Es importante hablar del ITAM

16 diciembre, 2019

Los estudiantes del ITAM están cuestionando el sistema capitalista donde se nos enseña a sobresalir para producir. El reto para el ITAM será replantearse cómo seguir siendo una universidad de excelencia cuya reputación no repose en la productividad laboral de sus egresados

Twitter: @luoach

Nunca esperé estar teniendo una crisis existencial a los 29 años. Si me preguntaran hace una década cuáles eran mis planes, era todo muy claro: terminar el ITAM, intentando sobresalir, hacer un posgrado en el extranjero (de preferencia en una Ivy League), intentando sobresalir, y después todo lo demás se iba a ir acomodando. Tenía que. Si yo cumplía mi parte del plan, el sistema entregaría el resto. Aunque no supiera muy bien qué era ese resultado que esperaba a cambio. En una de mis primeras sesiones de terapia en Nueva York, mi psicólogo me dijo: “dices mucho lo que deberías hacer, en vez de lo que quieres hacer”. Era cierto y nunca me había dado cuenta. Empecé a escarbar por lo que le llamó la atención. Era como si me hubiera mandado en una búsqueda del tesoro; en un rally de la edad adulta. ¿De dónde venía esta noción de “deber” sobresalir, buscar siempre reconocimiento, éxito, algo más grande, más difícil, mejor?  

Fui a una escuela cuyo principal distintivo es su excelencia académica y, en un segundo lugar, su equipo de básquetbol. En la idolatría a la cultura estadounidense que inspiraban en el Moderno Americano, ser parte del equipo de básquet era equivalente a prestigio. Jugué desde los seis hasta los 18 años. No sé bien de dónde salió, pero había un lema que se repetía a veces en los eventos de premiación de los mejores jugadores: “be the best, only the best” (sé el mejor, sólo el mejor). 

Cuando empecé la maestría de periodismo en Columbia, una de las primeras cosas que nos dijeron fue que no podíamos trabajar mientras estudiábamos y que para conseguir trabajo al graduarnos era recomendable que tuviéramos publicaciones en medios gringos. Eso aplicaba para todos menos para los estudiantes internacionales. Para nosotros no existía esa posibilidad porque nuestro estatus migratorio nos impedía publicar. Y trabajar adentro de la universidad estaba prohibido por la escuela de periodismo. El programa estaba diseñado para tener los suficientes recursos que te permitieran estudiar de tiempo completo un programa de casi un millón de dólares (con manutención) y al mismo tiempo tener contactos en los medios de un país para muchos de nosotros ajeno y así publicar. El programa estaba diseñado para que los estudiantes con una red de apoyo emocional, psicológico y material pudieran sobresalir. Yo no era una de ellos. Después me di cuenta que todo Nueva York es así, pero en potencia: premiando el “éxito” mientras te mete el pie.

Además de impulsarnos a ser los mejores en básquet –y aquí es imposible no preguntarse, ¿mejores que quién?, porque en este sistema la valía de uno termina siempre dependiendo de la comparación con otro y a costa del otro–, el Moderno tenía un programa académico realmente de punta. A lo largo de 15 años tomamos clases de programación, psicología, inglés, historia política y geografía económica donde, irónicamente, aprendimos sobre marxismo y otras críticas al capitalismo. La exigencia en el salón era alta y demandante. En todos esos años tuve escasas clases de arte, y cosas que en otras escuelas se fomentaban, como el voluntariado a causas sociales, nunca existió. Recuerdo vagamente tener compañeritos desde nivel primaria con problemas de ansiedad, anorexia y gastritis a causa de la inmensa presión que imponía la escuela. 

El ITAM también era así. Pero yo no me daba cuenta, precisamente por mi sistema de apoyo y privilegio. Las semanas antes de los exámenes departamentales de economía, la biblioteca se llenaba a todas horas del día, porque durante esa temporada de finales la dejaban abierta casi toda la noche. Entre compañeros siempre se daba la crítica a los demás para sentirse mejor uno mismo: “¿no has empezado a estudiar? Uuuy, suerte… yo llevo dos semanas”. Y en este sistema injusto y fallido, yo encontraba una especie de placer en triunfar. Cada calificación de economía aprobatoria en el “Muro de los Lamentos” era una batalla conquistada. Cada enero que veía la universidad más vacía porque se habían ido “los que no habían aguantado” era señal de mi resiliencia. O eso creía. Tenía, en realidad, mucho más que ver con el apoyo emocional de mi familia, con todas mis necesidades materiales cubiertas y hasta con las clases privadas y personalizadas de Eco II que me daba mi tía putativa después de haberla reprobado la primera vez. 

