“Me propuse en este libro la no censura”: Homero Aridjis

1 mayo, 2022

Homero Aridjis sentado en su sala Fotografía: Ever Aceves

Homero Aridjis habla de su más reciente novela, Los peones son el alma del juego, así como de datos nunca antes dichos acerca de artistas y escritores representativos de la cultura mexicana en el siglo XX; la no censura como principio fundamental en la escritura. “Los libros se pegan a la personalidad mientras se escriben”, dicen en entrevista

Texto: Ever Aceves

Fotos: Ever Aceves y cortesía de la familia Aridjis

Alex percibía presencias extrañas,

las cuales le hacían creer que nunca estamos realmente solos,

pues siempre hay ojos visibles o invisibles observándonos
Homero Aridjis

CIUDAD DE MÉXICO.- De ascendencia griega y mexicana, Homero Aridjis, a sus casi 82 años, es autor de más de cincuenta libros de poesía, novela y cuento, y muchas más antologías en las que aparece incluido. Poeta, narrador, ambientalista, ajedrecista y diplomático, ha sido el escritor más joven, hasta la fecha, galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia por el poemario erótico Mirándola dormir (1964) —a la edad de 24 años—, entre muchos otros premios y reconocimientos más, nacionales e internacionales. Su obra ha sido traducida a quince idiomas.

Exembajador de México en Países Bajos, Suiza y la UNESCO; figura imprescindible de la cultura y la literatura mexicana. Su más reciente novela, Los peones son el alma del juego, empezó siendo una especie de diario, el cual contenía anotaciones de recuerdos. Terminó por convertirse en una novela de autoficción de 403 páginas, con una prosa fluida y con uso recurrente de escenarios y narraciones fantásticas, la cual revela la vida cultural en México durante el siglo XX, alejándose de “la hipocresía, la solemnidad y el falso pudor”, en palabras de Aridjis, por lo que se mencionan datos poco conocidos, acaso íntimos, pero igualmente complementarios para tener un entendimiento, una visión holística de los protagonistas de la cultura mexicana a través de una escritura experimentada como la de Homero Aridjis.

Homero y Betty Aridjis cuando se conocieron en 1965 Fotografía: Cortesía de la familia Aridjis

Homero y Betty Aridjis cuando se conocieron
Fotografía: Cortesía de la familia Aridjis

Su casa es grande en extensión y altura. Las paredes de un color marrón oscuro —tal vez vino— contrastan con la luz del atardecer resplandeciente; una colonia alejada de ruidos viales. Toqué el timbre mientras observaba los arbustos que sobresalían, asomándose por encima de los muros, salpimentando la fachada.

Las paredes de las casas alrededor estaban igualmente pobladas de plantas, algunas no dejaban ver el mínimo vislumbre de la pared. Más bien, eran paredes de un esplendoroso follaje.

Homero Aridjis en su casa y una escultura de Leonora Carrington al fondo
Fotografía: Ever Aceves

Lo primero que saltó a mi vista fue la escultura movible de Leonora Carrington, Cómo hace el pequeño cocodrilo, la misma que se encuentra —a una escala mayor y estática— ubicada en Paseo de la Reforma desde 2006. 

Me hallaba en una sala amplia, con piso, chimenea y escaleras de madera, un librero debajo de las escaleras. Al fondo se veía un jardín. La sala estaba compuesta, además de las paredes blanquísimas, por una pequeña y alargada mesa de madera, un sillón para tres personas color azul rey, y otros dos individuales colocados frente a un televisor, como si dos fantasmas estuvieran viéndola. En una de las paredes de la sala había máscaras simétricamente colocadas sobre la pared. Rostros que parecieron escuchar atentamente nuestra incipiente conversación.

Una vez acomodados, el también asiduo colaborador de La Jornada, Reforma y El Universal, me lanzó una interrogación.

—¿Cree que el gobierno actual lleva por buen camino a la cultura?

Mientras estructuraba mi respuesta, comenzó a darme su punto de vista, radicalmente opuesto al gobierno en curso. 

“El macho mexicano es un hipócrita”

Homero Aridjis en Chapultepec 1959-60. Fotografía: Cortesía de la familia Aridjis

—¿Qué diferencias nota entre el México del siglo XX, como el que describe en su última novela, Los peones son el alma del juego (2021), y el México contemporáneo?

