Un joven con discapacidad intelectual tenía en su rostro, no el susto, el pavor, el horror. Me percaté de él porque estaba arrinconado con sus manos sujetando sus piernas y con la mirada al vacío. Me acerqué para tranquilizarlo, para cobijarlo con palabras en ese lugar tan frío. Estaba golpeado de la cara.
Los verdaderos reos












