Un cuento que se anida en una taquería, en medio de la efervescencia ocasionada por el Mundial, junto a la esperanza de ver al equipo mexicano triunfar y las ilusiones de ver a uno de sus delanteros hacer su aparición en la cancha
Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves
Con un peluche en la mano, llega Silvia de prisa a la taquería, abarrotada de comensales con playeras verdes, negras y dos que tres playeras blancas, las mismas que las playeras deportivas de la selección tricolor. Todos entusiasmados con la mirada puesta en las tres grandes pantallas, porque en unos minutos empieza el tan esperado partido.
—Yo tengo la esperanza de que vamos a ganar —afirma una comensal, que con experimentada mano y sin despegar la vista del televisor, surte de salsa verde los tres tacos de bistec sobre su plato.
—Pues México trae muy buena racha, ya ves cómo todos los ha ganado —remata su marido.
—Sí, pero resulta que hoy le tocó jugar con el equipo sorpresa. Ya ves que en cada mundial hay un equipo sorpresa.
—Eso sí. Esos equipos que en mundiales pasados a duras penas lograban brincar la primera ronda eliminatoria, pero luego, al siguiente campeonato, en un abrir y cerrar de ojos son los que terminan ganando.
Silvia escucha las pláticas entre los comensales atentos a las pantallas y uno que otro eructo, mientras termina de anudar su mandil por detrás de la cintura. Se asegura de meter en la bolsa del mandil una libretita y un bolígrafo azul, donde anota puntual y ágilmente los pedidos de cada mesa.
Agustina, la mesera de más edad, se acerca a Silvia, su mejor amiga del trabajo.
—¿Y ahora ese ganso que traes, manita? —le pregunta Agustina sobre el peluche que no ha soltado Silvia desde que llegó.
—No, manita, si no es un ganso, es un pato, ¡es el Pato Merlín! En el camino lo compré allí afuera del metro, porque le gusta mucho a mi sobrino y seguro le va a encantar, se lo voy a dar al rato que lo vea en la casa. Ay mira qué bonita su playera de la selección, ¿verdad?
Agustina se conforma al encontrar al peluche enternecedor.
—…déjame ir a guardarlo a la bodega porque se me vaya a manchar aquí.
Tras dejar al peluche en el cuarto trasero, entre mochilas y chamarras de los demás meseros, la patrona aborda a Silvia.
—Qué bueno que llegaste temprano, Silvita, porque ya ves que, bendito sea Dios, cuando toca partido tenemos casa llena. A ver si le dices a ese grupo de señores en la entrada que te esperen tantito, que al fin todavía no empieza el himno porque viene retrasado el juego, que ya en cinco minutos se nos desocupa una mesa, se ve que los de la trece ya están alistándose para irse.
Silvia sigue las indicaciones de su patrona y le indica al grupo de señores recién llegados que nada más limpia la mesa y los pasa. Los señores asienten con la cabeza, con más atención a la televisión que a Silvia.
Con paso apretado se acerca Agustina a su joven amiga para preguntar si puede ayudarle con las mesas nueve y doce, porque se ve que quieren pedir más.
—…nada más que ya me urge ir al baño, ahí te los encargo rápido, ¿sí? No me tardo nada —dice Agustina desamarrándose el mandil.
—Sí manita, yo voy a pedirles la orden, tú ve al baño, no te apures.
Tras anotar el pedido de las mesas nueve y doce, Silvia corre a dejar el pedido que arranca de su libreta para ir a dejarlo a la cocina. Uno de los cocineros, apurado, se acerca el papel con la nueva orden, que al devolverlo a su sitio lo deja manchado con el aceite de su huella pulgar, mientras se dice en voz baja: “2 de pastor, 4 de bistec, 3 de longaniza, los de pastor c/ mucha piña”.
Silvia para entonces ya limpió la mesa de los que recién se fueron. Se dirige a la entrada para indicar a los señores que ya pueden pasar, con paso eficiente se adelanta y deja las cartas del menú sobre la mesa.