Trabajé como asistente de investigación en la que llamábamos la facultad menor de ciencia política en el ITAM durante el último año de la carrera. En conversaciones con profesores, me contaron que había muchos casos de suicidios en la universidad. Nunca había oído algo así; no tenía idea. Me acuerdo aun de los detalles en los tres casos más recientes que me narraron. Hablamos de lo que estaba haciendo la institución en respuesta. Y la respuesta era nula. Existía especulación de por qué diferentes departamentos no querían plantear una solución institucional, como proveer atención psicológica, pero no supe más del asunto. Desde entonces hasta ahora, la universidad nunca hizo nada.

No logré dimensionar nada de eso hasta llegar a Columbia. Y no por mi propia experiencia; eso vino mucho después de graduarme. En el primer mes de la maestría, una amiga cercana me contó de los casos de suicidios en Yale, Princeton, Columbia y otras Ivy League. La respuesta institucional de Yale, por ejemplo, era mandar a los estudiantes a sus casas durante un año para que recibieran atención psicológica por cuenta propia. Solamente los admitían de regreso si escribían y firmaban una carta, explicando los avances de su terapia y responsabilizándose por su bienestar emocional y mental. Al regresar al campus, varios se quitaban la vida de cualquier manera. Por supuesto que las universidades mantenían esto muy callado. 

Antes de nuestra primera sesión en Nueva York, el psicólogo me marcó por teléfono para preguntarme si tenía pensamientos suicidas. Llegar a su consultorio me costó mucho trabajo, particularmente porque al ya no ser estudiante no podía ver psicólogos de planta, y encontrar uno por fuera que cubriera mi seguro era difícil. “Creo que no”, le dije. Nunca consideré activamente quitarme la vida. Pero proseguí a contarle que sí fantaseaba con desaparecer. Antes de empezar a verlo, pasaba horas inmóvil imaginando que podía aplanar mi cuerpo contra el piso, poco a poco, alisándolo despacio, capa por capa, aplanándolo más, erosionándome, hasta no existir. Hasta que sólo hubiera piso. “Ven a verme el lunes”, me respondió. 

En el Moderno nos preparaban para tener las mejores bases posibles de una formación académica. Hay una broma entre los egresados, que todos terminamos en una de dos vertientes: universidades con metas productivas capitalistas como economía o finanzas como el ITAM o en carreras entregadas al conocimiento como fin en sí mismo, como filosofía o matemáticas puras en la UNAM. No hay puntos medios. Pero lo cierto es que el Moderno nos dio las capacidades necesarias para poder asistir a (y sobresalir en) universidades de excelencia como el ITAM. Universidades cuyo nivel académico es rico y exigente y prepara mentes críticas y egresados tanto cultos como capaces. Pero cuya principal meta es formar perfiles productivos y trabajadores eficientes que se piensan a sí mismos como los “líderes” del mundo empresarial y político. En las universidades como el ITAM nos preparaban para poder asistir a posgrados en el extranjero en universidades precisamente como Columbia. En los programas de posgrado en estas universidades, y en particular las maestrías, se fomenta el contacto con personas de tu medio, de tu industria, en posiciones más altas. Estos espacios sirven para entrenarte, sí, pero también –y tal vez, sobre todo– para colocarte en lugares donde puedas realizar las labores en cuestión de manera eficiente y sobresaliente para producir más para tu empresa o institución. A cambio, el sistema te regresa reconocimiento en forma de salarios altos, capacidad adquisitiva y prestigio por ser productivo y eficaz. La mejor métrica de éxito, como bien inculcaba el Moderno a niños de 10 años, es ser mejor que el prójimo. Y mejor es tener más. Claro que tu posgrado será más sencillo entre más estabilidad económica y emocional tengas para poder dedicarte a hacer contactos mientras cursas materias y mejor será el resultado si buscas un futuro en una industria relacionada a generar aún más capital, como las finanzas, los negocios o el derecho empresarial. Periodismo no es productivo para ese mundo y, regresando a mi crisis existencial, tal vez fue ahí donde el sistema me empezó a fallar: cuando opté por ser crítica en vez de productiva.

