La fiesta de los difuntos, una sociología imperfecta

1 noviembre, 2026

Para los nahuas serranos, el Mihkailwitl no conmemora el recuerdo de los difuntos: actualiza un vínculo actuante entre vivos y muertos. Una sociología imperfecta del Miktlan, donde solo existen quienes se emparejaron en vida

Texto y fotos: Iván Pérez Téllez

Para Victoria, mi abuela

PUEBLA. – Para los nahuas serranos la fiesta de muertos, o Mihkailwitl, no es un asunto de memoria —no en primera instancia, al menos—; es, por el contrario, la constatación de un vínculo. Es decir, no se celebra el recuerdo de los familiares difuntos, se atiende a un tipo de particular relación entre vivos y difuntos. Los muertos, por lo demás, dejan constantemente sentir su presencia: rondan los espacios limítrofes de la casa, o del pueblo, en forma de aires o yeyekame, y con frecuencia se manifiestan en los sueños, «esa borrosa patria de los muertos».

La relación que establecen los masewal es, sin embargo, con un tipo especial de difuntos. Sólo algunos difuntos son verdaderamente muertos. El Miktlan es el lugar/tiempo donde moran los espíritus adultos —yakmo kixtiano / ya no son humanos—, muertos/espíritu que en vida consiguieron convertirse en personas nahuas. Es decir, no se nace nahua, se llega a serlo, y es mediante una trayectoria humanizante que se logra ser persona masewal; en breve, esto lo define el hecho de contraer matrimonio y tener descendencia. Por tanto, en el Miktlan los niños no existen —ni los adultos solteros—; la principal consideración es que los infantes que murieron anticipadamente no completaron precisamente su humanización.

Mortuoriamente hablando, los niños —pero también los adultos que no se casaron— son tratados más como divinidades que como difuntos; el día de su sepultura no reciben oblaciones en números de 7, ni llevan consigo pertenencias, ni cargan provisiones para viaje alguno. Su destino post mortem no es el Miktlan sino el interior de la tierra —Tlalitec—, y en el caso de los infantes se espera que el espíritu vuelva al mundo humano para ocupar otro cuerpo, en una suerte de reencarnación. En el caso de los adultos que no se unieron en matrimonio, al morir tampoco se mudarán a Miktlan, sino que trabajarán temporalmente cargando con el hombro la tierra/ Tlaltikpak. Así, cuando ocurre un temblor, se atribuye al relevo que realizan este tipo de difuntos, lo cual provoca un movimiento telúrico. Durante el sepelio, infantes y adultos sin casar son vestidos con atuendos a la manera de la Virgen María o como San José, dependiendo del género; en castellano les dicen «angelitos».

En el Miktlan, entonces, la existencia no es una calca sociológica de la vida masewal. Siendo espíritus/alma los muertos no se reproducen, sólo existen, y sólo existen a condición de estar emparejados. Así, aunque el mundo de los muertos es análogo al humano, lo es de un modo imperfecto. Este tipo de cosmología, lejos de ser un tipo de creencia, en realidad condiciona la vida social masewal; por ejemplo, aún existen concepciones radicales difíciles de asimilar como el temor de unirse en calidad de segunda mujer porque al morir no se reunirá con su marido sino que servirá de «escalera», una idea enigmática para mí (¿los muertos adultos suben al tlapanko por esta «escalera» y otro tipo de difuntos son los «pilares» del tlapanko/mundo?). Ocurre algo similar con la concepción de que al morir un pasado o tiachka —persona adulta que cumplió con los cargos comunitarios—, se lleve consigo a un niño de «almohada».

A la muerte de una persona adulta y casada, se le disponen una serie de utensilios y provisiones para el viaje que realizará el difunto a Miktlan. En principio, el día de la sepultura, en el interior del ataúd se le coloca comida —7 tortillas miniatura elaboradas de maíz y otro número igual, pero de ceniza, y agua—, además de herramientas propias de su labor de género: un hombre lleva un machete de madera miniatura y un arado, mientras que una mujer carga un telar de cintura además de dos ollitas, una con ceniza del fogón —iyolotlekuile, su corazón del fogón— y otra con ceniza del tamascal —iyoletemaskale, su corazón del tamascal—, para refundar su hogar en el mundo de los muertos. La idea es que se trata de una mudanza, así que los difuntos llevan todo lo necesario para rehacer su vida en el Miktlan.

La idea de mudanza, y no de muerte, es lo que permite a los masewal sostener un vínculo con los difuntos, no como un asunto de memoria sino como una relación actuante que hay que procurar. Sin embargo, como toda relación, ésta no está exenta de conflictos. Muchas de las enfermedades, de hecho, provienen del mundo de los muertos, incluso provocadas por los propios familiares ya difuntos. Por lo demás, los ancestros —los verdaderos dueños de los bienes que usufructúan los vivos—, se hacen presentes cuando en una fiesta se cuecen alimentos, pues deben ser siempre convidados de estos festejos; de modo contrario, hurtan el fuego del fogón y los tamales se mal cuecen, salen «pintos»; es decir, los transforman en alimento no-humano. Los muertos también dejan sentir su presencia cuando, por medio de procedimientos brujeriles —tetlachiwile—, son convocados para dañar a alguna persona.

La fiesta de día de muertos es cada vez más una ficción estatal; parte de un intenso proceso de turistificación urbana. Sin embargo, en distintos pueblos indígenas, entre ellos los masewal de la región de Huauchinango, Puebla, se trata de la constatación de la importancia de la vida comunitaria y la trascendencia de la vida adulta, fundamental para la reproducción del cosmos masewal. El Mihkailwitl es la punta del iceberg de un pensamiento que no se agota en la distinción entre lo vivo y muerto, sino que pone en juego una existencia —la de las almas/difuntos— que participan de una sociabilidad mayor que incluye a los cerros/persona, los cuerpos de agua, las divinidades y los ancestros.

Finalmente, a diferencia de la religión, donde la fe se legitima a través de un libro sagrado, las cosmologías indígenas, mayormente orales, suelen ser reducidas a meras creencias. Sin un texto canónico que las respalde —una biblia, por ejemplo—, estas concepciones con frecuencia son apreciadas como fantasmagóricas, creencias o ficciones. Los antropólogos hablan todavía de representaciones simbólicas.

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