Colón no quedó limpio

14 octubre, 2020

De rojo sangre mancharon a Colón en el día de las resistencias indígenas. Juventudes alrededor del mundo intervienen estatuas. Abren así posibilidades para una discontinuidad de lo que éstas representan; cambian el espacio público y la narrativa de la memoria

Twitter: @Dal_air 

Imagino cómo se derrite esta estatua de bronce, ahora, amurallada. Porfirio Díaz la colocó en la estación de trenes de Buenavista para celebrar el “cuarto centenario del descubrimiento de América”. Desde el perímetro, activistas la miran con bravura. Cristóbal Colón en escultura. Que la pintura escurra. Que provoque una ruptura. Una invasión es lo que acuña. Deletrean con brochas: megaproyectos son coloniales.

Pasaron 128 años desde que colocaron la escultura de bronce. Es 12 de octubre del 2020, día de la Resistencia Indígena. Diversos colectivos artísticos de jóvenes que hacen lo mismo pintura y muralismo que música decidieron protestar aquí con una intervención.

Comienzan por la muralla que resguarda la estatua. Intentan abrirla después de pintarla con letreros de “descolonización”, “no más despojo”, “Samir vive”, “haz de caer”, “Genocida”, “fuera Colón”, “ser mujer, prieta, pobre: condena colonial”. Imagino que si se derrite el bronce queda el yeso y se puede pintar del color de la tierra.

Con una cuerda, las personas que protestan quieren hacer la ruptura, abrir la muralla que protege al Colón de Porfirio Díaz, realizada por un escultor español del romanticismo. “Una, dos, tres” y todos tiran a un mismo tiempo del grueso mecate. Los policías sacan por lo menos 10 extintores. Cambian de formación y llegan más de 100 en fila a reforzarlos. Intentan frenar a los jóvenes. Ellos les pintan sus cascos. La escultura observa a lo lejos la trifulca. Vuelan botellas con pintura roja. Con su cuerpo y con escudos,  policías evitan que los manifestantes se acerquen al muro. Jalonean a las activistas.

“Déjenos pasar a pintar el monumento, ustedes también son víctimas de la colonización”, les dicen a los uniformados. Vecinos se asoman a mirar la escena desde los balcones.

Crecí en este barrio. Sus calles son mi paisaje urbano. No recuerdo ni tengo registro de una intervención de esta estatua.

Tal vez son las mentes las que están amuralladas. 

Intervenir monumentos, estatuas, bustos, rotondas, es un acto que vemos hoy en todo el mundo. Las juventudes brillan como protagonistas. Lo mismo las tiran que las pintan o las visten. La protesta es parte de un movimiento que busca precipitar la discontinuidad de lo que representan estas esculturas. Las mujeres en México lo reivindicaron pintando de púrpura, desde el Ángel de la independencia hasta los jinetes de Bellas Artes.

Pasaron 28 años. Resuena con actualidad el cómo, los indígenas tsotsiles y tseltales en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, derrumbaron la estatua de Diego de Mazariegos el 12 de octubre de 1992. No fueron los únicos. Ese mismo año, en el marco de las jornadas de los 500 años de resistencia negra, indígena y popular, en Pátzcuaro, Michoacán, p’urhépechas derribaron la estatua del virrey Antonio de Mendoza. Su osadía no deja de resonar. Sin embargo, hoy, ya no sólo son pueblos indígenas quienes intervienen los monumentos de bronce o de mármol o de concreto. No están solos en su intento de resignificar su pasado.

Solo una semana después del asesinato de Georges Floyd en Estados Unidos, en Bristol, Inglaterra, jóvenes tiraron al mar la estatua del traficante de esclavos Edward Colston. Con él se hundió una representación del racismo.

Hoy mismo, 12 de octubre, en Quito, Ecuador, pintaron y vistieron la escultura de Isabel la Católica. En su mayoría mujeres, la transformaron en chola.

Todo esto sucede mientras la autonombrada “4T” o “cuarta transformación” erige más estatuas sobre Paseo de la Reforma, en Ciudad de México, para materializar su relato histórico. Ahora, son esculturas de mujeres las que ponen. Simultáneamente, buscan que los códices y elementos prehispánicos que se encuentran en Europa por obra y gracia del saqueo colonial regresen a México para conmemorar, el próximo año, los 500 años de la caída de Tenochtitlán. Una puesta en escena de enorme significado para una izquierda progresista nacionalista.

Mientras tanto, en Ciudad de México, los policías ponen un muro metálico azul alrededor de Colón para resguardar la “integridad” de su representación.

Alzar vallas en torno a las estatuas es creer que la historia es inalterable, progresiva. No es así. Walter Benjamin criticó esta postura positivista de concebir la “Historia”. Desde su análisis, esta progresión lleva a la repetición del sufrimiento humano. La historia no es estática ni lineal. Benjamin asegura que hay ruptura al reconocer la barbarie en los sucesos civilizatorios. Cambia con la discontinuidad.

La escultura que cuidan los policías no es la de un héroe. Colón fue supervisor de la esclavitud sexual de mujeres y niñas. Mandaba a cortar las manos de los indígenas que no lograban la medida de polvos de oro que él ponía como meta. Se las colgaba y los exhibía, de acuerdo con lo narrado por Tzvetan Todorov. Si esa representación escultórica se borra, se tira, estaríamos destinados a repetir esa historia.

Benjamin recalcó la necesidad de liberar a la historia de la representación. Enfatizó en tres cuestiones: la memoria, la repetición y la necesidad de la intervención política. Quitarle la nostalgia a las representaciones. Nostalgia por el pasado que nos impusieron. El efecto que provoca su representación en el espacio público: reafirmar una identidad del pasado, en el presente. 

Benjamin vio un peligro en hacer estética la política. Para él, las transformaciones son en las representaciones de la vida cotidiana, que guardan en ellas mismas su momento histórico y evidencian que hay cambios. 

Ésas son las intervenciones a monumentos que vivimos hoy en día. Esos personajes de piedra y metal ya no son percibidos como algo de lo que un pueblo deba estar orgulloso. Ahora son enemigos de bronce.

El historiador José Koyoc reflexiona: “Al analizar el espacio público hay que distinguir entre historia como disciplina y memoria como una mirada al pasado que explica el presente de colectivos, grupos pueblos y naciones. Esto para mirar el pasado en el presente. ¿La historia de la colonización es lo que queremos construir en el espacio público?”.

Estas rupturas de la cotidianidad de la ciudad a través de las intervenciones a monumentos o estatuas de bronce cambian el modo en que las personas los miran, y les hacen pensar, ¿por qué los pintaron? ¿Por qué las derribaron? Vivimos un momento de apertura en la construcción del espacio público que queremos habitar o caminar. 

En este barrio de Buenavista, en donde abundan los políticos y las trabajadoras sexuales, nunca había notado que esa estatua es Colón. Camino rutinariamente por aquí. Las vecinas no lo verán igual. Ahora lo veo con atención y entiendo lo que es y, lo que dejó de ser. 

Pese a las vallas, el Cristóbal Colón no quedó limpio. Quedó sucio de color rojo sangre.

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