Esta semana se suicidó una estudiante del ITAM, la cuarta persona en quitarse la vida durante el semestre. La respuesta por parte de los estudiantes actuales fue atronadora por conmovedora y por impensable. En redes sociales circuló una imagen de los estudiantes reunidos alrededor de la Plaza Roja, el patio central del ITAM, sosteniendo girasoles, alzándolos al centro de un círculo donde rendían homenaje en memoria de su compañera. Los estudiantes de una universidad que premia sobresalir a costa del otro decidieron irse a paro hasta que la institución no ofrezca soluciones sostenidas al problema. Se viralizó el video de un estudiante cuestionando al rector, donde el chavo pregunta cómo se supone que los estudiantes busquen ayuda psicológica para lidiar con el estrés mientras cursan la carrera con una beca. Circuló también un pliego petitorio, que se exige se cumpla en su totalidad, o no se reanudarán actividades. Entre la comunidad de exalumnos surgió un debate donde algunos arguyen que es este nivel de presión y maltrato lo que forja perfiles “itamitas” y por otro lado están quienes argumentamos que el culto al estrés y otros ejemplos de esta cultura tóxica son completamente prescindibles para formar mentes críticas, cultas y egresados capaces. Muchos amigos se refirieron a esta generación como la más valiente que el ITAM ha visto. Suscribo. Pero no por el pliego petitorio ni por el paro total de actividades en sí mismo, sino por lo que está de fondo.

Es importante hablar del ITAM porque su generación actual de estudiantes está cuestionando la respuesta institucional, sí, pero también está cuestionando el sistema capitalista donde se nos enseña a sobresalir para producir. Mi generación creció bajo el paradigma de “be the best, only the best” hasta entrar a una universidad donde seas el que quede de pie ante el “Muro de los Lamentos” donde se publican las calificaciones de economía para graduarte y poder hacer un posgrado en el extranjero donde te conectes con la élite de la élite de un lugar como Nueva York donde eres por cuánto tienes y así puedas vanagloriarte en un puesto de alta remuneración económica a cambio de tu productividad para generar riqueza.

Lo que tienen en común los sistemas que generan presión para sobresalir a costa de los otros es que premian el privilegio dentro del statu quo. Te irá bien siempre y cuando ya tengas suficientes satisfactores para estar bien. La supuesta auto selección de lugares como el ITAM o Columbia donde se premia a los que “aguantan” es completamente falaz. No todos sus egresados se dan cuenta y quienes nunca lo verán son aquellos cuyo privilegio no se ha erosionado, aquellos que existen siempre en la intersección de características que les permiten no ser vulnerados. Para mí, darme cuenta llegó tarde y creo que tal vez no hubiera sucedido si hubiera elegido un posgrado diferente, más alienado a la premiación por producción eficiente. Pero mi privilegio llegó a un límite al encontrarme como mujer, latina, inmigrante y periodista en un monstruo como Nueva York. Tanto se erosionó mi sistema de seguridad que llegué al consultorio de un psicólogo por fantasear con dejar de ser. Y de ahí mi crisis actual, en la que batallo, durante un rato al menos cada día, por responder a una pregunta que no logro resolver: si la respuesta, la meta, mi valía no está en lo que debía de hacer, ¿entonces cuál es?. 

Fue muy fácil para el ITAM responder a los requisitos de los estudiantes en términos de atención psicológica y acompañamiento institucional para los que requieran una mayor red de apoyo emocional y material. Fue muy fácil y eso en sí mismo es increíble, porque se han tardado años y vidas humanas en hacerlo. Pero el verdadero reto para el ITAM será replantearse cómo seguir siendo una universidad de excelencia cuya reputación no repose en la productividad laboral de sus egresados. Porque, a pesar de que para eso fue creada, sus valientes estudiantes actuales y los tiempos que vivimos exigen más, exigen algo diferente; algo nuevo, pero sobre todo, algo mejor. A pesar de su cultura tóxica, reflejo del resto de la sociedad y mundo capitalista en el que vivimos, el ITAM sí es una universidad de excelencia. Espero que esté a la altura de demostrarlo.

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Ha participado activamente en investigaciones para The New Yorker y Univision. Cubrió el juicio contra Joaquín El Chapo Guzmán como corresponsal para Ríodoce. En 2014 fue seleccionada como una de las diez escritoras jóvenes con más potencial para la primera edición de Balas y baladas, de la Agencia Bengala. Es politóloga egresada del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y maestra en Periodismo de investigación por la Universidad de Columbia.

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