Yo acuso

23 marzo, 2020

A un año de #MeTooMx Nayeli García convoca a una reflexión sobre las limitaciones de un feminismo identitario que, desde su perspectiva, reacciona de manera homologada a las violencias y cancela posibilidades de duda y conversación entre las mujeres

Por Nayeli García Sánchez / @cuartopisotw

A Lucía Pi Cholula

Hay algo que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace casi un año: ¿cómo responder ante las acusaciones anónimas que muchísimas mujeres de mis círculos más cercanos hicieron en contra de hombres que han sido violentos con ellas de alguna forma? El tiempo y la omnipresencia del tema en mis conversaciones y en los textos que leo, por afición y por profesión, no me han permitido llegar a conclusiones tajantes pero sí a plantear algunas preguntas que espero encuentren eco en las lectoras (y en algún lector aliado).

Hago una aclaratoria inicial: celebro los cambios materiales que ha generado esta dinámica social, como la redacción de protocolos razonados para atender las denuncias presentes y futuras, o como el miedo que veo en la mirada de los hombres que me cruzo en mi vida diaria, ante la seguridad de que sus acciones pueden ser señaladas públicamente y tener consecuencias ominosas, desde el desprestigio social hasta la cárcel. Sin embargo, hay una sombra que percibí desde los primeros momentos de este despertar colectivo: la dinámica de denuncias se destiló en un componente identitario, basado exclusivamente en el género. Eso dificulta nombrar algunas experiencias que no se pueden reducir a la señalización puntual de un hombre y nombrar también las estructuras subyacentes a la violencia machista.

En los primeros días de denuncias en línea se hicieron populares algunas frases que despertaron mis alarmas: me refiero a expresiones que anulaban la posibilidad de tomar una actitud crítica ante las acusaciones. Sólo por tomar un ejemplo paradigmático, recordemos etiquetas como #YoSíTeCreo o #TeCreoHermana. Me parece del todo comprensible que muchas mujeres se hayan visto impulsadas, en un primer momento, a acatar una fe ciega en la palabra de la prójima, porque habitamos una cultura impune basada en complicidades, en la que las instancias jurídicas han perdido toda legitimación. No obstante, me parece también que esa actitud se asimila, de una manera difícil de nombrar por el clima político actual, a una lógica muy similar a la que rige ciertas alianzas machistas, que subyacen a muchas de las violencias que sufrimos.

Con el paso de los meses la forma de comunicar las experiencias violentas que padecemos las mujeres ha ido formulando una gramática que no permite dialogar con aquellas compañeras que no piensan igual de inicio o no han tenido exactamente las mismas vivencias. En el eje vertical de esta nueva sintaxis, se le indica al hombre señalado que es merecedor de un desprecio social inapelable y de un castigo; en el horizontal, se refuerza la pertenencia de la denunciante al género femenino, a partir de la narrativa de que todas las mujeres sufrimos el mismo tipo de violencia. En un principio, estos dos mensajes no parecen errados: incluso despiertan la emoción de obtener una venganza histórica, pero ejercer un feminismo identitario basado exclusivamente en el género desactiva otros análisis posibles. Y aquí empiezan a surgir los problemas.

En primer lugar, si ciframos nuestra identidad feminista en un conjunto de agresiones cometidas en nuestra contra por pertenecer a un mismo género, lo que nos identifica como parte del grupo es la acción que otro ejerció sobre nuestra persona. Eso oculta nuestra capacidad de autonomía incluso frente a las situaciones más crueles y simplifica el problema de manera que se nos presenta como algo que sólo podría solucionarse con la expulsión definitiva de algunas cuantas personas.

