Lo individual y lo colectivo. Vivir en pandemia

16 noviembre, 2020

A veces, ver por el bienestar individual es en realidad ver por el bien de una comunidad. Esta idea me causó un poco de conflicto, especialmente porque yo estaba viajando a Alemania para ir a una boda

Tw: @luoach

Leí un artículo la semana pasada sobre la vida en la pandemia. La autora argumentaba que algunas personas se han negado a cancelar eventos o se han reusado a modificar su estilo de vida bajo la premisa de que la vida sigue avanzado y no quieren dejar de experimentarla. La autora adjudica esos comportamientos a una manera individualista de ver la vida. Dice que si pensáramos más en colectivo y la comunidad, estaríamos dispuestos a hacer sacrificios individuales con tal de proteger a la comunidad. Me causó un poco de conflicto, especialmente porque yo estaba viajando a Alemania para ir a una boda.

El sitio de internet de las autoridades migratorias alemanas enlista tres razones como motivos urgentes que pueden ameritar la visita de un familiar inmediato a su territorio durante la pandemia: fallecimiento, matrimonio y nacimiento.

Es la primera vez, en 10 meses, que me puedo suscribir como familiar de una persona. Después del fallecimiento de mi abuelo, en enero, y el de mi abuela, en mayo, finalmente tengo un motivo considerado prioritario para reunirme con mi familia que no sea la muerte. Se casa mi hermana.

Antes del viaje, me escribe para decirme que necesito apostillar mi acta de nacimiento. No sabemos qué pueden pedir los agentes migratorios en Alemania, al momento de llegar, y un acta apostillada puede comprobar que efectivamente somos hermanas. El acta apostillada, junto con los documentos del registro civil alemán y copia de la identificación oficial de ella, debe ser suficiente para que me dejen entrar. Eso comprueba que somos familiares inmediatas. Y que hay un motivo urgente que amerita visita: su boda.

Me voy a Candelaria de los Patos, donde se apostillan documentos, caminando. Cuando finalmente llego, le pregunto a una chica que pasea con dos pitbulls que tienen cadenas a modo de collar si sabe dónde apostillan.

¿El archivo de notarías de la Ciudad de México? Me pregunta.

Sí.

La entrada está enfrente del mercado y la iglesia, pasando por la salida del metro, me dice.

Entro a la oficina. Está atiborrada. Son las 9:05 y ya somos más personas adentro de las que caben ahí con sana distancia.

Solo había apostillado otro documento antes, en Nueva York. El trámite era similar. Había que llevar prueba del pago, el documento en cuestión para apostillar y llenar un formulario. El funcionario, en cada caso, lo recibía, corroboraba la información y te entregaba el documento apostillado (un sello de certificación oficial) alrededor de 30 minutos después. La oficina de Nueva York estaba en la zona sur de la isla de Manhattan, en el sótano de uno de los edificios de gobierno enormes, que por fuera son grises y monumentales, y cuyas tripas albergan la burocracia que hace a la ciudad funcionar.

En México, la oficina para hacer el trámite está en el centro, más allá de la zona histórica y la plancha del zócalo, pasando por los tianguis y las vecindades, detrás de un mercado y frente a la iglesia que tiene un puesto de fotocopias en la entrada. Otro tipo de entrañas.

Además de llevar los documentos que puedan comprobar el motivo urgente del viaje y la relación familiar, es recomendable llevar los resultados de una prueba PCR de coronavirus realizada 24 horas ante del viaje. La fila para hacerse la prueba es larga. La gente atrás y delante de mí tose detrás de sus caretas de plástico y cubre bocas de tela. Un hombre grande se mueve, nervioso, en su lugar. La mujer detrás de mí exige saber cuánto tiempo toma el proceso.

Reparo un momento en la ironía del trámite de la apostilla y la prueba del hisopado que estoy por hacerme. Obtener los documentos necesarios para el viaje implica someterme a procesos donde el riesgo de contagio es más alto de lo que ha sido todo lo que hecho en días anteriores.

