Al ondear la bandera de Palestina, Lamine Yamal no solo celebró un título: reivindicó la memoria de su barrio obrero y el derecho a politizar el fútbol. Su gesto, nacido en Rocafonda, revive la estirpe de atletas que, entre regates y patadas, eligieron no callar frente al racismo, la islamofobia y los genocidios. Porque el balón, cuando rueda, también levanta la voz de los invisibles
Texto: Rogelio López
Foto: Isabel Briseño / Archivo Pie de Página
CIUDAD DE MÉXICO.— El simple acto de Lamine Yamal de ondear la bandera de Palestina durante el desfile de celebración por la obtención del campeonato de fútbol en España ha generado diversas reacciones, unas a favor y otras en contra. Sin embargo, estas demuestran que, a diferencia de lo que muchos afirman, el fútbol también es política.
A menos de un mes de que inicie el Mundial de Fútbol con el partido entre las selecciones de México y Sudáfrica, la nota en los últimos días la dio Lamine Yamal, jugador del F. C. Barcelona, quien durante el desfile de celebración por la obtención del título número 29 ondeó la bandera de Palestina.
La estrella de 18 años es la nueva joya de La Masia —la academia de fútbol del equipo catalán por la que han pasado grandes jugadores como Lionel Messi, Xavi, Iniesta, Busquets y Cesc Fàbregas, además de entrenadores como Pep Guardiola— y se volvió viral cuando, en un acto completamente espontáneo, pidió a un aficionado la bandera de Palestina que llevaba consigo; luego el 10 del Barça la ondeó durante todo el recorrido en el camión, mientras cantaba y saltaba.
Las reacciones no se hicieron esperar. Integrantes del Gobierno sionista de Israel describieron el acto como «un gesto de apoyo al terrorismo». Otros, como su entrenador en el Barcelona, el alemán Hansi Flick, pidieron «no mezclar el fútbol y la política». Al ser cuestionado por la prensa sobre este hecho, Flick respondió: «Estas cosas no me gustan», y agregó: «Jugamos al fútbol para hacer feliz y poner contenta a la gente».
Lamine Yamal es hijo de inmigrantes africanos. Su madre procede de Guinea Ecuatorial y su padre, de Marruecos.
Es hijo pródigo de Rocafonda, un barrio popular caracterizado por ser el hogar de familias de obreros y trabajadores, muchos de ellos inmigrantes. Ubicado en Mataró, Cataluña, a media hora de Barcelona, este lugar representa simbólicamente para Yamal lo que fue Villa Fiorito para Maradona.
De ahí que el nuevo 10 del Barça celebre cada vez que anota un gol formando con sus manos el número 304, los tres dígitos finales del código postal de Rocafonda.
Debido a su gran talento y juventud, Lamine Yamal es tema habitual en los medios, ya sea por sus goles o jugadas. Sin embargo, como sucede con otras estrellas del fútbol, su vida personal no pasa desapercibida.
El año pasado, con motivo de su cumpleaños número 18, el futbolista organizó una fiesta donde la temática fue gánsteres y la mafia. Este hecho, sumado a la presencia de trabajadoras sexuales y la contratación de personas con acondroplasia —causa de enanismo— para participar como animadores en la celebración, generó múltiples reacciones y críticas al deportista.
Yamal respondió que fuera de la cancha «disfruta de la vida». En la cancha, el joven futbolista se enfrenta no solo a los defensores más férreos, sino también, de manera cotidiana, a los insultos de aficionados racistas que le gritan a él —y a otros compañeros de su equipo de piel oscura— expresiones como: «Mena de mierda» —«mena» es el término usado en España para referirse a los menores inmigrantes no acompañados— o «putos negros».
El racismo en el fútbol profesional de España —al igual que en muchas otras partes del mundo— no es algo extraordinario; por el contrario, está profundamente arraigado y forma parte de la cotidianidad. No está por demás recordar los gritos que coreaban los aficionados en los estadios cuando jugaba Hugo Sánchez: «Indio, cabrón, te mandaremos al paredón», o bien los insultos, ademanes que imitan a los monos y el lanzamiento de plátanos. El caso más reciente fue el protagonizado por aficionados del club Sevilla contra Viní Jr., figura brasileña del Real Madrid.
Yamal no solo ha tenido que soportar insultos y discriminación; también ha vivido directa o indirectamente agresiones por motivos religiosos. A finales de marzo pasado, como parte de la preparación para la Copa del Mundo, España se enfrentó en un partido amistoso a la selección de Egipto.
La nota no fue el empate sin goles, sino los cánticos que prácticamente todo el público del estadio coreaba: «El que no bote —brinque— es musulmán». Al terminar el juego, Lamine Yamal, quien profesa el islam, respeta el Ramadán y no bebe alcohol, reivindicó en Instagram su religión y señaló que esas expresiones «eran una falta de respeto y algo intolerable».
Muchas personalidades secundaron las palabras del joven delantero. El propio Hansi Flick, quien hoy manifiesta su desacuerdo con que Yamal exprese su postura política al ondear la bandera de Palestina, había mostrado abiertamente su solidaridad con el jugador en abril pasado. Entonces afirmó que «como futbolistas debemos transmitir los valores de integración e inclusión.
Es frustrante que una minoría no lo entienda. Hay que reflexionar y trabajar para mejorar la situación». Parece ser que para el entrenador una crítica a los cánticos islamófobos es una postura política aceptable, en contraste con el gesto simbólico de ondear la bandera de Palestina en el contexto de su genocidio.
Para muchos, el gesto de Yamal equivale a la patada que Eric Cantona propinó a un aficionado del Crystal Palace que lo había insultado gritándole: «Vuelve a tu país, bastardo». Por esta acción, Cantona —de nacionalidad francesa y nieto de republicanos españoles exiliados en Francia— fue suspendido nueve meses de las canchas, multado económicamente y obligado a hacer trabajo comunitario.
A pesar de ello, el exfutbolista ha afirmado que no se arrepiente por haber pateado a un fascista y que, en todo caso, su único arrepentimiento es no haberlo hecho más fuerte. Por cierto, no está por demás mencionar que la estrella del Manchester United de la década de los noventa se ha pronunciado en múltiples ocasiones contra el genocidio de palestinos que perpetra Israel.
Algunos todavía sostienen que los grandes futbolistas no deben mezclar el fútbol y la política. Estos mismos también dicen que deben tener el carácter suficiente para sobreponerse a los insultos y demostrar personalidad en la cancha: que «lo que te digan se te debe resbalar». Otros, como Eric Cantona, simplemente patean al fascista que los insulta.
Con este gesto, Lamine Yamal ha entrado a ocupar un lugar junto a los grandes futbolistas cuya grandeza no reside únicamente en su habilidad con el balón, sino en su compromiso con los invisibilizados, con los marginados. Desde el cielo —o donde se encuentre—, Maradona debe sentirse profundamente orgulloso del que porta hoy su mítico número.
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