—La ciudad de México vivió un momento irrepetible en términos de ciudad. Fue antes de los ejes viales. Tuvimos un atila, que fue Carlos Hank González. Desde ese entonces, ninguno de los jefes de gobierno se ocupa de la ciudad en términos ambientales. Esa ciudad que yo describo, que yo viví, que caminé, era una ciudad muy cosmopolita. Era la ciudad más interesante culturalmente, socialmente, ambientalmente —de habla española. Todo escritor e intelectual latinoamericano, como Álvaro Mutis, Tito Monterroso —muchos latinoamericanos—, venían a vivir a la Ciudad de México, era una ciudad casi de refugio, muy cosmopolita; había cineastas, obras de teatro. Jodorowsky era chileno e hizo mucho por el teatro en México. Directores locales como Juan Ibáñez, Juan José Gurrola; había mucha actividad cultural, y ahora, cero.

—¿A qué cree que se deba?

—A la ignorancia y la estupidez de los gobernantes […]. Es una ciudad y un país en donde asesinan a las mujeres. Es un horror lo que pasa con las mujeres, en lugar de integrarlas, porque son un gran aporte para la cultura y para la sociedad, son víctimas de gánsteres, de canallas que las matan. Yo he hecho una declaración en medios, en periódicos y radio, y no me la han recogido, he dicho yo: el macho mexicano es un hipócrita, dice adorar a su madre, pero realmente la odia, odia a su hermana, odia a su hija, odia a su pareja, porque odia a la mujer; nació del vientre materno, pero lo odia, así como a todo lo que representa lo femenino. Es un hipócrita, el macho mexicano está educado al nivel más bajo.

“La literatura mexicana, como la conocemos ahora, fue casi fundada en los años cincuenta, por el Fondo de Cultura Económica”.

—Por Daniel Cosío Villegas.

—Cosío Villegas, sí, una figura cultural de primer orden, y luego tuvo directores y editores históricos como [Arnaldo] Orfila Reynal, [Enrique] Díez Canedo, muchos refugiados españoles. Muchos trabajaron en el Fondo, incluso Arreola. Y fue el tiempo en el que se dio la literatura mexicana como la conocemos ahora, tanto Ocatvio Paz, Rulfo, Arreola, Luis Spota, muchos cuentistas, novelistas y poetas se dieron en esa época, en los años cincuenta. En los comienzos de mi novela [Los peones son el alma del juego] aparecen estos escritores mexicanos de esta oleada contemporánea; había habido antes grupos con los Contemporáneos, pero la literatura mexicana, como la conocemos ahora, fue casi fundada en los años cincuenta. Y ahora me entero de que el nuevo director odia la poesía.

—Paco Ignacio Taibo II…

—Sí, y de los autores más vendidos del FCE, Octavio Paz escribía poesía, y el director no quiere publicar poesía, lo cual es muy irracional. La decapitación cultural del FCE es un crimen para la cultura mexicana. Es la gran editorial, colecciones como los Breviarios, de ensayos de filosofía, de economía, de ciencias, todo estaba en el FCE.

—Tengo entendido que Margo Glantz fue nombrada antes de Paco Ignacio…

—Sólo fue nombrada pero no pasó. Recuerdo que hubo el rumor de que iba a ser ella, luego dijo que no. Además, tiene más de noventa años, y esos son empleos que demandan mucho trabajo y mucha organización. Peña Nieto en su periodo puso a algún licenciado que ni siquiera se presentaba. Orfila, en cambio, vivía ahí, no salía.

El dinamismo en la fotografía de Lola Álvarez Bravo y la cultura mexicana del siglo XX

—Adentrándonos en su última novela, me gustaría resaltar su portada, una fotografía tomada por Lola Álvarez Bravo, ¿qué fue lo que le atrajo de esta imagen?

—Es dinámica, como el movimiento histórico y de cultura: unos suben y otros bajan, hay un movimiento dinámico en esa foto, porque no es una fotografía estática, yo quería una visión del movimiento, como en el ajedrez. Antes había cafés, muchos cafés, restaurantes, fondas. Ha sido un centro histórico muy dinámico. Un México artístico en donde había una gran tradición fotográfica, todo este México que tenemos que rescatar. México era un país surrealista. El Surrealismo en México, para mí, comienza con José Guadalupe Posada, sus esqueletos son el inicio del surrealismo. La fotografía de Lola, bien podría representar también piezas de ajedrez que están en el tablero. Fui ayudado por mi hija, Chloe, que es escritora, yo quería que conociera a don Manuel Álvarez Bravo, que fue un gran fotógrafo surrealista. Me tocó mucho estar en contacto con surrealistas en México: don Manuel Álvarez Bravo, Leonora Carrington…

Una especie de lapsus ocurrió al mencionar a Leonora, pues mencionó “Leonora Garro”, una conjugación de Leonora Carrington y Elena Garro, lo cual me pareció importante rescatar porque, a pesar de que Garro nunca se asumió como surrealista, su obra literaria tiene una notable influencia surrealista. 

