El cabello lo es todo

27 junio, 2021

Aunque el tema del cabello no aglomere todo lo que está mal en el mundo, sí es importante reconocer que el cabello rizado no se volvió bonito, atractivo o deseable solo desde que Massey y las influencers blancas lo descubrieron. Mucho menos cuando ha sido estigmatizado y vilipendiado en las comunidades racializadas por siglos

Twitter: @luoach

Cuando tenía 15 años fui al salón de belleza con Ricardo, el estilista que nos cortaba el pelo a todos en mi familia, con mi mamá y mi abuela para que Ricardo me peinara porque esa noche era la fiesta de XV de una de mis amigas de la secundaria e ir impecable, con el peinado perfecto, era importantísimo. Mucho más importante que llevar la ropa perfecta o ir bien maquillada porque, de cualquier manera, no me maquillaba. Los 15 son una edad complicada para cualquier adolescente y eventos como las fiestas de XV suponían una presión importante para las niñas que teníamos que destacar en una eterna competencia por ser más bonitas que el resto.

Le enseñé una foto a Ricardo de una cabellera con ondas marcadas pero sueltas, con movimiento, y le pedí que me peinara así. Siempre había tenido el pelo medio ondulado pero esponjoso, sin mucha definición. Mientras muchas niñas de mi edad empezaban a aplicarse tratamientos químicos para alaciar sus cabelleras de manera definitiva, yo siempre estaba buscando maneras de ondular más el mío como lo que, leía en revistas, era el estilo californiano.

Ricardo empezó por alaciarme el pelo, después sacó un par de tenazas, y me peinó al más puro estilo de una Shirley Temple mexicana: con caireles cerrados y apretados encuadrando mi cara como querubín. Terminó por fijar todo con una laca en aerosol. Y yo detesté el peinado por completo. Sabiendo que no se podría hacer mucho más al respecto, empecé a llorar. No fueron un par de lágrimas escurriendo por mis mejillas. Se trataba de un llanto estrepitoso; un lamento desconsolado. Tanto así que, al verme, mi mamá y mi abuela empezaron a llorar conmigo también. 

 “¡El cabello lo es todo!”, grita la protagonista de la serie inglesa Fleabag después de que un estilista le hiciera un corte de pelo horrible a su hermana Claire. En ese momento de la segunda temporada de la comedia dramática escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge, el personaje de Claire está atravesando por el final de su matrimonio, mientras decide qué hacer con su hijastro adolescente se ha enamorado de ella; y ella, a su vez, está enamorada de un colega del trabajo. Si algo necesitaba Clarie era un corte de pelo que le subiera el ánimo, que la hiciera sentirse fresca, atractiva, valorada, renovada. Pero el resultado del corte fue catastrófico y la dejó sintiéndose incluso peor que antes de ir al salón de belleza. Por eso, cuando van a reclamarle al estilista, y éste les dice que “sólo es un corte de cabello”, las personajes responden eso.

El cabello es inevitablemente emocional para las mujeres. En realidad, me atrevo a decir que es algo emocional para todos: hombres incluidos, pero para nosotras el cabello está relacionado de manera más intrínseca a las razones por las cuales nos valora la sociedad: femineidad y atractivo físico (para ser deseables y elegidas como parejas); mientras que los hombres –aunque les pueda parecer muy importante— socialmente tienen otros atributos que pueden hacerlos valiosos en la sociedad (poder y dinero, por ejemplo).

En La vida perfecta, la comedia española escrita y coprotagonizada por Leticia Dolera, su personaje, María, está atravesando una crisis: su prometido la acaba de dejar por ser demasiado cuadrada. María, destrozada, se va a casa de su hermana y ésta le confirma que efectivamente no es alguien que tome muchos riesgos en la vida. Entonces María toma unas tijeras y empieza a cortarse mechones de cabello de la melena pelirroja que le llega al pecho para probar que sí puede hacer cosas impulsivas, pero además para ser alguien diferente y dejar de ser la persona cuadrada que era en su vida que se desmorona.

“Cuando todo lo demás en el mundo parece estar fuera de nuestro control, una manera de retener algo de él es controlar lo que sí está en nuestro alcance”, explicó la psicóloga y autora de Face it: What women really feel as their looks change, Vivian Diller, en un artículo publicado por la revista estadounidense Refinery29, “organizar nuestros armarios y cortar nuestro cabello sirven ese propósito”. La entrevista se dio, específicamente, en el contexto de la pandemia del coronavirus cuando millones de estéticas alrededor del mundo tuvieron que cerrar durante meses por medidas sanitarias. 

