Son jarocho rompe fronteras y estigmas en Europa

8 octubre, 2021

La música veracruzana se hizo poderosa entre la comunidad migrante en Europa y les sirve como arma de identidad cultural

Texto y fotos: Kau Sirenio 

AARAU, SUIZA.- La música campesina de México llegó a Europa con jarana y versos. Jaranas para hacer bailar a los europeos, no importa que sea con canciones de protesta. El son jarocho viajó desde el sur del territorio mexicano para ambientar el corazón de los migrantes mexicanos que viven de este lado del continente. Las canciones que los músicos tocan con maestría son pieza clave de esa resistencia.

La resistencia de mexicanos en Europa se envolvió con el son jarocho en las plazas de ciudades como Zúrich, Basilea, Berna y Ginebra. La música campesina se hizo poderosa entre la comunidad migrante y les sirve como arma de identidad cultural. 

Así lo afirma César Bonilla, un músico de la Ciudad de México que llegó a Suiza hace 10 años con su guitarra. De pronto incursionó en la rola campesina y hasta ahora no lo ha soltado. 

“Cuando escuchas los versos con profundidad, te das cuenta que tienen poesía, esas palabras del campo que los campesinos traen en la boca de generación en generación, te das cuenta que no puedes ignorarlo. Es más, cuando conoces el fandango y lo poderoso que puede ser, ese poder acá como migrante es un arma, es un arma pacífica”, confiesa Bonilla.

La plática con el músico ocurre en la estación del tren en la pequeña ciudad de Aarau, Suiza. César venía de Zúrich, donde estuvo en una reunión preparatoria con miras a la llegada de la delegación zapatista del Escuadrón 421, que visitó Europa en el pasado verano. 

El promotor musical en Europa llegó a Suiza por segunda ocasión en 2015, en ese año los colectivos de migrantes mexicanos en el viejo continente se preparaban para recibir a la delegación de los papás de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, en 2014.

“Cuando llegaron los papás de los 43 compas de Ayotzinapa, se acercaron los colectivos, pensamos primero en Suiza, pero se acercaron más grupos de Europa, así se acordó hacer una ruta. Hicimos eventos para recaudar fondos para apoyar la gira”.

El encuentro con los papás de los 43 estudiantes desaparecidos generó el reencuentro con los músicos mexicanos asentados en Zúrich. César se integró a los preparativos para la gira de los normalistas de Ayotzinapa, en ese proceso organizativo tuvo contacto con Aldo Vázquez Flores.

“El compañero Aldo estaba en México, aún no lo conocía, pero cuando llegó a Suiza, nos acoplamos y empezamos a hacer música”.

– ¿Antes de son jarocho, qué música tocabas? -quiero saber. 

-Tocaba la guitarra clásica, era más fifí, ja ja ja ja -ríe-, era, pero después dejé la guitarra clásica y le entré duro a la rola del pueblo, porque eso es lo que nos inspira a ser músicos.

“Como dicen los compas, el son jarocho se convirtió para mí en un colectivo que llamamos Barfus Kollektiv (Pies descalzos). Un colectivo de personas que hacen música, porque une a todos a través de la música campesina. Entonces, puedes tocar con gente de España, Francia, Suiza, pero la raíz viene del campo”.

Aarau, capital del cantón de Aargau, Suiza, conecta hacia el oriente con Zúrich, al suroeste la capital de Suiza, Berna, y al poniente, Basilea, conocida como la ciudad de los tres países por ser la frontera con Francia y Alemania.

La temperatura bajó a tal grado que enfrió el café que el músico ordenó antes de empezar con la conversación:

“El verso de la música campesina se identifica con la naturaleza, la comunidad, la raíz indígena y africana. Es el alma del colectivo cuando hacemos el son jarocho, porque no importa de dónde seas, sino el gusto por la buena música”, suelta César.  

La mezcla cultural de César Bonilla viene desde sus padres:

“Mi papá es de Veracruz y mi mamá de Oaxaca, yo nací chilango, pero la familia está allá y no tenía ese acercamiento tan fuerte como lo que empecé a tener acá”.

El músico dice que la combinación musical con la resistencia le permitió romper fronteras y estigmas:

“Con la música podemos hacer una tocada fuera de una cárcel y no llega la policía porque estamos con la música, compartimos nuestra creación sin romper nada, el mensaje es arte. Estar ahí como migrante, el cantarle a la gente que no tiene papeles es compartir los poco que sabes hacer como artista desde abajo”.

El 17 de agosto, el colectivo Barfus Kollektiv organizó el fandango jarocho en Laufen-Uhwiesen, Suiza, donde llegaron soneros mexicanos provenientes de España y Francia. En el encuentro hubo talleres de guitarras y jaranas, además, de escribir versos y reencontrarse también sirvió para hablar de la política mexicana. 

En el fandango, Bonilla compartió: “La música es muy noble y súper chida, poder conocer a un jarocho es lo mejor que me ha pasado. En cambio, la música clásica o la académica es otra cosa, es el ‘yo primero’, se centra en la meritocracia, ganar becas, hacer una carrera musical es el paso lineal. Después, conseguir una plaza de conciertos, es un camino estructurado y en esto no todos están invitados”.

César estudió en la escuela de iniciación de Bellas Artes de Tultepec, Estado de México, de ahí brincó a la escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “Lo cierto es que aprendí más con maestros que tuve fuera de la escuela, ellos me enseñaron el camino de la música. Estudié en Tultepec donde hacen cohetes”.

