Memorias y obsesiones literarias de Gonzalo Celorio

17 febrero, 2024

Este es un ensayo sobre Mentideros de la memoria (Tusquets, 2023), el libro de Gonzalo Celorio, que ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 2023

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

“La lengua no sólo nos permite la comunicación, sino que configura nuestro pensamiento, nuestra sensibilidad, nuestra visión del mundo. La lengua de algún modo nos crea, nos conforma, nos define”.[1]

Gonzalo Celorio

Esta cita la extraigo de Mentideros de la memoria (Tusquets, 2022), la más reciente obra publicada por el escritor mexicano Gonzalo Celorio, quien también es el actual director de la Academia Mexicana de la Lengua y cuyo libro fue merecedor del Premio Xavier Villaurrutia en su más reciente edición.

El contenido de este libro me recuerda al libro autobiográfico de Homero Aridjis, Los peones son el alma del juego (Alfaguara, 2021), autor que también fue ganador, décadas atrás, del mismo premio. En esa novela, perfectamente narrada, Homero Aridjis rememora sus años de juventud y sus inicios en la escritura, y habla sobre su íntima amistad con figuras de la literatura y cultura de México en el siglo XX, entre quienes resuenan nombres como Juan José Arreola, Juan Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro, Archibaldo Burns, Nahui Olin, Amparo Dávila, Guadalupe Amor, Elena Poniatowska, por mencionar algunos.

Aunque, a diferencia de Celorio, Aridjis optó por la autoficción. En la entrevista que sostuvimos en 2022, Homero Aridjis me dijo: “En términos generales, yo quise hacer una autoficción, no quise hacer una autobiografía […] Pero también me propuse, como regla, evitar la hipocresía, la solemnidad y el falso pudor, esas cosas siempre me han chocado de la cultura mexicana”.[2]

Vuelvo a Mentideros de la memoria. Este libro es una introspección autobiográfica de Celorio y, al mismo tiempo, una invitación a sus memorias, como también a sus obsesiones literarias. Dividido en veinte capítulos, condensa vivencias relevantes en la vida del autor en relación con la escritura y con escritores, pero también hay narraciones de sus viajes a Europa y Sudamérica.

Entre las figuras con quien Celorio relata momentos compartidos, aparecen Jaime Sabines (hijo) —con quien forjó una íntima amistad—, Juan José Arreola, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Eliseo Diego y Dulce María Loynaz, Augusto Monterroso, Gabriel García Márquez, Luis Rius o Umberto Eco, pero también políticos como Luis Echeverría y Vicente Fox.

En el caso de este último, Celorio revela la incompetencia del entonces presidente para pronunciar correctamente, durante la lectura de un discurso, el nombre del escritor argentino, confundiendo a Jorge Luis Borges con un imperdonable “José Luis Borgues”,[3] error que la amplia audiencia le adjudicó no a Fox sino al autor del texto: Gonzalo Celorio, quien escribe sobre “el tremebundo error que había cometido Fox en su lectura y que revelaba su deplorable ignorancia”,[4] situación a la que terminó por atribuírsele el despido de Celorio de la dirección del Fondo de Cultura Económica, ocurrido poco tiempo después del bochornoso evento.

Al inicio del libro, Celorio describe la estrecha relación de amistad que tuvo con Sabines hijo, también relata el fin de su vida: “Se había suicidado. Había ido con unos amigos a una comida en Cuernavaca, en la que bebió mucho. De regreso, completamente borracho, sentado en el lugar del copiloto del coche, decidió abrir la portezuela y lanzarse al pavimento, donde fue arrollado de inmediato por un autobús”.[5] Pero Celorio también deja entrever la inagotable inteligencia de Arreola, quien, pese a que no fue su amigo íntimo, sí fue su profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y, dice, hablaba como escribía. Años después, cuando Celorio ocupó brevemente el puesto de gerente cultural en Canal 13, pasaría a ser el hipotético jefe de Arreola.