Agustina se tardó más de lo esperado en el baño, pero al fin sale. Comienza a escucharse el himno nacional mexicano en los televisores. La patrona, con la frente brillosa, brevemente se recarga en la entrada de la cocina. Atenta y llena de patriótico orgullo, fija su mirada en la pantalla como el resto de los comensales que, entre serios y nerviosos, cantan hacia sus adentros el himno nacional, no sin dejar de acordarse de los lunes de ceremonia en la primaria, muy bien peinados y uniformados y, por supuesto, del desfile de la asta bandera, “Paso redoblado a la derecha, ¡YA!”
—Ay qué barbaridad, Silvia, es que no hay palabras para describir todo lo que siento al cantar el himno —suspira Agustina con la mano en el corazón—, cuánto orgullo siento por mi país.
—Es muy bonito nuestro himno, Agustina, dicen que es el más bonito del mundo, y yo sí lo creo. Aparte a los demás ni les entiendo. Pero fuera de eso, yo también estoy muy orgullosa de mi país, por todo esto del ávaro patrio y que el águila sobre el nopal —afirma Silvia mientras se sientan en dos sillitas acolchonadas, donde suelen descansar cuando no hay pedidos que atender—, y por cierto, ¿por qué será que le llaman el ávaro patrio, manita?
—Pues ya ves que luego usan palabras medio extrañas en el himno y en todo esto de la madre patria —responde Agustina escuchando atentamente el himno nacional en la televisión.
—Sí, pues sí.
—Qué buenos se han puesto los partidos de México, ¿verdad?
—Uy sí, ¡cómo me encanta verlos! —responde Silvia sonriente.
—Sí, eso que ni qué, es muy bonito esto de los partidos, porque todos los mexicanos nos volvemos como familia. Ahora sí que esto no pasa ni en las elecciones presidenciales: siempre hay descontentos y enojados. Pero, en cambio, cuando México juega, ahí sí todos nos unimos, y si gana, todos lo celebramos, lo festejamos y parejo. Además, si te das cuenta, en cuanto comienza el partido baja un poquito el trabajo, la gente está más concentrada en el partido que en la comedera —le susurra Agustina haciendo girar la punta de su pie como rombo de madera, a manera de masaje.
—¡Ay mira!, ¡¡ahí está el Hormiga González!! —le dice exaltada Silvia a su amiga—, ay pero qué guapo es, qué chulo se ve cantando el himno. Vas a ver cómo hoy sí mete su gol, mi campeón.
—Pero si bien que te gusta, ¿verdad?
—¿¡Pues qué a ti no!?
—Bueno, sí, no te voy a negar que sí está guapo el muchacho.
—Guapo y bien ponchado, manita. Está bien fuerte. ¿No has visto las fotos que le tomaron apenas?
—Fíjate que ayer me las estaba enseñando mi hija. Pero, así como lo ves, me dice que es la famosa inteligencia artificial, ¿tú crees? Aunque sí se ve muy bien el joven.
—Ah claro que se ve muy bien —dice Silvia envolviéndose un puño con el otro.
—Pues cómo no se va a ver bien, si sale enseñando casi todos los músculos del cuerpo en esas fotos, deja muy poco a la imaginación. Pero te digo que me dijo mi hija que es la dichosa inteligencia artificial, o sea que una computadora es la que hace esas fotos tan provocadoras, algo así me dijo.
—Pues serán lo que serán esas fotos, Agustina, pero lo que no es artificial son mis sentimientos hacia él, esas sí que son de verdad, yo lo siento aquí, en el pecho y hasta en el estómago, manita. Yo sí que siento algo muy profundo por el Hormiga González, es un gran jugador.
—Pues jugará muy bien pero en la banca, manita, porque nomás no veo que lo saquen a la cancha.
—…desde que vi esa sesión de fotos que le tomaron, me di cuenta de que sí lo quiero bien. El Hormiga es mi héroe —agrega Silvia mientras va cerrando el himno nacional.
—Se ve que tú eres bien enamoradiza, muchacha.
—Pues es que cómo no lo voy a ser, míralo bien, hasta tiene sus chapitas naturales, parece como que está ruborizado, eso lo hace ver más guapo todavía. Yo creo si mete gol más vivas se le van a ver, por la emoción.