La crisis de cuidado de cabello durante la pandemia fue tan marcada que incluso la reportera Roxanne Roberts del Washington Post publicó un artículo sobre todo lo que hicieron las mujeres para subirse el autoestima durante la cuarentena. Entre lo que las mujeres intentaron había desde quienes se hicieron cortes de pelo o tintes en casa, hasta quienes les pagaban el doble a sus estilistas para que las fueran a ver a domicilio o pedían que les enviaran productos de salón.

En este contexto pandémico precisamente fue que descubrí, por primera vez, el famoso curly girl method, cuando una influencer a la que sigo en Instagram recomendó este método de cuidado natural para el cabello ondulado y rizado. En las infinitas horas de la pandemia empecé una búsqueda que pronto se volvió obsesiva y me atrapó en la espiral de la infinidad de recomendaciones y productos del curly girl method. Dos de los beneficios que encontré en esta técnica fueron: la promesa del regreso de la estructura natural del pelo rizado y un grado de dificultad y complicación bajo para el cuidado. Lo único que había que hacer era quitarse siliconas, plástico, alcoholes y sulfatos del shampoo y el acondicionador para empezar la desintoxicación del cabello. Después vendrían las diferentes opciones para estilizar la melena. 

Entré al curly girl method como quien entra a la cama cansada o al súper con mucha hambre: con todas las ganas del mundo. Busqué productos, estudié tutoriales en YouTube y empecé mi proceso de desintoxicación. Uno de los shampoos más recomendados por influencers blancas en todo el mundo era el de la línea Shea Moisture, una compañía fundada en Sierra Leona en el año 1912 por Sofi Tucker, una mujer negra. Pero en ningún tutorial, las influencers mencionaban que los mejores productos para cuidar el cabello rizado y técnicas para peinado habían sido inventados, y usados, por mujeres negras durante décadas antes de que Lorraine Massey, una mujer blanca, se volviera millonaria al publicar su libro introduciendo lo que ella bautizó como curly girl method.

En mayo de 2018, el portal estadounidense BuzzFeed publicó un video de la historia del cabello de las mujeres negras. El recuento empieza con la época de la esclavitud en Estados Unidos, explicando que —en ese entonces— a las mujeres esclavizadas les rapaban el cabello como manera de deshumanizarlas. No es lejano a los cortes a rape que le hacían los nazis a los prisioneros de los campos de concentración del holocausto. El video después pasa a explicar que, en 1786, el gobernador de Nueva Orleans aprobó una ley que obligaba a las mujeres negras a usar pañoletas cubriendo su cabello para hacerlas indeseables e indicar su clase social baja. Conforme avanzaron los años, la tendencia dominante para todas las mujeres en el mundo fue intentar asimilar la estética del cabello de las mujeres blancas europeas: lacio, largo y claro. Para nadie era más difícil y lejano que para las mujeres negras.

Hasta la fecha, una de las expresiones más comunes de micro racismo en el mundo es acariciar el cabello de las personas negras y de color, exotizándolas bajo una excusa de curiosidad. Baste con hablar con comunidades como la cubana o la dominicana, tan racistas como la estadounidense pero sin la imposición del discurso políticamente correcto. Los cubanos y los dominicanos no tardarán mucho, si se toca el tema del cabello, en mencionar el “pelo malo” y el “pelo bueno”: el primero es el rizado de la población esclavizada afrodescendiente; el segundo es el lacio y claro de la población descendiente de los conquistadores españoles.

Si no fuera porque Massey publicó su libro sobre el curly girl method hace veinte años y que las influencers contemporáneas comparten sus enseñanzas, probablemente yo nunca me hubiera enterado de que este método de cuidado existe. Y no quiero decir que no me hace feliz, por el contrario: me acerca más que nunca a esa melena voluminosa de ondas californianas a las que siempre aspiré desde niña. Lo que no es justo es que tomemos por cierto que fue esta última ola de mujeres blancas la que inventó el cuidado del pelo rizado. Mucho menos cuando éste ha sido estigmatizado y vilipendiado en las comunidades racializadas por siglos. Mucho menos cuando esa misma población ha cultivado el conocimiento, desarrollado los productos y publicado la información del cuidado de pelo rizado en la época moderna desde, al menos como Tucker, 1912.

Aunque el tema del cabello no aglomere todo lo que está mal en el mundo, sí es importante reconocer que el cabello rizado no se volvió bonito, atractivo o deseable solo desde que Massey y las influencers blancas lo descubrieron. Sobre todo porque como bien dijeron las protagonistas de Fleabag, y aunque no lo parezca, “¡el cabello lo es todo!”.

Ha participado activamente en investigaciones para The New Yorker y Univision. Cubrió el juicio contra Joaquín El Chapo Guzmán como corresponsal para Ríodoce. En 2014 fue seleccionada como una de las diez escritoras jóvenes con más potencial para la primera edición de Balas y baladas, de la Agencia Bengala. Es politóloga egresada del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y maestra en Periodismo de investigación por la Universidad de Columbia.

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