26 abril, 2019

En algunos países se transita a una escolaridad más relajada, lo que ha generado mucho rechazo en sectores de la sociedad que critican la “permisividad”. Sin embargo, parece que la educación rígida no lleva a la felicidad

@lydicar

Ésta es una leyenda Innu, de los pueblos originarios de lo que hoy se conoce como Quebec y Labrador, Canadá.

Era la llegada de la primavera, y una mamá osa despertó de su hibernación. Pero sus oseznos seguían durmiendo, así que ella decidió salir un momento a comer moras dulces. Después regresó a su cueva, se acostó de nueva cuenta junto a sus pequeños y volvió a dormirse. Fue entonces que sus hijos despertaron, y vieron la boca de su mamá manchada de moras.

–¿Qué es eso en la boca de mamá?– preguntó uno de ellos. El otro se acercó y tomó algunas moras de la boca de la madre, probaron y les gustó mucho.

–Salgamos de la cueva, sigamos las huellas de mamá y busquemos más–, propuso el segundo.

Y así lo hicieron, siguieron las huellas de mamá sobre la nieve, que comenzaba a derretirse, y llegaron al pequeño prado lleno de moras. Los oseznos se dieron un festín, y después regresaron a casa. Sin embargo, justo cuando estaban por entrar a la cueva, escucharon los gritos de su madre.

Era demasiado tarde. Un monstruo de avaricia la mató y ahora la devoraba. Los oseznos huyeron inmediatamente, pero el monstruo sabía que existían, ya que previamente vio sus huellas en la nieve. Y éste se encontraba muy emocionado, porque la carne de osezno es muy sabrosa y tierna. Así que casi inmediatamente salió a perseguirlos. 

Los oseznos corrieron durante mucho tiempo, hasta que se encontraron con su abuela puercoespín en el camino.

–Abuelita, ¡por favor déjanos pasar! Estamos huyendo de algo o alguien que mató a nuestra mamá. Por favor, ¿podrías retenerlo para que podamos escapar?

–Sí, lo haré– replicó su abuela. Y les dijo: –Ustedes tienen otra abuela que puede matar este monstruo. La encontrarán si siguen este camino–, y apuntó al sendero.

Y los cachorros obedecieron.

A los pocos minutos, el monstruo llegó con la abuela puercoespín. Y le ordenó:

–Por favor, abuela, muévete del camino. Estoy buscando a nuestros nietos, porque han huído de mí.

–Oh, no me moveré hasta que hagas lo que ellos hicieron por mí.

El monstruo preguntó:

–¿Qué hicieron por ti?

–Encendieron un fuego y tallaron sus caras en mi cola.

–Oh, eso es fácil–, replicó el monstruo. Y le encendió un fuego y después talló su cara en la cola de la abuela. Pero cuando estaba haciendo esto, la abuela meneó su cola tan fuerte que lo abofeteó con ella, y los ojos y boca del monstruo quedaron llenos de espinas.

–Ahora te dejaré pasar–, advirtió la abuela, mientras el monstruo se quitaba las espinas del rostro.

Los oseznos por fin llegaron a la casa de su otra abuela, quien vivía junto al río: Esta abuela era una enorme gaviota.

–Abuela, estamos huyendo de alguien que mató a mamá. Creemos que nos quiere matar también.

–No se asusten. He matado a este tipo de monstruo antes–, y agregó: –Los llevaré en bote a un lugar donde estarán seguros.

Los llevó hasta otra orilla y tras prometerles que mataría al monstruo, y navegó de vuelta sola.

Pero, una vez que regresó al lugar original, tomó pescados echados a perder y talló su bote con ellos. Entonces llegó el monstruo:

–Abuela, ¿has visto a nuestros nietos? Quiero comerlos, porque se ven muy ricos y tiernos.

–Sí. Los vi. Los llevé en bote al otro lado. ¿Quieres que también te lleve?

Sí, dijo el monstruo y saltó al bote. Pero una vez ahí, no pudo soportar la peste del pescado muerto. Entonces, la gaviota dijo:

–Oh, si no puedes soportar el olor, saca la cabeza, te ayudará.  

Y el monstruo así lo hizo. Se apoyó para acercar su cabeza al agua. Entonces la gaviota sacó un enorme cuchillo que llevaba escondido y le cortó la cabeza, que cayó al agua. Después fue con los oseznos.

–Ya maté al monstruo que devoró a su madre. Se pueden quedar aquí, y construiré juguetes para ustedes.