Homero Aridjis 1961. Cortesía de la familia Aridjis.

Entre Aridjis y Carrington hay una relación de amistad muy estrecha, acaso ocasionado por el círculo surrealista del que ambos se rodeaban. Aquella mujer de aura mágica que se comunicaba —cuenta Elena Poniatowska— con su íntima amiga, la fotógrafa húngara exiliada en México, Kati Horna, a través de cartas enviadas por una paloma mensajera; aquella escritora a la que Octavio Paz definió como “un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sonrisa que se convierte en un pájaro, después en pescado y desaparece”; aquella misma hechicera del pincel a quien Homero Aridjis le dedicara un poema (“Cine Balmori”) en Poemas solares (2005) seis años antes de su muerte:

En el cine viejo una película de tercera dimensión
estaba pasando fuera de la pantalla
y la pareja sentada junto a mí era parte de la trama.
El rayo proyector se había metido en su recámara
y tú te desnudabas en presencia de todos para pasar la
noche.
La actriz de ojos negros que te protagonizaba
era muy celosa, pero lo disimulaba,
y en momentos era como la muerte, pura imagen.
Los niños estaban cerca de nosotros, con su cara de ahora.
El perro permanecía en la calle atado al aire.
Por tus piernas subían las pulgas,
atravesando medias y pantalones,
como si la oscuridad las estuviera pariendo.
Afuera llovía. Llovía en el pasado,
en otra parte de la realidad y llovía en los ojos.
Nosotros, desnudos delante de todos,
nos mojábamos y no nos mojábamos.
Los actores y los espectadores habían muerto,
incluso tú y yo, héroes de la trama, sentados en el público.
El cine había sido demolido hacía tiempo,
y las imágenes de las actrices,
en los rincones de la desmemoria,
buscaban espacio y tiempo para ser.
Tú y yo, allí en la sala, andábamos también bajo la lluvia
sin saber que éramos los protagonistas de una película,
que, en presencia de nadie, pasaba una y otra vez
en la pantalla del cine viejo.

“Tú eres un gran autor surrealista”: Luis Buñuel a Homero Aridjis

—O Luis Buñuel, de quien también habla en su libro.

—Buñuel, sí, de los más reconocidos cineastas en el siglo XX. Yo escribí una obra a Moctezuma, y entre la gente que fue a ver la puesta en escena, junto a Juan Ibáñez, fue Luis Buñuel. Quedó impresionado y me dijo: “tú eres un gran autor surrealista”. Fue el primero que me dijo que yo soy surrealista, y enseguida: “…tómalo como te lo digo, porque para mí, el máximo elogio a un autor, es decir que es surrealista”. Y lo tomé. 

Homero Aridjis con amigos (1961)
Fotografía: Cortesía de la familia Aridjis

“Escojo los nombres de mis personajes porque son eufónicos”.

—Ahora que menciona que su padre era griego, en su novela describe cómo él llegó a inaugurar el Cine Apolo, y posteriormente todos los cines se llamaron igual. Me gustan mucho esos capítulos en los que narra cómo estaban los cinematógrafos y todo ese juego de luces, sombras y neblinas.

—Aprendí a manejar esos aparatos en el cine de mi padre, pues ahí pasaban películas norteamericanas de la época del cine negro americano, y de los comienzos del cine mexicano, con Dolores del Río, Pedro Armendáriz, muchos grandes directores, entre ellos, Luis Buñuel; las rumberas, todo lo que era el cine mexicano. Ahora ya no hay cine mexicano. Como embajador de México en la UNESCO, tuve polémica con Calderón, porque suprimió la representación de México en la UNESCO, como un idiota, debo decir que era un idiota, y entonces me encontré con que los más solidarios conmigo fueron los embajadores de Hispanoamérica. Me decían “nosotros aprendimos a ver cine mexicano, oímos música mexicana, el arte, la cultura, los pintores mexicanos”, todo eso que daba México en la propagación de su cultura. Un pariente de mi esposa iba a ver a la hija de Picasso, Paloma Picasso, en Nueva York, cuando el pariente le dijo a Paloma que vendría a México, ella le encargó películas de Cantinflas, “porque el único cómico con el que se reía mi padre, Pablo, era Cantinflas, le hacía mucha gracia”.

