, Dzoyilá está en la página 11, en el capítulo del peregrinar de los itzaes. Si uno leyera esa parte de la historia, vería que muchos de los pueblos conservan sus nombres del Preclásico. Perder Dzoyilá es perder lo sagrado, el reconocimiento de que aquí existían seres humanos antes de la llegada de los españoles», dice en entrevista la maestra Susana Polanco.

La lucha histórica de los vecinos

Susana Polanco es parte de un comité vecinal que nació hace veinte años para defender las dieciséis hectáreas de selva baja y ruinas mayas ubicadas entre los fraccionamientos de Granjas, Morelos y Salvador Alvarado Sur, en Mérida.

En 2005, para ser exactos, un empresario de apellido Canto propuso construir una plaza comercial rodeando los vestigios arqueológicos. En esa ocasión, Josep Ligorred, arqueólogo del Ayuntamiento de Mérida, realizó una consulta ciudadana a los vecinos, quienes se opusieron férreamente al plan.

El argumento de los vecinos era que resultaba absurdo dejar estructuras como las pirámides totalmente descontextualizadas de lo que originalmente fue una ciudad maya, rodeándolas simplemente de comercios. Gracias a la organización de los habitantes y a que se respetó el ejercicio de consulta, la voz de los ciudadanos fue escuchada y lograron detener el proyecto de construcción en ese momento.

Esta vez nadie les preguntó. Las vecinas dicen que primero se incendió el monte y después vieron bulldozers entrar en el área de estructuras previamente restauradas. Son aproximadamente cuatro hectáreas las que ya deforestaron.

Al darse cuenta de esto, los residentes reactivaron grupos de WhatsApp y las redes vecinales para organizarse, denunciar y documentar con fotografías y videos las excavadoras que arrasaron con los montículos y se llevaron las piedras antiguas en volquetes. Ahora el área está tapada para que los vecinos no puedan ver ni registrar lo que pasa adentro.

Desde que inició la disputa por construir sobre las ruinas mayas hace veinte años, los barrios colindantes han exigido lo mismo: la defensa de las dieciséis hectáreas que consideran deben preservarse o expropiarse por utilidad pública. La lucha no solo busca detener la construcción de tiendas, sino convertir Dzoyilá en un parque ecocultural y comunitario donde se fomente la herbolaria, la ciencia maya y la convivencia con la naturaleza.

El asentamiento original de la ciudad maya abarcaba aproximadamente cincuenta hectáreas, de las cuales quedaron dieciséis en las primeras etapas de rescate arqueológico. En 1997, la Comisión para la Regularización de la Tenencia de la Tierra (Corett) vendió doce hectáreas a distintas personas y quedaron solamente dos hectáreas bajo el resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Solamente una fracción de esas dieciséis hectáreas se perdió hace años, cuando destruyeron una cancha de juego de pelota maya pok ta pok, una práctica ritual y deportiva de más de tres mil años de antigüedad, para poner una gasolinera.

Los nuevos dueños de las ruinas mayas

La empresa Proyectos de Vivienda de Yucatán, S. A. de C. V., es identificada como propietaria de fracciones importantes de Dzoyilá, incluyendo el predio de la calle 18 Norte, donde se realizan obras actualmente. Esta empresa pertenece a las familias de la élite yucateca Abraham Mafud y Abraham Xacur. Los vecinos alegan que estos terrenos fueron adquiridos a precios simbólicos en lo que consideran un «pago de favores políticos», a través de la Corett, hace muchos años.

Los vecinos también han realizado solicitudes de información para saber qué es exactamente lo que se está construyendo en su colonia, porque solo han escuchado rumores sobre el supermercado. Pidieron copias de permisos de construcción, licencias de uso de suelo, estudios de impacto ambiental y evidencias de consultas previas al pueblo maya.