La vida del músico se centra en dos asimetrías, la vida en un país primermundista y su pasado en la carencia y la convivencia con jóvenes de las colonias pobres del Estado de México:

“En medio de toda la carencia siempre hay una posibilidad, y esa posibilidad es la música que te alegra y te da la felicidad. La música te abre caminos, puertas, para conocer personas, lugares y estudiar. También te da para la renta, comida. Te da todo, porque es muy noble, ese es el principio que lo hace poderosa”.

César Bonilla.

Como estudiante de música en la UNAM, César dedicaba parte de su tiempo para compartir su conocimiento musical con los jóvenes en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) oriente. Ahí llegaban muchachos de colonias populares de Iztapalapa, en grupos de 30 a 40 chicos de la misma edad del maestro.

“Los compas eran de mi edad”

Lejos de enseñar el círculo de Sol o Do, el novel músico se convertía en psicólogo al escuchar los problemas de sus alumnos: “La motivación venía con los problemas emocionales de los compañeros. La clase de música parecía de psicología. Ese fue el primer acercamiento en las clases. Tenía que enseñar diferente como me lo enseñaban los maestros. Porque la lógica de la academia es ganar un concurso, una beca, ser el mejor”.

La voz de Bonilla toma tono más tenue, pero no deja de cuestionar los conflictos sociales que enfrentan los jóvenes en las colonias populares del oriente de la Ciudad de México. “Las cosas están de la chingada, con ese pensamiento aspiracional, si piensas así, te vas a quedar en el camino, porque en la sala de conciertos, los que compran el arte son los consumidores del arte, son los consumidores de diamantes, si aspiras a eso, solo eres un mercenario”.

La adolescencia de César siempre estuvo en las calles de barrios conflictivos del Estado de México, donde la violencia era el pan de cada día, pero como él lo afirma, que encontrarse con la música es como “la luz en la oscuridad”, porque el medio donde se encontró con la primera nota de la guitarra fue justo en el municipio de Ecatepec, Estado de México. 

Aunque la música le daba tranquilidad, alegría pero no estaba en sus planes ser músico:

“No me veía como músico ni siquiera pensé en hacer una carrera de musical, creo que la música escoge a uno, fui afortunado que me haya escogido, por eso no lo puedo dejar, lo he intentado en varias ocasiones, pero siempre regreso de alguna manera, si no hago música no vivo y me deprimo”, confiesa. 

La plática se extendió y César se centró en los movimientos sociales:

“Tocar en los espacios de los compas zapatistas, como la de gente sin papeles, busca entrar un poco a lo imposible. Hay que cambiar todo, aunque cueste mucho conseguirlo porque siempre está el mercenario ahí, todos los días, lo veo en mi trabajo. En la fundación Vallen que tienen el museo más grande del mundo, donde se comercia con arte”. 

El museo de la fundación Vallen se encuentra en Basilea, ahí se organizan subastas de artes cuyos clientes principales son políticos del mundo:

“Ahí llegan gente de la peor calaña, expresidentes, representantes de bancos privados, comprar una obra que cuesta cientos de miles de euros es como sacarse la lotería. Esto no representa el compromiso con el arte, sino los intereses comerciales”, cuestiona. 

Agrega: “La galería invita a países como China para que exponga su obra de artes para que haya dinero, pero no invitan a Nicaragua, El Salvador u Honduras porque nada que ver con intereses comerciales. Si hablamos de son jarocho, puede estar muy bonito, pero no los compran porque no es comercial sino del campo”. 

Bonilla hace una pausa y recapitula la desigualdad migratoria en Suiza. “Hay personas que no alcanzan el estatus de ciudadano, ellos son los sin papeles, que son muchos, pero no están contabilizados, no tienen nombre, no los quieren ni ver, y no tienen posibilidades de trabajar, siempre están escondiéndose con un estrés, con problemas que no pueden regresar a su casa”. 

El artista mexicano no deja cabos sueltos cuando habla de la desigualdad: «Los que tenemos trabajo precario que somos migrantes no calificados y los calificados con doctorados están en la Novartis, en la Rosso, en los bancos, pero son trabajos precarizados que están en la línea de sueldos muy bajos, las personas de la limpieza, en la construcción, hay muchos casos como madres solteras que llegaron tienen sus hijos, con un permiso, aunque tienen muchos años en Suiza”. 

Con labios resecos y mirada puesta sobre el reloj suizo que marca las horas, César hacer hincapié en la pobreza en un país rico: “Ser pobre en un país rico es muy duro, es una pinche vergüenza que un país como éste, la gente pase hambre, hay personas no puede comprar comida, que se las ve duras, me ha tocado ver a gente de África que andan sin papeles y que no conocen a personas, pasan se quedan sin comer porque no pueden trabajar”. 

Convivir con distintas culturas en Suiza y tener la jarana para expresar su sentimiento y a la vez coraje en Europa, Cesar acepta que le costó asimilar la nueva vida en Basilea:

“Creo que no estoy adaptado, tampoco estaba adaptado en México. Gracias que me gusta hacer música y hacer música, pero aún no sé si estoy adaptado. Solo cumplo con todas las reglas, pago las cuentas en eso creo que estoy adaptado porque pago todas mis cuentas, la renta en casa, los seguros todo eso está cubierto, a manera de adaptación en el sistema suizo, si estoy adaptado”.

Periodista ñuu savi originario de la Costa Chica de Guerrero. Fue reportero del periódico El Sur de Acapulco y La Jornada Guerrero, locutor de programa bilingüe Tatyi Savi (voz de la lluvia) en Radio y Televisión de Guerrero y Radio Universidad Autónoma de Guerrero XEUAG en lengua tu’un savi. Actualmente es reportero del semanario Trinchera.