—Sí, pues ojalá y pronto lo metan a la cancha, para que siquiera toque la pelota.
—Hasta donde sé, creo que al Hormiga González le gustan las caricaturas chinas, algo de eso de las ánimas, que el Pokemón, el Drágon Bol, el Naruto. Yo creo se ha de haber puesto un poco triste cuando le ganamos a Corea, ¿no? —sugiere Silvia a Agustina, sin despegar la mirada del televisor.
—Ey, sí. Sentimiento agridulce habrá tenido. Pues ojalá y lo metan pronto a la cancha, al menos para que lo veas.
—Pues sí porque se lo merece, te digo que es muy buen jugador.
—Ah qué muchacha tan enamorada, hombre.
—Pues es que sí me dejó bien pendeja, manita —afirma Silvia con la mirada cabizbaja, cuando se oye a través de la televisión “¡No están solos! ¡No están solos! ¡No están solos!”, y enseguida el silbato del árbitro para dar inicio al partido.
Silvia busca al Hormiga González en la pantalla, sin correr con suerte.
—De que es guapo, es guapo —afirma Agustina—. Y es que, bueno, cómo han cambiado los tiempos. Yo a tu edad, por ejemplo, me desvivía pero por el Jorge Campos.
—¿Por el qué? —pregunta Silvia.
—El Jorge Campos. Ya ves qué guapo era. A lo mejor a ti ya no te tocó. No, yo creo que tú ni habías nacido o estabas muy chamaca en aquel entonces, pero vieras qué gran jugador era él, era buenísimo en la cancha. Y ése, para que veas, es más mi tipo: muy guapo: moreno, fuerte, costeño y de Acapulco, con su cabello negro y cortito, muy serio era él, pero nomás de lejos, porque ya lo he escuchado como comentarista, ¡y vieras qué bromista es! Me cae muy bien ese Jorge Campos.
—¿O sea que también es comentarista?
—Después de retirarse, le entró como comentarista de partidos. Pero vieras qué bonitos trajes tenía en aquel entonces, cuando jugaba, esos sí que eran trajes de verdad, sus trajes de portero tan coloridos, tan bonitos, muy en la onda. De hecho él mismo los diseñaba, él elegía los colores, los estampados y la forma de su uniforme, muy al estilo de la playa, de la costa, se inspiraba en las tablas de surf, su traje era muy holgado, muy bonito, para aventarse bien padre en la portería. Jorge Campos, para que veas, ése sí era un héroe, porque, además de portero, también metía sus propios goles. Yo me acuerdo que una vez lo vi en un partido, en la tele, se salió muy encanijado de su lugar porque creo iba perdiendo su equipo, y que se va desde su portería hasta la portería del oponente, ¡y él solito metió tremendo gol! ¿Cuándo se había visto eso, a ver dime? —comentaba Agustina entusiasmada mientras recreaba aquel gol con las manos.
—Y supongo que él fue antes de Ochoa…
—Ah claro, jugó desde mucho antes, pero en los Pumas. El Ochoa también tenía lo suyo, pero ese no me gustaba tanto y no porque no fuera guapo, hasta la fecha lo sigue siendo. Nada más no me gustaba porque jugaba en el América.
A lo lejos, en la mesa siete, uno de los comensales levanta la mano.
—Mira, Silvia, aquel de la siete tiene cara de que aún no se llena.
—Yo voy, manita, tú sigue viendo el juego —le dice Silvia a su amiga Agustina, quien discretamente se soba la rodilla.
Silvia se dirige pensativa hacia la mesa siete, voltea de reojo a la pantalla, en espera de que al camarógrafo se le ocurra apuntar hacia la banca, a ver si de pura casualidad enfoca a Armando, el Hormiga González. “¿Será que lo saquen de la banca para que juegue en la cancha? Por lo avanzado que ya va el juego, no creo, pero… ¿y si sí?”.
X: @EvoletAceves
Instagram: @evoletaceves
everaceves5@gmail.com
Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.
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