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Morena: ¿partido o movimiento?

El pleito en Morena, entre un padrón legítimo y un padrón espurio, muestra que el movimiento no se ha transformado en partido político y que, en ese trance, la próxima disputa por la dirigencia nacional puede fracturarlos o convertirlos, otra vez, en una amalgama de tribus

@chamanesco

Ocurrió antes de 2018: conforme se consolidaba la figura de Andrés Manuel López Obrador como candidato presidencial, millones de personas se acercaron al Movimiento de Regeneración Nacional para afiliarse a un partido en ascenso, nacido apenas en 2014.

Se estima que más de 3 millones de personas fueron registradas como militantes entre 2014 y 2017, año en el que Morena cerró las afiliaciones. 

El proceso estuvo a cargo de Gabriel García Hernández, secretario de Organización de Morena y hoy coordinador general de Programas Integrales de Desarrollo en el gobierno federal; un hombre de todas las confianzas de López Obrador que, en los hechos, es el jefe de los llamados súper delegados de AMLO en las 32 entidades y responsable de crear la estructura de “servidores de la Nación”.

Las afiliaciones fueron entregadas al INE para su custodia, pero no se formalizaron en su padrón de militantes. Las hojas de registro habrían sido trituradas, pues cuando el instituto pidió al partido que hicieran un proceso formal de registro de sus afiliados y recogieran sus cajas –lo que habría sucedido en reiteradas ocasiones durante todo 2018–, nadie fue por ellas.

En enero de 2019, cuando el INE aprobó un acuerdo que da a los partidos un plazo de un año para depurar, sistematizar y actualizar sus padrones de militantes (del 1 de febrero al 31 de enero de 2020) en Morena había, solamente, 317 mil 595 militantes.

El pasado 7 de julio, en una sesión del Consejo Nacional de Morena, el encargado de despacho de la Secretaría de Organización de dicho partido, Francisco de la Huerta Cotero, informó que en los registros que dejó Gabriel García existen 3 millones 100 mil afiliaciones, por lo que sugirió que éstas sean incorporadas al padrón que actualmente se está actualizando conforme al procedimiento previsto por el INE.

Aunque la propuesta fue aprobada por el Consejo Nacional, no todos en Morena están de acuerdo.

Ese mismo día, la presidenta en funciones, Yeidckol Polevnsky, aseguró que el padrón legítimo de Morena es el de 317 mil registros; se quejó de que Gabriel García ni siquiera le haya dejado el padrón en orden, y consideró inaceptable que se le dé validez a 3 millones 100 mil afiliaciones en las que probablemente se hayan manipulado los registros.

“No nos entregaron el padrón, lo hemos pedido por casi un año y ahora de repente te dicen ‘sí está’. Ya lo manipularon, ya lo manejaron de alguna manera, ¿cómo voy a creer en ese padrón?”, expuso la lideresa interina, según nota de Proceso del 8 de julio.

En el otro extremo, el consejero morenista Alejandro Rojas Díaz-Durán también rechazó el padrón de 3.1 millones, pero por otras razones: según él, el padrón de Gabriel García se queda muy corto, pues durante 2018 y 2019 se habrían afiliado al partido 7 millones de seguidores, a quienes se anotó en formatos, pero no se les entregó una credencial o constancia, porque la afiliación formal se cerró desde finales de 2017.

Así las cosas, el partido en el gobierno –el partido oficial– podría tener 317 mil militantes, 3 millones 100 mil o más de 10 millones, dependiendo de a quién se le quiera creer.

El lío del padrón es vital para Morena, pues se pretende que el 20 de noviembre de este año tome protesta una nueva dirigencia nacional tras un proceso interno que será convocado formalmente el próximo 19 de agosto, para renovar todo: en septiembre, comités municipales y distritales; en octubre, los órganos estatales y en noviembre, los nacionales.

Pero el pleito entre un padrón legítimo y un padrón espurio muestra algo más profundo: que Morena no ha transitado de movimiento a partido político.

En su ascenso vertiginoso al poder, muchos de sus cuadros dirigentes se convirtieron en funcionarios públicos o legisladores. Desde López Obrador, que al asumir la candidatura presidencial dejó a la secretaria general Yeidckol Polevnsky como presidenta en funciones (de eso hace ya año y medio), o como Gabriel García, quien por un “descuido” del partido aún aparece en los registros oficiales que tiene dados de alta el INE en su portal como secretario de Organización en funciones.

Un año y medio después de ganar la Presidencia, la mayoría en las dos Cámaras del Congreso de la Unión, la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, cuatro gubernaturas, la mayoría en 20 congresos estatales y múltiples cargos municipales, Morena no ha pasado por un proceso de renovación de sus órganos de gobierno, de sus estatutos ni de sus padrones.

La “institucionalización” no está en los genes de sus fundadores y sus dirigentes; es más, probablemente ni siquiera quieran dejar de ser “movimiento” y se seguirán resistiendo a ser llamados “partido”.

Lo cierto es que las rencillas internas van en aumento, y está latente el riesgo de dividirse en corrientes o tribus (eso sí está en el ADN de un movimiento formado principalmente por ex militantes del PRD).

Yeidckol Polevnsky, presidenta en funciones; Bertha Luján, presidenta del Consejo Nacional; Mario Delgado, coordinador de los diputados, y Alejandro Rojas, consejero nacional y morenista en rebeldía, ya han levantado la mano para dirigir el partido.

Para que su contienda interna sea legalmente reconocida por las autoridades electorales, deberá sujetarse a sus estatutos, a la convocatoria emitida por sus órganos de gobierno y a la Ley General de Partidos Políticos vigente

Si además quieren que su nueva dirigencia nacional y sus dirigencias municipales y estatales sean legítimas, éstas deberán surgir de procesos democráticos, con reglas claras y un padrón validado por todos. En el entendido de que nadie en Morena querría ver a uno de los suyos encabezando manifestaciones para impugnar el proceso y exigir que se recuente “voto por voto”, militante por militante.

La escena de un dirigente bajando a empujones a un militante de un estrado y de éste respondiendo con una cachetada a su agresor, ocurrida el sábado en un evento de Bertha Luján en Monterrey, no es un buen augurio para la contienda que vendrá en los próximos meses. El riesgo de fractura quedó a la vista. La posibilidad de “perredizarse”, también.

Andrés Manuel López Obrador está muy ocupado como para hacerse cargo, una vez más, de organizar, dirigir y serenar a sus huestes. En el camino de consolidar al partido, sus discípulos deberán avanzar solos y evitar la tentación de replicar el modelo priista de partido-gobierno, con Andrés Manuel como “el primer morenista” del país.

No es un dilema fácil de resolver: ¿podrá el movimiento convertirse en partido?

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Periodista desde 1993. Estudió Comunicación en la UNAM y Periodismo en el Máster de El País. Trabajó en Reforma 25 años como reportero y editor de Enfoque y Revista R. Es maestro en la UNAM y la Ibero. Iba a fundar una banda de rock progresivo, pero el periodismo y la política se interpusieron en el camino.

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