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Un puñado de mujeres frena la destrucción de Xochimilco

Estas son las mujeres que lograron la rendición de cuentas por parte del gobierno para su comunidad (Mujeres de Caltongo / Tercera parte)

Por Daniela Rea

Fotos: Mónica Gónzález

Martha Gómez Trejo

Hagan de cuenta que voy a platicar un cuento. Nací en una cuna de padres y abuelos campesinos. Mi abuela me platicaba que, en sus tiempos, en los canales de la Ciudad de México se transportaban sus verduras, chiquihuites, verdolaga, chayotes. Mi papá, además de campesino, era chofer de tranvía. Salía a las 3, 4 de la tarde y pasaba el resto del día en las chinampas. “No quiero que tú vivas lo mismo que nosotros”, decía mi papá, “el campo es muy duro y ustedes tienen que superar nuestra situación económica”.

Mi mamá no acabó la primaria y nos mandaron a la escuela, nos dieron preparación. Yo estudié técnico programador y cuando terminé, sin ninguna orientación, me fui a buscar trabajo. Yo era un poquito mentirosilla  porque mi objetivo era encontrar trabajo, les decía a los guardias, “soy estudiante quiero hablar con el jefe de sistemas para una tarea”, y así pude presentarme a los directivos y deciles “quiero trabajar”. Me contrataron en Fuller Cosmetics, al año me convertí en Jefa de Control.

Trabajé ahí 14 años y me dieron el premio de Mejor Empleada, con el criterio de servir y ayudar.  Yo creo que es mejor pedir ayuda y hay que aprender a ofrecer ayuda en lugar de regañar a la gente, y de esa forma uno resuelve más que querer imponerse y hacer.  Con las crisis de 1994 y 2009 perdí mi trabajo, me liquidaron. Yo me acuerdo que me cortaba las venas.

Entonces me regreso a mis orígenes, al campo. Regreso a mis padres y a mis abuelos, retomo la labor de mis invernaderos y vuelvo a agarrar camino. Hasta que pasó lo de la calle. Nos quisieron imponer una obra, a sus modos. Me sentí indignada, molesta por la forma y el trato que nos daban.

Algo que aprendí con mis compañeras de Caltongo es que tengo dignidad. De parte de la abuelita Amalia, aprendí a asimilar mis orígenes, el sentir de mi identidad, pertenecer a mi comunidad, mis valores, lo que mis abuelos y padres me han inculcado de cuidar el entorno donde vivimos. Con mis compañeras de Controla Tu Gobierno aprendí que tengo derechos, conceptos como paz social, transparencia, aprendo de información, a relacionarme con el gobierno, a exigirle.

Todo esto me dio mucha fuerza mucho valor para poder asumir una responsabilidad que nunca en mi vida me imaginé de qué tamaño iba a ser.

Citlali Hernández Jiménez

Caltongo es el lugar donde nací y crecí. Soy de una familia extensa, mis vecinos son mis primos, tíos, tíos abuelos. Conmigo somos ya cuatro generaciones de una familia que tiene prestigio como paisajista. Mi abuelo Pablo Gumersindo Jiménez Contreras fue un paisajista que trabajó con arquitectos como Matzumoto, la Basílica de Guadalupe es su obra maestra. Mi abuelo producía rosas y galias. Él era una referencia de la jardinería Xochimilca y Chinampera de México.

Y aquí, con esta historia, nací yo.

Nací en el consultorio del barrio. Mi tío abuelo, que hacía bonsais, era homeópata y él me recibió prácticamente en el agua. Nací en las últimas lluvias de temporal. Desde niña conviví con los productores de flores porque aquí en nuestra chinampa se comercializaba la planta que llegaba de Morelos, Guerrero, Necaxa. Es que entonces no había mercados.

Yo aprendí a hablar y nombrar las cosas a partir de la chinampa. Aprendí identificar cuando iba a llover, cuando iba a caer granizo, un chubasco o una brizna; aprendí cómo eso determina que las plantas crezcan, co0n qué tierra crecen mejor, qué minerales son mejores para qué plantas. Mi abuelo decía que Xochimilco no debía tener invernaderos porque sería su suicidio, el de su tierra, su agua, su flora y su fauna. Él nunca se alineó a la infraestructura viverista. Mi abuelo siempre luchó por posicionar los saberes ante el despojo, porque la chinampera se estaba expropiando para convertirla en una actividad turística.

Cuando mi abuelo murió mis tías fraccionaron el terreno y lo vendieron. Y mi mamá me llevó con ella a Colima porque aquí había muchos conflictos con las ventas del terreno. Yo estaba en la secundaria y me fui. En colima mi mamá siempre nos hizo ser partícipes de la casa y responsables, trabajo desde los 16 en los jardines y transcribiendo tesis de derecho en un café internet. Estudié física y a la mitad de la carrera gané una beca para producir lombricomposta.

