La Nueva Escuela Mexicana: ¿una verdadera apuesta por las infancias?

7 febrero, 2026

Foto: Mireya Novo / Archivo Cuartoscuro

La Nueva Escuela Mexicana ha sido presentada como uno de los cambios más profundos en la política educativa reciente del país. Más allá de la confrontación política que ha marcado su discusión pública, el modelo plantea transformaciones pedagógicas, conceptuales y estructurales que merecen ser analizadas con mayor profundidad

Texto: Jade Guerrero

Foto: Mireya Novo / Archivo Cuartoscuro

CIUDAD DE MÉXICO. – ¿Es la Nueva Escuela Mexicana una verdadera revolución pedagógica o una reforma más en un sistema marcado por cambios constantes?

Presentado como el proyecto educativo emblemático del gobierno actual, este modelo promete alejar la enseñanza de la lógica del mercado para centrarla en la formación integral, la justicia social y las infancias. Sin embargo, tras el discurso transformador surgen preguntas inevitables: ¿Cuáles son sus fundamentos reales? ¿Puede implementarse en las aulas tal como se concibe? ¿Logrará superar los límites estructurales del sistema?

Para analizar los alcances y límites de la Nueva Escuela Mexicana, Pie de Página dialogó con Joaquín Arellano H., pedagogo y especialista en política educativa.

Un modelo que no surge de la nada

Aunque la Nueva Escuela Mexicana suele presentarse como una ruptura total con el pasado, Arellano matiza esa narrativa. Desde su análisis, el proyecto no es completamente novedoso, pero sí significativo por el espacio en el que se implementa.

Muchas de las propuestas que hoy incorpora, como el aprendizaje integral, el enfoque comunitario o la crítica a la fragmentación del conocimiento, han sido discutidas durante décadas en ámbitos académicos o ensayadas en proyectos educativos alternativos. Lo relevante, subraya el especialista, es que ahora estas ideas se trasladan al sistema público de educación básica, donde históricamente han tenido menor presencia.

Educación y modelo económico: formar para el mercado

Para comprender el sentido de la Nueva Escuela Mexicana, Arellano plantea que es necesario mirar el modelo educativo que la precede y el proyecto económico al que estaba vinculado. Durante varias décadas, explica, la educación en México se orientó principalmente a la formación de capital humano; es decir, a preparar a niñas, niños y jóvenes para insertarse en un modelo económico específico.

“La educación estaba pensada para insertar a los jóvenes en un modelo económico que se basaba justamente en eso”.

Desde esta lógica, el sistema educativo priorizó el desarrollo de competencias, habilidades técnicas y certificaciones que respondieran a las necesidades del mercado laboral, más que a la formación integral de las personas. La escuela dejó de concebirse como un espacio de construcción social y crítica, para funcionar como un mecanismo de preparación para la productividad.

Arellano señala que este enfoque no fue exclusivo de México, sino parte de una tendencia global impulsada por organismos internacionales y adoptada por distintos gobiernos, en la que la educación se entendía como una inversión económica y no como un derecho social.

“Era un modelo donde la escuela tenía que responder a lo que el mercado necesitaba”.

Este énfasis tuvo consecuencias profundas: planes de estudio fragmentados, evaluación estandarizada, presión por resultados medibles y una reducción del papel de la educación a su utilidad económica inmediata. En ese contexto, otras dimensiones del aprendizaje —como la formación ética, comunitaria o cultural— quedaron relegadas.

Desde esta lectura, la Nueva Escuela Mexicana aparece no solo como un cambio pedagógico, sino como una respuesta política a un modelo educativo subordinado al mercado. Su apuesta, explica Arellano, busca desplazar la idea de que el objetivo central de la escuela es producir trabajadores funcionales, para recuperar una concepción de la educación como herramienta de formación social y justicia colectiva.

Aprender sin fragmentar la realidad

Uno de los cambios centrales que propone la Nueva Escuela Mexicana es cuestionar el modelo tradicional de enseñanza basado en asignaturas aisladas. Para Arellano, esta fragmentación no corresponde a la forma en que las personas aprenden ni enfrentan problemas en la vida cotidiana.

“El haber estudiado por asignaturas —matemáticas, español, civismo, historia—, y que de pronto el cambio sea como ‘vamos a englobar esos conocimientos’, porque es cierto: no entendemos en la realidad y no aprendemos a partir de aislar las cosas”.

Desde esta perspectiva, el conocimiento no se adquiere como una suma de contenidos independientes, sino como un entramado de saberes que se articulan para comprender y resolver situaciones concretas. La propuesta de la NEM busca formar estudiantes capaces de relacionar lo que aprenden con su entorno social, cultural y material, más allá de la memorización de información.

Revalorizar saberes sin negar la ciencia

Otro de los ejes más polémicos del modelo es la incorporación de saberes comunitarios y conocimientos históricamente marginados. Para Arellano, el problema no es su inclusión, sino la forma en que se ha interpretado desde el debate público.

“Que se limite todo a la ciencia o a lo que es el cientificismo… Creo que todo conocimiento tiene que haber atravesado procesos de análisis, pero el hecho es revalorizar y no tener el prejuicio de decir ‘eso no es ciencia, eso es un invento del pueblo’ y rechazarlo”.

El especialista aclara que reconocer otros saberes no implica idealizarlos ni colocarlos por encima del conocimiento científico. Del mismo modo que existen malas prácticas en la medicina formal, también existen prácticas comunitarias problemáticas. La apuesta, señala, es abandonar el rechazo automático basado en el origen cultural del conocimiento y evaluarlo desde criterios críticos.