—Volviendo a la novela, me gustaría hablar sobre Alex, su alter ego, ¿por qué elige el nombre de Alex?

—Por razones de estilo. Le iba a poner Alejandro, pero para movilidad, agilidad en las frases, era demasiado largo. Tenía una importancia eufónica, del oído, un nombre que pudiera aplicarse a la trama fácilmente, porque podía haber nombres más ligeros, pero buscaba una trama dinámica y que fuera fácil de recordar.

—Llegué a pensar que a usted le hubiera gustado llamarse Alex.

—Tenemos un gato que se llama Alex, y lo nombraron así por el personaje. Aquí nos han llegado muchos gatos de la calle, tenemos nueve. Regularmente escojo los nombres de mis personajes porque son eufónicos, fáciles de pronunciar.

Juan José Arreola, ajedrez y literatura

—Algo central en este libro es el ajedrez, ¿qué importancia tiene el ajedrez en su vida?

—Mucha, yo desde que tenía trece años, en mi casa, en Michoacán, jugaba con mis hermanos ajedrez. Jugábamos en Contepec, de donde soy, en el club Carlos Torrelta, fuimos a Morelia a jugar contra los campeones del Estado, y yo jugué en el primer tablero con el campeón estatal y quedamos uno a uno. Luego con el subcampeón nacional. Cuando vine a la Ciudad de México quería seguir jugando, dos de mis hermanos trabajaban en un laboratorio llamado Atlantis, jugábamos apostando diez o veinte pesos por partida, con todo lo que ganaba compraba libros, y luego llegué con Arreola, por razones literarias. Había librerías muy buenas, como la Librería Juárez, en ese tiempo había muchas librerías en la Ciudad de México, por Insurgentes, por Coyoacán.

Homero Aridjis primer recital de poesía, acompañado de Marco Antonio Montes de Oca, Francisco Zendejas y Elías Nandino, Palacio de Bellas Artes, D.F. 26 mayo 1962. Foto: Cortesía de la familia Aridjis.

—¿Qué libros compraba?

—De todo, de Emilio Salgari, de aventuras; Dickens, David Copperfield, Dostoyevski: Los hermanos Karamazov, La Ilíada, Dante, Romeo y Julieta; leía todo lo que caía en mis manos. Y en la librería Juárez, platicando con uno de los libreros, se enteró de que yo escribía, pero yo no tenía contactos porque venía de la provincia, me recomendó ir al taller de Arreola, en la calle Río Volga. Ahí fue cuando entré en contacto con Arreola, el ajedrez casi me hizo entrar, porque el taller era un poco mercenario, iba gente ricachona que pagaba para asistir al taller, hasta Carlos Payán iba, Del Paso, Lizaldi, era carito, alrededor de 600 pesos al mes, no podía pagar yo esa cantidad, pero, por el ajedrez, yo entraba sin pagar.

Había un chaperón de Arreola, José Antonio Camargo, que resultó ser el padre del hijo de Pita Amor, eso no se ha revelado, eso es nuevo, porque hubo un gran misterio de quién era.

—Aparece en la página 65, y usted relata, en un diálogo que dice Arreola: “Padre, confiésome que durante la preñez y el parto de Elenita me escondí y la dejé sola. Confiésome que a causa de que la plebe literaria me agarró a pedradas mentales, quise ocultarme en Zapotlán el Grande. Confiésome de haber metido a José Antonio Camargo debajo de la cama de Pita Amor, quien la embarazó de Manuelito”.

—Uno de los más beligerantes contra Arreola era Fernando Benítez, a Elena Poniatowska le decía La Princesita, él era muy cursi, estaba como enamorado, era retórico y la tomó contra Arreola durísimo, de manera que casi yo sufrí la hostilidad del grupo Benítez por ser amigo de Arreola, aunque no tenía nada que ver ni con el hijo de Pita Amor, ni con Elena Poniatowska. Yo jugaba ajedrez y a mí Arreola me caía bien, fui amigo de su familia, con sus dos hijas, Fuensanta y Claudia, y su hijo. Mucho de eso es verídico, son recuerdos propios. Me tocó mucho ver a Pita Amor, a mí nunca me simpatizó, debo decir, era muy loca, muy agresiva.

—Conoció a Pita Amor en una cena en la casa de Arreola, y ella le ofreció pan, según relata.