Luego de este empleo, Celorio llegó a la dirección del Fondo de Cultura Económica. Comenta que gracias a Antonio Alatorre fue que se inventó la magnífica colección Breviarios, dato que me parece interesante dada la relevancia de esta colección de carácter universal, tan importante en la difusión del pensamiento filosófico, histórico y científico internacional. Por aquel entonces, Orso Arreola, hijo de Juan José Arreola, le regaló a Celorio una carta de Julio Cortázar a Arreola —y no puedo dejar de pensar en Amparo Dávila, quien también mucho celaba las cartas de Cortázar—, en la cual hay una interpretación fenomenal que el argentino le comparte a Arreola en torno al cuento y la novela: “Califica como una ‘burrada sin perdón, creer que un cuento, que es el diamante puro, puede confundirse con la larga operación de encontrar diamantes, que eso es la novela’”.[6] Cabe mencionar que Gonzalo Celorio es un gran lector de Cortázar, es, de hecho, su escritor predilecto.

Escribe sobre las similitudes entre Borges y Arreola, el gusto mutuo por la literatura como referente primordial, así como la brevedad en ambas escrituras. También conoció a Juan Rulfo, a quien “El nombre de Cortázar le desató una verborrea […] Nescafé tras Nescafé, cigarrito tras cigarrito, Rulfo me habló de su aprecio por los cuentos de Cortázar, el escritor que más admiraba del llamado boom de la novela latinoamericana […] me habló largo, no de la literatura argentina, como yo lo habría esperado, sino de la brasileña, muy en particular de la obra de Clarice Lispector, por quien tenía particular devoción”[7], y también le habló sobre la influencia que tuvieron sobre él los escritores italianos Alberto Moravia, Dino Buzzati, Natalia Ginzburg, Italo Calvino, Cesare Pavese y Pier Paolo Pasolini; los estadounidenses William Faulkner y John Steinbeck, así como, sorprendentemente, Jack Kerouac y Allen Ginsberg, de la generación beatnik. En este apartado, Celorio omite los nombres de los escritores mexicanos a quienes Rulfo descalificó, ojalá en algún momento ahonde al respecto, yo creo que es de interés literario e histórico saber este dato.

También da a conocer el recelo que le causó a Rulfo el hecho de haber leído, una vez terminada la novela Pedro Páramo (Fondo de Cultura Económica, 1955) y previa a su publicación, la novela La amortajada (1938) de la escritora chilena María Luisa Bombal —quien se anticipó por décadas al realismo mágico, y quien, por cierto, es realmente la primera en escribir el tan aclamado realismo mágico en Latinoamérica, adelantándose también a Elena Garro. Al leerlo, hubo un cambio repentino en la trama de la novela de Rulfo, quien decidió cambiar de protagonista, pues inicialmente la protagonista era Susana San Juan, pero al leer La amortajada, súbitamente decidió que el protagonista sería Juan Preciado, cuenta Celorio.

Autonombrado escritor tardío, Celorio escribió su primera novela a la edad de cuarenta y dos años, Amor propio (Tusquets, 1992). Al año siguiente, en Madrid, conocería a Beatriz de Moura, directora de la editorial Tusquets, de quien comenta haberse emocionado mucho por conocerla en persona: “la brasileña que en medio de la noche franquista había fundado en Barcelona una editorial de vanguardia, que acogió a escritores tan prominentes como Czesław Miłosz, Milan Kundera (traducido al español por la propia Beatriz), Italo Calvino, Marguerite Duras o Sergio Pitol. Todavía no podía creer que le hubiera gustado mi novela y que estuviera dispuesta a publicarla en la colección Andanzas […] a lo largo de mi carrera he publicado prácticamente todos mis libros bajo ese prestigioso sello editorial, que ha podido mantener, a pesar de su adscripción al gigantesco consorcio editorial Planeta, los criterios de calidad y pertenencia que adoptó Beatriz desde que lo fundó hace más de cincuenta años y que, como ella misma dice, nunca le ha dado al lector gato por liebre”.[8]

“la infancia es la zona más intransigente de la vida, la que no hace concesiones, la que más experimenta, la que más se recuerda, la que más fija el corazón”[9], dice Gonzalo Celorio en este libro que bien puede ser leído como memoria, pero en el que hay también una presencia ensayística —ensayo personal—: “Antes de la llegada de los españoles, nuestra América era un mosaico de muy diversas culturas, algunas ciertamente desarrolladas, con múltiples y muy variadas lenguas, pero sin una identidad común ni una lingua franca”.[10] Lo que me lleva a pensar en las repetidas reflexiones en torno a la intrínseca relación de Celorio con el español, con la lengua escrita, como es de suponerse en quien ocupa el cargo directivo de la Academia Mexicana de la Lengua —por segunda ocasión, pues su primer periodo comprendió del 2019 al 2023, año en el que fue reelegido por unanimidad para ocupar el cargo hasta 2027.