De la “calidad” a la “excelencia”: un concepto ambiguo

Uno de los debates más significativos en el origen de la NEM fue el reemplazo del concepto de “calidad educativa” por el de “excelencia”. Para Arellano, este cambio evidenció vacíos conceptuales importantes.

“La excelencia es un concepto muchísimo más ambiguo. ¿Qué es excelencia educativa? ¿Quién decide qué es excelente y cómo se evalúa?”.

A diferencia de la noción de calidad que, aunque cuestionable, permitió durante años construir indicadores y políticas concretas, la excelencia careció de una definición operativa clara. Esta ambigüedad generó incertidumbre tanto en el ámbito académico como entre docentes, y con el tiempo el propio término fue perdiendo peso dentro de los documentos oficiales del modelo.

Libros de texto y la reducción del debate público

La discusión sobre la Nueva Escuela Mexicana se concentró, en gran medida, en los libros de texto gratuitos. Sin embargo, para Arellano, el debate ha sido simplificado de manera preocupante.

“Se ha reducido todo a un discurso facilón de derecha que habla de batalla cultural o ideología de género”.

Esta narrativa, señala, ha desplazado el análisis pedagógico hacia consignas ideológicas que impiden discutir los contenidos con seriedad. Enfoques como los estudios de género, la educación intercultural o las perspectivas decoloniales no son ocurrencias recientes, sino campos consolidados de investigación académica.

Mientras el debate se centra en acusaciones de adoctrinamiento, advierte el especialista, se dejan de lado problemas estructurales como la formación docente, las condiciones materiales de las escuelas o las desigualdades regionales.

Un modelo ambicioso con límites estructurales

Para Arellano, muchos de los problemas de la Nueva Escuela Mexicana no radican en sus intenciones, sino en las condiciones en las que fue diseñada. El proyecto surgió en un contexto político marcado por la necesidad de revertir la reforma educativa anterior, más que por una planeación de largo plazo.

A ello se sumó la pandemia de COVID-19, que interrumpió procesos clave de formación, discusión e implementación, profundizando los vacíos del modelo y dificultando su apropiación por parte de las comunidades escolares.

Docentes frente a un modelo pensado desde la pedagogía

Uno de los retos más importantes de la NEM es la distancia entre quienes diseñaron el modelo y quienes deben implementarlo en el aula.

“Quienes diseñan la Nueva Escuela Mexicana son pedagogos, pero quienes la implementan son docentes que no necesariamente tienen esa formación”.

Esta brecha se traduce en documentos y orientaciones que resultan difíciles de llevar a la práctica cotidiana, especialmente en contextos precarizados o con poca capacitación continua. Para el especialista, sin un acompañamiento pedagógico sólido, el modelo corre el riesgo de quedarse en el plano discursivo.

Educación humanista y límites de la escuela

La Nueva Escuela Mexicana ha insistido en la importancia de una educación humanista y socioemocional. No obstante, Arellano advierte que estos conceptos suelen utilizarse de forma imprecisa.

“Los docentes no son psicólogos”.

Cargar a la escuela con responsabilidades que corresponden a otros ámbitos, como la atención a problemáticas de salud mental, puede terminar debilitando su función principal. Aun así, reconoce que el modelo ha logrado establecer principios claros como la dignidad, la diversidad y la justicia social, siempre que se entiendan como marcos éticos y no como tareas adicionales impuestas al aula.

Madres, padres y cuidadores: una responsabilidad compartida

Arellano subraya que la educación de las infancias no puede recaer únicamente en la escuela. Madres, padres y personas cuidadoras tienen un papel fundamental como apoyo del proceso educativo, sin invadir el espacio escolar.

“La presencia de los padres es importante en la medida en que sea un apoyo para la escuela”.

La pandemia evidenció esta corresponsabilidad: ni las familias pueden sustituir al docente, ni el docente asumir el rol de la familia. La formación de niñas, niños y adolescentes ocurre tanto dentro como fuera del aula, y pensar lo contrario termina por debilitar ambos espacios.

Educación pública y justicia social

Finalmente, Arellano subraya que uno de los aportes más relevantes de la Nueva Escuela Mexicana es recuperar la educación como un proyecto de justicia social y no únicamente como un mecanismo de certificación académica o formación para el mercado laboral.

Desde su perspectiva, la escuela pública ha sido históricamente una de las principales herramientas de movilidad social en México, especialmente para sectores que, de otro modo, habrían quedado excluidos del acceso al conocimiento y a mejores condiciones de vida. La educación, señala, no puede entenderse solo como un asunto individual, sino como una responsabilidad colectiva del Estado.

En este sentido, la obligatoriedad de la educación —incluida la superior— no debería leerse como una consigna legal vacía, sino como una apuesta por garantizar condiciones reales de acceso y permanencia para amplios sectores de la población. Arellano advierte que muchas instituciones públicas han reducido, en la práctica, su función social al imponer filtros que terminan beneficiando a grupos específicos y excluyendo a quienes históricamente dependen de la educación pública.

Desde esta mirada, la Nueva Escuela Mexicana se inscribe en una disputa más amplia sobre el papel del Estado en la reducción de desigualdades estructurales. El debate central, concluye el especialista, no es si el modelo es ideológico o no, sino si logra traducir sus principios de equidad, dignidad y justicia en políticas educativas que impacten de manera concreta en la vida de niñas, niños y jóvenes.

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