Ecos de Marichuy en Brasilia

20 agosto, 2019

Microfilme Postal, columna de opinión por Daliri Oropeza Alvarez

Miles de mujeres indígenas protestaron en Brasilia durante cinco días contra las políticas neoliberales de Jair Bolsonaro, pues solo en su gobierno se duplicó la deforestación en la selva del Amazonas. ¿Qué resuena en estas luchas?

Por Daliri Oropeza

Fotografías: Adriana Medeiros

¿Qué se sentirá tomar fotos en la primera marcha de mujeres indígenas de Brasil?, pienso cuando veo en la pantalla brazos fuertes tomados codo a codo entrelazados, que unen cuerpos morenos con rostros poco comunes llenos de colores, con pintura, entre brillantes arreglos en las cabezas que me remitían a un penacho. Suspiro. Ésa es una cobertura que me gustaría hacer, exclamo en la redacción de Pie de Página.

Recuerdo lo que sentí al cubrir el recorrido de la primera mujer indígena en buscar una candidatura independiente en México: Marichuy. Éste es un momento político importante para las mujeres, pienso.

Más de 2,500 mujeres indígenas de al menos 130 pueblos originarios se reunieron en Brasilia, capital del país más grande del sur del continente. Marcharon, hicieron foros, conversaciones en grupo, protestaron y tomaron el Ministerio de Salud, hablaron en el Congreso sobre la situación de despojo.

«Es el peor momento para las mujeres indígenas desde la dictadura», aseguró Sônia Guajajara, líder indígena de la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil, también la primera candidata indígena a la vicepresidencia.

Foto: Adriana Medeiros

Busqué a Adriana Medeiros, colega fotógrafa que asistió.

Me explica que este es un momento de coyuntura política con un gobierno federal (Jair Bolsonaro) y un Congreso que institucionalizaron el exterminio de los pueblos tradicionales e indígenas y la degradación del medio ambiente en Brasil. Recuerdo la promesa que hizo Bolsonaro en su campaña: no dejar que los indígenas tuvieran tierras. Aún así ganó. “Vivimos en un infierno”, me han comentado varios amigos que residen allá.

Después de cinco días de intercambiar ideas, saberes, expresiones de lucha, las mujeres indígenas realizaron un posicionamiento político nombrado «Territorio: nuestro cuerpo, nuestro espíritu”. El documento contiene la palabra colectiva que rememora valores y recuerdos matriarcales ancestrales “para que podamos avanzar en nuestros problemas sociales relacionados con nuestros territorios”, como postura política, nombra su lucha como una danza.

A lo largo de la protesta, los coros de consignas que al unísono gritaban recuerdan los paisajes de sonidos hechos con flautas, tambores, sonajas, pero sólo eran las voces de las mujeres.

Una de las consignas dice: “Pisa ligero, pisa ligero. Quien no puede con la hormiga no atrapa el hormiguero”.

Era sentir los sonidos, los olores, los colores y el ritmo de la lucha indígena como si fuera un solo cuerpo luchando por el mismo objetivo. Al mismo tiempo, defendíamos la salud pública, la educación, la participación política de las mujeres y nuestra diversidad— dice Adriana, y luego suelta las preguntas: ¿Cómo fue posible armonizar tantos elementos y demandas? Estamos en la tradición (ascendencia y pasado) y en lo sensorial (danzas y rituales) resignificando los desafíos más contemporáneos —esto último también es una pregunta que se hace, y hace a quien nos lee.

Foto: Adriana Medeiros

El documento contiene una serie de reclamos por la demarcación y protección de todas las tierras indígenas contra los invasores y propuestas de apertura al gran capital, como el reciente intento de Bolsonaro de abrir los territorios ancestrales para la minería. Postula de manera contundente que quieren respetar la forma única de ver, sentir, ser y vivir el territorio:

“Esta forma de gobernar es como arrancar un árbol del suelo, dejando sus raíces expuestas hasta que todo se seque. Estamos arraigados en la tierra, porque es donde buscamos a nuestros antepasados ​​y a través de ella alimentamos nuestras vidas. Por lo tanto, el territorio para nosotros no es un bien que se pueda vender, comerciar, explotar. El territorio es nuestra propia vida, nuestro cuerpo, nuestro espíritu”.

