Leyendo:
Cerro de Chiconautla: resistencia astronómica

El cerro de Chiconautla se salvó de ser rebanado para la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México. Pero el peligro no termina: ahora, las autoridades amenazan con ampliar el de Santa Lucía, acabando con los pocos espacios verdes que quedan. En una zona devastada por la urbanización, los pobladores se organizan a través de reconocer el valor arqueológico, cultural y ambiental

Texto: Lydiette Carrión

Fotos: Ximena Natera

ECATEPEC, ESTADO DE MÉXICO.- Los pobladores de San Pablo Tecalco se enteraron por televisión: el cerro de Chiconautla, a unos pasos de sus casas, sería “rebanado” de la punta al menos 25 metros, para que los aviones del Nuevo  Aeropuerto de la Ciudad de México que construían en Texcoco pudieran despegar. Error de cálculo, dijeron algunos. 

En la cima del cerro de Chiconautla, en esos al menos 25 metros que pretendían cercenar al cerro, hay una peñas. Y entre ellas, un tesoro. Es una piedra más bien plana, como cualquier otra de las que se encuentran ahí. Debe tener unos 60 centímetros de radio, y como las demás piedras, está profusamente graffiteada. Así que eso imposibilita aún más ver los hoyitos: 20 en dirección oriente y 20 al norte que forman una cruz. 

Si uno se para sobre esa cruz al amanecer del Solsticio de Verano, verá nacer el sol justo detrás de la Pirámide del Sol de Teotihuacan. Este día, se alinean el cerro de Xihuingo (Tepeapulco Hidalgo), el del Tlacoyo (Axapusco Edo. Mex.), la pirámide del Sol y el cerro de Chiconautla. Y todo eso se observa desde esta piedra graffiteada, el marcador astronómico TEO15.  

La salida del Sol, a lo largo del año, va cambiando, cada vez un poco más al norte, hasta el solsticio de invierno, donde el astro llega disminuido y tibio, como un Huitzilin (colibrí) o un niño. Es entonces que  cambia de dirección y se dirige a la pirámide del sol nuevamente, a la que llega enorme, y en todo su esplendor, Tonatiuh, como un guerrero. 

El camino del sol a través de cerros y pueblos marca los equinoccios, así como el inicio y final de las lluvias y el estiaje. Finalmente el solsticio de invierno, desde ese mismo marcador, uno puede ver nacer un sol disminuido, invernal (un huitzilin, colibrí) desde uno de los cerros aledaños.

Esa cruz compuesta por 40 hoyitos es tan sólo uno de los  21 marcadores astronómicos en torno a Teotihuacan. Fueron descritos por Anthony Aveni y Horst Hartung en “Cuadernos de la Arquitectura Mesoamericana”, núm. 4, en 1985. 

Hace unos años, los investigadores María García Samper, Juan Aguilar Cuevas y Hernán Correa, contactaron a Arturo Hernández Buendía, un hombre campesino de San Pablo Tecalco, estudioso de su historia y pueblo. Recorrieron el cerro e identificaron dos de los cuatro marcadores que Aveni y Hartung describieron en 1985. El de la cruz y otro más que se encuentra un kilómetro abajo, sobre una piedra famosísima localmente: la piedra meona.  Los otros dos no han sido hallados; quizá, explica el señor Arturo Hernández, se los llevaron, con toda la devastación que ha sufrido el cerro: la construcción del aeropuerto no sólo implicó que quisieran rebanarlo por arriba; en los hechos excavaron varios kilómetros y sacaron material de construcción para el aeropuerto. Saben que el destino de esos enormes agujeros puede ser volverse en tiraderos clandestinos o basureros designados. Actualmente, ya hay dos basureros circundando el cerro.

Día de campo

Es 21 de junio. El señor Arturo Hernández Buendía, junto a Donatto Badillo, estudiante de doctorado y promotor de la defensa de los pueblos, la señora Eva practicante de medicina tradicional y otros más, realizan un pequeño ritual en la plaza de San Pablo Tezonco; vienen madres de familias, niños de escuela, pocos hombres. En un par de horas subirán al cerro; van con alegría; en estos tiempos no se puede subir tan fácil, el lugar se ha vuelto peligroso. 

Desde de San Pablo Tecalco, la gente sube: señoras, hombres  y niños, estos últimos los más emocionados. Van correteando con los cachetes colorados, riéndose y jugando carreritas, buscando en el suelo pedregoso las biznagas, que en esta época del año dan su fruto: los chilitos, una frutilla  alargada -como chile– que sabe entre jitomate y tuna. Las madres les advierten: debido a lo recio del sol, los chilitos están calientes, deben dejar que se enfríen para que no les dañen la pancita. La mayoría de los niños no hace caso a las mamás.  

Los padres de estos niños crecieron probablemente así, jugando y descubriendo en el campo. Pero el día de hoy este paseo es extraordinario. En el día a día, el cerro se ha vuelto peligroso. Es recorrido por personas extrañas, y las faldas del cerro se han vuelto tiradero de cadáveres. “Los vienen a tirar, pero no son de aquí”, explica una de las señoras. La gente ya no sube si no tiene que ir a hacer.