Este principio de identidad acota lo que es posible comunicar en los foros públicos abiertos al tema. Con frecuencia se espera que una mujer parta del hecho de haber sido víctima para discutir sobre la violencia machista: hablar de “así es como yo sufrí” y no, por ejemplo, de “así es como yo sobreviví a este daño mientras ocurría”. La estrechez generada por esta expectativa tácita ha dejado fuera a mujeres que intentan hablar desde otro tipo de experiencias o saberes. Quizá esto explique por qué ciertas académicas, pensadoras y periodistas de otras generaciones hayan quedado, de pronto, en los márgenes de un asunto que ha ocupado gran parte de su labor profesional.

En los espacios privados ocurre algo parecido que también limita lo que es posible decir sobre la violencia machista, sin correr el riesgo de “renunciar” o “traicionar” al feminismo. Si en una reunión una mujer comienza a hablar de una violencia ejercida en su contra, todas las demás sienten la obligación social de narrar una experiencia similar para reafirmar su pertenencia al mismo género. Quien quiera hablar desde otra perspectiva sobre su experiencia o pretenda diferenciar distintos tipos de violencia, podría perder su carta de identidad en el grupo y sería vista con recelo.

El acotamiento de lo que se puede nombrar convirtió la “experiencia de víctima” en un producto más para la acumulación de bienes simbólicos dentro de una lógica capitalista de la cultura. Carreras literarias, currículos profesionales y hasta semblanzas de presentación se han engrosado con la apropiación de este feminismo identitario y se han revestido de una legitimidad superficial que no permite hacer preguntas incómodas. De ese modo, el statu quo se reforzó pues el primer afán de erradicación de la violencia machista se integró cómodamente a las estructuras previas, que precisamente posibilitan esa violencia.

La predominancia del feminismo identitario ensombrece que hay otras cosas que vinculan a las mujeres, por ejemplo, las formas que hemos aprendido para combatir las violencias machistas en nuestra vida diaria desde que éramos niñas pequeñas. Si pensáramos nuestra identidad feminista más allá de la estrechez del género, rápidamente se iluminarían los modos de resistencia que empleamos para responder a las agresiones que sufrimos, y se harían evidentes también las alianzas que nos separan entre nosotras y nos alían con los hombres. Pienso en el tipo de complicidad que otorga, por ejemplo, compartir hábitos de consumo, espacios de formación profesional en el extranjero, viajes alrededor del mundo y aun vecindarios. Cuando la pertenencia a comunidades que no tienen que ver con el género —sino con el poder adquisitivo y con los privilegios que conlleva— queda sin ser nombrada, ese silencio impide una comprensión más profunda de la situación y clausura la posibilidad de una revolución estructural.

Hablar del feminismo desde su materialidad más concreta abriría espacio para la duda y el cuestionamiento como formas de practicar una nueva militancia. Esto nos permitiría, por ejemplo, diferenciar nuestra lucha de algunos vicios de la vieja militancia de izquierdas, en donde la lógica de “estás conmigo o estás en mi contra” normalmente ha generado procesos de sectarización entre grupos que podrían unirse por sus intereses compartidos y ha vuelto aún más angosto el camino de la lucha revolucionaria.

En segundo lugar, dentro de un feminismo gregario en el que todas somos iguales, y por tanto incuestionables, cualquier indicio de vacilación o de incertidumbre se traduce en una degradación simbólica: pareciera que si no crees a ciegas en una denuncia hecha por una mujer, entonces eres menos mujer, menos feminista, menos aliada. Y estas conclusiones son evidentemente falaces. Pedir detalles de una denuncia permite, por ejemplo distinguir que no todos los casos de violencia son iguales, y al yuxtaponerlos sin jerarquía ni orden alguno, se disuelve su sentido. Lo que me parece más grave todavía es que se anula la posibilidad de imaginar diversas reparaciones ante diversos hechos. Por ejemplo: “Mi exnovio me manipulaba para no que yo no tuviera amigos hombres” comparado con “Una vez un taxista cerró con seguros las puertas y abusó sexualmente de mí” no deberían tener los mismos resultados: en un caso quizá bastaría el escarnio, público o privado, y en otro deberían tomarse acciones legales.