—Sí, traía una bolsa de papel estraza, grasoso, y al verme me dijo: “come esta concha, todos los poetas se mueren de hambre, tú debes tener hambre”, y yo le respondí: “no, Pita, no tengo hambre”. Era muy necia.

—¿Recuerda cómo se veía ella en esa ocasión?

—Sí, se vestía como payaso, demasiado polveada, cremosa, un poco como loquita. De pronto se pintaba los labios con el bilé fuera de la boca, no era una persona simpática, pasaba de lo cordial a lo agresivo, muy loca, andaba con bastón, era embarazoso estar con ella porque era muy necia.

—Y sobre esa revelación que hace en este fragmento, sobre el embarazo de Elena Poniatowska y Juan José Arreola, quisiera comentar, en El amante polaco (2019), de Elena Poniatowska, ella también lo menciona, a su manera, ¿le influyeron sus declaraciones para que usted también lo publicara?

—No, son recuerdos que yo tenía. Yo conozco a Elena Poniatowska, y son temas delicados. En términos generales, yo quise hacer una autoficción, no quise hacer una autobiografía, como hizo Margo Glantz […] Pero también me propuse, como regla, evitar la hipocresía, la solemnidad y el falso pudor, esas cosas siempre me han chocado de la cultura mexicana. Yo conocí a Alí Chumacero y a otros que hablaban sobre la muerte de Xavier Villaurrutia. Paz mismo escribió un libro sobre Villaurrutia. Uno conoce la historia de Pier Paolo Pasolini, que era promiscuo, que se llevaba muchachos de la terminal de Roma… era su vida, no juzgo si era bueno o malo, era así. A Alí Chumacero le gustaban mucho los niños que andaban por la Alameda y demás. Novo o Basurto también andaban por allá. Villaurrutia era más discreto, vivía por el centro, por donde estaba la Lotería Nacional, y le gustaba levantar muchachos —que tiene sus riesgos, como en el caso de Pasolini— y creo que mataron a Villaurrutia por una navidad. Es un caso que nunca se ha esclarecido y que se debería investigar en los archivos de la época. Yo nunca lo conocí, pero a mí siempre me chocó ese pudor como de funcionarios del PRI, no me interesaba el escándalo, pero ¿cómo se escribe un libro sobre Villaurrutia —como Paz— y no mencionarlo? No es ni bueno ni malo, así pasó, nadie dice cómo murió y fue un poeta muy importante, al igual que Jorge Cuesta, a mí me tocó leer la correspondencia de Cuesta con su hermana, él también era gay y muy neurótico. Luis Mario Schneider estaba escribiendo un libro sobre él, con sus cartas, las cartas más violentas que pueden conseguirse contra su hermana, porque tuvieron incesto y entonces se suicidó cortándose los testículos, le dije a Luis Mario Schneider que lo publicara, que publicara esas cartas.

—¿Y sí lo hizo?

—No, no lo publicó. Se las envió a la hermana, porque fue muy sangriento el caso, y él era un poeta muy importante, falló el primer suicidio y lo volvió a intentar después, como tres o cuatro veces. A mí el falso pudor de la literatura y la cultura mexicana me choca, no porque me guste el escándalo. El misterio del papá de Manuelito, el hijo de Pita Amor, lo supe por Arreola. Camargo, amigo de Arreola, era un hombre solterón que vivía con su mamá y luego se escondió. A mí no me interesaba el chisme, pero había mucha hipocresía. Y lo mismo con Villaurrutia, Jean Cocteau, Novo, Carlos Pellicer, todo el mundo lo sabe, estamos en el siglo XXI y a nadie le importa, es parte de la historia. Yo soy muy liberal, y lo que importa es la persona, no el escándalo. 

Homero Aridjis en su mecedora
Fotografía: Ever Aceves

“La esposa de Arreola estaba enamorada de Rulfo”

—Y otra cosa que no se ha dicho: la esposa de Arreola estaba enamorada de Rulfo, adoraba a Rulfo, porque eran de la misma región. Yo conocí a Rulfo en casa de Arreola, se sentaban ahí a platicar y él se sentía muy cómodo platicando con Sara Sánchez, era como su íntima, la gran confidente, la más conversadora. Rulfo era muy feliz hablando con ella, y ella también, mientras Arreola jugaba ajedrez por otro lado, pero nunca llegaron a tener ninguna relación de amorío. Rulfo era muy cortés —fumando siempre— y llegaba a la cocina en la casa de Arreola, Sara era muy conocida por sus frijoles caldosos, su especialidad. No sé qué hayan pensado los hijos de Arreola sobre eso, pero no quise hacer chismes, simplemente descripciones de cómo llegaba Rulfo a platicar con ella, no investigaba si tenían un idilio. Lo que me propuse en este libro es la no censura, porque eso es lo que criticaba de la literatura mexicana, la autocensura.