El Ayuntamiento les confirmó que entregó la licencia de uso de suelo para el predio de la calle 18 Norte para una «tienda de autoservicio B (mediano impacto) y locales comerciales», para la Inmobiliaria Kira, S. A. de C. V., cuyo titular es Antonio Chedraui Obeso.

Independientemente de quién sea el dueño del suelo, los monumentos arqueológicos son, por ley, propiedad de la nación. En teoría, los propietarios de los terrenos están obligados a permitir la supervisión del INAH y no pueden dañar o alterar los vestigios, ya que esto constituye un delito federal.

Durante mucho tiempo, varias oficinas del Ayuntamiento de Mérida y el mismo INAH custodiaron y difundieron la importancia de Dzoyilá. En el parque donde se llevó a cabo la entrevista a los vecinos, había un mapa que explicaba la cantidad de hectáreas y la importancia histórica del sitio. Recientemente, pintaron de blanco ese letrero y borraron toda la información.

«Había hasta materiales impresos del Ayuntamiento ensalzando Dzoyilá, hablando de su valor; sentíamos que había una sinergia entre el Gobierno federal y el municipal para proteger el lugar. Eso cambió en 2026, cuando empezó a entrar la maquinaria, pero quién sabe desde cuándo lo vienen planeando», dice Leonardo Guerrero.

Insiste en que debe haber un proceso de consulta en el que participen los empresarios, los vecinos y las autoridades encargadas del sitio, «que se tomen las opiniones de todos y en conjunto hacer cosas que beneficien a la comunidad, y no solo a los especuladores y capitalistas».

La historia se repite

Hace treinta años, las maestras de la escuela primaria Pedro Pablo Echeverría llevaban a sus alumnos al cenote, entraban a una gruta para hablar sobre animales y cultura maya. Eso tampoco existe porque los dueños rellenaron el cenote y las grutas con cemento.

Las maestras que lideraron la lucha vecinal de Dzoyilá hace veinte años son mujeres mayores que ya casi no salen de casa. Sin embargo, las generaciones siguientes las llevan siempre a la conversación con respeto. Una de las integrantes más jóvenes del comité vecinal es Alejandra Echeverría, arquitecta de veintisiete años y habitante de la colonia Morelos.

«He vivido en la Morelos casi toda mi vida y sí sabía de los vestigios mayas, pero fue hasta mayo pasado, cuando los vecinos comenzaron a organizarse, que entendí que había una historia más amplia de la que conocemos», dice en entrevista.

El miércoles 24 de junio, Alejandra Echeverría fue a una de las audiencias públicas municipales que realiza la alcaldesa de Mérida, Cecilia Patrón Laviada. Llevó un escrito con cuarenta firmas de los vecinos que resumía el problema que enfrentan y sus peticiones. Concretamente, la intención era solicitar mesas de trabajo con el Ayuntamiento, el Centro INAH Yucatán y los propietarios privados para conocer los detalles del proyecto y hacerse escuchar como ciudadanía organizada.

Cecilia Patrón les atendió brevemente y confirmó que la empresa no tiene permiso de construcción, solamente de limpieza. Algo que no coincide con las excavadoras y volquetes que han visto pasar por encima de los vestigios.

«Nos recibieron a la defensiva. Tuvimos que argumentar el por qué nos interesa y por qué necesitamos el acompañamiento y el diálogo con distintos departamentos. La respuesta de la alcaldesa fue que no puede hacer nada al respecto», cuenta Alejandra Echeverría.

En ese encuentro, la arquitecta percibió que la alcaldesa no entendía el problema porque era incapaz de ponerse en el lugar de los vecinos. La autoridad municipal respondió con condescendencia que a ella también le importaba mucho la naturaleza y que haría lo posible para que la ciudad maya se respetara «como el cenote del Costco», una gruta que apareció en el estacionamiento de este supermercado en el norte de Mérida y que la empresa decidió conservar.

