Aires de cambio

11 abril, 2021

La muerte del príncipe Felipe es el principio de un cierre, como las muertes de mis abuelos y las de millones de personas mayores en todo el mundo a causa de covid-19 son el final de una era. Con ellos despedimos el siglo XX y nos enfrentamos sin guías, asideras o brújulas morales, de manera definitiva al siglo XXI. Pero también es cierto que a veces los cambios llegan porque la normalidad no era sostenible o había dejado de ser deseable

Twitter: luoach

Me enteré de la muerte del príncipe Felipe, duque de Edimburgo, por Instagram. El consorte de la reina Isabel II del Reino Unido se quedó a un año de cumplir el siglo de vida. Falleció de 99 años de edad el 9 de abril de 2021.

Es sintomático que me haya enterado de su muerte por medio de Instagram, una aplicación de redes sociales –que muy probablemente no era parte de la vida del príncipe. Y millones de millennials como yo, en todo el mundo, nos enteramos por ahí. Como yo, la mayoría de la gente de mi edad solo sabemos algo del príncipe y de su vida a través de la serie televisiva de drama histórico The Crown, publicada en Netflix.  

El príncipe Felipe y lo que representaba es lejanísimo a mi vida, por eso se me hizo tan raro encontrarme francamente triste cuando me enteré de la noticia. Pero la explicación no era tan remota. La primera persona con quien hubiera comentado su muerte era mi abuela, quien murió hace casi un año. 

Le encantaba hablar de la reina Isabel. “Es de mi edad”, me decía con orgullo, y contaba cómo la había visto y escuchado y leído por diferentes medios a lo largo de toda su vida. Creo que para una matriarca y líder de su contexto inmediato mexicano, como lo fue mi abuela, la reina del otrora imperio británico era una figura admirable. Creo también que se sentía identificada con ella como mujeres contemporáneas con responsabilidades importantes en un mundo y un siglo de hombres, lleno de sucesos turbulentos.

También como la reina, mi abuela vio morir a mi abuelo y despidió a su pareja, con quien compartió más de 70 años de vida, a sus 96. No es ningún vaticinio especial asumir que a la reina le queda poco tiempo de vida. Y quizá ese es el otro elemento de mi tristeza: saber que cuando la reina se muera, se morirá con ella el último símbolo de su generación.

El cambio es necesario, por supuesto. La institución de la corona británica necesita desesperadamente una sacudida; una actualización a la realidad del siglo XXI; o francamente dejar de existir. La entrevista de Meghan Markle y el Príncipe Harry con Oprah Winfrey el mes pasado lo dejó claro, por si no estaba. Ahí, la pareja narró cómo los miembros de la familia real estaban dispuestos a modificar la ley con tal de que el hijo de Harry no pudiera heredar el título de príncipe, por ser hijo de una madre racializada.

Como tuiteó el historiador y profesor de la Universidad de Columbia Jelani Cobb, el día de la entrevista: “Era de esperarse que la institución que dirigió uno de los imperios racistas y colonialistas más importantes fuera un poquitín racista”. Una institución heredada del imperio británico, esencialmente conquistador, blanco y patriarcal, debería ser cada vez más inaceptable y obsoleta en 2021.

Pero también es cierto que una institución tan sólida como esa, a pesar de lo cuestionable que es, también brinda la sensación de estabilidad. De repente pareciera que un hombre como el príncipe Felipe, que puede vivir 99 años, no podría dejar de existir. Hasta que se muere. Y como él, la mujer que lideró la corona durante tantos años también va a dejar de existir. A partir de entonces, la institución de la corona británica incurrirá en uno de los cambios más importantes quizá de su historia.

Todo 2020 y lo que va de 2021 han estado marcados por la incertidumbre que representa una pandemia. Una pandemia que aún no logramos solucionar. Es enteramente realista suponer que la corona británica dejará de existir como la conocemos. Y a veces se siente que esas cosas milenarias que simplemente han estado ahí son una de las pocas asideras que nos quedan a la normalidad.

Dormir y despertar sin pensar jamás en la existencia del príncipe Felipe, duque de Edimburgo, pero saber que está ahí. En Buckingham Palace. Con la reina Isabel II. Que hubo guerras mundiales, que existió la guerra fría, que estamos en una pandemia. Pero las cosas siguen ahí, donde se supone que tienen que estar, donde todo estaba antes del caos. Hasta que ya no están.

La muerte del príncipe Felipe es el principio del cierre. Como las muertes de mis abuelos y las de millones de personas mayores en todo el mundo a causa de covid-19 son el final de una era. El punto final de un capítulo. Con ellos despedimos el siglo XX y nos enfrentamos sin guías, asideras o brújulas morales, de manera definitiva al siglo XXI.

Pero también es cierto que a veces los cambios llegan justo porque la normalidad a la que nos aferrábamos no era sostenible o había dejado de ser deseable también.

Ha participado activamente en investigaciones para The New Yorker y Univision. Cubrió el juicio contra Joaquín El Chapo Guzmán como corresponsal para Ríodoce. En 2014 fue seleccionada como una de las diez escritoras jóvenes con más potencial para la primera edición de Balas y baladas, de la Agencia Bengala. Es politóloga egresada del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y maestra en Periodismo de investigación por la Universidad de Columbia.

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