Miguel Covarrubias, un dandy que hacía caricaturas

6 junio, 2026

Covarrubias iba en busca del producto neto, de las culturas a las que tanto admiraba. Iba no sólo como turista, sino por periodos prolongados a vivir y convivir con su gente, con sus costumbres, sus tradiciones, sus danzas y sus vestidos, él iba a conocer su historia, a desentrañar las raíces del sitio donde ponía el ojo

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

Creo que éste es uno de esos libros a los que desafortunadamente se le ha hecho poco caso, tal y como sucedió en México con el espléndido artista Miguel Covarrubias —nacido el 22 de noviembre de 1904 a la 1am—, quien en la década de los veintes alcanzó tremenda popularidad en Estados Unidos luego de haber radicado en Nueva York y trabajado en revistas como Vanity Fair o The New Yorker. De hecho, las caricaturas del entonces joven Covarrubias aparecen ya desde el primer número de la revista cultural The New Yorker, así como en The Limited Editions Club, una colección de libros raros y poco accesibles por tratarse de clásicos de la literatura universal ilustrados de manera original, y que comenzó a circular en 1929; contando con la aportación de sus icónicas y picarescas caricaturas.

Fue Antonio Saborit quien rescató las entrevistas incluidas en este libro que hoy lleva el título Miguel Covarrubias: vida y mundos (Era, 2004; Seix Barral, 2024), realizadas por Elena Poniatowska y publicadas en “México en la Cultura”, suplemento cultural de Novedades —dirigido por Fernando Benítez—, estas entrevistas fueron publicadas originalmente en 4 entregas, entre el 28 de abril y el 19 de mayo de 1957, meses después de la muerte del dibujante. 

Su padre, José Covarrubias, fue un reconocido ingeniero civil, subdirector de Correos de México en 1907 y posteriormente director de la Lotería Nacional, frente a la estatua de El Caballito, mismo edificio donde también llegó a vivir Miguel.

Covarrubias nunca compartió los ideales políticos de los tres grandes. Orozco, Rivera y Siqueiros eran harina de otro costal, simplemente no había compatibilidad de pensamiento, mas eso no impidió que hubiera cierta cercanía con Diego Rivera, Frida Kahlo, Man Ray, Andrés Henestrosa, Dolores del Río, Angelina Beloff o Henri Matisse, por ejemplo.

A Nueva York llegó Covarrubias para convertirse en un simpático y talentoso dandy que de buenas a primeras hizo clic con la audiencia cosmopolita de Nueva York, quien rápidamente aceptó su creatividad a través de sus caricaturas.

Vivió con Adolfo Best Maugard, inventor del Método de Dibujo que lleva su nombre, y fue gracias a él que conoció a Rosa Rolando, bailarina, actriz y fotógrafa, quien se convertiría en futura pareja y acompañante de viajes del “Chamaco” Covarrubias. Nueva York, Bali, Oaxaca; juntos recorrieron México, Estados Unidos, África y Asia.

Quienes lo conocieron, dicen que Covarrubias tuvo don de gentes, que tartamudeaba, que era muy irónico, humilde, apasionado en todo lo concerniente a África, Asia y el México precolombino. De familia adinerada, fue un caricaturista innato, el dibujo fue lo que lo hizo destacar —sin haber corrido con la misma suerte en la pintura—, con sus trazos logró darle a sus lienzos una profundidad que ni con plastas de pintura, los pintores lograron alcanzar.

Para Covarrubias todo giraba en torno a la ironía. Lograba capturar y cautivar con aparentemente simples líneas la humanidad, la peculiaridad, el ridículo de sus retratados, lo que muchos pintores no lograban. En México el caricaturista suele pertenecer a una categoría menor en contraposición con la del pintor. Gran error. Un buen pintor figurativo es antes un gran dibujante. Covarrubias, al trabajar todo su empeño en sus dibujos negociados con dos de las revistas más aclamadas de Nueva York, pronto lo llevaron a ser uno de los protagonistas de los círculos artísticos e intelectuales del momento. Dicen que Josephine Baker no hubiera sido nadie de no haber sido por la ayuda que Covarrubias le brindó al introducirla con los protagonistas del espectáculo en Nueva York.

Se le atribuye a Covarrubias ser el responsable de introducir a la gente negra a círculos de gente blanca, o más bien, de llevar a la gente blanca al mundo de los negros, el dibujante se interesó profundamente, gracias a su relación con el Harlem Renaissance, en la cultura africana, y eventualmente, llevando el interés a un grado de estudio etnológico y antropológico. Comenzó en Harlem, haciendo espléndidos retratos de la población negra, en las calles, en los bares de jazz, en los parques, en las fiestas. 

Fue muy conocido en los Estados Unidos también por las ilustraciones de libros, él mismo escribió libros, la mayoría de ellos en inglés, todos editados por Alfred A. Knopf, rotundos éxitos editoriales en los Estados Unidos y a la vez mismos libros completamente desconocidos en su país. Muchos de ellos exclusivamente de dibujos; muchos otros, sobre todo los últimos, ya con interpretaciones de tipo antropológico. Poco a poco, a su salida de Nueva York, fue dejando el dibujo y la pintura, para acercarse más a los estudios formales y sociológicos de las comunidades que le interesaban, siempre de estos tres continentes: América, África, Asia. Ése era su mundo.

Una cualidad que lo volvía único era el que Covarrubias iba, por así decirlo, en busca del producto neto, de las culturas a las que tanto admiraba. Viajaba pero no sólo como turista, sino por periodos prolongados a vivir y convivir con su gente, con sus costumbres, sus tradiciones, sus danzas y sus vestidos, él iba a conocer su historia, a desentrañar las raíces del sitio donde ponía el ojo; todo eso se volvía parte de su cotidianidad, lo cual pronto registró a manera de bocetos, dibujos en tinta, series al óleo y acuarelas, mientras su esposa, Rosa Rolando, ilustraba con fotografías a Covarrubias, aunque en sí misma ella también era una artista, una fotógrafa y bailarina, a la manera de Tina Modotti con Edward Weston, ambas tenían a su cómplice eterno, en el amor y en los intereses estéticos.

Al leer este libro conocemos a mayor profundidad a Covarrubias, su papel en el teatro como escenógrafo, el motor que le significaron las distintas culturas en su quehacer artístico, sus amistades, sus relaciones sociales.

Conformado por doce entrevistas de amigos, amores, mentores, editores, así como por ilustraciones de sus dibujos, pinturas y fotografías del artista, este libro vale la pena por ser una mirada hacia uno de los grandes artistas plásticos mexicanos y uno de los menos valorados de su tiempo en México, mientras en México muy pocos lo conocían, en Estados Unidos todos consumían su obra, ya sea en revistas como caricaturista, o en libros como ilustrador, o al fondo de una escenografía, en una obra de teatro de corte fantástico en Broadway.

Decían sus amistades que siempre fue malo para las indicaciones médicas. Muere Miguel Covarrubias en la Ciudad de México el 5 de febrero de 1957 a las 3:45pm a causa de una perforación de úlcera.

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everaceves5@gmail.com

Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.