«No podía creer la comparación. Me hizo entender la posición desde la que nos hablaba, y no me refiero a su cargo, sino a ella como ser humano, que era tremendamente diferente a nosotros», dice.

La traición del INAH

«Las herramientas de los arqueólogos del INAH se guardaban en mi casa», dice Susana Polanco. Recuerda cómo los arqueólogos que comenzaron a trabajar en la antigua ciudad maya se hicieron cercanos a los vecinos, quienes les llevaban jarras de agua, botana y refrescos.

Eunice Uc González, arqueóloga, profesora e investigadora del INAH, es especialmente conocida porque lideró las investigaciones de la zona entre 2004 y 2014. Gracias a su trabajo se restauraron estructuras monumentales y se difundió la importancia de Dzoyilá.

Los vecinos la consideraban una aliada dentro del INAH, pues concluyeron que, al estudiar durante tanto tiempo el sitio, era sensible a lo que se perdería con la construcción de un supermercado. Por eso, dos vecinos, Manuel Rosado y Fátima Gamboa, fueron a verla cuando comenzó la devastación.

Manuel Rosado, quien también estuvo en la primera lucha de Dzoyilá en 2005, se acuerda exactamente de esa cita del 13 de mayo de 2026 a las dos de la tarde, y la describe como «trepidante»:

«Encontré a una Eunice cambiada, diciéndome que ella solo obedecía órdenes y que el INAH le ordenó liberar todos los terrenos y hacer el salvamento. Nos mostró las carpetas de salvamento, que no es lo que parece ser. Salvamento suena a salvar, a preservar, a continuar la existencia de algo. Pero para el INAH salvamento significa hacer un inventario de lo que era para destruir y construir encima. Eso es lo que significa un salvamento», aclara visiblemente enojado.

Las personas entrevistadas sienten como una traición que la investigadora que divulgó durante décadas la importancia del sitio sea la misma que en febrero de 2026 emitió el dictamen técnico para que los vestigios mayas no sean un inconveniente en las obras de construcción y liberó el terreno para el proyecto comercial de propietarios privados.

El 9 de febrero de 2026, Uc firmó un oficio determinando que en el denominado «Polígono 3» (el área más grande, de más de 22 000 m²) no se hallaron vestigios arqueológicos, por lo que no existía inconveniente para realizar obras de construcción ahí. Solo restringió el uso de suelo en los polígonos 1 y 2, donde se ubican las estructuras más representativas que ella misma había intervenido años atrás.

Eunice Uc también firmó las respuestas oficiales hacia los vecinos en mayo de 2026, donde el INAH se declara incompetente para realizar procesos de consulta social o comunitaria al pueblo maya, limitando su actuación estrictamente a lo técnico y legal.

El amparo y la respuesta judicial

En mayo de 2026, Fátima Gamboa, abogada y vecina de Dzoyilá, interpuso un juicio de amparo respaldada por los vecinos. El amparo se basó en la violación al derecho a la consulta pública, argumentando que cualquier proyecto en un área habitada por comunidades debe ser consultado previamente. También incluyó la protección del medio ambiente sano y la denuncia del deterioro cultural por la destrucción de vestigios.

A pesar de tener más de veinte años custodiando el monte de Dzoyilá, adscribirse como parte del pueblo maya y vivir cerca del sitio, para el Juzgado Quinto de Distrito, la lucha vecinal no es lo suficientemente legítima y desechó el amparo.

Uno de los argumentos es que no aceptaron la autoadscripción maya de las personas denunciantes, algo que indignó a la comunidad, que se pregunta: ¿cuál es la medida de ser o no indígena para las autoridades? Fátima Gamboa aclara en entrevista que esto es grave si tomamos en cuenta que en Mérida también habitan comunidades mayas: «Si no nos reconocen esa calidad, ¿qué queda para el resto del patrimonio cultural maya que está en la ciudad?».