Entonces decidí regresar a recuperar el terreno familiar, la historia de mi abuelo. Decidí regresarme a Xochimilco porque acá estaba mi trabajo, mi vida. Enfrenté conflictos de coyotes invasores, marginación por ser mujer. Pero llegué a compartir lo que yo sabía: que lo importante es el saneamiento del suelo para producir. Mi motivación es transmitir todo el aprendizaje que me heredó mi abuelo para cuidar este lugar.  Y ahora que el movimiento ecológico ambiental toma importancia, tengo la certeza de haber tomado buenas decisiones, seguido mis propias intenciones y un trabajo colectivo.

Adriana Alvarado Tovar

Soy de Michoacan, me vine a vivir a México desde que salí de la secundaria, porque mi tía estaba sola y me vine a acompañarla. A raíz de que me vine a vivir aquí me involucré con nuestras culturas ancestrales. Si me hubiera quedado en mi tierra, difícilmente habría tenido acercamiento a nuestras raíces, pero aquí tuve esa oportunidad.

Cuando vi este lugar por primera vez, vine por un mandado, y me atrapó, me conquistó, me enamoró porque aquí se conservan mucho las tradiciones. Aquí aprendí de plantas medicinales, de la naturaleza, de las constelaciones. Pero ahora me enfoco más en la naturaleza como una alternativa para la problemática que estamos viviendo en el mundo. La naturaleza, el mundo indígena, retomar nuestras tradiciones, es la antítesis de la cultura occidental.

Siempre me ha llamado la atención la lucha social, alguna vez, como comerciante de artesanía y cromos del calendario azteca, tuvimos conflictos con la autoridad y yo participé en la lucha. Éramos Comerciantes Unidos. Aprendí muchísimo, fue mi escuela. Empecé a perderle el miedo a hablar en público, a hablar ante los funcionarios públicos, yo sentía que ir a verlos era ir con un virrey y me impactaba. Después aprendí que no, que ellos están para servirnos.

 Y cuando pasó lo de la calle Nuevo León yo me metí para dar seguimiento, para vigilar, para que no nos fueran a engañar. Asistía a las juntas, hacía las propuestas daba mis ideas, opinaba, participaba y poco a poco me fui empapando y acercando más y más.

En la lucha somos varias, pero las que hacemos casi todo somos cuatro. ¿Qué aporto yo? Llenar huecos, cubrir áreas que a lo mejor las demás no pueden, proponer labor social, como dar talleres a los vecinos de Caltongo, como el que hicimos de primeros auxilios porque un día vi a un niño muy malo y las ambulancias no llegan y pensé que eso puede servir.

Lo más difícil de esta lucha es enfrentarte con la cerrazón de los funcionarios, saber que con ellos vas a contracorriente… Pero bueno, ellos son funcionarios. Lo más difícil es la apatía de la gente. Para mí ha sido muy duro porque no participan, no se comprometen, dicen que sí y el primer día llegan 80, luego 10, luego 4 o 5 gentes. Para mí lo más importante es que la gente participe, la participación de nosotros como ciudadanos. Es importante que los ciudadanos se integren, se interesen, que la lucha no es por uno, si no para beneficio de todos, porque no estamos buscando poder, no se maneja dinero, no hay dinero de por medio, no hay de que vamos a votar, de que tendrás un cargo… no, es un compromiso totalmente horizontal, para nosotros, para nuestros hijos. 

Cristina Rosas Díaz

Mi abuelo sembraba rosales, sacaba el lodo del canal, lo echaba en la canoa y hacia los almaciros, en la canoa. Mi abuela le ayudaba y mi mama lo hizo cuando era niña. Xochimilco era bonito, las canoas pasaban por los canales, había mayordomías, hacíamos y compartíamos cazuelas gigantes de arroz, mole, tamales.

Luego mi mamá se casó y con mi papá consiguió un negocio en el mercado vendiendo pollo vivo. Hicimos la granja de pollos, yo les ayudaba a ellos, me levantaban temprano, los alimentaba y luego nos íbamos al negocio a venderlos, guajolotes, pavos. Y yo era chiquita.

De mis papás aprendí a ser honestos, a hablar directos y no ocultar cosas, a ser obediente, a luchar, a trabajar. Mi papá me levantaba a las 6 de la mañana para trabajar antes de irme a la escuela.

Estudié hasta la secundaria y después se me metió la idea de ser capturista, mi carrera comercial. Luego conocí a mi esposo y me casé a los 18 años. A mis hijas les inculqué a ser luchonas, a no depender de los demás. Todavía les decimos que luchen por sus metas, que lo tienen que hacer ellas, porque ya formaron sus familias.

Seguí viviendo en Xochimilco y vi cómo se fue acabando la vegetación, cómo se iban secando los canales. Por eso cuando hicieron la calle para mí era importante que se hicieran las cosas bien. Yo me enteré porque había una cartulina en la avenida, que fuéramos a participar para dar nuestro punto de vista. Yo trabajo con mi esposo en un puesto de tacos al pastor desde hace 20 años y no me daba tiempo, pero un día dije me voy a dar el tiempo, porque cómo nos van a escuchar si no vamos.