Francisco Toledo y Bona Tibertelli

—Expuse lo de Elena Garro y Paz, tuve confidentes importantes, por ejemplo, Francisco Toledo, con quien tuve amistad hasta que murió, era muy amigo mío y contemporáneo, me tocó conocer a Bona con Toledo desde el comienzo de su amorío. Semanas antes de que se muriera, fui a dar una plática a Oaxaca, escogí Oaxaca precisamente para verlo a él, “no quiero que te vaya a sorprender, pero sí quiero que sea la información correcta, precisa”, le dije. “Durante tu idilio con Bona —que era una cosa medio salvaje— tú dibujabas estos insectos y animales, los tenías como obsesión, haciendo el amor con ella”, y me respondió que sí. “Conocí a Bona, ella se alejó huyendo de ti, y me gustaría escribirlo”, le confesé. “No hay problema, escribe lo que quieras”. Nadie se atrevió a decirme nada con este libro, pero sí recibí una carta de la viuda de Francisco Toledo: Trine Ellitsgaard, una danesa que hace tapetes —su segunda esposa, no la primera. Trine y su hija me escribieron en esa carta: “creíamos que eras amigo de Francisco y publicaste esto”. Yo les respondí que antes de publicarlo lo hablé con él, pero como fue un hecho público, muy comentado, yo quería tener su versión, y él estuvo de acuerdo.

“Algo que nunca se ha dicho es que, para Pedro Páramo, a Juan Rulfo le influyó mucho la película Cumbres Borrascosas

Homero Aridjis

—Creo que precisamente por eso es tan valioso este libro, para conocer esos pequeños detalles de los protagonistas de cultura en el México del siglo pasado, detalles que nadie va a conocer de otro modo. Por ejemplo, el hecho de que Juan Rulfo fumaba cigarros Pall Mall y Delicados, o bien, el hecho de que antes de titular su novela magistral, Juan Rulfo pensó en tres títulos diferentes: Una sonrisa para los desolados, Los murmullos, Una estrella junto a la luna, y finalmente, Pedro Páramo.

—Exactamente, yo conocí muy bien a Rulfo, con todos sus tics nerviosos y sus indecisiones, era muy contradictorio en su conducta, y ese retrato en el que yo hablo de Rulfo, creo que es muy auténtico porque lo hago de mis recuerdos, narro su amor por la literatura, se le encontraba en la librería Cristal tirado en el suelo leyendo libros, era muy culto. Yo le hacía preguntas directas que se encuentran en este libro. Algo que nunca se ha dicho, es que para Pedro Páramo le influyó mucho la película Cumbres Borrascosas, porque Rulfo era muy aficionado al cine, demasiado, y también leía de todo, era de los hombres más cultos, se contradecía a sí mismo. Yo creo que Borges y Rulfo han sido los dos más grandes escritores hispanoamericanos del siglo XX.

“Elena Garro era un personaje muy difícil”

Octavio y Marie Jo Paz y Homero Aridjis (y Baudelaire en la portada de «Correspondencias», revista de poesía editada por Aridjis), Nueva York, febrero 1966

—¿Cómo recuerda a Elena Garro?

—Todo lo que digo en mi libro de ella es auténtico. Yo tenía veinte o diecinueve años, me tocó conocer a un personaje maldito en la historia mexicana: Archibaldo Burns. Vivía con mi esposa en la calle de Río Elba, en la Cuauhtémoc, también Arreola vivía en esa calle; Archibaldo, un hombre muy adinerado, vivía en Río de la Plata, que sale a Reforma y Melchor Ocampo, en un edificio del que él era dueño; Rulfo vivía por la calle Río Nazas. Archibaldo era muy sociable, amigo de Paz, iba a jugar ping pong con Arreola, y ahí lo conocí, en mis partidas de ajedrez. Era diletante, muy curioso de la cultura y muy amigo del arquitecto Barragán, de José Revueltas; le interesaba mucho la cultura, no tenía prejuicios, pues Revueltas era comunista, eso no le importaba a él. Elena y Octavio eran una pareja dispareja. Alí Chumacero dijo: “si Octavio Paz hubiera matado a Elena Garro hace veinte años, se hubiera librado de ella para siempre y ya hubiera salido de la cárcel, no que así la va a tener que matar un día y ya perdió veinte años de su vida”. Elena Garro no me caía bien, debo decirlo. Era muy intrigante, era un torbellino. Después, con las denuncias del ’68, Leonora Carrington tuvo que huir de México, porque la puso en la lista de los conspiradores contra el gobierno.

