24 enero, 2026

Un informe de la ONU alerta de que el mundo ha alcanzado un punto de no retorno en la crisis del agua, una «bancarrota hídrica» irreversible. México figura entre los países con mayor insolvencia, donde la sobreexplotación de acuíferos y la contaminación han llevado al colapso a regiones enteras, hundiendo literalmente su futuro
Texto: Andrea Amaya
Foto: Duilio Rodríguez / Archivo Pie de Página
CIUDAD DE MÉXICO. – El trabajo realizado por el Instituto del Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) marca un cambio paradigmático, pues sostiene que el mundo ya no solo está en una crisis de agua, sino en un punto de no retorno y quiebre hídrico global.
El documento subraya que el 75 % de la población mundial reside en países con escasez o inseguridad hídrica; la crisis se agrava con los 2 mil millones de personas que habitan sobre terrenos en proceso de hundimiento debido a la sobreexplotación de aguas subterráneas. Esta presión sobre los recursos se refleja en que más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando y en que, en tan solo cincuenta años, se han perdido humedales cuya extensión total equivale a la superficie de la Unión Europea.
El epicentro de este colapso es la agricultura, que consume el 70 % del agua dulce; de modo que, cuando los cultivos se secan en una región, la escasez se propaga a través del aumento en los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando las economías.
Ante esto, Kaveh Madani, autor principal de este informe, explica que este resultado es como una factura que no podremos saldar:
«Muchas regiones han vivido muy por encima de sus posibilidades hidrológicas. Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito. El saldo ya es negativo».
El informe evidencia la gravedad del colapso hídrico global a través de casos críticos como el calentamiento letal de ecosistemas en la Amazonía, donde las temperaturas alcanzaron los 41 °C, y la desaparición de caudales en ríos como el Indo, el Amarillo y el Tigris-Éufrates, que se secan antes de llegar al mar. Sin embargo, uno de los efectos más alarmantes de esta crisis es la extracción desmedida de agua subterránea que provoca el hundimiento de diversas regiones, destacando especialmente el caso de la Ciudad de México, que junto a ciudades como Rafsanjan y Tulare pierde varios centímetros de altura cada año en un proceso de subsidencia que pone en riesgo su infraestructura y futuro.
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Además, posiciona a México en una situación de extrema vulnerabilidad, calificándolo como uno de los países con los niveles más críticos de insolvencia hídrica a nivel mundial.
Esta crisis se debe a una combinación peligrosa de factores: por un lado, el agotamiento acelerado de sus reservas, con más de la mitad de los acuíferos nacionales siendo explotados a un ritmo superior a su capacidad de recarga natural; por otro, una degradación severa de la calidad del recurso, donde la mayor parte del agua superficial presenta altos niveles de contaminación derivados de desechos industriales y un sistema deficiente de tratamiento de aguas residuales.
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Y señala que las zonas agrícolas del norte y centro de México están en una situación de «estrés hídrico extremo».
El documento sugiere que la persistente dependencia de cultivos que requieren grandes volúmenes de agua en estas regiones áridas está provocando el colapso de las economías rurales, un fenómeno que no solo colapsa la producción local, sino que amenaza con disparar la migración forzada por causas climáticas ante la falta de alternativas para la subsistencia.
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Asimismo, alude a que México es un foco rojo de posibles conflictos sociales por el agua, pues destaca las tensiones entre el uso humano, el uso agrícola y el uso industrial (específicamente la industria de bebidas y manufactura), apuntando que la falta de una gestión equitativa está erosionando la estabilidad social en varias regiones del país.
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