Me resuena cómo equiparan las violencias: “El sentimiento de violación del territorio es como el de una madre que pierde a su hijo. (…) Es la pérdida de lo sagrado y el sentido de la vida».

No puedo evitar pensar en el contexto mexicano que llevó a los pueblos del Congreso Nacional Indígena a encontrar una fortaleza contra el continuo proceso de asedio por megaproyectos —que se incrementó durante el sexenio de Enrique Peña Nieto— en el andar de una vocera, elegida por consenso, representante de un Concejo, que tejió por meses la palabra entre pueblos en resistencia. A María de Jesús Patricio también se acercaron madres de personas desaparecidas, víctimas de feminicidio y de la guerra impuesta desde Calderón.

Sobre la violencia ejercida contra las lenguas indígenas de Brasil describen que hay lenguajes que resistieron esta violencia, por eso “las mujeres desempeñamos un papel importante en la transmisión del poder de nuestro conocimiento ancestral a través de la transmisión del lenguaje”.

De todo esto hablaba Marichuy cuando iba de pueblo en pueblo, recuerdo.

Foto: Adriana Medeiros

Las mujeres indígenas afirmaron:

“Nos mantendremos firmes y lucharemos contra los problemas y las violaciones que afectan nuestros cuerpos, nuestros espíritus y nuestros territorios. Al difundir nuestras semillas, nuestros rituales, nuestro lenguaje, garantizamos nuestra existencia”.

Enumeraron 14 puntos de acción desde las redes que tejieron en esta reunión en Brasilia, y con la lucha garantizar el derecho a la plena posesión de sus territorios, el derecho irrestricto a una atención médica diferenciada para los pueblos, exigir al Tribunal Federal que no permita ni legitime ninguna reinterpretación retrógrada y restrictiva del derecho original a las tierras tradicionales, garantizar una sociedad justa y democrática por el derecho a la diversidad, respeto al convenio 169 de la OIT; remarcaron el compromiso de promover una mayor representación de las mujeres indígenas en espacios políticos, dentro y fuera de las aldeas o comunidades: “Nuestros cuerpos y nuestros espíritus deben estar presentes en los espacios de decisión”, aseguran.

También remarcaron su motivación de lucha por combatir la discriminación, el racismo, y la violencia contra los pueblos indígenas, impulsar la toma de decisiones, especialmente las mujeres, que son víctimas no solo del racismo sino también del machismo; defender el derecho a una dieta sana, libre de pesticidas y nutrida por el espíritu de la tierra, el derecho a una educación de calidad que respete los idiomas, la necesidad de una legislación específica para combatir la violencia contra las mujeres indígenas.

Estas demandas poco salieron en los grandes medios de comunicación en Brasil, quienes enfocaban solo en los hechos disruptivos como la toma del Ministerio de Salud. Sin embargo, los medios alternativos tuvieron un papel fundamental en el cerco mediático.

Foto: Adriana Medeiros

“Nuestro movimiento tiene una especificidad que nos gustaría que se entendiera: El movimiento producido por nuestra danza de lucha considera la necesidad de un retorno a la complementariedad entre lo femenino y lo masculino, sin conferir, sin embargo, una esencia a hombres y mujeres. El machismo es otra epidemia traída por los europeos”.

Adriana afirma que esta primera marcha de mujeres indígenas es una expresión del proceso de participación política de las mujeres que se ha construido en su país y tiene que ver con la redemocratización y la internacionalización de los movimientos sociales, de la organización social y la identificación de las minorías.

“¡Me sorprendió ver el proceso continuo y multiplicador de participación política y la maduración de la articulación y organización política! No van a silenciar, retirarse o negociar el derecho a la vida. Basta ver su disposición al diálogo y la interacción con otros movimientos sociales”.

Ya con esa exaltación, Adriana me dice:
Vivir con verdaderos guardianes de la vida, me trajo esperanza y fortaleza, especialmente en este momento político brasileño de tanta degradación moral, cívica y civilizadora.
 
Pienso en las razones que me llevaron a documentar el recorrido de María de Jesús Patricio Martínez. Esa esperanza también la encuentro en los pueblos que visitó, en donde compartimos.

“Las mujeres tenemos un papel importante como semillas que pueden propagarse y que un día seguramente crecerán”, me dice Adriana.

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