—¿Usted cree que esa lista sí fue escrita por ella?

—Sí, trabajaba con Gutiérrez Barrios, Díaz Ordaz y todos ellos. Los nombres de los intelectuales ya se sabían, pero ella los especificó. Su hija, Helenita Paz, escribió una carta pública verdaderamente inmunda en contra de Paz cuando él renunció a la embajada en la India. Decía cosas aberrantes, que Paz tenía un gurú que lo hacía quebrar huevos con el trasero. Elena Garro era un personaje muy difícil, una escritora talentosa, pero como persona era de esas intrigantes, conflictivas. Archibaldo me contaba todo sobre Elena, absolutamente todo, y es lo que escribo en la novela, como el que fue su amante, así como de Bioy Casares. Como yo tenía veinte años, dice mi esposa: “te veían como área de confianza porque eras inocente, no estabas en intrigas”.

“Amparo Dávila era una escritora seria”

—¿A Amparo Dávila cómo la recuerda? La menciona, pero habla poco en su novela sobre ella.

—Bien, vivía en la esquina de Arreola, en Río Elba. Era una mujer muy tímida, bajita de estatura. Fue muy amiga nuestra, nada más que nos fuimos de México y la perdí de vista, se cambió de Río Elba por el sur, creo. Amparo Dávila había conocido a Cortázar.

—E incluso Julio Cortázar le envió una carta a Amparo Dávila reconociendo la maestría de sus cuentos.

—Sí, ella presumía mucho esa carta. Era una escritora seria, muy recatada. Se pasaba el tiempo escribiendo, leía mucho. Muy buena escritora e ignorada. Su esposo, el pintor Pedro Coronel, un alcohólico, tras la noche de su boda la dejó por varios días, volvió como tres días después. Recuerdo que Amparo un día llegó a nuestra casa, Pedro Coronel la había golpeado en la mejilla. Amparo sufrió mucho con su esposo.

Nahui Olin: un espejo vivo en cuyos ojos alucinados se entreveraban los paisajes volcánicos

—El capítulo sobre Nahui Olin es fantástico por todo lo que describe acerca de ella. ¿Cómo fue conocerla?

—Fue excepcional, y por casualidad, porque fue en la Alameda y me llamó la atención. Yo leía mucho a Gerard de Nerval, Las hijas del fuego, o a Marcel Schwob y El libro de Monelle, y me pareció ese tipo de mujeres, como perdidas, visionarias, especiales, y cuando la encontré en la Alameda me llamó la atención porque estaba dando vueltas con la cabeza volteada hacia arriba y la mirada fija en el sol, con los ojos rojos; era como una homeless, una mujer sin casa, perdida, extraviada. Hablé con ella y la acompañé a su casa, todo lo que cuento en el libro es lo que sucedió.

—¿Cuánto tiempo tardó en consolidar este libro? 

—Mucho tiempo, como cinco años. Ya estaba volviéndome loco porque tenía como quince versiones. Cambió de título varias veces, era un libro de esos que son muy problemáticos porque hay que desprenderlo de uno mismo. Un poco como le pasó a Juan Rulfo con Pedro Páramo, que tenía tantas versiones que fue difícil separarlo, corregirlo. Hice muchas versiones en mi computadora, y luego me metía a corregirlo y terminaba aumentando. Le pedí ayuda a mi hija Chloe, que es escritora, estudió en Harvard y Oxford, escribe ensayos también y publicará un libro en Italia que se llama Nahui Olin, hizo una investigación, una biografía muy pulcra y bien documentada; ella me ayudó. Necesitaba a alguien de confianza, escrupulosa y objetiva, que tuviera conocimientos literarios, con tanto material me estaba volviendo loco porque los libros se pegan a la personalidad mientras se escriben, por eso es necesario guardar distancia.

Y no se autocensuró, algo muy importante.