En tercer lugar, a este panorama subyace también el hecho de que una enorme cantidad de denuncias anónimas han estado desprovistas de cuerpo, y en ese momento la sombra que se acercaba cubre ahora nuestras cabezas. Digo que las denuncias han estado desprovistas de cuerpos porque circularon predominantemente por medio de diversas redes sociales o en letreros anónimos en espacios públicos. En ausencia de una realidad material que acompañe las denuncias, la responsabilidad de los hechos parece recaer sólo en el individuo nombrado y se vuelve casi imposible decir qué andamiajes hicieron posibles esas violencias.

Cuando hablo de poner el cuerpo en el acto de denuncia no hablo de exponer a la víctima frente a su agresor ni a organizar careos. Hablo de dotar de contexto los testimonios, preguntarnos, por ejemplo, ¿qué permitió a este hombre ser poderoso? ¿Qué permitió a esta mujer ser vulnerable? Hablo de indagar qué hay detrás de la repetición de muchos actos violentos, para que puedan surgir medidas que no sólo “prohíban” a las personas acusadas, sino que tejan una red de protección en la que sean bienvenidas incluso aquellas mujeres que no han sufrido los mismos abusos machistas ni han tenido biografías similares; para que puedan alumbrarse los pactos tácitos, en los que las mujeres también participamos y son algo que la violencia machista necesita para poder ejercerse.

En el ambiente anónimo y descorporizado de las denuncias del #MeToo surgieron, en poco tiempo, cuentas apócrifas a señalar culpables de acciones que caben dentro de un gran espectro: desde decir que alguien era “encubridor” (es decir, cómplice por omisión de un acto violento), pasando por acusaciones de “potencial feminicida”, hasta descripciones pornográficas de lo que supuestos agresores le hicieron a alguna mujer. Yo creo que es aquí cuando salió el primer tiro por la culata de suspender nuestro juicio crítico y creer lo que fuera basadas en la pertenencia al mismo género.

Una de las soluciones que intentó dársele al problema de la veracidad de las denuncias anónimas fue concentrarlas en cuentas de redes sociales que se encargarían de verificar las acusaciones; sin embargo, ante la cantidad de casos y el clima gregario ya establecido, ese ejercicio se redujo a “comprobar” los hechos con métodos poco efectivos, como el chisme o la rencilla personal. Asimismo, la concentración de testimonios generó una mediación que permitió también callar algunos nombres, ya fuera por miedo a represalias (como perder una oportunidad laboral) o por cuidar las relaciones de los acusados que, la mayoría de las veces, resultaban pertenecer al mismo círculo social. A ello se sumó un agravante más: la impunidad que nos hace descreer de las instituciones en general tiene uno de sus pilares más fuertes en la desigualdad económica. Y ese pilar se reforzó bajo la consigna de que todas somos iguales por el hecho de ser mujeres.

Resultó entonces que la cacería justiciera de las mujeres hartas de la violencia machista generó un proceso severo de desmovilización social y borró preguntas más amplias sobre las desigualdades que ordenan nuestro mundo. Por ejemplo, en varios círculos universitarios o en organizaciones de periodistas independientes, se vivieron persecuciones encarnizadas que, sin juicios de por medio, marcaron con una letra indeleble a hombres acusados anónimamente. Casualmente varios de estos compañeros sobresalían por su participación en la gestión popular de la cultura o habían formado parte muy activa de movimientos políticos en busca de justicia social. Incluso si no se tomaron medidas de castigo contra las personas señaladas sin pruebas ni testimonios presenciales, la marca social fue suficiente para destruir organizaciones asamblearias, romper vínculos entre diversos grupos politizados y sembrar incertidumbre entre antiguas comunidades de trabajo. Es de llamar la atención que, al menos en esos dos ambientes no haya habido, en cambio, investigaciones hacia la cadena de responsabilidad dentro de las comunidades en las que ocurre cotidianamente la violencia machista. Como las personas señaladas estuvieron destinadas irremediablemente a la reprobación moral, sólo se creó una ilusión de justicia. Se dejó de lado la posibilidad de seguirle la pista a casos específicos para desarticular las jerarquías que amparan y protegen a los responsables últimos de la violencia. Con estas reflexiones en mente, me pregunto por qué ningún hombre poderoso, tanto del medio literario como del periodístico, ha sido señalado hasta ahora, y me pregunto por qué ninguna red de complicidades ha podido nombrarse.