Llega el día del viaje. El filtro más estricto en el viaje es la sobrecargo de Lufthansa en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Cuando le enseño mi pasaporte y encuentra mi boleto, me pregunta si tengo nacionalidad. Sí, mexicana, respondo. Quiere saber si tengo nacionalidad europea. No, pero mi hermana se casa. La mujer se retira con mis documentos, acta apostillada incluida, y se reúne con un grupo de personas detrás del mostrador. Empieza la disertación.

Hay un par de preguntas subsecuentes y dos deliberaciones más hasta que me da mi pase de abordar. Una vez en Alemania, el agente migratorio en el aeropuerto de Frankfurt le echa un vistazo rápido a mi colección de documentos sin mayor interés. Bienvenida.

En la estación de metro del aeropuerto hay un policía parado junto a mí. Tiene el tapabocas puesto, la pistola colgando del cinturón, su chaleco antibalas. Entramos al mismo vagón. Enfrente hay un hombre de pie. Es el único de todos que no tiene mascarilla. El policía se le acerca y, sin hablar alemán, alcanzo a entender que le pregunta por su falta de cubre bocas –obligatorios en transporte público. Supongo que el hombre dice que tiene una razón médica para no usarlo porque el policía pregunta algo más y el pasajero saca un papel que parece receta médica de su bolsillo y se lo da al oficial. Pasan dos estaciones, como 15 minutos, para que el policía termine de estudiar el documento. Se lo regresa. Parece satisfecho. Me bajo del metro.

El día que llego a Alemania, las autoridades declaran cierre total de actividades por la segunda ola de contagios por coronavirus. Todos los restaurantes cierran para el consumo en los locales y algunos siguen vendiendo comida para llevar. Los hoteles dejan de recibir turistas, pero algunos departamentos de AirBnb permiten el hospedaje si la reservación es previa al cierre de actividades.

La boda de mi hermana, que originalmente era una cena de 15 personas en un restaurante, se cancela. Cuando planeamos el viaje, solo podíamos entrar siete personas al registro civil, incluidos mis padres y yo. Con el cierre de actividades solo pueden entrar los novios. Vemos la ceremonia desde la pantalla de la computadora de Zoom. Los novios se ven, a pesar de todo lo que está sucediendo en el mundo y los cambios de planes, felices. Radiantes. Servimos champaña para cuando regresen al departamento, ahora como esposos.

En la tarde celebramos mis papás, los novios y yo alrededor de la mesa del comedor del departamento de mi hermana. Es la primera vez que abrazo a mis papás en ocho meses. Cuando murió mi abuela, en mayo, sabíamos menos del coronavirus y teníamos más miedo. Pasé el duelo en el aislamiento físico de verlos cerca y no poderlos tocar. Llorar a un metro de distancia sin consolarnos más que con las palabras, mientras velábamos a mi abuela. Ahora, en cambio, a dos meses del primer cumpleaños del coronavirus, celebramos el amor en un grupo pequeñísimo con abrazos. Pienso en el artículo que leí sobre el pensamiento individualista y los sacrificios para la comunidad. Estoy de acuerdo, en ciertas cosas, con la autora. Pero creo que hay que ver cómo definimos comunidad. Porque una comunidad también puede ser un grupo de cinco personas que no se habían abrazado en ocho a 12 meses; un grupo que solía ser de siete antes de que dos de ellas dejaran de existir. A veces ver por el bienestar individual, es en realidad, ver por el bien de una pequeña comunidad. Porque es cierto que la vida continúa. Y dejar de celebrarla puede acercarse mucho a dejar de vivirla. Celebrar un evento considerando de emergencia, entre cinco personas que se aman, alrededor de una mesa después de llorar viendo una pantalla de Zoom, es un acto colectivo que importa. Que merece suceder y existir

Ha participado activamente en investigaciones para The New Yorker y Univision. Cubrió el juicio contra Joaquín El Chapo Guzmán como corresponsal para Ríodoce. En 2014 fue seleccionada como una de las diez escritoras jóvenes con más potencial para la primera edición de Balas y baladas, de la Agencia Bengala. Es politóloga egresada del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y maestra en Periodismo de investigación por la Universidad de Columbia.

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