Yo soy aficionada a hacer fotos, así que mi trabajo en la organización fue hacer fotos al momento, videos, lo hacía rápido por la bici. Ahí andábamos, tomando fotos de los problemas, tomando fotos de la obra… los trabajadores ya hasta nos soñaban.

Para mí esta lucha significa mucho, porque me realicé como mujer, a parte de ser ama de casa y mamá, no tenía otra vida, no tenía amigas. Como que ya fue más importante para mí tener otro trabajo fuera de casa, sentirme importante, que te dijeran ‘es que lo hiciste bien’, el participar, el conocer más cosas de nuestro propio barrio… En la lucha éramos casi puras mujeres, yo le decía a mi esposo ‘acompáñame’ y él me decía que era mi espacio, nos acompañaban y se quedaban a un lado.

Se siente bonito que todo lo que trabajaste haya tenido un término, una satisfacción de que lo logramos. Por nosotras se hicieron muchas cosas, aunque nos hayan dicho ‘ahí van las viejas chismosas’.  Es padre que quedes en el recuerdo, que hayamos salido en el periódico, que la gente diga por ellas lo logramos, que seamos útiles, se siente bonito, valió la pena todo eso…

Amalia Salas Casales

Tu imagínate, cierra tus ojos e imagínate una chinampa florida. 

Todas las chinampas, todos los barrios, se dedicaban a la agricultura. Por ejemplo, en la Asunción, las chinampas estaban llenas de flores: rosas, hortensias, cempasúchil, la nube, el alelí. En Caltongo lo que se han dedicado es a las plantas y veías las chinampas llenas de plantas, floridas. En San Marcos se dedicaban a la hortaliza, lechuga, zanahoria, salchipí, que es como zanahoria pero café, era muy nutritivo. Y en San Cristóbal, el chile, el tomate; en La Santísima se dedicaban al nabo, al rabanito.

Siempre nos dedicábamos a sembrar planta. Acá en Xochimilco, los ahuejotes son los guardianes de la chinampa, pero como los chinamperos ya no siembran, el árbol lo siente. El muérdago invade al árbol y el árbol se deja invadir, porque está triste, ¿ya para qué vivo si ya no hay quien me cuide? Somos parte de la naturaleza y debemos cuidarnos.

Yo fui hasta segundo de secundaria de la escuela, me casé joven y tuve 10 hijos. De mis hijos algunos están en la lucha, otros no porque se dedican a sus cosas, al maíz, a sus plantas, a tener animalitos. Tengo nietecitos que, como yo, tocan el caracol, hacen masajitos, ya sabes los niños siempre imitan.

En 1990 me preocupé por el territorio, ahí empezó mi lucha. Fue la expropiación del ejido, Salinas de Gortari nos expropió y nos hicimos defensores del ejido, por lo tanto, fuimos atormentados, perseguidos. Muchos de nuestros integrantes estuvieron escondidos porque los mandaron a matar. Con ellos andábamos en las marchas, haciendo marchas para reclamar.

Mientras luchábamos pensaba ¿cuántos abuelos se van a morir nomás de ver que les están quitando sus tierras? Ahora aquí en Xochimilco estamos contaminando con tanto plástico, botellas de cloro, de coca-cola, de alcohol.  Si no nos cuidamos nosotros, tampoco cuidamos nada.

Yo les dijo a los muchachos, si ustedes tienen un problema, cualquier problema, vayan al árbol más grande que lo puedan abrazar, recarguen su mejilla en el árbol, cierren sus ojos, lloren si quieren y digan ‘arbolito dame entendimiento, ilumina mi camino qué puedo hacer’ y el árbol en el sueño te va a decir que camines. Los árboles tienen años de conocimiento, han vivido y aprendido muchos años. Los árboles son muy sabios, muy grandes, los árboles.

Entregas anteriores:

Uno: Las mujeres que abrieron las puertas del gobierno

Dos: Una lucha por las calles

Especial completo:

Mujeres de Caltongo

Reportera. Autora del libro “Nadie les pidió perdón”; y coautora del libro La Tropa. Por qué mata un soldado”. Dirigió el documental “No sucumbió la eternidad”. Escribe sobre el impacto social de la violencia y los cuidados. Quería ser marinera.

Fotógrafa egresada de Ciencias Políticas de la UNAM. Ha colaborado en distintos medios y revistas nacionales e internacionales. Obtuvo la beca Fonca en la edición 2009-2010 y 2013-2014 Premio Nacional de Periodismo 2011 de Fotografía por el proyecto Geografía del Dolor. Premio Nacional de Periodismo 2006 otorgado por el Club de Periodistas de México y el IPN en categoria Fotografía Reportaje por su trabajo de migrantes en la frontera de Sonora y Arizona.

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