Los vecinos no aceptaron el rechazo e interpusieron un recurso de queja ante un Tribunal Colegiado para que la decisión sea revisada.

También enviaron escritos a la titular del Poder Ejecutivo Federal y al gobernador de Yucatán solicitando la suspensión inmediata de las obras, la expropiación de las quince hectáreas por utilidad pública y la investigación de los daños al patrimonio. Y organizaron actividades de sensibilización ambiental en junio de 2026 para demostrar que el sitio no es un «simple monte», sino un refugio de biodiversidad con especies amenazadas.

«La narrativa a la que nos enfrentamos es que están cumpliendo con ciertos procedimientos donde definitivamente privilegian la propiedad privada sobre el patrimonio cultural. También prima una visión bastante racista sobre el lugar que nosotras vemos como todo un complejo biocultural y ellos solo como piezas que se pueden documentar y tirar», dice la abogada.

Un monte lleno de vida

Dzoyilá es, además, un pulmón verde de selva en medio de la urbanidad, con una relación histórica con las personas que habitan en el sur de Mérida. Han realizado ceremonias de Año Nuevo Maya, los scouts y las niñeces han subido a sus ruinas y entrado a sus cavernas, arqueólogos han documentado y difundido su importancia biocultural durante décadas.

«Desde que iba a los scouts veíamos las aves, las ruinas, la riqueza natural. Nuestro jefe de tropa nos traía para entrar a las cuevas. Tenemos una relación con ese sitio desde niños. Dzoyilá es un espacio biocultural, es increíble que puedas sentirte parte de las generaciones antiguas y al mismo tiempo ver cómo la vida se abre paso, es increíble la cantidad de vida que hay. Para mí, eso es asombroso», dice Leonardo Guerrero, quien es biólogo y habita frente al sitio.

El sur de Mérida es popularmente conocido por ser una zona con crisis de servicios públicos. Por eso reconocen que las áreas verdes, además de ser un patrimonio cultural, fungen servicios ecosistémicos como la captación de agua de lluvia que impide inundaciones como las de este año, amortigua el calor y reserva vida silvestre urbana en una ciudad que prácticamente ha acabado con el hogar de especies como el venado, el cerdo pelón y el pavo de monte.

«Hay múltiples estudios que documentan las especies de plantas, animales e insectos que han logrado encontrar un refugio en esas zonas silvestres urbanas. No es lo mismo un parque como en el que estamos aquí sentados, donde tenemos una plancha de cemento adaptada con unos árboles, que un área silvestre, donde viven especies que han sobrevivido cientos de años ahí», agrega Guerrero.

El futuro deseado para Dzoyilá

El temor compartido de los vecinos es que la ciudad se insensibiliza ante la pérdida de su memoria histórica, tanto como el impacto que estas obras tendrán sobre los servicios básicos como el agua y la electricidad en sus colonias. Ya lo sufren con el estadio de Kukulkán, que colinda con Dzoyilá: cada vez que hay partido se va la luz en las colonias.

Mientras tanto, el sur de la ciudad sigue sin espacios recreativos dignos y comunitarios. «¿Por qué la única alternativa sobre un sitio biocultural como este es el aprovechamiento comercial? ¿Por qué no imaginar otros usos, donde se conserven las especies nativas y se cree un ecosistema con el que aprendamos a convivir? ¿Por qué los propietarios no alcanzan a imaginar otras cosas? ¿Qué va a pasar con lo demás?», se preguntan durante toda la entrevista.

Hasta ahora solo son cuatro las hectáreas que se han devastado, y temen que sea el inicio del aprovechamiento privado de un sitio sagrado para el pasado y el presente.

«Me gustaría que este espacio tuviera un futuro, que la gente conozca los vestigios, los árboles nativos, los pájaros, que conozcan a los seres vivos que han buscado la manera de sobrevivir, así como ha sobrevivido la cultura maya y los seres humanos de la cultura maya», concluye la maestra Susana Polanco.

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