—Me costó mucho trabajo, hay cosas que mi hija me sugirió mejor no publicar, por ejemplo, un capítulo de Carlos Monsiváis en los baños, porque eran demasiado explícitos, aunque lo mío no era morboso, pero a mí me interesaba retratar el ambiente de la cultura mexicana de entonces. En la UNESCO conocí a la embajadora de Marruecos, prima del rey de Marruecos, y ella era literaria, no escribía, pero leía, y me hablaba de los baños que había en Marruecos, entonces yo recordé que Juan Goytisolo vivía en Marruecos con un albañil, que era casi su marido, pero ese albañil estaba casado con una marroquí y tenía dos o tres hijos. Llegaron a un arreglo: un día a la semana, Juan era la esposa del marroquí, pero el resto del tiempo él era un padre de familia. Me quise meter a ese espacio de la cultura mexicana que, por el falso pudor y la hipocresía, no se publica. A veces es un terreno fértil, como en la literatura francesa, inglesa o norteamericana.

—Juan José Arreola y Salvador Elizondo solían fumar marihuana.

—Elizondo siempre fumó marihuana, no sé qué piense Paulina Lavista, quien se casó con Elizondo, es su viuda; pero sí, siempre andaba fumando marihuana. Así como Rulfo fumaba sus Delicados y Pall Mall, Elizondo fumaba su marihuana.

—¿Qué escritores son los que más disfruta leer?

—Leo de todo, los que me influyeron mucho fueron: James Joyce, Proust, Kafka.

—Fue en un hospital de Toluca donde tuvo su primer acercamiento con la poesía, gracias a su papá.

—Sí, exactamente, eso me salvó la vida después de que se me disparó una escopeta en el vientre a los diez años. En el Hospital General de Toluca casi resucité, y mi padre me trajo al hospital dos libros, porque en Toluca casi no había librerías, y en Los Portales había una papelería que vendía libros, llegó al hospital y me llevó Sandokan de Emilio Salgari; El rey cuervo, cuentos de los hermanos Grimm, recuerdo haber leído “La muerte madrina”. Los devoré, fueron los regalos de mi vida porque me despertó el amor a la lectura, luego le pedí más, y mi papá fue a la misma papelería de Toluca, pero resultó que los que me había comprado eran los únicos que tenían [risas], no había dónde comprar libros.

—¿Cómo se vive de la literatura, del oficio de escritor?

—Yo he tenido suerte en el sentido de que gané becas, como la del Centro Mexicano de Escritores, la gané cuando tenía diecinueve años. Luego, a los veinticuatro gané el Premio Xavier Villaurrutia.

—Y ha sido el escritor más joven en recibir este aclamado premio.

—Sí, y luego tuve mucha influencia de Paz, me dijo una recomendación para los poetas jóvenes: “si puedes, métete en el servicio diplomático, en las secciones de cultura, porque es una oportunidad de vivir en el extranjero con sueldo, porque de otra manera no puedes vivir ni viajar, con el servicio diplomático puedes tener un sueldo y vivir en una ciudad en la que nunca podrías vivir”, y estuve seis años como consejero cultural en La Haya. Paz, que estaba en el servicio diplomático, cerca del aniversario de Rubén Darío, en los sesenta, me comentó que habría actos culturales en relación con Darío, y me dijo: “pensamos que alguien como tú podría participar en esos eventos”. Yo le respondí: “no Octavio, tengo admiración por Rubén Darío, pero hay un personaje oscuro en Nicaragua, y no quiero estar a mis veinticinco años viviendo en un país horrendo donde hay un dictador asqueroso. No quiero pasar mi juventud en Managua”.

—Música predilecta.

—Mozart, Bach, Vivaldi.

Al finalizar la entrevista, nos tomamos una fotografía. Nos despedimos, y Homero Aridjis se alejó como una sombra que camina. Al ver la fotografía después, me di cuenta de que en la imagen aparecía una especie de fantasmagoría, como si fuera una continuación de las escenas relatadas en Los peones son el alma del juego.

Ever Aceves y Homero Aridjis al finalizar la entrevista.

Évolet Aceves escribe poesía, cuento, novela, ensayo, crónica y textos híbridos. Psicóloga, fotógrafa y periodista cultural. Estudió en México y Polonia. Ha colaborado en revistas y suplementos culturales, como: Pie de Página, Nexos, Replicante, La Lengua de Sor Juana, Praxis, La Libreta de Irma, El Cultural (La Razón), Revista Este País, entre otros. Fue galardonada en el Certamen de ensayo Jesús Reyes Heroles (Universidad Veracruzana y Revista Praxis, 2021). Ha realizado dos exposiciones fotográficas individuales: México Seductor (2015) y Anacronismo de la Cotidianeidad (2017). Ha trabajado en Capgemini, Amazon y actualmente en Microsoft. Esteta y transfeminista.