En más de una ocasión hace alusión al español de México, sobre todo al final del libro. En un momento dado, condensa la influencia del náhuatl en relación directa con el uso constante del diminutivo y la súplica en el habla del mexicano: “[el] español hablado en México, abigarrado de diminutivos, eufemismos, posesivos, perífrasis y un tono siempre suplicante, proveniente del sustrato náhuatl, pero también de la condición provinciana y subordinada de los criollos durante el Virreinato”,[11] reflexión que rescato dada su relevancia cultural y que evidencia la realidad histórica del lenguaje cotidiano, del lenguaje que se escucha por las calles de pueblos y ciudades de México.

Cito un fragmento del discurso que Gonzalo Celorio escribió para Vicente Fox —mencionado brevemente al inicio de este texto—, el cual es un discurso realmente entrañable, en el que el autor de Mentideros de la memoria reflexiona acerca de distintas variables de la lengua española analizadas detenidamente, asimismo, también argumenta la plasticidad de la lengua en hermandad o conciliación con otras lenguas, a manera de una globalización de las lenguas que conlleva hablar más de una, dejando palpable, por ende, la obsolescencia del monolingüismo: “El país en el que la lengua española cuenta con el mayor número de hablantes es México. Una cuarta parte de quienes hablan español vive ahí. Y como si esto fuera poco, los mexicanos que por diversas razones han emigrado a los Estados Unidos en general siguen manteniendo viva su lengua primigenia […] Cuando miramos el mapa de nuestro mundo cambiante, podemos constatar que hoy por hoy el monolingüismo ya no es la condición natural de muy buena parte de los habitantes del planeta. En América, Asia, África y Europa viven hombres y mujeres que transitan cotidianamente de una lengua a otra y que, por ello, amplían el espectro de su cultura y, al entender mejor al otro, se entienden mejor a sí mismos”.[12]

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[1] Celorio, Gonzalo. Mentideros de la memoria. 1 ed., Tusquets, 2022, p. 230.

[2] Aceves, Évolet. «“Me propuse en este libro la no censura”: Homero Aridjis.» Pie de Página, 1 May 2022, piedepagina.mx/me-propuse-en-este-libro-la-no-censura-homero-aridjis/.

[3] Op. Cit., Celorio, Gonzalo., p. 230.

[4] Ibid., p.231.

[5] Ibid., p. 20.

[6] Ibid., p. 28.

[7] Ibid., p. 67.

[8] Ibid., p. 106.

[9] Ibid., p. 221.

[10] Ibid., p. 232.

[11] Ibid., p. 238.

[12] Ibid., p. 233-234.

Évolet Aceves escribe poesía, cuento, novela, ensayo, crónica y entrevistas a personajes del mundo cultural. Además de escritora, es psicóloga, periodista cultural y fotógrafa. Estudió en México y Polonia. Autora de Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Desde 2022 escribe su columna Jardín de Espejos en Pie de Página. Ha colaborado en revistas, semanarios y suplementos culturales, como: Pie de Página, Nexos, Replicante, La Lengua de Sor Juana, Praxis, El Cultural (La Razón), Este País, entre otros. Fue galardonada en el Certamen de ensayo Jesús Reyes Heroles (Universidad Veracruzana y Revista Praxis, 2021). Ha realizado dos exposiciones fotográficas individuales. Trabajó en Capgemini, Amazon y Microsoft. Actualmente estudia un posgrado en la Universidad de Nuevo México (Albuquerque, Estados Unidos), donde radica. Esteta y transfeminista.