Cima

Algunos suben rápido; otros más lento. Otros más subieron en camioneta por el camino; llevando ollas de arroz, tortillas y un anafre. Arriba, el señor Arturo y Daniel Donatto Badillo explican los hallazgos astronómicos, que tienen en realidad pocos años, seis, siete años, a lo sumo. Algunos habitantes de San Pablo no conocen sobre los marcadores; pero estando ahí, sobre la piedra grafiteada, el paisaje tiene otro valor: los pueblos, los cerros, los marcadores de las estaciones. Y es aún más doloroso ver la devastación… 

La mancha voraz

El cerro de Chiconautla está entre los municipios de Ecatepec, Tecámac y Acolman. A los pies del cerro, por el lado de Ecatepec, se encuentran las minas de material que han destruido el cerro en aras del aeropuerto, y un poco más adelante, los ejidos y lagos arrasados, convertidos en colonias carentes: Laguna de Chiconautla, esa colonia construida desde la precariedad, y cuyas familias viven bajo el mandato de Antorcha Campesina, las Brisas, asoladas por las aguas negras de la termoeléctrica…. Hacia el sur, “la mancha voraz”, dice uno de los paseantes, se ha tragado los pueblos de Santa María y Santo Tomás Chiconautla, que pasaron de ser comunidades donde “no pasaba nada”, a ser barrios devastados por la inseguridad, y sede de unos de las cárceles más precarias del Estado de México: el penal de Chiconautla. Ahí también, las autoridades permitieron la creación del basurero a cielo abierto que se alimenta de los desperdicios de la Ciudad de México. 

Hacia el norte, del cerro se encuentra Acolman; y ahí hay otras minas de con la que siguen construyendo fraccionamientos y casas de interés social. Finalmente, por el lado de Tecámac, se extienden nuevos fraccionamientos; pero es la zona menos afectada de todas. 

 Aún queda el pueblo de San Pablo, y sus ejidatarios todavía conservan algunas parcelas para sembrar agave, preparar pulque. Pero ahora, la propuesta de la administración actual, de ampliar el aeropuerto de Santa Lucía, amenaza la precaria sustentabilidad.

El señor Arturo explica: en Tecámac no hay agua. Ellos (las autoridades) dicen que sacarán el agua del aeropuerto de los mismos pozos, y que traerán aguas de desecho para ser tratadas y reutilizadas. Pero nosotros sabemos que esas aguas tratadas nos las darán a nosotros; y se llevarán nuestra agua para su aeropuerto.

Meona

Ignacio René López Quezada recuperó en su tesina de maestría una leyenda sobre la piedra meona:  

“Cuentan las personas de mayor edad, por tradición oral las gentes de Chiconautla, dicen; que por aquí -en el cerro- había un asentamiento humano y, que aquí en este lugar andaba una mujer muy bella, según que andaba juntando leña. En esos momentos sintió ganas de ir al baño, sus necesidades fisiológicas. Esta mujer observó todo el valle, observó que nadie la mirara, cuando estuvo segura, se sentó a hacer del baño detrás de un maguey, pero en ese momento se da cuenta que Popocatépetl estaba sufriendo el encanto y, a la vez que Popocatépetl que observó todo se empezó a sonreír, se sonrió; y a ella le dio tanta pena, que sufrió el encanto también, entonces se transforma en piedra, se cae, y su cabeza se le desprende, Popocatépetl se transforma en volcán sufriendo también el encanto.

Unos kilómetros cerro abajo del TEO15, hay otra piedra enorme, muy conocida bajo el mote “la piedra meona”. Se trata del marcador astronómico TEO14. Es un monolito de unos 4 metros de altura; y en la parte de abajo tiene una hendidura que recuerda la vulva de una mujer. Por ahí, en algunas temporadas, sale agua. 

En una de las paredes de la meona, los pueblos de allá dibujaron un caracol, y ahí también hay muchos hoyitos, que probablemente marquen eventos importantes en esa zona.

La abuela de Donatto de platicaba que en sus tiempos, la meona era punto de reunión de los pueblos del área para encontrarse; platicar y realizar trueque. Todo alrededor de la meona. Hoy, la piedra se encuentra también cubierta de graffiti y pintura, y los pueblos ya no suben al cerro a encontrarse. 

La gente de la zona ha buscado organizarse como “Vecinos del Cerro de tecalco Chiconaulta”, para defender su ecosistema y costumbres. Esquivaron la bala del Nuevo Aeropuerto en Texcoco; ahora deben resistir el embate desde Santa Lucía, y la mancha urbana.

Consulta también:

Laguna de Chiconautla: barios pobres, ricos negocios

Jardines después del ‘Monstruo’

Lydiette Carrión Soy periodista. Si no lo fuera,me gustaría recorrer bosques reales e imaginarios. Me interesan las historias que cambian a quien las vive y a quien las lee. Autora de “La fosa de agua” (debate 2018).

Periodista visual especializada en temas de violaciones a derechos humanos, migración y procesos de memoria histórica en la región. Es parte del equipo de Pie de Página desde 2015 y fue editora del periódico gratuito En el Camino hasta 2016. Becaria de la International Women’s Media Foundation, Fundación Gabo y la Universidad Iberoamericana en su programa Prensa y Democracia.

Escribe las palabras a buscar.