Las acusaciones masivas y digitales quizá debieron transformarse cuando se hicieron evidentes la magnitud del problema y la frecuencia de los casos. Ahora, además de construir una siniestra forma de confirmar la pertenencia al género femenino (si me violentaron, entonces soy mujer y si soy mujer, entonces me violentaron), las denuncias y la irrestricta certeza sobre su veracidad permitieron formas de ejercer un poder a modo y a seguir obviando las desigualdades económicas y raciales que atraviesan también las relaciones entre mujeres.

Yo no debo ser la primera en haber identificado esto porque rápidamente y por los mismos medios (las redes sociales) decenas de instituciones públicas y privadas se fueron sumando a esta lógica de la denuncia y del apoyo irrestricto pero sin consecuencias materiales. Les ofrecimos un feminismo identitario basado en palabras sin cuerpos y respondieron borrando las diferencias entre “ellos” y “nosotras”. Para muestra, hay que recordar los anuncios de grandes empresas e instituciones alentando a sus empleadas a faltar a las oficinas el 9 de marzo de 2020 para sumarse al paro internacional por el día de la mujer. ¿Dónde quedó la idea subversiva de pausar las cadenas de producción si el patrón mismo invita a que se haga la pausa? Desde luego el panorama que describo en estas líneas tiene sus asegunes y hubo mujeres que se apropiaron de los paros como pudieron. No lo pongo en duda.

Otra consecuencia lamentable de todo esto fue la exclusión de voces de mujeres que hablaban desde otro tipo de vivencias: feministas de contextos no urbanos, no letrados, no blancos ni heterosexuales quedaron inmediatamente fuera de la discusión porque cuestionaban algunas de las dinámicas que señalo arriba. La presencia de estas voces se redujo a una decena de nombres que se repiten en artículos, coloquios, mesas de discusión, ferias de libro, periódicos nacionales e internacionales y demás plataformas públicas. Estos actos espectaculares sustituyeron la necesidad de análisis y crearon una ilusión de diversidad incluyente en el feminismo hegemónico. Mientras no estemos dispuestas al cuestionamiento y la duda, el feminismo identitario pavimentará el camino a simulacros de soluciones.

Lo que me parece más grave de esta dinámica es que, como nació y creció sin cuerpo, seguirá su desarrolló así. Todo apunta a que el ambiente generado por ese anonimato descorporizado está alimentando discursos de grupos históricamente opresivos y machistas que ahora tienen una manera de “limpiar” su nombre en aras del apoyo al feminismo.

Es urgente reclamar el derecho a la duda entre compañeras porque la flexibilidad y la confianza que caracterizan a la lucha feminista, y a la vez la distancian de militancias machistas, son un logro histórico y no deben diluirse en un ambiente gregario. Si se perdieran del todo, eso reforzaría cierta protección para hombres poderosos y violentos, que continúan tranquilos sus labores y hasta escriben columnas donde apoyan a conveniencia un feminismo acrítico y descorporizado.

*Nayeli García Sánchez (Ciudad de México, 1989) es egresada de la UNAM y doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Trabajó como consultora lingüística en la Academia Mexicana de la Lengua y como asistente de investigación en el Conacyt. Fue becaria en el área de Investigación de la Fundación para las Letras Mexicanas dentro del proyecto de la Enciclopedia de la Literatura en México. Actualmente es Jefa de Redacción en la Revista de la Universidad de México.

**Este artículo apareció publicado en la misma fecha en la Revista Común.

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