Los oseznos jugaron con el bote en el río, y se divirtieron muchísimo. Se quedaron ahí para siempre.

            FIN

La palabra Naskapi ha sido traducida como “hombres más allá del horizonte”. A inicios del siglo XVII este pueblo era nómada en su mayoría, en un territorio marcado por la belleza de los bosques y ríos, pero también por el frío y la precariedad.

Quizá por todo ello es que se sabían parte de una naturaleza completamente interconectada, siendo los hombres un elemento más, y cuya supervivencia depende del todo. Por eso es que la gaviota y la puercoespín son abuelas de los oseznos, e incluso el monstruo de avaricia es también un abuelo.

Los niños, en aquel entonces, eran muy preciados por los Innu, y sobre todo respetados en su condición de infantes. Eso se relata de forma muy bella al final de la historia de los oseznos, cuando su abuela gaviota les dice que se queden ahí y ella les construirá juguetes. No les habla de comida o trabajo, sino de juguetes. Y ellos se quedan “para siempre” a navegar el río, porque se divierten mucho.

Pero esa relación tan especial con la naturaleza y la vida, ni el amor a los niños existe en la actualidad entre los pueblos innu. Quedan sólo reflejos de otra cultura.

 Silvia Federici cita a la antropóloga Eleanor Leacock en sus Myths of Male Dominance (1981), y narra que cuando llegaron los jesuitas a cristianizar, a “civilizar” a los innu, les molestaba mucho el hecho de que hombres y mujeres se casaban y separaban sin problema. Y aunque los niños tenían a su madre y a su padre, a los hombres no les preocupaba mucho que fueran “biológicamente” suyos. Ya que todos los niños eran de todos.     

Federici escribe que:

La mayor victoria de los jesuitas fue persuadir a los Naskapi de que golpearan a sus hijos, creyendo que el excesivo cariño de los «salvajes» por sus hijos era el principal obstáculo para su cristianización. El diario de Le Jeune registra la primera ocasión en la que una niña fue golpeada públicamente, mientras que uno de sus parientes le daba un espeluznante sermón a los presentes sobre el significado histórico del acontecimiento: «Este es el primer castigo a golpes (dijo él) que infligimos a alguien de nuestro pueblo […]» (ibidem: 54-5).

Actualmente, en algunos países se transita a una escolaridad más relajada, sin tareas, y procurando sobre todo el espíritu del niño. En México, se discute el tema de que no exista la seriación de grado en primero y segundo de primaria. En otras palabras, dejar de atosigar a los niños de 6 y 7 años con sus calificaciones. Pero esto ha generado mucho rechazo en enormes sectores de la sociedad; se habla desde muchos frentes de la “permisividad”.

La realidad es que México ocupa los primeros lugares de maltrato infantil, y uno de los peores rendimientos académicos. Pero definitivamente, la rigidez académica no es la solución. Recientemente, en El País salió una columna firmada por Florencia López Boo que retoma un estudio interesante: aunque siempre ha habido padres más permisivos que otros, hay una correlación entre el grado de desigualdad económica y la rigidez o permisividad educativa.

Básicamente, en los países con poca desigualdad económica, y hay escasas posibilidades de que los hijos terminen mendigando cuando sean pobres, los padres son más relajados y permisivos; y se concentran más en el tiempo de calidad, la alegría, el jugar.

Por el contrario, en países con grandes desigualdades (como lo es México y el resto de América Latina y el Caribe), los padres se encuentran angustiados con la posibilidad de que sus hijos caigan en la pobreza; así que el estilo de crianza es más intrusiva, más hostil hacia los hijos, más abusiva.

¿Qué resulta antes? ¿Una sociedad infeliz o una infancia miserable?

Actualmente, los pueblos innu tienen uno de los grados más altos de suicidio y alcoholismo de Canadá. Pareciera que esa educación rígida es una educación para criar esclavos.

Referencias:

“Así afecta el entorno económico a la crianza de los hijos”

Leyendas de los Innu:

http://www.bigorrin.org/archive112.htm

Calibán y la Bruja, Silvia Federicihttps://observatorio.aguayvida.org.mx/media/caliban-y-la-bruja.-mujeres-cuerpo-y-acumulacion-originaria.pdf

Columnas anteriores:

Pascua

Gemel@s

Lydiette Carrión Soy periodista. Si no lo fuera,me gustaría recorrer bosques reales e imaginarios. Me interesan las historias que cambian a quien las vive y a quien las lee. Autora de “La fosa de agua” (debate 2018).